Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

En el plan inicial de este reportaje, tenía pensado perseguir literalmente a un camión desde el contenedor amarillo de mi casa hasta la planta donde lo "procesan". Ya tenía la parte más difícil: el acceso a la planta; así que, unas horas antes de la visita, aparcaría el coche cerca de la zona de contenedores y, armado con un termo de café y una revista de sudokus, esperaría al camión.

Con un poco de suerte y como quien no quiere la cosa, iría tras de ellos hasta que descargaran el contenido del camión en la misma planta que yo iba a ver (con suerte) pocas horas después. Está feo que lo diga yo mismo, pero era una idea fantástica que no solo me iba a dar una visión de conjunto de todo el proceso... me iba a dar una forma redondísima de empezar el texto.

Si tras leer esos dos párrafos, has llegado a la conclusión de que he visto demasiadas películas de periodistas de serie B, tranquilo, no estás solo. Mi mujer está contigo. Mi mujer, mi jefe y los tres operarios de camión de la basura que, tras diez minutos de persecución, me dijeron que qué carajo pasaba conmigo. Afortunadamente, el karma me ha dado una imagen mejor. Hola, soy Javi Jiménez y estoy suspendido encima de cientos de toneladas de envases reciclables.

Sí, la cosa se me ha ido de las manos.

Tú, yo y cientos de toneladas de basura

Img 0409

— Que sí, Javier, que sí.

— ¿Cómo?

— Que ya puede pasar.

Estoy en Gavà, provincia de Barcelona. A las puertas de una de las plantas que SEMERSA (Selectives Metropolitanes, S.A.) tiene en el área metropolitana de Barcelona. Es una empresa pública que se dedica a la selección de envases ligeros y al tratamiento de otros residuos voluminosos.

En este caso concreto, la planta es una de las dos que reciben el contenido de todos contenedores amarillos del Área Metropolitana de Barcelona. Es decir, los envases de casi seis millones de personas. Un poco más de la mitad, para ser precisos.

Dicho así, no obstante, no se entiende bien de qué estamos hablando. La planta de Gavà son unas naves al sur de la ciudad condal. Allí, durante las 24 horas del día, contenedores cargados de envases sueltan todo lo que llevan dentro. En el suelo. Sin más: llegan y descargan. Allí mismo, un grupo de excavadoras se encargan de mantener  en orden las montañas de basura.

Img 0408

Y enfatizo el hecho de que los camiones descargan "todo lo que llevan dentro" porque, como me explican los técnicos de la planta, casi un tercio de lo que entra por las puertas no son envases. A veces es comida, otras veces residuos más complejos. Troncos de madera, baterías de coches y, al menos en una ocasión, un frigorífico envuelto en plástico de burbujas.

Así que lo primero que hacen los técnicos de la planta es separar el grano de la paja. Y lo hacen, efectivamente, a paladas: las excavadoras cogen paladas de basura y alimentan con ella una cinta mecánica que (maravillas de la tecnología moderna) tiene automatizado la separación de prácticamente todos los elementos aprovechables. En esa fábrica son cuatro: PVC, PET, aluminio y otros elementos férricos.

¿Y todo esto para qué?

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En 1996, mientras se tramitaba la Ley de Envases,  las principales empresas del sector de alimentación del país se unieron  para dar "una respuesta empresarial" a los retos que presentaba esa ley  (y la legislación europea sobre reciclaje que trataba de transponer): resumiendo mucho, los retos eran que dichas empresas debían hacerse responsables del plástico que ponían en el mercado.

El resultado fue Ecoembes, una empresa sin ánimo de lucro, que gestiona 22 millones de toneladas de residuos, da cobertura a 46  millones de personas y mantiene casi un centenar de convenios con  distintas administraciones públicas. El sistema, por lo demás, es muy sencillo: esas administraciones recogen los envases usados y Ecoembes paga por ellos.

Como se trata de una empresa sin ánimo de lucro: Ecoembes tiene dos formas básicas de financiarse a través de los fondos que aportan las empresas que venden productos envasados y subastando los materiales que salen de los envases recuperados.

En este sentido, a las administraciones públicas les interesa ser capaces de recuperar todos y cada uno de los envases que se tiran en el país: envase que se cuela por las rendijas del sistema de recogida de residuos, dinero que acaban perdiendo. Hay informes (como este de Greenpeace) que señalan que ese dinero que ese pierde es mucho. No obstante, a medida que los sistemas de recogida se vuelven más eficaces las cifras van convergiendo progresivamente.

No viene mal recordar que mientras, según Eurostat, España solo se recicla un 36,4% de la basura municipal; cuando hablamos de envases ligeros (de los que se encarga en último término Ecoembes) esa cifra se dispara al 69,6%. Falta, claro; pero la nueva Ley de residuos (que obliga a separar la materia orgánica) tiene mucho que decir en los próximos años.

Hablemos del proceso

Todo esto es muy interesante, pero el proceso (en sí mismo) es muy curioso. Al fin y al cabo, si las administraciones pueden procesar tal cantidad de basura es porque han automatizado el proceso hasta casi sus últimas consecuencias. Como decía, las excavadoras depositan la basura en una cinta mecánica que echa los residuos en el trommel: un tambor gigante que va separando los objetos por tamaños. El proceso, como se puede ver arriba (neumático de automóvil incluido) es casi hipnótico.

El resto del proceso se confía a unos sensores ópticos, a los que tengo pensado dedicarle un artículo con detalle. Estos sensores identifican cada material y lo sacan de las cintas transportadoras para enviarlo a la zona de prensado y empaquetado.

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Img 0415

Img 0423

El material seleccionado va a procesarse y subastarse. El resto, que a veces llega a ser el 40% de lo que ingresa en planta, sigue el proceso de cribado: va a otros procesadores que tratan de aprovechar cada gramo. Y no es para menos: durante los últimos años hemos hablado mucho de "minería urbana".

Sin embargo, centrados en las tierras raras y los dispositivos tecnológicos, solemos olvidar que esto (reciclar todo lo que tiramos a la basura) también es un tipo de esa "minería urbana". Una que movió  494,1 millones de euros en 2016 y de 529 millones en 2017; una que es clave para el futuro de un planeta en el que nadie quiere convertirse en el vertedero global; una que, en esencia, deberíamos mirar más de cerca. No es tan desagradable como puede parecer.

ImagenDaniel Capilla

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Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

En el plan inicial de este reportaje, tenía pensado perseguir literalmente a un camión desde el contenedor amarillo de mi casa hasta la planta donde lo "procesan". Ya tenía la parte más difícil: el acceso a la planta; así que, unas horas antes de la visita, aparcaría el coche cerca de la zona de contenedores y, armado con un termo de café y una revista de sudokus, esperaría al camión.

Con un poco de suerte y como quien no quiere la cosa, iría tras de ellos hasta que descargaran el contenido del camión en la misma planta que yo iba a ver (con suerte) pocas horas después. Está feo que lo diga yo mismo, pero era una idea fantástica que no solo me iba a dar una visión de conjunto de todo el proceso... me iba a dar una forma redondísima de empezar el texto.

Si tras leer esos dos párrafos, has llegado a la conclusión de que he visto demasiadas películas de periodistas de serie B, tranquilo, no estás solo. Mi mujer está contigo. Mi mujer, mi jefe y los tres operarios de camión de la basura que, tras diez minutos de persecución, me dijeron que qué carajo pasaba conmigo. Afortunadamente, el karma me ha dado una imagen mejor. Hola, soy Javi Jiménez y estoy suspendido encima de cientos de toneladas de envases reciclables.

Sí, la cosa se me ha ido de las manos.

Tú, yo y cientos de toneladas de basura

Img 0409

— Que sí, Javier, que sí.

— ¿Cómo?

— Que ya puede pasar.

Estoy en Gavà, provincia de Barcelona. A las puertas de una de las plantas que SEMERSA (Selectives Metropolitanes, S.A.) tiene en el área metropolitana de Barcelona. Es una empresa pública que se dedica a la selección de envases ligeros y al tratamiento de otros residuos voluminosos.

En este caso concreto, la planta es una de las dos que reciben el contenido de todos contenedores amarillos del Área Metropolitana de Barcelona. Es decir, los envases de casi seis millones de personas. Un poco más de la mitad, para ser precisos.

Dicho así, no obstante, no se entiende bien de qué estamos hablando. La planta de Gavà son unas naves al sur de la ciudad condal. Allí, durante las 24 horas del día, contenedores cargados de envases sueltan todo lo que llevan dentro. En el suelo. Sin más: llegan y descargan. Allí mismo, un grupo de excavadoras se encargan de mantener  en orden las montañas de basura.

Img 0408

Y enfatizo el hecho de que los camiones descargan "todo lo que llevan dentro" porque, como me explican los técnicos de la planta, casi un tercio de lo que entra por las puertas no son envases. A veces es comida, otras veces residuos más complejos. Troncos de madera, baterías de coches y, al menos en una ocasión, un frigorífico envuelto en plástico de burbujas.

Así que lo primero que hacen los técnicos de la planta es separar el grano de la paja. Y lo hacen, efectivamente, a paladas: las excavadoras cogen paladas de basura y alimentan con ella una cinta mecánica que (maravillas de la tecnología moderna) tiene automatizado la separación de prácticamente todos los elementos aprovechables. En esa fábrica son cuatro: PVC, PET, aluminio y otros elementos férricos.

¿Y todo esto para qué?

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En 1996, mientras se tramitaba la Ley de Envases,  las principales empresas del sector de alimentación del país se unieron  para dar "una respuesta empresarial" a los retos que presentaba esa ley  (y la legislación europea sobre reciclaje que trataba de transponer): resumiendo mucho, los retos eran que dichas empresas debían hacerse responsables del plástico que ponían en el mercado.

El resultado fue Ecoembes, una empresa sin ánimo de lucro, que gestiona 22 millones de toneladas de residuos, da cobertura a 46  millones de personas y mantiene casi un centenar de convenios con  distintas administraciones públicas. El sistema, por lo demás, es muy sencillo: esas administraciones recogen los envases usados y Ecoembes paga por ellos.

Como se trata de una empresa sin ánimo de lucro: Ecoembes tiene dos formas básicas de financiarse a través de los fondos que aportan las empresas que venden productos envasados y subastando los materiales que salen de los envases recuperados.

En este sentido, a las administraciones públicas les interesa ser capaces de recuperar todos y cada uno de los envases que se tiran en el país: envase que se cuela por las rendijas del sistema de recogida de residuos, dinero que acaban perdiendo. Hay informes (como este de Greenpeace) que señalan que ese dinero que ese pierde es mucho. No obstante, a medida que los sistemas de recogida se vuelven más eficaces las cifras van convergiendo progresivamente.

No viene mal recordar que mientras, según Eurostat, España solo se recicla un 36,4% de la basura municipal; cuando hablamos de envases ligeros (de los que se encarga en último término Ecoembes) esa cifra se dispara al 69,6%. Falta, claro; pero la nueva Ley de residuos (que obliga a separar la materia orgánica) tiene mucho que decir en los próximos años.

Hablemos del proceso

Todo esto es muy interesante, pero el proceso (en sí mismo) es muy curioso. Al fin y al cabo, si las administraciones pueden procesar tal cantidad de basura es porque han automatizado el proceso hasta casi sus últimas consecuencias. Como decía, las excavadoras depositan la basura en una cinta mecánica que echa los residuos en el trommel: un tambor gigante que va separando los objetos por tamaños. El proceso, como se puede ver arriba (neumático de automóvil incluido) es casi hipnótico.

El resto del proceso se confía a unos sensores ópticos, a los que tengo pensado dedicarle un artículo con detalle. Estos sensores identifican cada material y lo sacan de las cintas transportadoras para enviarlo a la zona de prensado y empaquetado.

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El material seleccionado va a procesarse y subastarse. El resto, que a veces llega a ser el 40% de lo que ingresa en planta, sigue el proceso de cribado: va a otros procesadores que tratan de aprovechar cada gramo. Y no es para menos: durante los últimos años hemos hablado mucho de "minería urbana".

Sin embargo, centrados en las tierras raras y los dispositivos tecnológicos, solemos olvidar que esto (reciclar todo lo que tiramos a la basura) también es un tipo de esa "minería urbana". Una que movió  494,1 millones de euros en 2016 y de 529 millones en 2017; una que es clave para el futuro de un planeta en el que nadie quiere convertirse en el vertedero global; una que, en esencia, deberíamos mirar más de cerca. No es tan desagradable como puede parecer.

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Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

En el plan inicial de este reportaje, tenía pensado perseguir literalmente a un camión desde el contenedor amarillo de mi casa hasta la planta donde lo "procesan". Ya tenía la parte más difícil: el acceso a la planta; así que, unas horas antes de la visita, aparcaría el coche cerca de la zona de contenedores y, armado con un termo de café y una revista de sudokus, esperaría al camión.

Con un poco de suerte y como quien no quiere la cosa, iría tras de ellos hasta que descargaran el contenido del camión en la misma planta que yo iba a ver (con suerte) pocas horas después. Está feo que lo diga yo mismo, pero era una idea fantástica que no solo me iba a dar una visión de conjunto de todo el proceso... me iba a dar una forma redondísima de empezar el texto.

Si tras leer esos dos párrafos, has llegado a la conclusión de que he visto demasiadas películas de periodistas de serie B, tranquilo, no estás solo. Mi mujer está contigo. Mi mujer, mi jefe y los tres operarios de camión de la basura que, tras diez minutos de persecución, me dijeron que qué carajo pasaba conmigo. Afortunadamente, el karma me ha dado una imagen mejor. Hola, soy Javi Jiménez y estoy suspendido encima de cientos de toneladas de envases reciclables.

Sí, la cosa se me ha ido de las manos.

Tú, yo y cientos de toneladas de basura

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— Que sí, Javier, que sí.

— ¿Cómo?

— Que ya puede pasar.

Estoy en Gavà, provincia de Barcelona. A las puertas de una de las plantas que SEMERSA (Selectives Metropolitanes, S.A.) tiene en el área metropolitana de Barcelona. Es una empresa pública que se dedica a la selección de envases ligeros y al tratamiento de otros residuos voluminosos.

En este caso concreto, la planta es una de las dos que reciben el contenido de todos contenedores amarillos del Área Metropolitana de Barcelona. Es decir, los envases de casi seis millones de personas. Un poco más de la mitad, para ser precisos.

Dicho así, no obstante, no se entiende bien de qué estamos hablando. La planta de Gavà son unas naves al sur de la ciudad condal. Allí, durante las 24 horas del día, contenedores cargados de envases sueltan todo lo que llevan dentro. En el suelo. Sin más: llegan y descargan. Allí mismo, un grupo de excavadoras se encargan de mantener  en orden las montañas de basura.

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Y enfatizo el hecho de que los camiones descargan "todo lo que llevan dentro" porque, como me explican los técnicos de la planta, casi un tercio de lo que entra por las puertas no son envases. A veces es comida, otras veces residuos más complejos. Troncos de madera, baterías de coches y, al menos en una ocasión, un frigorífico envuelto en plástico de burbujas.

Así que lo primero que hacen los técnicos de la planta es separar el grano de la paja. Y lo hacen, efectivamente, a paladas: las excavadoras cogen paladas de basura y alimentan con ella una cinta mecánica que (maravillas de la tecnología moderna) tiene automatizado la separación de prácticamente todos los elementos aprovechables. En esa fábrica son cuatro: PVC, PET, aluminio y otros elementos férricos.

¿Y todo esto para qué?

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En 1996, mientras se tramitaba la Ley de Envases,  las principales empresas del sector de alimentación del país se unieron  para dar "una respuesta empresarial" a los retos que presentaba esa ley  (y la legislación europea sobre reciclaje que trataba de transponer): resumiendo mucho, los retos eran que dichas empresas debían hacerse responsables del plástico que ponían en el mercado.

El resultado fue Ecoembes, una empresa sin ánimo de lucro, que gestiona 22 millones de toneladas de residuos, da cobertura a 46  millones de personas y mantiene casi un centenar de convenios con  distintas administraciones públicas. El sistema, por lo demás, es muy sencillo: esas administraciones recogen los envases usados y Ecoembes paga por ellos.

Como se trata de una empresa sin ánimo de lucro: Ecoembes tiene dos formas básicas de financiarse a través de los fondos que aportan las empresas que venden productos envasados y subastando los materiales que salen de los envases recuperados.

En este sentido, a las administraciones públicas les interesa ser capaces de recuperar todos y cada uno de los envases que se tiran en el país: envase que se cuela por las rendijas del sistema de recogida de residuos, dinero que acaban perdiendo. Hay informes (como este de Greenpeace) que señalan que ese dinero que ese pierde es mucho. No obstante, a medida que los sistemas de recogida se vuelven más eficaces las cifras van convergiendo progresivamente.

No viene mal recordar que mientras, según Eurostat, España solo se recicla un 36,4% de la basura municipal; cuando hablamos de envases ligeros (de los que se encarga en último término Ecoembes) esa cifra se dispara al 69,6%. Falta, claro; pero la nueva Ley de residuos (que obliga a separar la materia orgánica) tiene mucho que decir en los próximos años.

Hablemos del proceso

Todo esto es muy interesante, pero el proceso (en sí mismo) es muy curioso. Al fin y al cabo, si las administraciones pueden procesar tal cantidad de basura es porque han automatizado el proceso hasta casi sus últimas consecuencias. Como decía, las excavadoras depositan la basura en una cinta mecánica que echa los residuos en el trommel: un tambor gigante que va separando los objetos por tamaños. El proceso, como se puede ver arriba (neumático de automóvil incluido) es casi hipnótico.

El resto del proceso se confía a unos sensores ópticos, a los que tengo pensado dedicarle un artículo con detalle. Estos sensores identifican cada material y lo sacan de las cintas transportadoras para enviarlo a la zona de prensado y empaquetado.

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Img 0423

El material seleccionado va a procesarse y subastarse. El resto, que a veces llega a ser el 40% de lo que ingresa en planta, sigue el proceso de cribado: va a otros procesadores que tratan de aprovechar cada gramo. Y no es para menos: durante los últimos años hemos hablado mucho de "minería urbana".

Sin embargo, centrados en las tierras raras y los dispositivos tecnológicos, solemos olvidar que esto (reciclar todo lo que tiramos a la basura) también es un tipo de esa "minería urbana". Una que movió  494,1 millones de euros en 2016 y de 529 millones en 2017; una que es clave para el futuro de un planeta en el que nadie quiere convertirse en el vertedero global; una que, en esencia, deberíamos mirar más de cerca. No es tan desagradable como puede parecer.

ImagenDaniel Capilla

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Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

En el plan inicial de este reportaje, tenía pensado perseguir literalmente a un camión desde el contenedor amarillo de mi casa hasta la planta donde lo "procesan". Ya tenía la parte más difícil: el acceso a la planta; así que, unas horas antes de la visita, aparcaría el coche cerca de la zona de contenedores y, armado con un termo de café y una revista de sudokus, esperaría al camión.

Con un poco de suerte y como quien no quiere la cosa, iría tras de ellos hasta que descargaran el contenido del camión en la misma planta que yo iba a ver (con suerte) pocas horas después. Está feo que lo diga yo mismo, pero era una idea fantástica que no solo me iba a dar una visión de conjunto de todo el proceso... me iba a dar una forma redondísima de empezar el texto.

Si tras leer esos dos párrafos, has llegado a la conclusión de que he visto demasiadas películas de periodistas de serie B, tranquilo, no estás solo. Mi mujer está contigo. Mi mujer, mi jefe y los tres operarios de camión de la basura que, tras diez minutos de persecución, me dijeron que qué carajo pasaba conmigo. Afortunadamente, el karma me ha dado una imagen mejor. Hola, soy Javi Jiménez y estoy suspendido encima de cientos de toneladas de envases reciclables.

Sí, la cosa se me ha ido de las manos.

Tú, yo y cientos de toneladas de basura

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— Que sí, Javier, que sí.

— ¿Cómo?

— Que ya puede pasar.

Estoy en Gavà, provincia de Barcelona. A las puertas de una de las plantas que SEMERSA (Selectives Metropolitanes, S.A.) tiene en el área metropolitana de Barcelona. Es una empresa pública que se dedica a la selección de envases ligeros y al tratamiento de otros residuos voluminosos.

En este caso concreto, la planta es una de las dos que reciben el contenido de todos contenedores amarillos del Área Metropolitana de Barcelona. Es decir, los envases de casi seis millones de personas. Un poco más de la mitad, para ser precisos.

Dicho así, no obstante, no se entiende bien de qué estamos hablando. La planta de Gavà son unas naves al sur de la ciudad condal. Allí, durante las 24 horas del día, contenedores cargados de envases sueltan todo lo que llevan dentro. En el suelo. Sin más: llegan y descargan. Allí mismo, un grupo de excavadoras se encargan de mantener  en orden las montañas de basura.

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Y enfatizo el hecho de que los camiones descargan "todo lo que llevan dentro" porque, como me explican los técnicos de la planta, casi un tercio de lo que entra por las puertas no son envases. A veces es comida, otras veces residuos más complejos. Troncos de madera, baterías de coches y, al menos en una ocasión, un frigorífico envuelto en plástico de burbujas.

Así que lo primero que hacen los técnicos de la planta es separar el grano de la paja. Y lo hacen, efectivamente, a paladas: las excavadoras cogen paladas de basura y alimentan con ella una cinta mecánica que (maravillas de la tecnología moderna) tiene automatizado la separación de prácticamente todos los elementos aprovechables. En esa fábrica son cuatro: PVC, PET, aluminio y otros elementos férricos.

¿Y todo esto para qué?

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En 1996, mientras se tramitaba la Ley de Envases,  las principales empresas del sector de alimentación del país se unieron  para dar "una respuesta empresarial" a los retos que presentaba esa ley  (y la legislación europea sobre reciclaje que trataba de transponer): resumiendo mucho, los retos eran que dichas empresas debían hacerse responsables del plástico que ponían en el mercado.

El resultado fue Ecoembes, una empresa sin ánimo de lucro, que gestiona 22 millones de toneladas de residuos, da cobertura a 46  millones de personas y mantiene casi un centenar de convenios con  distintas administraciones públicas. El sistema, por lo demás, es muy sencillo: esas administraciones recogen los envases usados y Ecoembes paga por ellos.

Como se trata de una empresa sin ánimo de lucro: Ecoembes tiene dos formas básicas de financiarse a través de los fondos que aportan las empresas que venden productos envasados y subastando los materiales que salen de los envases recuperados.

En este sentido, a las administraciones públicas les interesa ser capaces de recuperar todos y cada uno de los envases que se tiran en el país: envase que se cuela por las rendijas del sistema de recogida de residuos, dinero que acaban perdiendo. Hay informes (como este de Greenpeace) que señalan que ese dinero que ese pierde es mucho. No obstante, a medida que los sistemas de recogida se vuelven más eficaces las cifras van convergiendo progresivamente.

No viene mal recordar que mientras, según Eurostat, España solo se recicla un 36,4% de la basura municipal; cuando hablamos de envases ligeros (de los que se encarga en último término Ecoembes) esa cifra se dispara al 69,6%. Falta, claro; pero la nueva Ley de residuos (que obliga a separar la materia orgánica) tiene mucho que decir en los próximos años.

Hablemos del proceso

Todo esto es muy interesante, pero el proceso (en sí mismo) es muy curioso. Al fin y al cabo, si las administraciones pueden procesar tal cantidad de basura es porque han automatizado el proceso hasta casi sus últimas consecuencias. Como decía, las excavadoras depositan la basura en una cinta mecánica que echa los residuos en el trommel: un tambor gigante que va separando los objetos por tamaños. El proceso, como se puede ver arriba (neumático de automóvil incluido) es casi hipnótico.

El resto del proceso se confía a unos sensores ópticos, a los que tengo pensado dedicarle un artículo con detalle. Estos sensores identifican cada material y lo sacan de las cintas transportadoras para enviarlo a la zona de prensado y empaquetado.

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Img 0423

El material seleccionado va a procesarse y subastarse. El resto, que a veces llega a ser el 40% de lo que ingresa en planta, sigue el proceso de cribado: va a otros procesadores que tratan de aprovechar cada gramo. Y no es para menos: durante los últimos años hemos hablado mucho de "minería urbana".

Sin embargo, centrados en las tierras raras y los dispositivos tecnológicos, solemos olvidar que esto (reciclar todo lo que tiramos a la basura) también es un tipo de esa "minería urbana". Una que movió  494,1 millones de euros en 2016 y de 529 millones en 2017; una que es clave para el futuro de un planeta en el que nadie quiere convertirse en el vertedero global; una que, en esencia, deberíamos mirar más de cerca. No es tan desagradable como puede parecer.

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La rotura del vértice polar vuelve a estar sobre la mesa: el invierno y el frío se guardan una traca final

La rotura del vértice polar vuelve a estar sobre la mesa: el invierno y el frío se guardan una traca final

Algo pasa en el polo norte y ese "algo" lleva semanas preocupando a los expertos. No es una novedad, lo hemos hablado en varias ocasiones. Es más, el runrún de la rotura del vórtice polar, de los calentamientos súbitos y las mangas de aire gélido lleva con nosotros desde que empezó el año.

Sin embargo, pese al ruido, no ha pasado nada. O, mejor dicho, lo que ha pasado ha tenido poca entidad y casi ninguna consecuencia práctica para nosotros. Sin embargo, ahora mismo los modelos hablan de más de un 80% de posibilidades de un calentamiento de gran entidad que puede hacer que acabemos el invierno con la primera ola de frío del año.

¿Qué es eso de "calentamiento súbito estratosférico"? Para entender bien de qué hablamos, tenemos que recordar que, cuando hablamos de las diferentes capas de la atmósfera, lo hacemos porque cada una de ellas siguen sus propias lógicas y funcionan de forma bastante diferente e independiente. En este caso, la circulación del aire en la troposfera (la que está más pegada a la superficie) y en la estratosfera (la capa directamente superior) están relacionadas, sí; pero van cada una a lo suyo.

En los "calentamientos súbitos estratosféricos" lo que ocurre es que una parte de la troposfera se calienta rápidamente y, por la tendencia a subir del aire caliente, esta invade la estratosfera provocando una profunda alteración de la circulación a gran altura. Todo se pone patas arriba durante algunos días.

Vórtices polares estable (izquierda) e inestable (derecha). NOAA.

Vórtices polares estable (izquierda) e inestable (derecha). NOAA.

Lo que se está cociendo ahora mismo. Que, después de varios calentamientos súbitos menores y un ligero desplazamiento del vórtice estratosférico, parece que se está cociendo uno mucho mayor. Tan grande que, potencialmente, podría afectar seriamente  a la circulación atmosférica de todo el hemisferio norte.

¿"Todo el hemisferio norte" significa que nos va a afectar? De nuevo, aquí tenemos una incógnita. Ante este tipo de fenómenos, resulta relativamente normal que las masas de aire frío se vean obligadas a moverse a latitudes más bajas. Eso conlleva, efectivamente, frío, nevadas y todo tipo de fenómenos invernales.

Sin embargo, ese "escape" de aire frío del vórtice polar no tiene por qué pasarnos por encima. Un fenómeno de este tipo nos afectó cuando Filomena, sí; pero hace unas semanas, algo similar afectó a Estados Unidos y no nos causó ningún problema a nivel local.

Incertidumbres. Predecir esto con este nivel de detalle es complicado. Pero ante fenómenos tan potencialmente disruptivos, es buena idea monitorizarlos y estar preparados. Un episodio de frío polar cerca de la primavera podría tener consecuencias inenarrables para el campo y todas las industrias derivadas. Y, ante ese escenario, las incertidumbres no son una excusa.

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Qué dice la ciencia sobre el gran debate de la cafetera italiana: si es mejor levantar la tapa o no

Qué dice la ciencia sobre el gran debate de la cafetera italiana: si es mejor levantar la tapa o no

Estamos en el año 2023 y todo el mundo del café parece dividido entre los que se hacen el café con cápsulas y los "cafeteros de especialidad"… ¿Todo? ¡No! Un pequeño dispositivo resiste, todavía y como siempre, al invasor: la cafetera italiana.

La pregunta es ¿cómo podemos sacarle todo el partido a ese milagroso cacharro que está a punto de cumplir los 100 años?

Las dos grandes tendencias del café actual. El mundo del café, como casi todo lo relacionado con la comida en los últimos años, está sufriendo cambios muy intensos. Por un lado, la tecnología está facilitando hasta lo risible el consumo del café con productos casi acabados: los ejemplos son innumerables, desde las cafeteras de cápsulas a los cafés listos para beber o los híbridos como la Coca-Cola con café.

La especialización. Por el otro, el "café de especialidad" ha supuesto una revalorización de una bebida que en la 'España del torrefacto' estaba especialmente maltratada. Con él, no sólo han llegado nuevas variedades de café de calidad, sino que también han aparecido numerosos dispositivos para hacer café de las formas más extrañas. Así, el mundillo de los muy cafeteros se ha llenado de términos como cold brew o aeropress.

Entre ambos lados, la cafetera italiana (o moka) sobrevive al paso del tiempo como uno de los sistemas más sencillos de preparar el café. Sencillo, sí; pero no obvio. La ciencia tiene mucho que decir para conseguir que esta cafetera compita de tú a tú con el resto de nuevos dispositivos.

¿Cómo funciona una cafetera italiana? Como estamos acostumbrados a ellas (y siempre aparece una olvidada en cualquier armario de la cocina), olvidamos con mucha facilidad que las cafeteras italianas son una pequeña genialidad de la ingeniería del siglo XX.

A nivel constructivo, este tipo de cafeteras está compuesto tres piezas: una base o cámara depósito (donde se pone el agua), un embudo o cacillo (donde se pone el café); y  una cámara superior con forma de jarra con tapa que cuenta con un filtro más fino y una goma en la parte inferior (y es donde aparece el café ya preparado). Sin embargo, a nivel funcional, suele ser más fácil pensarla como dos grandes compartimentos (la parte inferior  y la superior) conectados por un tubo estrecho (en mitad del cual está el depósito del café).

La idea general es que al calentarse el agua del compartimento inferior (y pasar una parte de ella a estado gaseoso), la presión dentro de la cafetera aumenta de forma significativa. Sobre todo, si la comparamos con la presión dentro del tubo (que es la atmosférica normal). Ese diferencial de presión es el que acaba por provocar que el agua ascienda por el tubo, se infusione con el café, y acabe en el recipiente superior).

Una cafetera todoterreno, pero con problemas. Es un sistema sencillo, asequible y rápido para hacer café expreso. Basta con una fuente de calor para ponerla en marcha, es fácil equilibrar la cantidad de agua-café y el mismo sistema avisa de que el café está listo (cuando el agua del recipiente inferior se acaba se generan burbujas y un sonido característico).

Sin embargo, ese carácter todoterreno hace que presente bastantes problemas que no la convierten en una buena opción para los amantes del café. En las cafeteras de espresso, el agua tiene una temperatura determinada al infusionarse con el café. En las italianas y aunque el mecanismo físico reduce la horquilla de posibilidades, hay tantos factores en juego (la dureza del agua, la fuerza de la hornilla, la temperatura ambiente, la del líquido en cuestión...) que es muy difícil controlar las condiciones exactas en las que el agua se infusiona con el café.

Y unas malas condiciones pueden destrozar la bebida (o, en el mejor de los casos, empeorar sus propiedades organolépticas). Como nos recuerdan nuestros compañeros de DAP, "las altas temperaturas que alcanza la cafetera italiana tiene tendencia a extraer componentes amargos".

Perdón que te salpique. De ahí que muchos baristas recomienden hacer el café con la tapa levantada. Y es que si repasamos el mecanismo físico que utiliza la cafetera italiana, nos daremos cuenta de que la tapa solo tiene una función: que no salpique. El proceso se basa en un juego de presiones y no, la tapa no interviene en él.

Por ello, los defensores de levantar la tapa explican que ver cómo sale el café del conducto es el indicador más sencillo para poder ajustar la temperatura de la hornilla, ajustar el resultado final y retirar la cafetera del fuego cuando ya no hay agua. No está de más recordar, que las recomendaciones siempre nos hablan de usar fuego lento y bajarlo aún más cuando el líquido empiece a salir. Sin un feedback visual, ajustar la temperatura es más complicado.

¿No se pierde el aroma? Eso es lo que sostienen algunos detractores de la técnica: que si la usamos con la tapa abierta se puede perder una parte del aroma. Pudiera darse el caso, no voy a negarlo: pero la pérdida (teniendo en cuenta que, en último término, la tapa no está cerrada al vacío) es casi anecdótica. Es decir, si se hace de forma correcta, no hay grandes diferencias (por no decir ninguna) en el producto final. 

Por eso mismo, teniendo en cuenta los beneficios de ejercer un buen control durante el proceso de elaboración del café, la tapa abierta parece una excelente opción.

Consejos para aprovechar las cafeteras italianas al máximo. "La potencia sin control, no sirve de nada", pero una vez que aprendemos a controlar la cafetera hay que pensar en cómo potenciar la bebida. Y, en este caso, hay un puñado de consejos que nos ayudan a generar un café perfecto.

  • El punto de molido es un buen ejemplo. Debe de ser medio; es decir, ni tan fino como para una superautomática de espresso, ni tan grueso como en una cafetera de filtro o cold brew. Para asegurarnos de que el punto es el correcto, un buen heurístico es que el café "debería tardar, aproximadamente, un minuto en terminar de salir". Si tarda menos, la molienda podría ser demasiado gruesa y si tarda más, podría ser demasiado fina".
  • Comprar el café en grano y hacerse con un molinillo garantiza una "frescura" del producto que es muy difícil encontrar en cafés ya molidos de fábrica.
  • Otro buen consejo está relacionado con el agua: los expertos suelen recomendar calentar un agua mineral de calidad (sin gas) hasta que vaya a romper a hervir y llenar con ella el depósito de la cafetera hasta justo debajo de la válvula. Esto permite controlar mucho mejor la temperatura, el tiempo y la infusión del café.
  • Y, por último, no compactar el café en el depósito: por influjo de las máquinas expreso de las cafeterías, mucha gente tiende a compactar el café molido. Pero en este tipo de cafeteras no solo no es necesario, sino que es contraproducente. Basta con echar el café y llenarlo a ras.
  • Una de las mejores ideas es enfriar la italiana una vez terminado el proceso para cortarlo de raíz. Es decir, cuando empiece a sonar, se cierra la tapa y se pone bajo el grifo de agua frío. Acto seguido, listo para consumir.

No es tan relevante. Recalco algo que, por obvio, se suele olvidar: todo esto es importante, pero no es lo más importante. A nivel fisico-químico, no ofrece mejoras sustantivas. Todos estos trucos no dejan de ser técnicas conductuales que nos hacen estar más pendientes del proceso de extracción y hacen que no descuidemos el proceso. Lo determinante, si es que queremos beber buen café, es comprar buen café. Natural, en grano y, por supuesto, nunca torrefacto.

Con esos consejos y un buen control, el café debería salir en óptimas condiciones. Bastaría con quitarlo del fuego en cuanto empiece a emitir el sonido característico, integrarlo con suaves movimientos y servirlo de inmediato. Para conservar sus propiedades organolépticas es recomendable no volver a calentarlo.

Imagen | Brent Ninaber - Alborzagros

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Si la pregunta es “a quién se le ocurrió comer marisco por primera vez”, ya sabemos la respuesta: a los neandertales

Si la pregunta es

Uno dice 'neandertal' y lo primero que le viene a la mente es las palabras de Mariana Nabais: "primitivos habitantes de las cavernas que apenas podían ganarse la vida hurgando en los cadáveres de animales de caza mayor”. Pero, como la misma Nabais se apresura a añadir, es todo mentira. Y la mejor prueba es, quién lo iba a decir, el marisco.

¿Marisco? Y lo que no es marisco. Lapas, mejillones, almejas, cangrejos, delfines, focas grises y peces, muchos peces. Hace tres años, el equipo del paleontropólogo portugués João Zilhão descubrió que al sur de la actual Lisboa los neandertales no solo prosperaron, sino que comían cosas que hasta ese momento no creíamos que supieran consumir.

Y no lo creíamos hasta el punto de que tenemos numerosas teorías que señalaban que fue precisamente el consumo habitual de pescados y mariscos (ricos en ácidos grasos omega 3) uno de los factores que permitieron a los seres humanos modernos mejorar sus capacidades cognitivas frente a otras especies humanas.

Un montón de hipótesis echadas por tierra. Y, por eso mismo, era relativamente polémico. Al fin y al cabo, la idea de que los neandertales no consumían este tipo de productos se basaba en que no habíamos encontrado demasiadas evidencias arqueológicas que nos permitieran sostener lo contrario. El festín de Figueira Brava (la cueva en cuestión) exigía una investigación más minuciosa.

Y eso es lo que publica ahora la revista Frontiers in Environmetal Archaeology: Un trabajo liderado por Mariana Nabais, del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución  Social, en el que queda negro sobre blanco que aquello era toda una "marisquería prehistórica"

Bueyes de mar para todos. El dato más curioso es, sin lugar a dudas, la enorme cantidad de cangrejos pardos (buey de mar) que había. Bueyes, además,  de gran tamaño (de 16 centímetros media y unos 200 gramos de carne). Pero lo interesantes es que el análisis de los restos mostraba que las fracturas no eran 'accidentales', ni estaban producidas por otros depredadores (como aves o roedores): eran fracturas intencionales para llegar a la carne. Y no solo eso, es que por las quemaduras de los caparazones... los asaban.

¿Qué nos hace especiales? Aunque aún no han terminado de estudiar todos los restos de la cueva portuguesa, los datos actuales ya "refutan la idea de que los alimentos marinos desempeñaron un papel importante en la aparición de capacidades cognitivas supuestamente superiores entre las primeras poblaciones humanas modernas del África subsahariana".

Y eso amplía nuestro conocimiento sobre la paleoantropología humana, pero supone también una "mala noticia": el enigma sobre qué nos hizo especiales, sobre por qué estamos solos en este mundo y sobre cómo ocurrió el declive del resto de especies humanas sigue más abierto que nunca.

La buena noticia, en cambio, es que con los neandertales fuera de juego... tocamos a más marisco.

Imagen | Neanderthal Apocalypse/Mael Balland

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Las tabacaleras llevan años planeando cómo seguir vivas. Su nueva peor pesadilla se llama Todacitan

Las tabacaleras llevan años planeando cómo seguir vivas. Su nueva peor pesadilla se llama Todacitan

Las cifras están claras: más de mil millones de personas fumarán en el futuro cercano. Y, sin embargo, dicho así, es difícil de entender la verdadera dimensión de esa frase. Mil millones de personas son muchas personas. Sobre todo, porque no se distribuyen uniformemente.

En España, por ejemplo, esas cifras se traducen así: uno de cada tres españoles (entre 15 y 64 años) consume tabaco de manera diaria. No es raro que Sanidad que esté obsesionada con reducir esos números. El problema es que en verano de 2021 se había quedado sin una de sus grandes herramientas.

Y cada vez menos. En  julio de 2021, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios anunció que se retiraban varios lotes de Champix, el tratamiento estrella indicado en adultos como ayuda para dejar de fumar, porque se había encontrado pequeñas cantidades de un compuesto cancerígeno que no debía estar ahí.

"El hallazgo de esta impureza — explicaba la AEMPS — era resultado de las nuevas medidas que se  han adoptado en la Unión Europea" y, aunque Pfizer se comprometió a recuperar la producción para septiembre de ese año, parece que el problema era más serio de lo que creían y el medicamento nunca volvió a las farmacias.

Esto dejaba a los médicos con muchas menos opciones a la hora de abordar farmacológicamente la deshabituación tabáquica. No porque no hubiera otros medicamentos, claro; sino porque eran caros y no tenían financiación pública. Cuando hablamos de tratar una adicción, este tipo de barreras no contribuye al éxito del tratamiento (que es lo que le interesa al Sistema de Salud).

Hasta ahora. De ahí que todo el mundo se haya vuelto loco con la noticia de que Sanidad ha decidido financiar desde este miércoles el 'todacitan'. El principio activo de este medicamento es la citisina, un compuesto que tiene un mecanismo de acción muy parecido a la nicotina, pero más débil. El medicamento aprovecha ese efecto, para aliviar los síntomas centrales y periféricos de la abstinencia que genera el tabaco.

Sin embargo, no es solo un anuncio de financiación más. Es todo un bálsamo para muchos expertos que, ante la tardanza de Sanidad en financiar otro fármaco, dudaban de qué era lo que quería el ministerio. Y razones para dudar no les faltaban.

Una batalla silenciosa, pero importantísima. En los últimos años, la industria tabacalera ha dado un giro enorme a su política y a su negocio. Su discurso ahora va sobre una sola idea: "la gente no va a dejar de fumar, así que no merece la pena centrarse en eso... sino en que el tabaco cause menos daño".

Esa idea, como hemos analizado en otras ocasiones, cada vez ha ido ganando más peso entre las autoridades sanitarias de los países industrializados (y ha permitido que se aprueben dispositivos que, de otra manera, nunca se hubieran aprobado).

Sin embargo, que Sanidad haya vuelto a financiar un tratamiento de este tipo, significa que mantiene su apuesta por la deshabituación: por trabajar en un futuro en que la gente deje de fumar. No es fácil, pero es buena noticia que sigamos en la lucha.

Imagen | Lilartsy

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Un multimillonario de 45 años se ha empeñado en volver a tener 18. Este es su plan para lograrlo

Un multimillonario de 45 años se ha empeñado en volver a tener 18. Este es su plan para lograrlo

Bryan Johnson tiene 45 años, muchos millones y un sueño: tener 18. Y no, no es un sueño difuso, ni un deseo genérico. Johnson está convencido de que puede hacerlo y (con la ayuda de un equipo de treinta médicos especializados en medicina regenerativa) tiene como objetivo "demostrar mediante bioestadística una reducción del envejecimiento del 25% en los 78 órganos [de su cuerpo] para 2030". Así lo está intentando.

¿Quién es Bryan Johnson? Sí, será mejor que empecemos por esto. Con 30 años, Johnson creó Braintree, una compañía de gestión pagos. Fue un éxito rotundo y la vendió por unos 800 millones de dólares a Ebay en 2013.

Problemas en el paraíso startupil. Un "éxito rotundo" a nivel profesional, porque según cuenta él mismo, a nivel personal la cosa fue un desastre. Tras dejar Braintree, atravesó un periodo de profunda depresión que lo llevó al borde del suicidio. Fue entonces cuando descubrió la biotecnología.

Y con sus 800 millones bajo el brazo, Johnson se metió de cabeza en el mundillo biotecnológico (primero con una empresa de capital riesgo y, luego, con una de cascos para analizar la actividad cerebral) hasta convencerse de que en esos nuevos desarrollos estaban las respuestas a sus problemas: la ciencia podía rejuvenecerlo.

El "proyecto blueprint". Johnson contactó con Oliver Zolman, médico de medicina regenerativa de tan solo 29 años, y se pusieron manos a la obra. El objetivo no es peccata minuta: "tener el cerebro, el corazón, los pulmones, el hígado, los riñones, los tendones, los dientes, la piel, el pelo, la vejiga, el pene y el recto de un joven de 18 años". Signifique lo que signifique eso.

Llevan un año trabajando en el proyecto y, gracias a que tenemos mucha información online, sabemos algunas de las claves del tratamiento: cosas como una dieta vegana de (exactamente) 1.977 calorías al día; una hora de ejercicio de alta intensidad al día, tres veces en semana; o irse a dormir todos los días a la misma hora (después de dos horas con unas gafas que bloquean la luz azul, eso sí).

¿Tiene esto algún sentido? Poco, la verdad. No porque no haya intervenciones sencillas que puedan mejorar la esperanza de vida (o reducir el estrés oxidativo) sino porque este tipo de experimentos, alejados de los ensayos clínicos al uso (y de los que tanto hemos hablado durante la pandemia), tienen muy difícil ser algo más que "la última locura" de un señor con mucho dinero y tiempo libre.

No obstante, es importante aclarar que no se trata de una idea sin ninguna conexión con la realidad. Si examinamos los datos, procedimientos y métricas del proyecto, vamos que se usa bastante investigación reciente. Eso no quiere decir que su propuesta sea sólida (pasar de la investigación básica a las recomendaciones clínicas es algo terriblemente difícil), pero sí parece interesante  como vía para que llegue nueva financiación a toda esta incipiente rama de la medicina regenerativa.

Hay toda una ciencia trabajando en esto. Porque, como recordaba Antonio Ortiz,  sí hay "líneas de investigación" serias que "promueven el envejecimiento saludable y en su versión más despegada de la realidad, el rejuvenecimiento". Algunos de los principales expertos del mundo en esta materia son, de hecho, españoles con Juan Carlos Izpisúa y María Blasco a la cabeza.

Aún estamos lejos del futuro en el que quiere vivir Bryan Johnson. Pero ese futuro está cada vez más cerca.

Imagen | Dustin Giallanza (vía Blueprint Project)

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El hongo de ‘The Last of Us’ no causaría un holocausto zombie, pero la ciencia tiene claro que no hace falta

El hongo de 'The Last of Us' no causaría un holocausto zombie, pero la ciencia tiene claro que no hace falta

“Sí, esa es la reacción habitual. Los hongos parecen inofensivos, pero muchas especies saben que no. Porque hay algunos hongos que lo que buscan no es matar. Más bien controlar. Contésteme: ¿de dónde se saca el LSD? Proviene del ergot, un hongo, como ocurre con la psilocibina. Los virus pueden hacernos enfermar, pero los hongos pueden alterar nuestra mente.

Hay un hongo que infecta a los insectos. Supongamos que infecta a una hormiga. Viaja por su sistema circulatorio hasta su cerebro y lo inunda de alucinógenos doblegando así la voluntad de la hormiga. El hongo empieza a dictar el comportamiento del insecto. Le dice a donde ir y qué hacer, como un titiritero con su marioneta. Y aún hay más: el hongo necesita alimentarse para sobrevivir, así que empieza a devorar al huésped desde dentro reemplazando la carne de la hormiga por la suya. Pero no deja morir a su víctima, no. Se preocupa por mantenerla con vida”. Al menos, si a eso podemos llamarlo vida. Bienvenidos a la ciencia de ‘The Last of Us‘.


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