Por qué seguimos llamando teléfono al smartphone aunque no lo usamos para llamar.

Por qué seguimos llamando teléfono al smartphone aunque no lo usamos para llamar.

Por higiene moral e intelectual debo empezar este texto confesando que desde pequeño siempre he sido hincha (enfervorecido, loco, radical) del Racing de Avellaneda. Inexplicablemente; porque nací en un pueblecito de Andalucía y, en aquellos años, mi único contacto con Argentina era un bote de dulce de leche que guardábamos en la despensa.

Lo aclaro para que se valore lo mucho que me está costando recomendar '¿Hola? un réquiem para el telefóno'. Y es que su autor será un magnífico novelista, un pensador muy divertido y una excelente persona, sí; pero, sobre todo, es un hincha del Boca Juniors. "No pasa nada", me digo mientras redacto estas líneas. "Podía ser peor, podía ser del Independiente".

Una generación que no conoce lo que es un teléfono

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Imagen | Camilo Jimenez Qzeno

Más allá de la broma, el libro está muy bien. Sobre todo, porque cuando uno escribe sobre una tecnología en plena retirada siempre se corre el riesgo de convertirse en un "señor mayor gritándole a las nubes". Y algo de eso hay, claro. Pero Kohan va mucho más allá y, sin dejar de reconocer que hemos ganado muchísimo estos años,  reflexiona también sobre lo que hemos perdido.

Desde el ritual adolescente de llamar a la persona que nos gustaba y tener que hablar, entre tanto se ponía, con el padre, la madre o los hermanos mayores a un número que, por lo visto, existía en Argentina al que podías llamar para que te dijeran la hora. Cosas que configuraban el mundo antes de que el teléfono móvil entrara en nuestras vidas y que pueden parecer nimias, pero que constituían una forma específica de hablar, escuchar y vincularse que ya ha dejado de existir.

Leyendo el libro, mientras recorrían en sus páginas el largo final de la telefonía convencional, me he hecho una pregunta tan simple que no sabía responder: ¿por qué seguimos llamando teléfono al smartphone si no lo usamos para llamar?

Y, ojo, reconozco que el "no lo usamos ya para llamar", puede ser polémico, pero a efectos prácticos los datos están conmigo. Según las encuestas, la mensajería instantánea le ha comido el terreno al teléfono de forma espectacular. Mientras un 60% de la población envía mensajes de forma diaria, solo uno de cada cuatro realiza algún tipo de llamadas desde el móvil y apenas un 12% utiliza el teléfono fijo.

Está claro que es algo muy generacional. El 98,6% de los jóvenes entre 25 y 34 años usan la mensajería instantánea como canal preferido de comunicación. Cifras que no se dan en el conjunto de la población. Sin embargo, a medida que el tiempo pasa, esa "característica generacional" se está convirtiendo en la opción generacional por defecto.

Y, en el fondo, no es solo una cuestión de "usos y costumbres". Lo que llevamos en el bolsillo dejó hace mucho de ser "un teléfono móvil": es una computadora. Al fin y al cabo, fuimos a la Luna con dispositivos menos potentes que un smartphone cualquiera y, sin embargo, seguimos llamándolos móviles.

La forma en que pensamos en la tecnología

No es que me extrañe. De hecho, me recuerda a la polémica recurrente sobre si usar un disquette como símbolo de guardar sigue siendo útil. O un sombre para los mensajes o una lupa para buscar.  Es decir, sobre cómo los términos, símbolos e ideas se 'independizan' de su referente clásico y pasan a usarse de otra manera.

El tema, no obstante, tiene otra vuelta. Hace unas semanas, discutíamos en Magnet cómo cada cultura tiene una forma distinta de entender el tiempo (y el futuro y el pasado). Según parece, mientras que para los hablantes de lenguas latinas, el tiempo va de izquierda a derecha; para árabes y hebreos funciona al revés. Y, en el caso de chinos y japoneses, el pasado se queda arriba y el futuro abajo.

Esto parece ser consecuencia de cómo escribimos, pero (sea como sea) tiene consecuencias en cómo interaccionamos con el mundo. Un ejemplo conocido es el del economista conductual, Keith Chen. Según el análisis de Chen, los hablantes de las lenguas que no tienen formas verbales para referirse al futuro (o son más débiles e inespecíficas), tienen más fácil ahorrar a largo plazo.

Es decir, la forma en la que pensamos sobre las cosas condiciona, potencia o limita lo que hacemos con esas mismas cosas. De ahí que sea inevitable preguntarnos... ¿Qué nos estamos perdiendo por pensar en los smartphones como si fueran un teléfono?  

En Magnet | El futuro está "abajo": cómo nuestro idioma cambia radicalmente la forma en la que entendemos el tiempo

Imagen | Julian Hochgesang

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España está a punto de saltarse dos meses de golpe: AEMET ya prevé un calor récord este mes de marzo

España está a punto de saltarse dos meses de golpe: AEMET ya prevé un calor récord este mes de marzo

España está a punto de saltarse dos meses de golpe. A partir de mañana tendremos el tiempo de finales de mayo y principios de junio. Un evento rarísimo que pondrá los termómetros a más de 30 grados y descolocará, por completo, la transición 'natural' entre el frío del invierno y el calor del verano.

Lo que pasará el resto de la primavera es un misterio, pero lo que va a pasar en los próximos días es de locos que se pueden resumir en una palabra: calor.

Calor, calor y calor. Y es que, como el final de febrero y el comienzo de marzo han sido realmente fríos para esas fechas, corremos el riesgo de pensar que el calor que vamos a sentir este fin de semana no es real; que es fruto de que el cambio de tiempo ha sido muy rápido.

Pero no, la misma AEMET decía que el episodio va a tener temperaturas inusualmente altas: valores por encima del 5 % de los días más cálidos de todos los marzos de 1991 hacia acá. De hecho, es posible que nos encontremos con el día de marzo más cálido de los últimos 30 años.

Pero ¿por qué? La explicación está en que la masa de aire que nos abrazará este fin de semana procede del océano Atlántico de latitudes inferiores a los 30ºN. Eso significa que el aire es muy cálido ya por sí mismo, pero la cosa no acaba ahí.

Porque, como el anticiclón se quedará estancado sobre la península, a esa masa de aire cálido le van a empezar a pasar cosas: estabilidad, vientos moderados y de componente oeste, ausencia de nubes... vamos a tener todos los ingredientes meteorológicos que convierten a la península en un "horno" y eso, evidentemente, va a disparar las temperaturas.

¿Una ola de calor? No, no va a tener una ola de calor. Sería muy raro que lo fuera. En países tan calurosos como el nuestro, para tener una 'ola de calor' necesitamos que haga muchísimo calor: "por encima del percentil 95 de su serie de temperaturas  máximas diarias de los meses de julio y agosto del periodo 1971-2000". Por suerte, no vamos a sufrir eso estos días: nos quedamos por encima del percentil 95, pero del mes de marzo.

Sin embargo, hay que tener cuidado con las palabras: no hace falta que sea oficialmente una 'ola de calor' para que las temperaturas sean extraordinariamente altas. Más aún si (como va a pasar) no estamos en modo "veraniego". La transición ha sido tan breve que nos va a pillar con el paso cambiado en cuanto a climatización, vestimenta y prácticas sociales. En muchas zonas del país lo vamos a pasar mal.

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Imagen | Wxmaps

¿Dónde lo pasaremos peor? Sobre todo,en ciudades como Valencia, Murcia o Santa Cruz de Tenerife. Allí el calor se va a notar mucho y es posible que haya hasta 10 grados por encima de lo habitual.

¿Qué pasará después? Se espera que este evento de altas temperaturas empiece a remitir la próxima semana. Es decir, se espera que, progresivamente, vayamos recuperando temperaturas más primaverales. Crucemos los dedos, porque las consecuencias de perder la primavera pueden ser devastadoras en el campo.

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El “eficaz truco” para ahorrar papel higiénico en boca de todos ni es eficaz ni es un truco ni sirve para ahorrar

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Desde la fiebre acumuladora de la pandemia, sabemos que tenemos una obsesión extraña con el papel higiénico. De hecho, mientras indagaba por la cantidad media de papel que gastamos en España, casi todo lo que he encontrado fue publicado en aquellas devastadoras semanas de marzo de 2020.

Y eso explica, al menos en parte, por qué recurrentemente en estos meses de incertidumbre e inflación siempre hay un artículo sobre el papel higiénico entre lo más visto o leído de todos los periódicos. Mi duda, no obstante, es ¿de verdad se puede ahorrar papel higiénico?

¿Cuánto papel higiénico se gasta en España? Como de costumbre, no tenemos datos actualizados del sector, pero desde hace años la media de papel higiénico que usa un hogar español se encuentra entre los 105 y los 140 kilos al año.  Es decir, unos treintaytantos kilos por persona.

No obstante, eso supone en torno a unos 30 euros al año en un hogar medio. De ahí que, por mucho que "en plena crisis cada euro cuente", hablar de 'ahorrar' no deje de sonarme extraño.

Más allá del dinero... Está claro que el dinero no es la única cuestión por la que podríamos querer ahorrar en papel: hay cuestiones ecológicas (cada rollo requiere usar 140 litros de agua), sanitarias (sobre todo ahora que se ha empezado a relacionar algunos componentes con ciertas enfermedades como el cáncer) e incluso culturales. No debemos olvidar que hay muchísimas zonas del mundo en las que no se usa papel higiénico, sino agua (el culto civil de los argentinos al bidé da buena muestra de ello).

...pero el dinero sigue estando ahí. Y es curioso. Los artículos sobre cómo ahorrar aplastando el rollo para limitar la cantidad de papel que "sale" en cada tirón se han convertido en un género en sí mismos. Y me pregunto por qué.

Sobre todo, teniendo en cuenta que es un tema que se ve, también, al otro lado: en el de los ricos. Hace unos años, un equipo de investigadores de la Universidad de Michigan descubrió que, en general, los ricos gastaban menos en papel higiénico que los pobres.

El motivo era muy simple: lo compraban en grandes cantidades aprovechando las ofertas. Y eso se traducía en un ahorro mínimo, pero que aplicado a otras facetas de la vida se traducía en ahorros más importantes. Es decir, era un indicador, una metáfora: pero un montón de gente se obsesionó con comprar papel a gran escala.

¿Qué está pasando aquí? Eso de que "debemos centrar nuestros esfuerzos en lo que podemos controlar y no preocuparnos por aquello que está fuera de nuestro control" es una idea antiquísima que se puede remontar al estoicismo clásico y se encuentra en las entrañas filosóficas de la psicología cognitivo-conductual contemporánea. Además, nos ayuda a entender el problema: porque la obsesión con el papel higiénico es todo lo contrario.

Ahorrar en este gasto, por mucho que pueda tener sentido en algún contexto, es querer intervenir lo que está fuera de nuestro control a través de cosas que sí están en nuestra mano, pero no tienen capacidad de influir en el otro problema. Es querer achicar el agua del Titanic con una cucharilla de café. Marginalmente, todo suma: pero nos vamos a hundir igual.

¿Entonces? ¿Nos ponemos a derrochar? los seres humanos necesitamos formas de gestionar la impotencia, de decirnos a nosotros mismos que no malgastamos, que hacemos todo lo que podemos. En ese sentido, bienvenidos sean los rollos aplastados.

Pero no debemos de olvidar que no debemos tomarnos todo esto demasiado en serio. Hacerlo, nos repite las terapias psicológicas más avanzadas, nos puede impedir tomar decisiones con mayor impacto en nuestra vida.

Imagen | Jas Min

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Toda la polémica del arsénico en el arroz las resuelve la ciencia con tres trucos sencillísimos

Toda la polémica del arsénico en el arroz las resuelve la ciencia con tres trucos sencillísimos

En los últimos años (y por sorpresa) el arroz se ha convertido en un tema de lo más polémico. Y es algo realmente sorprendente porque, en fin, hablamos de uno de los cereales más producidos y consumidos del mundo. Más aún: es fascinante porque, aunque sí que hay un problema, la solución en países como el nuestro es tan sencilla que la polémica se disuelve prácticamente sola.

¿Qué problema hay con el arroz? Es decir, empecemos por el principio. Sí, el arroz tiene arsénico. Es algo característico de este cereal: "a medida que crecen, la planta y el grano tienden a absorber el arsénico más fácilmente que otros cultivos alimentarios".

Sobre eso, podíamos hacer poco más que procesar el arroz: "hacerlo blanco". Como el arsénico tiende a acumularse en el salvado, el proceso de extraer la cáscara, el salvado, el germen y dejar solo el endospermo reduce los niveles del arsénico inorgánico. Sin embargo, no resuelve un problema que efectivamente es real.

Sobre todo, en casos concretos. Precisamente por esto, no se recomienda introducir alimentos derivados del arroz (como bebidas o tortitas) en niños menores de seis años y en las embarazadas puede ser recomendable el uso de arroz blanco enriquecido. Sin embargo, para el resto de la población, el consumo moderado de arroz (sea blanco o integral) no presenta ningún problema.

Cómo sobredimensionar un problema. Hace unos meses, la OCU realizó un análisis sobre la presencia de arsénico en arroces y productos derivados en España. Revisó arroces blancos (de grano corto y largo), basmatis, integrales; arroces precocinados, papillas de cereales, preparados infantiles, tortitas, bebidas, fideos y hasta cereales de desayuno.

Sus conclusiones fueron que "ningún producto, consumido a razón de una ración por día puede suponer  un riesgo para la salud, aunque consumos superiores podrían implicar exceder los umbrales establecidos por la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA)".

Eso es clave: en cuanto revisamos los estudios que hay sobre el tema, encontramos que todos se refieren a un consumo de arroz descomunal. Normalmente, de hecho, los trabajos se refieren a poblaciones asiáticas con dietas basadas en este cereal y consumos muy superiores a las típicas en España.

Y, pese a todo, podemos reducir el contenido de arsénico. El caso es que, si estamos intraquilos, disponemos de un puñado de trucos sencillísimos que nos permiten rebajar el contenido de arsénico del arroz. El primero es el de lavarlo: hay distintas formas de preparar el arroz y, si no pensamos desechar el agua de la cocción, lavarlo es un medida sencilla y efectiva. Además, de paso, reduce el tiempo necesario para la cocción.

Por el otro lado, si vamos no necesitamos el caldo del arroz (o no buscamos un arroz seco),  podemos añadir más agua (para maximizar las opciones de disolución) y descartarla al finalizar la cocción.

No obstante, la mejor forma de prevenir un consumo excesivo de arsénico es tener una dieta equilibrada. Es decir: no basando nuestra alimentación ni en el arroz, ni en ningún otro producto. Así compensamos unos alimentos con otros.

Imagen | Faris Mohammed

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Un tratado realmente histórico: tras 17 años de negociaciones, hemos llegado a un acuerdo para proteger el 46% de la superficie de la Tierra

Un tratado realmente histórico: tras 17 años de negociaciones, hemos llegado a un acuerdo para proteger el 46% de la superficie de la Tierra

Finalmente el barco ha llegado a puerto, decía Rena Lee, la presidenta de la conferencia de la ONU reunida en Nueva Yok, tras lograr llegar a un acuerdo realmente histórico: el que va a permitir proteger todas las áreas marinas sin jurisdicción nacional. En ese momento, el sábado 4 de marzo a las 21:40 EST, la sala rompía a aplaudir.

No es para menos, el Tratado de los Océanos llevaba 17 años en un callejón sin salida y se ha desbloqueado de puro milagro.

Fuera de plazo. Hasta tal punto que el plazo ya estaba cumplido y se han tenido que realizar dos larguísimas jornadas de negociaciones para llegar a un acuerdo. Aún no se sabe el texto definitivo del Tratado BBNJ (Biodiversity Beyond National Jurisdiction), pero lo que sabemos es suficiente para, reconociendo que es imperfecto, respirar tranquilos.

¿De qué va todo esto?La idea de proteger y regular el uso de las áreas situadas fuera de las jurisdicciones nacionales lleva décadas encima de la mesa y, a medida que las nuevas tecnologías permitían nuevas formas de explotar el océano, se ha convertido en algo acuciante. Sobre todo porque estamos hablando de una superficie enorme: las "aguas internacionales" representan más del 60% de los océanos. Es decir, casi la mitad del planeta.

Y, como explicaba Carlos M. Duarte, Director Ejecutivo de la Plataforma Mundial de Aceleración de la I+D en Arrecifes Coralinos, en el Science Media Centre, la situación actual dejaba mucho que desear. "Hace una década publicamos investigación que mostraba que 10 naciones se apropiaban del 97 % de los recursos genéticos del océano, de donde una empresa, BASF, era propietaria del 70 % de las patentes".

Quid pro quo. De ahí que muchos países se negaran a aprobar protecciones, si no se articulaban mecanismos para que los conocimientos y recursos genéticos extraídos de esas regiones se compartieran. Pedir que algunos renunciaran a los beneficios extremadamente jugosos e impedirles explotar el patrimonio genético del océano, sin redistribuir lo que ya tenían unos pocos era, lógicamente, uno de los grandes obstáculos.

Un obstáculo que se ha salvado con generalidades. Y de hecho, a falta de ver el texto definitivo, como no se ha creado un mecanismo de compensación entre naciones, no se ha acordado una moratoria de la minería en aguas profundas. Sí que se van a exigir una serie de requisitos para limitar el impacto ambiental de las actividades que se desarrollen ahí. No es mucho, pero algo es algo.

El vaso medio lleno. Eso sí, por primera vez, tenemos mecanismos para la creación de áreas marinas protegidas en aguas internacionales. No será un proceso rápido ni sencillo: una vez ratificado el tratado (algo que no será fácil), quedará un largo camino hasta que veamos esas áreas realmente protegidas. No obstante, hasta este acuerdo se trataba de algo virtualmente imposible. Es una enorme noticia.

Imagen | Naja Bertolt Jensen / David Cooper

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Si queremos colonizar la Luna, antes tenemos que resolver un problema nada trivial: decidir qué hora tiene

Si queremos colonizar la Luna, antes tenemos que resolver un problema nada trivial: decidir qué hora tiene

El 23 de septiembre de 1999, después de diez meses de viaje y 125 millones de dólares, la sonda Mars Climate Orbiter se estrelló en Marte por el motivo más ridículo y surrealista que puede imaginarse: a alguien se le olvidó convertir las millas en kilómetros. Este es el mejor ejemplo de que, en el espacio, cualquier mínimo detalle puede convertirse en un enorme problema.

Y sí, por "mínimo detalle", me refiero a la hora, por ejemplo.

¿Qué hora es en la Luna? En el espacio, lo habitual es calcular el tiempo en función de la hora de la Tierra. Eso es lo que llevamos haciendo durante el último siglo. El problema es que,  hasta ahora, el volumen de misiones en el espacio profundo era pequeño. Es decir, era manejable.

Creciendo. Ahora mismo, las misiones en la luna usan antenas de espacio profundo para mantener los sistemas sincronizados con el tiempo terrestre. Algo simple, básico y directo. En los próximos años, con más de una docena de misiones lunares planteadas y la firme voluntad de establecernos de forma permanente en su superficie, la Luna se va a convertir en un hervidero de proyectos con zonas horarias distintas. Eso es sinónimo de problemas.

Eso preocupa a la ESA. Al fin y al cabo, como señala la Agencia Espacial Europea, la solución es sencilla: una zona horaria estándar propia. Algo que no solo facilitaría la colaboración entre las distintas agencias, sino que (como ocurre con los sistemas GPS en la Tierra) permitiría una coordinación y sincronización muy precisas en la superficie lunar.

No es algo sencillo. De hecho, hay muchísimos inconvenientes: ¿Cómo lo hacemos? ¿Debería vincularse al tiempo en la Tierra o debería ir por libre? Si va por libre, que sería lo mejor... ¿cómo lo ponemos en marcha? ¿Qué tecnología usamos? Los relojes en la luna ganan aproximadamente 56 microsegundos por día (es decir, funcionan un poco más rápido que los relojes en la Tierra) y los días, en el ecuador, duran casi un mes (29,5 días).

Cómo lo gestionamos. Pero, más allá, hay un serio problema de gobernanza. Al fin y al cabo, ¿quién se encarga de gestionar eso? No está de más recordar que no hay ninguna autoridad extraplanetario y, teniendo en cuenta que EEUU y China ni siquiera colaboran a nivel espacial, diseñar una forma de ponernos de acuerdo va a ser tarea casi imposible.

Imagen | NASA

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El frío polar se ha adueñado de media España. La noticia positiva: ya conocemos su fecha de caducidad

El frío polar se ha adueñado de media España. La noticia positiva: ya conocemos su fecha de caducidad

Los pronósticos no se han equivocado y ahora mismo, mientras escribo estas líneas, buena parte del nordeste peninsular se ha despertado en medio de lo que solo puede definirse como una invasión de aire muy frío, ártico; una masa gélida que ha derrumbado las temperaturas y ha pintado de blanco zonas tan cercanas a la costa como el Tibidabo barcelonés.

El frío va a ir a más y sus tentáculos van a extenderse hacia el sur y el oeste de la Península. No obstante, AEMET ya ha puesto fecha de caducidad a este evento. El invierno tiene los días contados.

Los termómetros en caída libre. Aunque los habitantes del interior de Cataluña y el nordeste de Aragón ya notaron los efectos del pasillo de aire frío continental que se está internando en la Península por el noreste, lo cierto es que hasta el lunes 27 las temperaturas bajas no empezarán a afectar al resto del país.

Se espera que, durante el día, no se superen los 5 ºC en la mitad norte. Y, aunque se espera que el martes las temperaturas empiecen a subir poco a poco, lo más probable es que hasta el viernes continúen por debajo de los valores habituales a principio de marzo.

Un pasillo que se va cerrando. Antes he dicho que lo que estaba enfriando la península era un pasillo de aire gélido de tipo continental. Es importante porque una de las piezas que permiten ese pasillo es Juliette, la décima borrasca de alto impacto del invierno. Y Juliette no se va a quedar quieta. Al contrario: va a afectar, sobre todo, a Baleares, Cataluña y el País Vasco. De hecho, las nevadas en Mallorca pueden ser históricas.

¿Cuánto le queda al invierno? Los indicios, según AEMET, nos llevan a pensar que el episodio de bajas temperaturas va a comenzar a remitir el jueves día 2. Eso no quiere decir que vayamos a volver a la primavera. Las temperaturas "más bajas de lo normal" se van a extender, al menos, hasta el fin de semana. Y, sin embargo, salvo sorpresa, a partir del jueves veremos la luz al final del túnel.

Lo que podemos esperar de la primavera. No debemos olvidar que la primavera meteorológica empieza el 1 de marzo y que, según los modelos estacionales, se espera que sea más cálida  de lo habitual en la mayor parte del país. O sea, que no sería raro que en pocos días no encontremos de nuevo con un tiempo primaveral.

La buena noticia, por otro lado, es que los expertos esperan que las lluvias estén (ligeramente) por encima de lo normal en el sur peninsular y en las islas Canarias. Al menos, durante los meses de marzo, abril y mayo. El calor no va a ninguna parte, pero el fantasma de la sequía va desdibujándose.

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Llevamos 10.000 años completamente obsesionados con los eufemismos y eso se nota cada vez que abrimos la boca

Llevamos 10.000 años completamente obsesionados con los eufemismos y eso se nota cada vez que abrimos la boca

Los eufemismos tienen mala prensa. Suelen verse como sinónimo de doblez, de falta de compromiso; como una manera de huir como la peste de la claridad. Y, sin embargo, durante al menos los últimos 10.000 años, los seres humanos hemos buscado casi obsesivamente un eufemismo tras otro para dejar de utilizar aquellas palabras incómodas, dolorosas o que se usaban de forma despectiva.

Esa búsqueda del eufemismo, de hecho, ha sido (y sigue siendo) uno de los motores más poderosos para cambiar la forma en que hablamos.

Hablamos con la cabeza y con el corazón

La palabra "bueno", sin ir más lejos es muy similar en inglés ("good"), alemán ("gut") y feroés ("góðan"). Pero, en cambio, la palabra "malo" se dice "bad" en inglés, "schlecht" en alemán e "illur" en feroés. Es un ejemplo, pero no es anecdótico. Hay millones de ejemplos.

Y eso que no se trata de un tema muy estudiado. Ya sabíamos que los factores de nivel macro, como la frecuencia del uso de palabras o el tamaño de la población, explicaban el ritmo de la evolución léxica. Es decir, que a mayor número de hablantes y a mayor uso de una determinada palabra, más cambios podíamos esperar.

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Jackson et als (2022)

Lo que descubrió en 2022 un estudio coordinado por la Universidad Northwestern es que, en los últimos 10.000 años de historia, los factores cognitivos y afectivos también han tenido un papel central: las palabras negativas han cambiado mucho más que las positivas. Una barbaridad más. Y, precisamente por eso, el estudio es tan interesante: nos da claves fundamentales para entender la evolución de una lengua. Pero, además, permite algo más.

Una forma de mirarnos a nosotros mismos

Sé que suena chocante y contraintuitivo, pero hubo una época en que 'subnormales' era el término técnico y recomendado, el término neutro para hablar de las personas con discapacidad intelectual. Tanto es así que en 1964, en el Hotel Victoria de Valencia, 20 asociaciones de familiares se reunieron y crearon la 'Federación Española de Asociaciones Pro Subnormales' (FEAPS).

En estos casi 60 años las cosas, evidentemente, han cambiado mucho: primero, se abandonó el uso de 'subnormal' y se empezó a emplear 'retrasado'; más tarde, se comenzó a hablar de 'deficientes mentales' y, luego, de personas con discapacidad mental o intelectual. En 2015, FEAPS decidió hacer un cambio más radical y empezó a llamarse 'Plena Inclusión'.

Traigo este ejemplo a colación porque la idea de que la 'valencia cognitiva y afectiva" de las palabras interviene en la necesidad de buscar palabras nuevas, nos permite también examinar cómo la sociedad valora determinados colectivos, realidades o problemáticas.

Los familiares de personas con discapacidad intelectual durante medio siglo se han visto envuelto en una carrera por adelantar a una sociedad que usaba esos términos de manera despectiva y, frente a eso, han tenido que salir al paso encontrando nuevas formas de hablar sobre esa realidad, de reivindicar esa realidad.

En este sentido, examinar la forma en la que hablamos es una buena manera de reflexionar sobre qué valoramos y sobre cómo lo hacemos. De ponernos un espejo y preguntarnos si estamos haciendo lo que verdaderamente nos gustaría hacer.

Imagen | Bianca Berg

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Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

En el plan inicial de este reportaje, tenía pensado perseguir literalmente a un camión desde el contenedor amarillo de mi casa hasta la planta donde lo "procesan". Ya tenía la parte más difícil: el acceso a la planta; así que, unas horas antes de la visita, aparcaría el coche cerca de la zona de contenedores y, armado con un termo de café y una revista de sudokus, esperaría al camión.

Con un poco de suerte y como quien no quiere la cosa, iría tras de ellos hasta que descargaran el contenido del camión en la misma planta que yo iba a ver (con suerte) pocas horas después. Está feo que lo diga yo mismo, pero era una idea fantástica que no solo me iba a dar una visión de conjunto de todo el proceso... me iba a dar una forma redondísima de empezar el texto.

Si tras leer esos dos párrafos, has llegado a la conclusión de que he visto demasiadas películas de periodistas de serie B, tranquilo, no estás solo. Mi mujer está contigo. Mi mujer, mi jefe y los tres operarios de camión de la basura que, tras diez minutos de persecución, me dijeron que qué carajo pasaba conmigo. Afortunadamente, el karma me ha dado una imagen mejor. Hola, soy Javi Jiménez y estoy suspendido encima de cientos de toneladas de envases reciclables.

Sí, la cosa se me ha ido de las manos.

Tú, yo y cientos de toneladas de basura

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— Que sí, Javier, que sí.

— ¿Cómo?

— Que ya puede pasar.

Estoy en Gavà, provincia de Barcelona. A las puertas de una de las plantas que SEMERSA (Selectives Metropolitanes, S.A.) tiene en el área metropolitana de Barcelona. Es una empresa pública que se dedica a la selección de envases ligeros y al tratamiento de otros residuos voluminosos.

En este caso concreto, la planta es una de las dos que reciben el contenido de todos contenedores amarillos del Área Metropolitana de Barcelona. Es decir, los envases de casi seis millones de personas. Un poco más de la mitad, para ser precisos.

Dicho así, no obstante, no se entiende bien de qué estamos hablando. La planta de Gavà son unas naves al sur de la ciudad condal. Allí, durante las 24 horas del día, contenedores cargados de envases sueltan todo lo que llevan dentro. En el suelo. Sin más: llegan y descargan. Allí mismo, un grupo de excavadoras se encargan de mantener  en orden las montañas de basura.

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Y enfatizo el hecho de que los camiones descargan "todo lo que llevan dentro" porque, como me explican los técnicos de la planta, casi un tercio de lo que entra por las puertas no son envases. A veces es comida, otras veces residuos más complejos. Troncos de madera, baterías de coches y, al menos en una ocasión, un frigorífico envuelto en plástico de burbujas.

Así que lo primero que hacen los técnicos de la planta es separar el grano de la paja. Y lo hacen, efectivamente, a paladas: las excavadoras cogen paladas de basura y alimentan con ella una cinta mecánica que (maravillas de la tecnología moderna) tiene automatizado la separación de prácticamente todos los elementos aprovechables. En esa fábrica son cuatro: PVC, PET, aluminio y otros elementos férricos.

¿Y todo esto para qué?

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En 1996, mientras se tramitaba la Ley de Envases,  las principales empresas del sector de alimentación del país se unieron  para dar "una respuesta empresarial" a los retos que presentaba esa ley  (y la legislación europea sobre reciclaje que trataba de transponer): resumiendo mucho, los retos eran que dichas empresas debían hacerse responsables del plástico que ponían en el mercado.

El resultado fue Ecoembes, una empresa sin ánimo de lucro, que gestiona 22 millones de toneladas de residuos, da cobertura a 46  millones de personas y mantiene casi un centenar de convenios con  distintas administraciones públicas. El sistema, por lo demás, es muy sencillo: esas administraciones recogen los envases usados y Ecoembes paga por ellos.

Como se trata de una empresa sin ánimo de lucro: Ecoembes tiene dos formas básicas de financiarse a través de los fondos que aportan las empresas que venden productos envasados y subastando los materiales que salen de los envases recuperados.

En este sentido, a las administraciones públicas les interesa ser capaces de recuperar todos y cada uno de los envases que se tiran en el país: envase que se cuela por las rendijas del sistema de recogida de residuos, dinero que acaban perdiendo. Hay informes (como este de Greenpeace) que señalan que ese dinero que ese pierde es mucho. No obstante, a medida que los sistemas de recogida se vuelven más eficaces las cifras van convergiendo progresivamente.

No viene mal recordar que mientras, según Eurostat, España solo se recicla un 36,4% de la basura municipal; cuando hablamos de envases ligeros (de los que se encarga en último término Ecoembes) esa cifra se dispara al 69,6%. Falta, claro; pero la nueva Ley de residuos (que obliga a separar la materia orgánica) tiene mucho que decir en los próximos años.

Hablemos del proceso

Todo esto es muy interesante, pero el proceso (en sí mismo) es muy curioso. Al fin y al cabo, si las administraciones pueden procesar tal cantidad de basura es porque han automatizado el proceso hasta casi sus últimas consecuencias. Como decía, las excavadoras depositan la basura en una cinta mecánica que echa los residuos en el trommel: un tambor gigante que va separando los objetos por tamaños. El proceso, como se puede ver arriba (neumático de automóvil incluido) es casi hipnótico.

El resto del proceso se confía a unos sensores ópticos, a los que tengo pensado dedicarle un artículo con detalle. Estos sensores identifican cada material y lo sacan de las cintas transportadoras para enviarlo a la zona de prensado y empaquetado.

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El material seleccionado va a procesarse y subastarse. El resto, que a veces llega a ser el 40% de lo que ingresa en planta, sigue el proceso de cribado: va a otros procesadores que tratan de aprovechar cada gramo. Y no es para menos: durante los últimos años hemos hablado mucho de "minería urbana".

Sin embargo, centrados en las tierras raras y los dispositivos tecnológicos, solemos olvidar que esto (reciclar todo lo que tiramos a la basura) también es un tipo de esa "minería urbana". Una que movió  494,1 millones de euros en 2016 y de 529 millones en 2017; una que es clave para el futuro de un planeta en el que nadie quiere convertirse en el vertedero global; una que, en esencia, deberíamos mirar más de cerca. No es tan desagradable como puede parecer.

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La noticia Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno fue publicada originalmente en Xataka por Javier Jiménez .

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Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

Siempre he tenido curiosidad de qué hacían con los contenedores amarillos: así que he seguido uno

En el plan inicial de este reportaje, tenía pensado perseguir literalmente a un camión desde el contenedor amarillo de mi casa hasta la planta donde lo "procesan". Ya tenía la parte más difícil: el acceso a la planta; así que, unas horas antes de la visita, aparcaría el coche cerca de la zona de contenedores y, armado con un termo de café y una revista de sudokus, esperaría al camión.

Con un poco de suerte y como quien no quiere la cosa, iría tras de ellos hasta que descargaran el contenido del camión en la misma planta que yo iba a ver (con suerte) pocas horas después. Está feo que lo diga yo mismo, pero era una idea fantástica que no solo me iba a dar una visión de conjunto de todo el proceso... me iba a dar una forma redondísima de empezar el texto.

Si tras leer esos dos párrafos, has llegado a la conclusión de que he visto demasiadas películas de periodistas de serie B, tranquilo, no estás solo. Mi mujer está contigo. Mi mujer, mi jefe y los tres operarios de camión de la basura que, tras diez minutos de persecución, me dijeron que qué carajo pasaba conmigo. Afortunadamente, el karma me ha dado una imagen mejor. Hola, soy Javi Jiménez y estoy suspendido encima de cientos de toneladas de envases reciclables.

Sí, la cosa se me ha ido de las manos.

Tú, yo y cientos de toneladas de basura

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— Que sí, Javier, que sí.

— ¿Cómo?

— Que ya puede pasar.

Estoy en Gavà, provincia de Barcelona. A las puertas de una de las plantas que SEMERSA (Selectives Metropolitanes, S.A.) tiene en el área metropolitana de Barcelona. Es una empresa pública que se dedica a la selección de envases ligeros y al tratamiento de otros residuos voluminosos.

En este caso concreto, la planta es una de las dos que reciben el contenido de todos contenedores amarillos del Área Metropolitana de Barcelona. Es decir, los envases de casi seis millones de personas. Un poco más de la mitad, para ser precisos.

Dicho así, no obstante, no se entiende bien de qué estamos hablando. La planta de Gavà son unas naves al sur de la ciudad condal. Allí, durante las 24 horas del día, contenedores cargados de envases sueltan todo lo que llevan dentro. En el suelo. Sin más: llegan y descargan. Allí mismo, un grupo de excavadoras se encargan de mantener  en orden las montañas de basura.

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Y enfatizo el hecho de que los camiones descargan "todo lo que llevan dentro" porque, como me explican los técnicos de la planta, casi un tercio de lo que entra por las puertas no son envases. A veces es comida, otras veces residuos más complejos. Troncos de madera, baterías de coches y, al menos en una ocasión, un frigorífico envuelto en plástico de burbujas.

Así que lo primero que hacen los técnicos de la planta es separar el grano de la paja. Y lo hacen, efectivamente, a paladas: las excavadoras cogen paladas de basura y alimentan con ella una cinta mecánica que (maravillas de la tecnología moderna) tiene automatizado la separación de prácticamente todos los elementos aprovechables. En esa fábrica son cuatro: PVC, PET, aluminio y otros elementos férricos.

¿Y todo esto para qué?

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En 1996, mientras se tramitaba la Ley de Envases,  las principales empresas del sector de alimentación del país se unieron  para dar "una respuesta empresarial" a los retos que presentaba esa ley  (y la legislación europea sobre reciclaje que trataba de transponer): resumiendo mucho, los retos eran que dichas empresas debían hacerse responsables del plástico que ponían en el mercado.

El resultado fue Ecoembes, una empresa sin ánimo de lucro, que gestiona 22 millones de toneladas de residuos, da cobertura a 46  millones de personas y mantiene casi un centenar de convenios con  distintas administraciones públicas. El sistema, por lo demás, es muy sencillo: esas administraciones recogen los envases usados y Ecoembes paga por ellos.

Como se trata de una empresa sin ánimo de lucro: Ecoembes tiene dos formas básicas de financiarse a través de los fondos que aportan las empresas que venden productos envasados y subastando los materiales que salen de los envases recuperados.

En este sentido, a las administraciones públicas les interesa ser capaces de recuperar todos y cada uno de los envases que se tiran en el país: envase que se cuela por las rendijas del sistema de recogida de residuos, dinero que acaban perdiendo. Hay informes (como este de Greenpeace) que señalan que ese dinero que ese pierde es mucho. No obstante, a medida que los sistemas de recogida se vuelven más eficaces las cifras van convergiendo progresivamente.

No viene mal recordar que mientras, según Eurostat, España solo se recicla un 36,4% de la basura municipal; cuando hablamos de envases ligeros (de los que se encarga en último término Ecoembes) esa cifra se dispara al 69,6%. Falta, claro; pero la nueva Ley de residuos (que obliga a separar la materia orgánica) tiene mucho que decir en los próximos años.

Hablemos del proceso

Todo esto es muy interesante, pero el proceso (en sí mismo) es muy curioso. Al fin y al cabo, si las administraciones pueden procesar tal cantidad de basura es porque han automatizado el proceso hasta casi sus últimas consecuencias. Como decía, las excavadoras depositan la basura en una cinta mecánica que echa los residuos en el trommel: un tambor gigante que va separando los objetos por tamaños. El proceso, como se puede ver arriba (neumático de automóvil incluido) es casi hipnótico.

El resto del proceso se confía a unos sensores ópticos, a los que tengo pensado dedicarle un artículo con detalle. Estos sensores identifican cada material y lo sacan de las cintas transportadoras para enviarlo a la zona de prensado y empaquetado.

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El material seleccionado va a procesarse y subastarse. El resto, que a veces llega a ser el 40% de lo que ingresa en planta, sigue el proceso de cribado: va a otros procesadores que tratan de aprovechar cada gramo. Y no es para menos: durante los últimos años hemos hablado mucho de "minería urbana".

Sin embargo, centrados en las tierras raras y los dispositivos tecnológicos, solemos olvidar que esto (reciclar todo lo que tiramos a la basura) también es un tipo de esa "minería urbana". Una que movió  494,1 millones de euros en 2016 y de 529 millones en 2017; una que es clave para el futuro de un planeta en el que nadie quiere convertirse en el vertedero global; una que, en esencia, deberíamos mirar más de cerca. No es tan desagradable como puede parecer.

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