En 1947 el Yukón alcanzó los -63ºC. Así que un científico empezó a escuchar conversaciones a cinco kilómetros de distancia

En 1947 el Yukón alcanzó los -63ºC. Así que un científico empezó a escuchar conversaciones a cinco kilómetros de distancia

La madrugada del 3 de febrero de 1947 el meteorólogo Gordon Toole se echó encima toda la ropa de abrigo que encontró en su armario y salió del barracón que ocupaba en el aeródromo de Snag, una remotísima localidad de Yukón, Canadá. 

Una de las primeras sensaciones que probablemente lo sacudió nada más cruzar el umbral y poner un pie en el exterior fue el frío. Un frío punzante, que parecía morderle los huesos. Y no es que Toole no estuviese habituado a las bajas temperaturas. Desde hacía días él y sus colegas soportaban valores gélidos, capaces de congelar en minutos cualquier porción de piel que quedase al descubierto.

Lo segundo que debió de llamar la atención de Toole a lo largo de aquella mañana fue la combinación de ruidos. Aunque estaba en un lugar remoto y sus seis huskies dormían acurrucados para soportar la helada, el científico podía escuchar con total claridad unos ladridos lejanos. No habría tenido mayor importancia si no fuera porque los perros en cuestión estaban en el pueblo, a seis kilómetros al norte. 

No fue lo único extraño que percibió.

La visión era horrorosa y solo podía apreciar con claridad lo que tenía a unos metros de distancia, pero el científico era capaz de escuchar sonidos lejanísimos como si le llegasen desde el otro extremo de su barracón a o él estuviese dotado de un oído más fino que el mejor de sus huskies. Una de las cosas que identificó con claridad aquel día, por ejemplo, fue cómo el hielo se resquebrajaba en el río White, a aproximadamente 1,6 kilómetros de donde él se encontraba. "Se quebró y retumbó con fuerza, como disparos", explicaría poco después.

Por oír podía oír incluso el "tintineo" que producía el aliento que exhalaba al congelarse y caer al suelo convertido en fino polvo blanco.

El sonido de un día gélido

Ninguno de aquellos fenómenos era muy convencional, pero, claro, tampoco lo eran las temperaturas que Toole registró a lo largo de aquel gélido día de febrero de 1947. Como relata Canada´s History, cuando llegó al complejo donde tenía su instrumental meteorológico el científico comprobó que el termómetro se le había quedado corto. En sentido más literal de la expresión. El instrumento parecía marcar un valor situado por debajo de la cifra más baja señalada, -62,2 ºC.

Intrigado, Toole regresó al barracón y pidió ayuda a uno de sus colegas para calcular cómo de baja era la temperatura que estaban soportado. Su estimación final fue sorprendente: -63,8ºC. Y dado que con semejante frío era imposible utilizar un boli con tinta, decidió dejar constancia marcándolo con una lima.

Varios meses después y tras realizar pruebas de calibración que demostraron que el termómetro tenía un ligero error, el servicio meteorológico aceptó que el valor corregido era ligeramente más alto, pero igual de sorprendente: -63ºC. A día de hoy aún se presenta a menudo como la temperatura más baja registrada hasta la fecha en Canadá o incluso América del Norte, si bien hace no mucho se alcanzó una sensación térmica en el Monte Washington, New Hampshire, de -78ºC.

Lo que sigue intrigando casi ocho décadas después es cómo pudo Gordon Toole escuchar aquel día de 1947 los ladridos de unos perros que estaban a seis kilómetros de distancia o el crujir del hielo a casi dos kilómetros.

El fenómeno sin embargo tiene poco de misterioso y se explica por las temperaturas de récord que se alcanzaron aquel día, como aclara David Phillips, climatólogo de Environment Canada, a National Post: "Una inversión térmica hizo que las ondas sonoras se curvaran hacia el suelo en lugar de escapar hacia arriba. La gente del aeropuerto podía oír con claridad los ladridos de los perros y los habitantes hablando como si estuvieran cerca en vez de a cinco kilómetros".

La clave: la temperatura y cómo influye en la propagación del sonido.

Cuando el aire es muy frío o excepcionalmente frío, como ocurría en Yukón a principios de febrero de 1947, se propaga de forma más lenta y puede desplazarse también a mayores distancias. Una de las claves para comprender el fenómeno es la diferencia entre las capas de aire: el frío forma una masa densa que se asienta a nivel del suelo, mientras que el situado por encima es más cálido.

Al viajar, las ondas de sonido experimentan una refracción que permite que se desplacen a mayores distancias. "Se doblan desde el aire que es menos denso hacia el aire que es más frío y más denso. Eso significa que las ondas que se propagan desde alguien a nivel del suelo se reenfocan hacia el suelo. El sonido sigue un camino curvo y viaja más lejos en esas condiciones", explica Tom Spears.

Añade a ese escenario la ausencia de vientos que compliquen la audición y tendrás el curioso fenómeno que relata Toole de aquel día de principios de 1947.

Quizás fuesen condiciones extremas, pero al menos —bromea Toole— tanto él como sus compañeros tenían algo asegurado: a pesar de que la visibilidad no era buena, perderse resultaba casi imposible. Y no solo porque sus voces podrían oírse a varios kilómetros de distancia sin ayuda de altavoces ni ninguna otra ayuda.

"Perderse no era motivo de preocupación. Mientras un observador caminaba por la pista, cada respiración permanecía como una pequeña niebla inmóvil detrás de él a la altura de la cabeza—añade—. Estos parches de niebla de respiración humana seguían en el aire inmóvil durante tres o cuatro minutos, antes de desvanecerse. Un observador incluso encontró un rastro de este tipo que seguía marcando su camino cuando regresó por el mismo camino 15 minutos después".

Espectáculos asombrosos...

...para un día asombroso.

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Ámsterdam se ha cansado del exceso de turistas. Y ha encontrado una solución: combatir a los cruceros

Ámsterdam se ha cansado del exceso de turistas. Y ha encontrado una solución: combatir a los cruceros

2023 está siendo un año curioso para el turismo de Ámsterdam. No por la afluencia de turistas o el coste del alojamiento, que ha remontado con fuerza tras el mazazo de la pandemia. Si 2023 está siendo peculiar en el bullente sector hostelero de la capital holandesa es sobre todo por una cuestión de retórica: a diferencia de la mayoría de ciudades, empeñadas en captar cuantos más visitantes mejor, sus autoridades han movido ficha para distanciarse de cierto tipo de turistas.

Lo hicieron en primavera, con una campaña que bajo el eslogan "Stay Away" pretendía alejar a los turistas británicos que aterrizan en la ciudad en busca de sexo, drogas y diversión desaforada. Y lo acaba de hacer ahora con una decisión aún más sorprendente: cerrar su centro a quienes llegan en grandes cruceros.

Cruceros no, gracias. Ámsterdam ya no quiere cruceros en el centro de la ciudad. Y ha decidido blindarse para lograrlo. La semana pasada sus autoridades locales votaron restringir el atraque de grandes buques de pasajeros en la urbe.

Es más, según precisan medios como la cadena BBC, The Guardian o Bloomberg sus planes pasarían incluso por cerrar la terminal central de cruceros. La decisión tiene un calado especial, ya no únicamente por lo que representa para Ámsterdam, sus vecinos y  hostelería, sino por el impacto que puede tener en el propio circuito turístico europeo: la capital holandesa no es al fin y al cabo cualquier destino.

¿Es relevante la decisión? Y tanto. Marine Insight sitúa a Ámsterdam en el "Top 10" de los puertos de cruceros de Europa y Cruise Port Amsterdam asegura en su web que desde 2000 ha recibido casi cuatro millones de pasajeros y más de 2.000 embarcaciones. Bloomberg precisa que en conjunto el puerto de la ciudad recibe cientos de "mega buques" cada año y alrededor de 700.000 cruceristas.

Hace unos días la terminal reconocía que la coalición gobernante en Ámsterdam ha reclamado que se prohíba el atraque de cruceros en el centro, pero matizaba que no maneja un calendario. "Puede implicar estudiar una nueva ubicación".

Pero… ¿Cuál es la razón? Los cruceros dejan dinero. Bastante. Aquí, en España, la Junta de Andalucía ha echado cuentas y estima que cada crucerista que hace escala en un puerto de la región se deja de media 40,6 euros al día, gasto que puede elevarse a 200 euros en los puertos base. El problema es que el trasiego de grandes buques tiene una "cara B" menos amable, con un impacto menos deseable y con la que las autoridades de Ámsterdam parecen sentirse más incómodas.

Lo explicaba hace poco y con claridad meridiana Ilana Rooderkekt, líder local de D66, partido progresista y liberal que forma parte de la coalición de gobierno de la urbe junto con el Partido Laborista y GroenLinks: "Los cruceros contaminantes no están en línea con las ambiciones sostenibles de Ámsterdam". La dirigente incluso fue más allá y llegó a tachar la afluencia de viajeros de "plaga de langostas".

Pulución… y algo más. El impacto medioambiental no es el único "pero" que ponen los gobernantes de la ciudad. El trasiego de cruceros sería incompatible con sus planes de construir un nuevo puente entre los distritos sur histórico y Noord y, sobre todo, con su nueva política turística. "Los cruceros en el centro de la ciudad tampoco encajan en la tarea de combatir el turismo de masas", zanja Rooderkekt.

La nueva política llega al fin y al cabo después de la polémica campaña "Stay Away", con la que Ámsterdam ha querido disuadir a los británicos que llegan en busca de sexo y drogas, y de que en febrero las autoridades vetasen el consumo de marihuana en las calles de su Barrio Rojo.  La propia alcaldesa de Ámsterdam ha llegado a lamentar que los cruceros sueltan a los turistas por el centro de la ciudad durante solo unas horas, por lo que consumen en cadenas internacionales y ni siquiera pueden disfrutar de los museos que se reparten por la localidad.

Una cuestión de (grandes) cifras. Para entender qué está sucediendo en Ámsterdam, su respuesta al turismo masificado y el giro de timón que acaba de dar en su estrategia con el tráfico de cruceros, viene bien manejar algunas cifras clave. Probablemente la más interesante sea la que refleja la enorme desproporción entre su censo y la afluencia de viajeros. En la ciudad residen alrededor de 920.000 personas, menos, muchas menos, de las que pasan cada año por sus hoteles.

Bloomberg habla de más de un millón de turistas mensuales y a comienzos de año el diario Holland Times deslizaba que, una vez diluido el efecto de la pandemia, las previsiones pasaban por superar los 20 millones de visitantes durante este mismo año, una cifra que superaría incluso a la alcanzada en 2018, antes del COVID-19. Por entonces su alcaldesa calculaba que podría llegar a 29 millones en 2025.

Pasajeros y polución. La referencia de Rooderkekt a "las ambiciones sostenibles" de Ámsterdam tampoco es gratuita. En 2021 un estudio de las universidades de Girona, Exeter y el Instituto de Turismo de Croacia alertaba del impacto "serio, creciente y continuado" que el intenso trasiego de transatlánticos tiene tanto en el medioambiente como en la propia salud de la población.

Sus conclusiones eran rotundas: un buque genera una huella de carbono diaria que supera a la de 12.000 vehículos y un solo crucero de 2.700 pasajeros puede generar una tonelada diaria de basura. Hay estimaciones que apuntan que un gran crucero deja al día los mismos niveles de óxidos de nitrógeno que 30.000 camiones.

¿Es Ámsterdam un caso único? En absoluto. La afluencia de cruceros ha generado tensiones y polémica en otros puntos de Europa. En España, sin ir más lejos, Barcelona ha planteado regular y limitar el trasiego de cruceristas. En 2022 el Ayuntamiento presentó un informe en el que alerta de que hay jornadas en las que recibe más de 20.000 cruceristas, con el consecuente impacto negativo para el comercio local o el transporte, y esta misma primavera volvía a incidir en la necesidad de abordar "el incremento masivo del turismo de cruceros".

De nuevo, ni Ámsterdam y Barcelona están solas. Venecia también tomó medidas en 2021 para blindar su corazón urbano e iniciativas similares, con mayor o menor contundencia, se han adoptado en otros destinos, como Dublín o Santorini.

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La agrovoltaica lleva décadas como una gran promesa de las renovables. Ya sabemos cuál es su potencial en Europa

La agrovoltaica lleva décadas como una gran promesa de las renovables. Ya sabemos cuál es su potencial en Europa

La filosofía tiene poco de nueva. Que combinar placas solares y agricultura puede ser una buena forma de mejorar el aprovechamiento del terreno y lograr sinergias es algo que se planteó hace ya bastante tiempo, en los años 80. Poco a poco y sobre todo a lo largo de la última década la bautizada como agrovoltaica ha ido pasando sin embargo de la teoría a la práctica, con proyectos en Alemania, Estados Unidos, Chile, Japón o España, donde se han impulsado iniciativas como Winesolar, una planta piloto de 40 kW instalada en Toledo. Ahora investigadores daneses han puesto un  dato sobre la mesa que hace aún más interesante esa apuesta.

El motivo: muestra el enorme potencial que la agrovoltaica tendría en Europa.

Una "mezcla" prometedora. Hace poco Kamran Ali Khan Niazi y Marta Victoria, investigadores de la Aarhus University (AU), se preguntaron qué peso podría llegar a desempeñar realmente la agrovoltaica en Europa. Para su análisis se centraron primero en una punto concreto de Dinamarca y extrapolaron luego sus conclusiones, añadiendo bases de datos para estudiar el potencial que ofrece cada región de la UE. Su conclusión es interesante: si aprovechásemos todo el músculo obtendríamos energía para cubrir con creces la demanda actual.

"El potencial de la agrovoltaica es enorme, ya que la electricidad generada por los sistemas agrovoltaicos podría producir 25 veces la demanda actual de electricidad en Europa. En total, la capacidad potencial de la agrovoltaica en Europa es de 51 TW, lo que supondría una producción eléctrica de 71.500 TWh/año", recogen los investigadores, que acaban de publicar su análisis en Progress in Photovoltaics.

¿Aporta más datos? Sí. El análisis muestra que las "zonas elegibles" para la agrovoltaica (APV) se distribuyen de forma "bastante desigual" en Europa. Por ejemplo, mientras concluye que hay países donde el espacio apta para la APV es mínimo, en otros se alcanzan porcentajes de dos dígitos. En el primer caso estaría Noruega, con un 1% de superficie; en el segundo Dinamarca, con un 53%.

A la hora de calcular lo que consideran "zona elegible", los investigadores recurrieron a la base de datos europea CORINE Land Cover y aplicaron ciertas limitaciones, como la distancia con bosques, asentamientos y carreteras. También se aseguraron de que coincidiesen con terrenos que ya se usan para la agricultura. A la hora de estimar el potencial de la agrovoltaica en diferentes zonas de Europa, el equipo manejó una densidad de 30 W por metro cuadrado. Uno de los objetivos que se marcaron fue mantener más del 80% de la tierra apta para cultivos.

¿Cómo valoraron la "elegibilidad y potencial"? Atendiendo a varios factores. En su análisis los investigadores trabajaron con NUTS-2, nomenclatura de la Unión Europea que designa zonas "básicas para las políticas regionales", y luego realizaron un análisis del terreno. "Existen varios tipos, como forestales y seminaturales, humedales y masas de agua. Las agrícolas más adecuadas para la agrovoltaica son las de cultivo, los cultivos permanentes y los pastos", detallan.

Al trasladar el criterio a la región de Dinamarca en la que centraron su foco, Midtjylland, concluyeron que la "superficie elegible" es de unos 8.341 kilómetros cuadrados. Partiendo de una capacidad de alrededor de 30 w/m2 y sus cálculos de rendimiento, calcularon que el potencial de las instalaciones agrovoltaicas en ese punto de la región central del país alcanza 215 TWh anuales. Su análisis se amplió a Europa, considerando también las regiones NUT-2, para valorar todas las zonas "elegibles". Su conclusión, plasmada incluso en un plano: representan un 16,2% y alcanzan una superficie de alrededor de 1,7 millones de kilómetros cuadrados.

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Terrenos adecuados para la agrovoltaica en Europa.

Valorando diferentes opciones. En su estudio, Ali Khan Niazi y Victoria valoraron también tres configuraciones posibles para las instalaciones APV: el uso de módulos de una sola cara (monofaciales), bien instalados con  inclinación fija o equipados con rastreadores capaces de variar su ángulo a lo largo del día, y otros que aprovechan ambas caras (bifaciales) y se fijan de forma vertical y en filas. A la hora de analizar unos y otros prestaron atención a aspectos como las sombras.

"Como era de esperar, la configuración de seguimiento de ejes produce un mayor rendimiento eléctrico, pero si se tienen en cuenta los patrones de generación diaria de las distintas configuraciones, la bifacial vertical produce un mayor rendimiento eléctrico ponderado por el precio para algunos países", concluye el estudio.

¿Por qué es importante? Por el enorme potencial de la fotovoltaica y la necesidad de preservar las tierras agrícolas. Ambos objetivos necesitan lo mismo: terreno. "La competencia local por los usos del suelo puede resultar problemática y el despliegue concentrado de plantas fotovoltaicas puede desencadenar problemas de aceptación social", señalan. Con ese telón de fondo lo expertos apuntan que la combinación de las tierras agrícolas con sistemas fotovoltaicos muestra "un gran potencial" para la energía sostenible e incluso preservar la biodiversidad.

"Las sinergias pueden permitir que tanto los cultivos como los módulos fotovoltaicos se beneficien de la integración. En climas secos, las sombras proyectadas por los módulos podrían reducir la necesidad de riego hasta en un 20% —precisan—. Además, los paneles también podrían utilizarse para recolectar agua de lluvia, que luego puede usarse para riego. Otro posible beneficio para los cultivos es que podrían estar protegidos de las influencias climáticas". En cuanto a los  propios módulos, una de las ventajas es el enfriamiento por convección.

Imágenes: AgriSolar Clearinghouse (Flickr) y Kamran Ali Khan Niazi y Marta Victoria

En Xataka: Paneles solares verticales que funcionan por ambas caras: la idea de una empresa para impulsar la "agrovoltaica"

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El subsuelo de las grandes ciudades también se está calentando. Son malas noticias para los edificios

El subsuelo de las grandes ciudades también  se está calentando. Son malas noticias para los edificios

A lo largo de los últimos años Alessandro Rotta Loria, profesor de la Universidad de Northwestern, se ha dedicado a desplegar a lo largo y ancho de Chicago una red de sensores inalámbricos para medir la temperatura. Hasta ahí nada excepcional. Lo curioso es que a Rotta Loria y su equipo no les interesaba solo la temperatura en las calles, plazas y parques de la Ciudad de los Vientos. Querían saber también qué se cuece bajo el suelo. Y por una razón sencilla: los vaivenes del termómetro bajo el asfalto pueden tener un impacto mucho más rotundo de lo que nos imaginábamos en los edificios que se levantan sobre la superficie.

El estudio deja conclusiones interesantes a esta orilla del Atlántico.

¿Una red de sensores inalámbricos? Exacto. Como si de una peculiar malla se tratara, a lo largo de los últimos años Rotta Loria y sus colegas se han dedicado a tejer una red inalámbrica con más de 150 sensores de temperatura distribuidos por Chicago Loop, el distrito comercial de la ciudad. Una parte de esos dispositivos se desplegaron sobre la superficie. Otra, bajo el suelo, repartidos por sótanos de edificios, túneles, parkings soterrados y calles como Lower Wacker Drive.

Para completar el experimento el equipo enterró algunos sensores en uno de los grandes pulmones verdes de la urbe: Grant Park, un parque de 1,3 kilómetros cuadrados (km2) situado en el distrito central y de negocios de la metrópoli.

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Anjali Naidu Thota, estudiante en el laboratorio de Rotta Loria, coloca un sensor de temperatura en Chicago.

¿Y para qué lo hicieron? Para medir temperaturas. Y compararlas. Las conclusiones del estudio son cuanto menos llamativas: los valores subterráneos registrados debajo del Loop eran a menudo 10ºC más altos que los anotados bajo Gran Park. Y no solo eso. El aire de las estructuras subterráneas, como los túneles, sótanos o parkings soterrados, también era considerablemente más caliente que el registrado sobre el suelo que no se había modificado. Para ser precisos, podía ser hasta 25ºC superior. Todas esos datos los plasmaron en un estudio que acaba de publicarse en la revista Communications Engineering, de Nature Portfolio.

¿Por qué son importantes los datos? Porque nos ayudan a entender un fenómeno tan desconocido como crucial para nuestras ciudades y en el que ha centrado su atención el equipo de Rotta Loria: el "cambio climático subterráneo". Edificios y transporte soterrado generan un calor que afecta a la temperatura del suelo de forma "alarmante", como advierte la Universidad de Northwestern. Hay algunas investigaciones previas que ya señalan de hecho que el subsuelo poco profundo de las ciudades se calienta entre 0,1 y 2,5ºC por década.

"Si piensas en sótanos, estaciones, túneles y trenes, emiten calor de forma continua", comenta. Que los núcleos urbanos suelen ser más cálidos que los rurales es algo que se sabe desde hace tiempo. "Ahora estudiamos su contrapartida en el subsuelo, impulsada sobre todo por la actividad antropogénica", añade.

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Captura de las simulaciones de temperaturas realizadas por los investigadores.

¿Nos afecta ese fenómeno? Afecta a nuestras construcciones. En lo que indagan los expertos de Northestern es precisamente cómo el "cambio climático subterráneo" influye en las edificaciones. Al fin y al cabo "a medida que el suelo se calienta, también se deforma", señalan: "El fenómeno hace que los cimientos de las edificaciones y el terreno circundante se muevan excesivamente —por dilataciones y contracciones— e incluso se agrieten, lo que en última instancia afecta al rendimiento operativo y la durabilidad de las estructuras a largo plazo”.

Los expertos incluso plantean que algunos de los daños que han sufrido los edificios en el pasado se expliquen por el aumento de las temperaturas. Y prevén que puedan continuar a lo largo de los años. "El cambio climático subterráneo es un peligro silencioso", apostilla Rotta Loria: "El suelo se está deformando como resultado de las variaciones de temperatura y ninguna estructura o infraestructura civil existente está diseñada para soportar estas variaciones". El fenómeno no tiene por qué suponer un riesgo, pero el experto previene: "Afectará al funcionamiento cotidiano de los sistemas de cimentación e infraestructuras civiles en general".

¿Qué podemos aprender de California? Bastante. "El cambio climático subterráneo es común en casi todas las áreas urbanas densas del mundo", explica Rotta Loria, por lo que Chicago puede servirnos a modo de "laboratorio viviente". Con los datos recabados durante tres años gracias a su red de sensores, el equipo de Northwestern elaboró un modelo en 3D de cómo variaron las temperaturas del suelo desde 1951 y en qué medida se prevé que lo hagan hasta 2051.

Luego estudió cómo se deforma el suelo con las temperaturas y de qué manera influyen los materiales: poco tiene que ver por ejemplo el comportamiento de la arcilla, que se contrae con el calor, con la expansión de la arena o las calizas.

¿Y qué observaron? Que el suelo puede hincharse y expandirse hasta 12 milímetros con las temperaturas más cálidas o hacer que se contraiga y hunda unos 8 milímetros por el peso de los edificios. Para nosotros pueden ser valores casi casi inapreciables, muy por debajo del centímetro, cierto; pero no es así para nuestras construcciones. "La variación es más de lo que muchos componentes de edificios y sistemas de cimentación pueden soportar sin comprometer sus requisitos operativos", añaden desde la Universidad de Northwestern.

¿Un "lento hundimiento"? Así lo ven los científicos. Sus simulaciones muestran que las deformaciones del terreno pueden ser tan pronunciadas que generan "problemas en el rendimiento de las infraestructuras civiles". "No es que un edificio se derrumbe de repente. Las cosas se hunden de manera muy lenta. Las consecuencias para el funcionamiento de infraestructuras pueden ser muy malas, pero se tarda mucho en verlas —zanjan los investigadores—. Es muy probable que el cambio climático subterráneo haya provocado grietas y asentamientos excesivos de cimientos que no asociábamos al fenómeno porque no éramos conscientes".

¿Son todo malas noticias? No. A su modo, el calor que se genera bajo las ciudades puede ser también una oportunidad. De ahí que Rotta Loria plantee que en las estrategias de planificación se prevean tecnologías geotérmicas diseñadas para recolectar el calor residual y aprovecharlo en los propios edificios. En aquellos bloques ya construidos puede reducirse la transmisión de calor con una mejora de las instalaciones. Si bien él aboga por aislar las estructuras soterradas para evitar el desperdicio de calor, señala también que —allí donde esa opción no resulte factible— la geotermia ofrece una "oportunidad de absorber y reutilizar el calor".

Su análisis deja, eso sí, un aviso a navegantes: el reto será mayor en las ciudades más antiguas. "Las urbes europeas con edificios antiguos serán más susceptibles al cambio climático subterráneo. Los bloques hechos de piedra y ladrillo que recurren a prácticas de diseño y construcción del pasado generalmente se encuentran en un equilibrio delicado con las perturbaciones asociadas con las operaciones actuales de las ciudades. Las perturbaciones térmicas vinculadas a las islas de calor del subsuelo pueden tener impactos perjudiciales para tales construcciones".

Imágenes: Rama Laksono (Unsplash) y Northwestern University

En Xataka: Las tres "sartenes" del calor en España: los puntos donde sistemáticamente se registran temperaturas récord

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El metal “más codiciado” del mundo: duplica el valor del oro y ha llegado a pagarse a casi un millón de dólares el kilo

El metal

Quizás siga protagonizando los sueños de joyeros, amantes del lujo y grandes inversores, pero hace tiempo ya que el oro perdió el "cetro" de los metales más preciados del mundo. Llega con echar un vistazo rápido a las tablas de cotización para darse cuenta. Las de Money Metals mostraban hace unos días que un kilo del codiciado material dorado se cotizaba a 63.089 dólares, más de lo que cobraba de media un profesional con cargo de directivo o gerente en España en 2021 a lo largo de todo un año. Más, mucho más, necesitarías sin embargo para comprar la misma cantidad de algún otro metal. Y lo más curioso es que probablemente nos los verás en lingotes custodiados en bancos o como colgantes de exclusivísimos collares.

En el reino de los metales codiciados las cosas han cambiado.

¿Más cotizados que el oro? Exacto. Veamos. Una onza de oro (28,3 gramos) costaba el jueves 1.962 dólares, considerablemente más que una de platino (966,6) o plata (24,7 dólares), pero muy por debajo de lo que cotizan otros metales. Más, mucho más, se paga por el rodio o iridio. Según Metals Daily la onza del primero exigía un pago de 4.150 dólares mientras que el segundo cotizaba a 4.600.

Si bien el iridio despunta en la última "foto" de las cotizaciones, sujetas a las fluctuaciones del mercado, desde hace tiempo los expertos miran con una atención especial al rodio. Tanto, que en noviembre de 2022 The Conversation publicaba un artículo de dos expertos españoles con un título revelador: "El ascenso del rodio, el metal natural más caro del mundo". Aún hoy siguen publicándose artículos sobre su valor y se señala a menudo como "el metal más preciado" en el mercado.

Rhodium Powder Pressed Melted

¿Y cuál es la razón? El desorbitado valor que ha llegado a alcanzar a lo largo de los últimos años. En la primavera de 2021 se disparó hasta situar la onza bastante por encima de los 29.000 dólares. Por un kilo del preciado metal se pagaba ni más ni menos que casi 960.000. Su cotización se ha "desinflado" desde entonces hasta caer a los 130.200 que se pagaban por la misma cantidad hace solo unos días. Eso no quita que, según Money Metals, siga muy por encima de los 20.000 dólares que costaba un kilo en 2016 y desde luego que siga superando al oro. Por una pieza de 1.000 gramos de rodio se paga más o menos el doble que por una dorada.

¿Por qué está tan valorado? He ahí lo más interesante. El rodio se usa en joyería, por ejemplo para aplicar baños a otros metales y aleaciones, como el oro blanco, la plata o el paladio, y reforzar así su brillo y claridad, pero esa no es su única función, ni probablemente la más relevante. Hace poco una firma de joyería española reconocía a El País de hecho que había descartado su uso porque da una apariencia "irreal" a las piezas. No. Su demanda está más relacionada con la tecnología y sobre todo con dispositivos clave para la "revolución verde".

Como explicaban a finales del año pasado José María González y Fernando Gervilla, expertos del IACT-CSIC y la Universidad de Granada respectivamente, en un artículo publicado en The Conversation, el "boom" experimentado por el rodio se explica en gran medida por la búsqueda de tecnología limpia y eficiente. "Es la base de la fotosíntesis artificial", recodaban ambos autores en noviembre, cuando en el mercado se pagaba casi medio millón de dólares por un kilo de rodio.

¿Y para qué se usa exactamente? Sobre todo para la fabricación de convertidores catalíticos y catalizadores para vehículos de bajas emisiones, uso al que acaba destinándose aproximadamente el 80% del minera producido cada año en el mundo. El rodio es especialmente valioso por ejemplo para la fabricación de aislantes térmicos apreciados por la industria, se emplea en turbinas eólicas y resulta además fundamental para la tecnología de la fotosíntesis artificial.

De ahí que haya expertos que anticipen una demanda mayor. Aunque su valor se haya reducido de forma considerable desde 2022, en septiembre Fortune Business Insights preveía un alza de su mercado. Y en primavera Ecotrade Group deslizaba algunas claves extra, junto con una advertencia que ayuda a explicar su evolución: "Cuando la demanda de rodio supera la oferta, el precio se dispara. Cuando hay un exceso en el mercado, el precio cae como una piedra". Al menos parte de la enorme volatilidad que registró en 2021 puede explicarse de hecho por las interrupciones de suministro en ACP o al aumento de producción de coches tras la pandemia.

Codiciado, pero… ¿abundante? Según las cifras que manejan González y Gervilla, cada año se consumen en el mundo alrededor de 32 toneladas de rodio, una cantidad en las que el reciclaje representa una parte relativamente pequeña, aportando solo 9,5 tn. "Su alto precio no sólo se debe a su naturaleza insustituible para la tecnología y nuestra limitada capacidad de reciclaje, sino a su escasez en la corteza terrestre, donde se encuentra en concentraciones extremadamente bajas, que raramente superan los 0,001 gramos por tonelada de roca", anotan.

Prueba de su valor y el papel estratégico que desempeña es que la Agencia Internacional de la Energía (IEA) lo ha incluido en su lista de minerales críticos de 2022, en la que figuran medio centenar de elementos a los que las autoridades de EEUU han dado esa categoría por su importancia para "la seguridad o el desarrollo económico". Para su suministro, la Unión Europea (UE) depende básicamente de la importación y una cadena de suministro en la que destaca algunos grandes focos de producción internacional, como Sudáfrica, junto a Zimbaue, EEUU y Rusia.

Imágenes: Wikipedia (Alchemist-hp) 1 y 2

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Los fuegos artificiales están en el centro de una polémica cada vez más caliente. Tenemos sustitutos: drones

Los fuegos artificiales están en el centro de una polémica cada vez más caliente. Tenemos sustitutos: drones

No es una polémica nueva, pero sí de actualidad. Y sobre todo "explosiva". En Suiza se están replanteando el uso de los fuegos artificiales. Hace algo más de un año Feuerwerksinitiative lanzó una campaña para limitar la pirotecnia en un país dado a festejar con cohetes la Nochevieja o su Día Nacional, el 1 de agosto. Como aclara la iniciativa popular, su propósito es "prohibir la venta y el uso de fuegos artificiales", frase que se acompaña de un coletilla tan o incluso más relevante: rehúsa en concreto de toda aquella pirotecnia que "provoque ruido". 

El matiz podría ser la clave para aproximar posturas entre quienes aman y reniegan de los petardos. Alternativas "silenciosas" hay, desde luego.

Suiza (rea)abre el debate. "Prohibida la venta y uso de fuegos artificiales que provoquen ruido". Esa es la frase que Feuerwerksinitiative quiere introducir en la legislación suiza junto a otra que contempla ciertas excepciones, pero solo en casos especiales y siempre con el visto bueno previo de las autoridades cantonales. Para conseguir su objetivo en mayo de 2022 los impulsores de la iniciativa lanzaron una recogida de firmas que, tras más de un año, ha alcanzado ya tres grandes logros.

El primero es sumar casi 90.200 rúbricas, lo que los deja a tiro de piedra de las 100.000 que deben sumar antes de noviembre si quieren que su propuesta tenga posibilidades de salir adelante. Su segundo éxito ha sido hacerse con el apoyo de colectivos tan influyentes como Greenpeace o Animal Rights. Y el tercero y tal vez más importante, caldear un debate público que en realidad poco tiene de nuevo y ya se había puesto antes sobre la mesa, tanto en Suiza como en otros países.

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Una cuestión de ruidos. Lo de la referencia al ruido es más importante de lo que pueda parecer a priori. Los propios promotores de la campaña suiza recuerdan que existen ya "medios más modernos que la pólvora" para organizar espectáculos visualmente atractivos. Y citan varios ejemplos, como los shows con luces, láseres o incluso drones: "Son igual de bellos, sin hacer ruido ni desprender olor".

A quienes les replican que la pirotecnia se utiliza solo un par de noches al año o que es responsabilidad de los dueños  controlar a sus mascotas para evitar que se asusten con el ruido, la asociación les responde con dos argumentos: primero, que solo en Suiza hay regiones en las que se lanzan fuegos 30 noches al año; segundo, que no todos los animales pueden entrenarse ni "merecen estar encerrados días". Feuerwerksinitiative recuerda además que los cohetes generan estrés también a niños y personas especialmente sensibles a los ruidos, como aquellas con TDA.

Pero… ¿Hay alternativas? El mundo de la pirotecnia y sus espectáculos es amplio. Poco tiene que ver por ejemplo la Mascletà de valencia, que componente visual aparte se apoya sobre todo en el sonido y el ritmo, con los espectáculos con fuegos artificiales del 4 de julio, los de San Isidro o los fuegos del Apóstol, que se lanzan el 24 de julio en Galicia. Al menos para parte de esas celebraciones, como explican los promotores de la iniciativa suiza, sí habría alternativas.

¿Y cuáles? La opción más evidente quizás sean los conocidos como fuegos artificiales "sin ruido" o "pirotecnia silenciosa", que si bien han generado también alguna que otra queja suavizan al menos su impacto entre los animales y personas sensibles al ruido. Ejemplos de su uso tenemos en Collecchio, Italia, donde se han utilizado para celebrar el Settembre Collecchiese, o en Marchin, Bélgica, que ha optado también por la fórmula silenciosa o con "ruido contenido".

Aquí, en España, Elkarrekin Vitoria-Gasteiz solicitaba hace un año al Gobierno local que recurriese un día a esta tipo de pirotecnia durante las fiestas de La Blanca. Propuestas similares se han dado en otros puntos del país.

¿Son las únicas opciones? En absoluto. Hay espectáculos con luces láser e incluso iniciativas como SPARK, que tiene detrás al artista y diseñador holandés Daan Roosegaarde y que se presenta como "fuegos artificiales orgánicos" pensados precisamente para iluminar las ciudades con "una nueva celebración sostenible". Y como siempre es más elocuente una imagen que mil palabras, sus responsables han dejado ya algunos buenos ejemplos en Bilbao, Londres o Melbourne.

"Transforma métodos tradicionales y contaminantes, como fuegos artificiales, globos, drones y confeti, en una celebración sostenible —asegura—. A través de una combinación de diseño y tecnología, miles de chispas de luz hechas de materiales biodegradables se mueven silenciosamente por el viento en constante cambio; inspirado en luciérnagas, bandadas de pájaros y la galaxia de estrellas".

Subido a la ola de los drones. De todas las alternativas a la pirotecnia tradicional, quizás la que más eco ha alcanzado ha sido la de los drones, alentada en parte por la popularidad que han ganado estos dispositivos durante los últimos años. Ejemplos hay en patadas, desde China, Australia o Canadá a Francia, Italia e incluso aquí, en España. En Corea del Sur se usaron ya en 2018 para montar una sorprendente coreografía durante la ceremonia de las olímpiadas de invierno y en EEUU hay ciudades que optan por desplegarlos el 4 de julio en vez de fuegos artificiales. La idea es la misma: reducir el riesgo de incendio y su impacto.

Las experiencias, claro está, no siempre salen según lo previsto, como acaba de demostrar Australia, donde han cancelado un espectáculo después de que cientos de drones se cayeran al río Melbourne; pero los "patinazos" son algo de lo que no se libra tampoco la pirotecnia tradicional: en enero, sin ir más lejos, los asistentes a un lanzamiento con fuegos artificiales de San Diego contemplaron asombrados cómo, debido a un fallo informático, un show que debía durar 18 minutos se condensó en unos luminosos y sobre todo ruidosos 25 segundos.

Pero... ¿Es tan importante el debate? Derivadas tiene, desde luego. Al margen de la iniciativa popular helvética, de lo que pueda pasar en Suiza o de otras campañas que se han lanzado a lo largo de los últimos años, lo incontestable es que los científicos han alzado la voz ya en alguna ocasión para alertar del impacto de la pirotecnia tradicional: la Academia de la República Checa ha planteado su veto por las sustancias tóxicas que liberan y el riesgo que representan para los humanos y el medio ambiente y hace años una experta del IDAEA alertaba también de que las partículas metalíferas de su humo "pueden afectar a la salud humana".

Para evitar su impacto ciudades de EEUU, como Salt Lake City, Boulder o Lake Tahoe han decidido ya sustituir los lanzamientos de pirotecnia por espectáculos con drones durante la que probablemente sea una de las citas más importantes del año para el sector: el 4  de julio. "A medida que se incrementan las temperaturas y aumenta el peligro de incendio, debemos ser conscientes tanto de la calidad de nuestro aire como del potencial de incendios forestales", explicaba hace poco la alcaldesa de Salt Lacke City, Erin Mendenhall. En su ciudad han decidido incluir en los festejos del Día de la Independencia un espectáculo con drones.

Imágenes: , Choo Yut Shing (Flickr)

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La larga sombra de Trinity: qué pasó con la zona de Nuevo México donde se lanzó la bomba atómica de Robert Oppenheimer

La larga sombra de Trinity: qué pasó con la zona de Nuevo México donde se lanzó la bomba atómica de Robert Oppenheimer

Si hace unas décadas te dabas un paseo por los campos de Alamogordo, en el estado de Nuevo México, podías encontrarte en el suelo unos curiosos guijarros grumosos de color verde grisáceo, pequeños, de unos pocos gramos y apenas un centímetro de grosor. Lo más curioso no era sin embargo su forma, peso o aspecto vidrioso. Ni siquiera su tonalidad, que en algunos casos incluía motas rojizas. Si algo tenían de especial es que no eran minerales al uso, sino más bien residuos. Y tampoco de cualquier tipo. Aquellas gemas eran restos del suelo que se fusionó en 1945 durante la prueba Trinity, que ahora recuerda la película 'Oppenheimer'.

Su nombre habla por sí solo: a esos fragmentos se los conoce como trinititas, atomsita o directamente "vidrio de Alamogordo". Y sí, son radiactivos, aunque no peligrosos, según precisan los técnicos de ORAU. Aún así hacia la década de 1950 las autoridades excavaron y sepultaron toda la trinitita que encontraron en la zona para que nunca, nadie, bajo una estricto veto, pudiera desenterrarla.

Casi ocho décadas después de la explosión atómica de Gadget —así, con mayúsculas— en el desierto de la Jornada del Muerto, la historia de la trinitita es una simple curiosidad, probablemente tan minúscula que ni pase de una anotación a pie de página en la crónica del Proyecto Manhattan. Lo que sigue siendo aún hoy es tremendamente simbólica. Primero, porque ayuda a entender el impacto que las pruebas atómicas de mediados de los 40 tuvieron en parte del estado de Nuevo México. Segundo, por cómo estas acabaron colándose en las vidas de quienes entonces residían o aún hoy lo hacen en las zonas expuestas a la radiación.

La larga sombra de Trinity

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Muestra de trinitita.

"Mi tío me cuenta cómo mi abuela los llevaba de picnic a Trinity Site. Todos lo hacían. He oído de muchas fuentes que la gente iba allí y se llenaba los bolsillos de 'aquel cristal verde' y se lo llevaban a casa. Era algo único, con lo que jugabas", relata Tina Cordova, hija de un residente de la región que acabó falleciendo tras sufrir tres cánceres y que ha acabado cofundado el Tularosa Basin Downwinders Consortium (TBDC), un grupo que aún hoy, en 2023, reivindica asistencia médica y compensaciones para los nuevomexicanos afectados por la prueba Trinity.

Para entender su reivindicación y la huella de las pruebas nucleares en la región hay que recordar sin embargo qué ocurrió la madrugada 16 de julio de 1945 en que se lanzó Gadget en el desierto de Jornada del Muerto. Eso y su contexto, claro.

La cuenca Tularosa de Nuevo México es un lugar discreto, relativamente próximo al Laboratorio Nacional de Los Álamos y con un ambiente árido sacudido por vientos más o menos predecibles, así que no resulta sorprendente que cuando a los líderes del Proyecto Manhattan les tocó buscar un lugar para las pruebas nucleares sus ojos acabasen posándose en aquella región del sur del país.

Allí, en el recóndito desierto de la Jornada del Muerto, detonó el 16 de julio de 1945 a las 5.29 a.m. la bomba Gadget, un episodio que vuelve a estar de actualidad casi 80 años después gracias a la película de Nolan. El dispositivo, bien cebado con 13 libras de plutonio, una cantidad que como se vería poco más tarde superaba con creces a la necesaria, se dejó caer desde una torre de 30,5 metros y en cuestión de segundos escribió uno de los capítulos más importantes del siglo XX, sino de toda la historia de la humanidad: la primera detonación de una bomba atómica.

O lo que es lo mismo el pistoletazo de salida a la tensa era nuclear.

La deflagración fue brutal.

Brutal.

Visible desde kilómetros de distancia.

Más, mucho más, de lo deseable para un proyecto secreto.

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Gadget, nombre en clave del dispositivo nuclear.

Hubo testigos que aseguraron haber visto una luz brillante desde lugares tan distantes como Albuquerque, a más de 200 kilómetros. Difícil hacer más "ruido". El problema es que si importante había sido el éxito de Trinity, igual de crucial resultaba mantenerla en secreto. Las autoridades estadounidenses se limitaron a emitir una nota a los periódicos en la que atribuían lo ocurrido a una explosión accidental de munición y pirotecnia y descartaron una evacuación que podría desatar el pánico en la zona o, peor, atraer los focos sobre el proyecto.

La Atomic Heritage Foundation (AHF) recuerda cómo llegaron a distribuirse soldados por los pueblos de los alrededores por si fuera necesario evacuarlos y el general Leslie Groves incluso contactó con el gobernador de Nuevo México para advertirle de que podrían necesitar aplicar la ley marcial en Amarillo, una localidad de unos 70.000 habitantes situada a escasos 480 kilómetros.

Lo cierto es que por remoto que fuera el lugar que se había escogido para la detonación, no era un páramo. Había gente residiendo relativamente cerca. El propio National Park Service (NPS) de EEUU recuerda la presencia de ganaderos que vivían a solo 13 millas (21 km) del lugar de las pruebas y "decenas de miles" en un radio de 50 millas (80,5 km). No se enteraron de forma oficial de lo que había ocurrido hasta tiempo después, tras los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.

Cálculos similares aportan los afectados por la prueba, conocidos como downwinders, quienes aseguran que había personas viviendo a menos de 20 kilómetros y "decenas de miles" en un radio que no llegaba a los 90 km. En 2021 una de aquellos testigos involuntarios, Barbara Kent, por entonces una niña de 13 años, relataba cómo vivió la explosión a The Nuclear Threat Initatitive (NTI).

Trinity Test Fireball 16ms

Deflagración de la prueba Trinity.

El 16 de julio de 1945 descansaba junto a otra decena de jóvenes en un campamento en Ruidoso cuando la detonación la arrojó de la litera. Al salir, poco después, se encontraron con una sorpresa tan surrealista como inexplicable: ¡caían copos del cielo! O eso parecía, al menos. "Todos pensamos 'Oh, Dios mío', es julio y está nevando… Pero hacía mucho calor. Nos lo pusimos en las manos y nos lo frotamos en la cara". Con los años se enteró de que era lluvia radiactiva.

"Como la prueba se realizó relativamente cerca del suelo, disparó grandes cantidades de radiación a la atmósfera. La lluvia radiactiva descendió hacia el noreste en un área de unos 250 millas de largo y 200 de ancho. Los científicos siguieron parte del patrón de la lluvia radiactiva hasta el Atlántico. La mayor concentración se asentó en Chupadera Mesa a 50 kilómetros del lugar de las pruebas", reseña el artículo de la NPS, una agencia federal de EEUU.

Su autor, Jade Ryerson, explica que en Nueva México la radiación contaminó el suministro de agua, que muchos residentes tomaban directamente de cisternas instaladas en las cubiertas de sus casas o tanques de almacenamiento, y afectó a vegetales y ganado. Los propios científicos compraron parte de las reses que habían sufrido quemaduras para estudiar el efecto de la radiación.

¿Cuál fue su alcance real? ¿Qué impacto tuvo?

"Es difícil, si no imposible, medirlo", explica el AHF. Lo innegable es que hay personas que viven o vivían principalmente en los condados de Lincoln, Otero, Socorro y Sierra que con el tiempo han acabado denominándose downwinders y aseguran haber sufrido las consecuencias de la radiación de la década de 1940, una larga herencia envenenada que se traduce, aseguran, en mayores tasas de cáncer y otras enfermedades, además de una clara merma en su calidad de vida.

Para ellos la película de 'Oppenheimer' ha supuesto una oportunidad única para agitar sus reivindicaciones... casi 80 años después de la prueba Trinity.

"Poco se hizo en el momento para evaluar la salud de los habitantes del centro de Nuevo México, y han pasado más de 70 años desde Trinity. Sin embargo, es casi seguro que los habitantes de la zona estuvieron expuestos a niveles de radiación peligrosamente altos. La lluvia radiactiva cayó sobre vegetales y animales, alimentos que serían consumidos por la población local", abunda AHF.

El colectivo TBDC sigue recalcando la gravedad del problema. Según sus investigaciones, las pruebas causaron cáncer a "muchas de las 30.000 personas que residían en la zona". "La ceniza cayó durante días. Para entender el efecto que tuvo en la población hay que entender cómo vivía la gente en las áreas rurales de Nuevo México en 1945", zanja Cordova antes de recordar que las familias carecían de agua corriente o neveras en las que conservar comida y se alimentaban con lo que cultivaban en sus huertas, criaban en sus corrales o cazaban por la zona.

"[El Gobierno] sabía que no era seguro que las personas siguieran viviendo a 13 millas de distancia, pero la gente siguió haciendo lo que habían hecho siempre, y en parte eso es porque no entendía lo que significaba la exposición a la radiación", relata. Sobre por qué no se mudaron, se muestra igual de tajante: "Hay quien me pregunta: '¿Por qué no os marcháis?'. Es una ingenuidad interesante, porque la gente se arraiga mucho al lugar. La iglesia de Tularosa tiene 150 años".

NTI, con sede en Washington, asegura que la tasa de mortalidad infantil en Nuevo México fue un 56% más alta en 1945 que durante los años anteriores y la incidencia del cáncer entre adultos empezó a aumentar los años posteriores a Trinity.

"La situación se complica por factores económicos y sociales. El acceso a una atención médica es difícil, lo que a menudo obliga a los downwinders a conducir horas hasta el hospital más cercano. Una encuesta de 2017 muestra que Lincoln, Socorro, Otero y Sierra se enfrentan a dificultades económicas, ya que los ingresos medios de los hogares se sitúan por debajo de la media estatal y nacional —añade el AHF—. Muchos se han visto obligados a echar mano de sus ya ajustadas cuentas de ahorro para pagar tratamientos. Algunos han perdido su trabajo, mientras que otras padecen dolencias preexistentes que limitan sus oportunidades laborales".

Los de la cuenca del Tularosa, en Nuevo México, no son los únicos downwinders que aseguran haber padecido una situación similar. Las autoridades estadounidenses aprobaron en 1990 una Ley de Compensación por Exposición a la Radiación (RECA) que aporta entre 50.000 y 100.000 dólares a quienes se expusieron a radiación durante la extracción de uranio o las pruebas atómicas realizadas por el Gobierno durante la década de 1950 en Nevada. Los fondos de RECA están pensados para facilitarles el pago de sus tratamientos.

En Nuevo México reivindican tener acceso a las mismas ayudas.

Los downwinders siguen presionando para beneficiarse de la RECA. "Originalmente, solo queríamos que el Gobierno regresara, se disculpara con la gente y reconociera que fuimos alistados al servicio del país sin conocimiento ni consentimiento. Pero luego nos enteramos de que había un fondo creado en 1990 llamado RECA para ofrecer compensación a los downwinders del lugar de Nevada y quedamos devastados. Estábamos relegados a la nada, contados como cero en esa ecuación", confesaba Cordova a la publicación The Architectural League of New York. Disponen hasta 2024 para lograr ese valioso reconocimiento.

Ahora su historia y reclamación vuelve a ganar actualidad con la película de Christopher Nolan. "Nunca reflexionarán sobre que los nuevomexicanos dieron sus vidas. Hicieron el más sucio de los trabajos. Invadieron nuestras vidas y se fueron", reivindicaba hace poco la fundadora de TBDC a Los Angeles Times.

La larga sombra de aquella enorme bola de fuego levantada hace 78 años.

Imágenes: Terry Robinson (Flickr), , Los Alamos National Laboratory, Berlyn Brixner / Los Alamos National Laboratory

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SSCV Sleipnir, el barco grúa semisumergible más grande del mundo: un titán capaz de levantar 20.000 toneladas

SSCV Sleipnir, el barco grúa semisumergible más grande del mundo: un titán capaz de levantar 20.000 toneladas

Cuando hace años la compañía Heerema Marine tuvo que bautizar a su nueva embarcación grúa, una inmensa mole capaz de levantar cargas descomunales en pleno océano, decidió tirar de épica nórdica. Para operar el navío se apoya en ocho grandes columnas, así que —debieron de reflexionar sus responsables— porque no llamarlo Sleipinir, igual que el mítico corcel de Odin. Al fin y al cabo ambos tienen ocho patas, ambos son poderosos y ambos se concibieron —uno en el terreno de las leyendas, otro sobre la mesa de los ingenieros— para dibujar muecas de asombro.

Dicho y hecho.

Con ustedes, SSCV Sleipinir. Su imagen impresiona, pero no más que su ficha técnica. El SSCV Sleipnir es un buque grúa semisumergible —de ahí la coletilla de SSCV, por sus siglas en inglés— con una amplia cubierta reforzada que alcanza los 220 metros de eslora y 102 m de manga. Su calado se mueve en un rango de entre 12 y 32 m y la embarcación puede desplazarse a una velocidad de crucero de alrededor de 10 nudos con más de 400 tripulantes a bordo.

Si por algo destaca Sleipinir es sin embargo por su capacidad para levantar y manejar cargas descomunales. Con ese fin está dotado de dos grúas diseñadas por Huisman, máquinas capaces de elevar 10.000 toneladas cada una. Al trabajar en tándem pueden manejar pesos equivalentes a 20.000 toneladas métricas.

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Creado para ser el Hércules de los mares. Pensando precisamente en la labor que debería desarrollar, SSCV Sleipnir se creó como una plataforma dotada de ocho columnas de 23,75 m de alto —según OneStep Power— y que se reparten de manera simétrica de proa a popa para dotarlo de mayor estabilidad mientras maneja grandes cargas en mares agitados. La estructura dispone además de dos pontones sumergidos, uno situado a cada lado, que facilitan su flotación.

¿Y por qué es interesante? Por su capacidad, lo que lleva a presentarlo a menudo como el mayor buque grúa semisumergible (SSCV) del mundo. Así lo anunciaba de hecho la propia Heerema, que saca pecho con alguna de las hazañas que ha logrado desde que dejó Sembcorp Marine Tuas Boulevard Yard y empezó a trabajar, en 2019: en septiembre de ese mismo año logró batir un récord al alzar parte de la parte superior de la plataforma Leviathan, de 15.300 toneladas.

Meses después retiró un jacket de más de 8.000 tn de la plataforma Jotun-B en el Mar del Norte y hace aproximadamente tres años hizo una nueva demostración de su capacidad al retirar la cubierta del Brent Alpha de Shell, de 10.100 toneladas métricas. No todo han sido desmantelamientos en su hoja de servicio. Sleipnir también participó en la instalación de parte de la plataforma de procesamiento Johan Svedrup P2, manejando una estructura de más de 12.000 toneladas.

Pensado para desmantelar y construir. "La embarcación puede instalar y retirar jackets, topsides y módulos. También puede instalar cimientos, amarres y estructuras en aguas profundas", detalla Heerema, que presenta a Sleipnir como "el SSCV más grande y sostenible". Así lo identificaba en 2022 OffShore Energy al informar de cómo había retirado una plataforma con una sola elevación.

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Potente… y sostenible.Esa es la segunda idea en la que incide la firma holandesa. Y lo hace por la capacidad de Sleipnir para operar con gas natural licuado. "El buque puede funcionar con GNL, que reduce las emisiones. Además está equipado con iluminación LED, un sistema de recuperación de calor y frío, variadores de frecuencia, pintura antiincrustante y se conecta a nuestra red de energía renovable cuando está amarrado en el puerto de Rotterdam", destaca.

Sembarine precisa que es de combustible dual y cita, además de GNL, gasóleo marino (MGO). "El Sleipnir es autopropulsado y tiene una velocidad mínima de servicio de 10 nudos, con potencia generada por medio de motores duales: gasóleo marino y GNL. La navegación se realiza con posicionamiento dinámico o sistema de amarre", aporta. El navío incorpora además 12 conjuntos de generadores de 8 megavatios (MW) y ocho unidades de motores de propulsión de 5,5 MW.

Récords también en las tripas. El Sleipnir no solo aspira a récords de capacidad o carga de pesos. Esa filosofía la lleva incluso en las "tripas", como reivindica Wärtsila, que presume también de su aportación al proyecto.

"El posicionamiento dinámico es fundamental para sus operaciones. Para garantizarlo, Wärtsilä desarrolló específicamente para este proyecto cuatro propulsores retráctiles de proa WST-65RU de 5500 kW, los propulsores retráctiles más grandes jamás fabricados. Presentan una combinación única de funcionalidad retráctil y montaje subacuático. Los propulsores instalados en la popa del buque son WST-65U de 5500 kW, orientables y montables bajo el agua".

Un titán entre titanes. SSCV Sleipnir llama la atención por sus enormes dimensiones y su enorme capacidad. Sus grúas tienen plumas de 144 metros dotadas de un sistema de giro que refuerzan su versatilidad y unos rodamientos que en 2017 Huisman reivindicaba como los mayores del mundo. Eso no significa que en los océanos no podamos encontrarnos con otras estructuras pensadas para levantar grandes pesos. Hace no mucho en Xataka os hablábamos de hecho de la no menos impresionante Hyundai-10000, una grúa flotante semisumergible que en 2021 llegó a manejar un cargamento de aproximadamente 9.100 toneladas.

¿Qué diferencia hay entre Hyundai-10000 y SSCV Sleipnir? Su naturaleza. En el mundo de las grúas flotantes hay dos categorías principales: las semisumergibles con un punto fijo y las de tipo shearleg, que están sustentadas sobre una barcaza. La Hyundai-10000 sería la más grande entre este último grupo. La capacidad es mayor sin embargo cuando se manejan grúas semisumergibles con plataforma, como la de Heerema, con una capacidad de elevación de 20.000 tn métricas.

Imágenes: Heerema

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A Estados Unidos se le han ido las propinas de las manos: ya las piden hasta las máquinas de vending

A Estados Unidos se le han ido las propinas de las manos: ya las piden hasta las máquinas de vending

Pasarán los años, pero ciertas cosas no cambian. Cuando viajas a Nueva York hay rituales con los que cumples sí o sí: el selfie con la Estatua de la Libertad de fondo, el paseo de rigor por Central Park, la visita nocturna al Empire State o algún otro rascacielos para disfrutar del skyline de la ciudad… y esa soberana cara de pasmo que se te queda cuando, al pedir la cuenta en uno de sus restaurantes, haces una suma rápida y entiendes el dinero que (se supone) debes dejar en propinas.

No es algo exclusivo de Nueva York. Es más, las tips están tan extendidas y han adquirido tintes tan delirantes en el país que los propios estadounidenses parecen empezar a cansarse de ellas. Si es que cuando hasta una máquina pide propina…

¿Propina hasta en las máquinas? La noticia saltó en primavera y probablemente supone la vuelta de tuerca definitiva y más truculenta de las propinas en EEUU. En mayo medios como The Wall Street Journal, New York Post, Business Insider, CBS o Fox se hacían eco de una tendencia cuanto menos curiosa: máquinas de autopago (self checkout) que piden propinas en cafeterías, panaderías, aeropuertos o estadios. No importa que el cliente no haya tenido la menor interacción con los empleados y él mismo se encargara de realizar todo el cobro; la máquina le ofrece la opción de dejar una gratificación del 20%.

Aquello, claro, no tardó en generar preguntas. "Están reduciendo los costes de mano de obra al ofrecer el self-checkout. ¿Qué sentido tiene pedir propina? ¿Y a dónde va a parar?", comentaba a The Wall Street Journal Ishita Jamar, estudiante de la American University de Washington. Otro joven, Garret Bemiller, trabajador de Manhattan de 26 años, iba incluso un poco más allá y después de pasar por caja para abonar una botella de 6 dólares y ver cómo la pantalla le ofrecía añadir una propina del 10 o 20%, tildaba la práctica de "chantaje emocional".

Pero… ¿Hay "chantaje emocional"? Lo que se generó en EEUU tras reportajes como el del WSJ fue cierta polémica. Al utilizar una máquina de autopago el cliente quizás no interactúe con los empleados del negocio, o lo haga de forma mínima, pero cuando la pantalla le sugiere que deje una gratificación el efecto es el mismo que en un restaurante convencional: la empresa le asigna en cierto modo la responsabilidad de pagar a los trabajadores. Incluso cuando WSJ recabó testimonios de un buen número de empresas que aseguraban que esas propinas son opcionales y se reparten luego entre todos los empleados.

El escenario es sin embargo más complejo. Al fin y al cabo —recoge el diario neoyorquino— la norma que protege a los trabajadores que reciben propinas no sería extensible a las máquinas. "Estaba confuso porque no estaba del todo claro a quién estaba dando la gratificación", explicaba un hombre tras pasar por una máquina de self checkout para pagar una lata de cerveza en San Diego. Comentarios similares se han podido leer también en Reddit.

"¿Me devuelven la propina?". Lo más curioso es que la polémica de las máquinas de self checkout no es la primera protagonizada por las propinas en EEUU a lo largo de los últimos meses. A comienzos de 2023 saltó otra, distinta quizás en su forma y fondo, pero que ayuda a comprender hasta qué punto están extendidas: el debate lo generó entonces un vídeo de TikTok en el que un barista de Starbucks relataba cómo un cliente pidió que le reembolsasen la propina de dos dólares que había aceptado por equivocación al pagar con su tarjeta de crédito.

"Durante unos 10 minutos intento resolver esto porque la tarjeta no funciona. Entonces ambos estamos allí y en mi cabeza solo pienso: son dos dólares, amigos, no es tan importante", relata. La popular cadena de cafeterías y bollería ofrece la opción de dejar gratificaciones con tarjetas de crédito desde el año pasado.

¿Están cansando las propinas? Eso es lo que insinúa un estudio reciente de Bankrate, firma de servicios financieros. Sus datos muestran que en 2022 el 73% de los adultos estadounidenses que acudieron a cenar a restaurantes con servicio de mesa dejaban siempre propina. Quizás parezca un porcentaje elevado, pero lo ha sido más: en 2021 suponían el 75% y en 2019 el 77%. No solo eso. A pesar de su popularidad, las tips no parecen gozar de una imagen demasiado edificante en EEUU: el 66% de los ciudadanos tienen una opinión negativa sobre ellas.

"Los estadounidenses creen que las empresas deberían pagar mejor a los empleados en lugar de depender tanto de las propinas (41%), les molestan las pantallas en las que se introducen previamente las propinas (32%), consideran que la cultura de las propinas se ha descontrolado (30%), están confundidos acerca de quién y cuánta propina dar (15%) y estarían dispuestos a pagar precios más altos si pudieran eliminarlas (16%)", recoge el informe de Bankrate, publicado en junio.

El debate está servido. Correcto. Porque si bien el estudio muestra cierto hartazgo hacia las tips refleja también lo extendidas que están en el país. "Pese a las molestias, la gente no ha dejado de dar propinas. Más de las dos quintas partes (44%) de los adultos estadounidenses que cenan sentados en restaurantes dejan normalmente al menos un 20% de propina", reconoce el informe. Con otros profesionales, como los peluqueros o taxistas, el consenso es menor.

Ted Rossman, analista de Bankrate, explica en cualquier caso que al hablar de propinas influyen otros factores, como la inflación y su efecto en los bolsillos de los clientes. Hay más elementos, igual de cruciales. La compañía recuerda por ejemplo que las tips sirven con frecuencia para completar sueldos de empleados que cobran el mínimo federal precisamente por la expectativa de que obtendrán ingresos extra con las gratificaciones de los clientes. "Muchos camareros ganan 2,13 dólares por hora y se espera que las propinas aumenten su remuneración", abunda.

Imagen de portada: Dan Smedley (Unsplash)

En Xataka: La propina estándar que se da en cada país del mundo, explicada en estos detallados mapas

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Para protegernos del calor, alguien se ha empeñado en una tecnología: crear el color blanco más blanco posible

Para protegernos del calor, alguien se ha empeñado en una tecnología: crear el color blanco más blanco posible

Xiulin Ruan lo ha apostado todo al blanco. No a cualquier blanco, eso sí. En lo que ha centrado su trabajo como investigador, el empeño al que ha dedicado horas y más horas a lo largo de los últimos años e incluso le ha granjeado fama mundial es la búsqueda del blanco más níveo de todos, uno tan intenso que se ha colado en el libro Guinness. Con su búsqueda Ruan no pretende sin embargo batir récords ni prosperar en una estrambótica carrera por conseguir el blanco más blanco jamás contemplado. Su empeño es otro distinto: que vivamos en ciudades más verdes.

Nos explicamos.

A por el blanco más blanco. Ese ha sido durante años el empeño de Xiulin Ruan, profesor de ingeniería mecánica de la Universidad de Purdue, y sus colegas: conseguir una pintura increíblemente blanca. Y lo ha logrado. Tanto, de hecho, que puede presumir de haber alcanzado el blanco que mayor honor hace a su nombre. En 2020 presentó el "acrílico CaCO3". Y no mucho después, en abril de 2021, Ruan volvía a acaparar titulares con una solución que mejoraba la anterior. Prueba del interés que despertó su trabajo es que captó la atención de Guinness, que decidió incluirlo en su versión de 2022 como "la pintura más blanca" del mundo.

Pero… ¿Y por qué ese empeño? Aunque lo de convertirse en un "recordman" siempre resulta goloso, lo cierto, como explicaba Ruan hace poco a The New York Times, es que su objetivo nunca fue conquistar una plusmarca mundial. Su meta era algo distinta. Distinta y más ambiciosa. Lo que el profesor de la Universidad de Purdue y sus compañeros perseguían era una pintura con una tremenda capacidad de reflexión de la luz solar. Y lo lograron: la que presentaron en 2020 mostraba una reflectancia solar del 95,5% y la lanzada un año después, la BaSO4, del 98,1%. A modo de referencia, las pinturas blancas comerciales diseñadas con ese fin reflejan solo entre el 80% y 90% de la luz solar, menos que la de Purdue.

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Xiulin Ruan (izquierda) y Joseph Peoples comprueban con una cámara infrarroja el rendimiento de enfriamiento de varias muestras de pintura blanca.

Una cuestión de color y calor. He ahí la clave. Ni la búsqueda de un blanco más intenso ni una mayor capacidad para reflejar los rayos solares son objetivos en sí mismos. Más bien sirven como herramientas, una estrategia para el auténtico objetivo de Ruan: conseguir una pintura capaz de enfriar superficies.

"La idea era crear pintura que reflejara la luz del sol lejos de un edificio. Sin embargo, hacer que esta pintura fuera realmente reflectante también la hizo realmente blanca —explican en Purdue—. La formulación que creó el laboratorio de Ruan refleja el 98,1% de la radiación solar al tiempo que emite calor infrarrojo". Al absorber menos calor del sol del que emite, las paredes, muros… impregnados con la capa de pintura de Ruan consiguen enfriarse por debajo de la temperatura ambiente. Y todo sin necesidad de aires acondicionados ni ventiladores.

¿Y cómo lo consigue? Gracias a una investigación que hiende sus raíces hace décadas, en los 70, y ha buscado la forma de lograr un "enfriamiento radiativo". Tras valorar más de un centenar de materiales distintos en un principio, el equipo acabó decantándose por apenas 10, que luego sometió a su vez a 50 formulaciones distintas. El resultado: una pintura "ultra blanca" con una elevada concentración de sulfato de bario. Los investigadores creen que si se emplease su película para cubrir una superficie de tejado de 1.000 pies cuadrados —equivalente a 92,2 m2— se obtendría una potencia de refrigeración de unos 10 kilovatios.

Mejor que un buen ventilador. "Es más potente que los aparatos de aire acondicionado de la mayoría de las casas", destacaban en Purdue en 2021. Para demostrarlo los investigadores no tuvieron problema en montar un experimento hace unos meses, durante la South by Southwest Conference & Festivals (SXSW): prepararon dos pequeñas casetas, una recubierta con una pintura comercial y otra con la composición de Ruan, y las colocaron bajo dos luces halógenas. Cuando al cabo de un rato los jueces midieron las temperaturas en su interior comprobaron diferencias palpables: la segunda, tratada con pintura "ultra blanca", estaba entre 8 y 10º Fahrenheit por debajo. Incluso su cubierta se apreciaba más fría al tacto.

La clave no es el blanco, sino el verde.Suena paradójico, pero lo que Ruan busca no es una pintura más blanca, sino ciudades más verdes. Las propiedades de su mezcla ayudan a mantener espacios frescos sin necesidad de aire acondicionado y, en consecuencia, un menor gasto de energía. Hace poco Jeremy Munday, de la Universidad California Davis, iba más allá y explicaba a TNYT que si materiales como la pintura de Ruan cubriesen una porción mínima de la superficie terrestre, entre el 1 y 2%, equivalente a algo más de la mitad del Sáhara, el planeta dejaría de absorber más calor del que emite y las temperaturas globales dejarían de subir.

Se trata, claro está, de un simple ejercicio teórico, ya que una medida así tendría a su vez su propio impacto en la vida silvestre o incluso a nivel meteorológico, pero resulta ilustrativo. La pintura blanca desarrollada en Purdue tiene sus hándicaps: por ejemplo, su versión estándar incorpora sulfato de bario, con lo que depende de la actividad minera y deja una huella de carbono. Como recuerda Xiulin Ruan, en cualquier caso, la mayoría de pinturas comerciales actuales ya incorporan un elemento que depende también de la extracción minera: dióxido de titanio.

¿Ha habido novedades? Sí. Desde que presentó hace dos años su pintura "ultrablanca" capaz de reflejar el 98,1% del calor solar, el equipo estadounidense ha seguido moviéndose. En 2022 desarrollaron una nueva fórmula que favorece que sus capas sean más delgadas y livianas, lo que le permitiría disipar el calor en el interior de coches, trenes, aviones o incluso naves espaciales. ¿Cuál es la razón? Su diseño anterior usaba capas de al menos 400 micras de espesor para conseguir "un nivel de enfriamiento radiativo por debajo de la temperatura ambiente", un grosor válido para techos; pero no si se quería ir más allá: "En aplicaciones que tienen requisitos precisos de tamaño y peso, debe ser más delgada y liviana".

"Si bien la fórmula original es enormemente eficiente, requería una capa de 0,4 mm de espesor para lograr un enfriamiento radiante subambiental. La formulación más reciente y delgada puede lograr un enfriamiento similar con una capa de solo 0,15 mm de espesor", anota la Universidad de Purdue. Al ser más porosa, la nueva pintura consigue reducir también su peso. En concreto registra un 80% menos que la pintura original con una reflectancia solar casi idéntica: del 97,9%, solo ligeramente por debajo de la versión anterior, que ofrece un 98,1%.

Con la vista puesta en el mercado. Así es. En primavera la universidad ya avanzaba que Ruan y sus compañeros estaban trabajando con la vista puesta en el siguiente paso: lograr la expansión de su pintura. "Estamos en conversaciones en este momento para comerciarla. Aún hay algunos problemas que deben abordarse, pero se está avanzando", explicaba el profesor, convencido de que los costes y la producción no diferirán demasiado de los de las pinturas comerciales.

TNYT precisa en cualquier caso que, como mínimo, le quedaría aún un año para estar lista para su uso comercial. No es la única novedad que desliza: el equipo de Purdue habría logrado asociarse ya con una empresa, de la que no han trascendido aún detalles, y trabaja en pinturas de colores que usan su "ultra blanco" a modo de base. "Funcionarán de manera menos ideal que el blanco, pero mejor que algunos de los otros colores comerciales", reconoce el profesor universitario.

Imágenes: Purdue University/John Underwood, University photo/Jared Pike

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La noticia Para protegernos del calor, alguien se ha empeñado en una tecnología: crear el color blanco más blanco posible fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .

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