Qué es la escala de Richter, cómo funciona y por qué deberías dejar de utilizarla al hablar de terremotos

Qué es la escala de Richter, cómo funciona y por qué deberías dejar de utilizarla al hablar de terremotos

Todavía a menudo escuchamos eso de “un terremoto de tantos grados en la escala Richter” en las noticias o al leer sobre un seísmo. Esto es incorrecto por uno o más motivos. Para entender por qué, debemos adentrarnos en qué es la escala de Richter, cuándo se usa y, sobre todo, cuando no.

Índice de Contenidos (7)

Qué es la escala de Richter

La escala de Richter es una escala empleada para medir la magnitud de un terremoto. Según define el Instituto Geológico Nacional (IGN), la magnitud del terremoto es “una medida de la energía liberada por un terremoto y se determina a partir de la señal registrada en un sismograma”.

Existen varias escalas de magnitud para los terremotos, ya que las ondas de los seísmos pueden variar en sus características. Entre ellas, la más conocida por el público es la de magnitud local de Richter, o simplemente ML por “magnitud local”.

Local, en este contesto, hace referencia al hecho de que esta escala es utilizada para medir terremotos que han sido captados desde cerca. Concretamente se usa para los captados a menos de 600 kilómetros según explica el IGN.

Quién fue Charles Francis Richter

El nombre de “escala de Richter” hace referencia al sismólogo estadounidense Charles Francis Richter. Nacido en 1900 en el estado de Ohio, este físico y sismólogo estadounidense dejaría como legado la primera escala en su clase, una forma sistemática de medir la fuerza de un terremoto.

Los sismógrafos llevaban décadas siendo empleados como forma de medir los terremotos, pero fue en 1935 cuando Richter planteó la idea de establecer una magnitud con la que medir estos eventos. Partiendo de esta idea, Richter contaría con la ayuda del sismólogo germano-estadounidense Beno Gutenberg para ponerla en práctica. Charles F. Richter falleció en 1985 en el estado norteamericano de California.

La escala

¿Y cómo se calculan las magnitudes? La escala se basa en el logaritmo de la amplitud de las ondas sísmicas. Es decir, la magnitud de un terremoto es proporcional (logarítmicamente) a la altura que alcanzan las ondas dibujadas por los sismógrafos. El cálculo debe ser “corregido” para, entre otras cosas, ajustarlo a un “sismógrafo tipo”.

Qué medimos con la escala de Richter, y qué no

Señalábamos antes que la escala de Richter, o ML, se utiliza de forma local. Y para los sismólogos, "local" se refiere a terremotos originados a no más de 600 kilómetros del sismógrafo que debe medirlo. 

Pero no todos los terremotos ocurridos en contextos “locales” son iguales, por lo que tampoco se miden todos empleando esta escala. El uso de la escala ML también está limitado respecto a la magnitud del terremoto: tan solo es utilizada para medir seísmos de pequeña o moderada magnitud (magnitudes de entre 2 y 6,5).

El objetivo de medir la magnitud de un seísmo es el de hacernos una idea de su fuerza. Para ello, escalas como la de Richter recurren a las ondas generadas por el terremoto, tal y como las captan los sismógrafos. El problema, según se fueron dando cuenta los expertos, es que las ondas en los grandes terremotos no siempre permiten la extrapolación de la magnitud empleando la escala de Richter: a veces la magnitud así calculada sobreestima la fuerza del terremoto y en ocasiones ocurre lo contrario.

Vamos, que aunque haya dos terremotos a menos de 600 kilómetros de donde se han registrado con un sismógrafo, esta escala no siempre es precisa para ambos. A veces esta escala está bien, pero en otras la fuerza real del terremoto es superior o inferior a lo que mide.

Para compensar las carencias de la ML, los geólogos crearon distintas escalas, como la de magnitud de onda del cuerpo (Mb) o la magnitud de onda superficial (Ms). Cada una de estas escalas funciona en su contexto propio, pero el problema surge debido a que ninguna es aplicable de forma universal. Para solucionarlo, hubo que crear después la escala Mw, de la que te hablaremos a continuación.

Magnitud e intensidad

Para evitar confusiones, tenemos que tener claros conceptos como el de la intensidad del terremoto. La intensidad de un terremoto tiene su propia escala, pero no mide la fuerza del seísmo sino sus impactos. La Escala Macrosísmica Europea gradúa en una escala del I al XII los terremotos en función de los daños causados.

La escala de ML y la escala de Mw

Según explica el Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), las limitaciones de las escalas existentes implicaron la necesidad de crear una nueva escala que sirviera para cubrir estas limitaciones. Así habría nacido la escala sismográfica de magnitud de momento, o Mw.

Esta escala, aunque está ajustada para “coincidir” con la de magnitud local ahí donde esta segunda es aplicable, parte de un principio muy distinto. Ahí donde la escala de Richter convierte las ondas sísmicas registradas en una magnitud, la escala Mw rercurre a propiedades geológicas del movimiento tectónico.

Para ello se parte de la medida del momento sísmico, el producto del área recorrida por la falla que se ha desplazado, la distancia recorrida en este desplazamiento, y una medida de la rigidez de la roca que conforma la falla. Esa medida se transforma a través de una fórmula logarítmica para obtener la magnitud del momento (Mw) del terremoto.

Aquí, podemos decir que esta escala es lo más parecido a una universal, ya que fue creada para poder usarse en todos los terremotos, incluso a los que tienen una magnitud mayor de la que soporta la Richter. Así pues, actualmente es la más utilizada hoy en día para medir terremotos, aunque en las noticias seguiremos oyendo hablar de la de Richter.

Por decimos grados cuando son magnitudes

Otro error habitual a la hora de hablar de los terremotos y su escala es hablar de grados, por ejemplo si dijéramos “un terremoto de 5.5 grados en la escala Richter”. No está claro el origen de este error tan común pero algunos lo atribuyen a que existen escalas (como la empleada para estudiar la intensidad de los seísmos) en las que sí se utilizan grados.

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Al arroz español le ha salido competencia en el país más inesperado de Europa: Inglaterra

Al arroz español le ha salido competencia en el país más inesperado de Europa: Inglaterra

España es uno de los grandes productores de arroz en Europa. La producción anual de este cereal ronda las 800.000 toneladas, una porción significativa de los 2,8 millones de toneladas producidas en la Unión Europea. Ahora un nuevo país podría incorporarse a la lista de países productores europeos (aunque llegue tarde a incorporarse a la lista de la Unión).
Es el Reino Unido.

Un cultivo abriéndose camino. El cultivo arroz se abre camino en Inglaterra. Una plantación experimental de arroz está demostrando la viabilidad del cultivo de este cereal en el clima relativamente fresco y húmedo de las islas británicas.

Nueve variedades. El experimento está siendo conducido por el UKCEH (UK Centre for Ecology and Hydrology) y por un matrimonio de agricultores locales, Craig y Sarah Taylor. El cultivo experimental de arroz ocupa cuatro parcelas de un terreno en la región de los Fens, en Cambridgeshire.

En esta región del este inglés predominan las marismas y las zonas de turba. El suelo en esta región no solo es rico en nutrientes y propicio para la agricultura sino que también ofrece, gracias a la turba, la posibilidad de crear parcelas inundables como las que requiere el cultivo de arroz.

Las cuatro parcelas ocupadas por este cultivo experimental han sido suficientes para cultivar nueve variedades de arroz, incluyendo arroces originarios de Brasil, Italia o Filipinas, variedades empleadas para platos como el risotto, arroz basmati o el sushi.

Con la ayuda del calor. Cultivar arroz en el clima británico no parece una gran idea, pero los resultados parecen indicar lo contrario. Puede que en ello haya contribuido el verano excepcionalmente cálido que ha afectado a las islas Británicas. El futuro del cultivo de arroz en las islas podría depender de que el calor vivido este año sea una simple anomalía o fruto de una tendencia marcada hacia el aumento de las temperaturas.

“Nunca podríamos haber contemplado que esto creciera aquí”, explicaba a la BBC Sarah Taylor, una de las responsables de este proyecto. “Ni en un millón de años”, apostilla Craig, su marido.

Atando el carbono. La turba desempeña un importante papel en la regulación del carbono. Este suelo se origina en la descomposición de materia orgánica y almacena una gran cantidad de carbono. La degradación de estos suelos como resultado del uso agrario implica la emisión a la atmósfera de cantidades ingentes de dióxido de carbono.

El proyecto de siembra de arroz quiere evitar esto, atando el carbono a la turba terrestre de la región inglesa. Esto implica que el proyecto no solo tiene el potencial de ayudar a adaptarse al cambio en el clima, también es una vía de mitigar las emisiones que lo causan.

¿Nueva competencia? El cambio climático conlleva numerosos retos y quizás uno de los más grandes tenga que ver con la agricultura. Los cambios en la temperatura y en los patrones de lluvias implican que las cosechas que antaño prosperaban en un lugar dejen de hacerlo. Por otra parte, los cambio también abren la vía a la introducción de nuevos cultivos ahí donde antes habrían sido inconcebibles.

En un contexto cambiante, los cultivos de arroz en España se plantean una doble amenaza. Por una parte, la sequía vivida hace unos años supuso una amenaza por poner en peligro el suministro de agua en zonas como el Delta del Ebro. Por si eso fuera poco, los episodios lluviosos que hemos visto en el último año también han traído nuevas amenazas a las comarcas productoras del cereal.

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El veneno de las cobras es uno de los más temidos y mortales del mundo. La IA está muy cerca de neutralizarlo para siempre

El veneno de las cobras es uno de los más temidos y mortales del mundo. La IA está muy cerca de neutralizarlo para siempre

Después de los mosquitos y del propio hombre, las serpientes suelen ocupar el tercer lugar en la lista de animales más mortíferos para el ser humano. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), entre 81.410 y 137.880 personas mueren cada año a consecuencia de la mordedura de estos reptiles. La IA puede ayudar a cambiar esto.

La IA al rescate. Un grupo de investigadores ha demostrado la utilidad de las herramientas de aprendizaje profundo (deep learning) en el diseño de proteínas capaces de neutralizar, al menos de forma parcial, el efecto del veneno de algunos elápidos (Elapidae), la familia de serpientes que incluye a las cobras, las serpientes de coral y las mambas.

Tres dedos. El estudio se centra en las llamadas “toxinas de los tres dedos” (3FTx), llamadas así por la forma de tridente que tienen las proteínas que conforman esta familia. Estos compuestos son neurotoxinas potencialmente letales, es decir que tienen la capacidad de atacar a nuestro tejido nervioso y suponen un riesgo para la vida de las personas que resulten intoxicadas.

Según explica el equipo, estas toxinas son las responsables de que a menudo los antisueros, los antídotos utilizados para contrarrestar el veneno de las serpientes, no resulten efectivos. El motivo está en que estas toxinas son capaces de “evadir” a nuestro sistema inmune, reduciendo la eficacia de algunos tratamientos.

Por ahora, en ratones. El equipo responsable del desarrollo de las nuevas antitoxinas las puso a prueba en ratones. El equipo experimentó con distintos tipos y dosis de veneno y distintas antitoxinas, logrando tasas de supervivencia de entre el 80% y el 100%.

Los detalles del estudio han sido publicados en un artículo en la revista Nature.

Abaratando costes. La nueva técnica abre una nueva vía a la creación de moléculas destinadas a contrarrestar las distintas toxinas que afectan a las personas que reciben la mordedura de una serpiente venenosa, ofreciendo nuevas ventajas. En primer lugar, la de reducir el tiempo dedicado al proceso de búsqueda de nuevos compuestos útiles en este campo.

Menos tiempo dedicado a la investigación implica un menor coste, pero no es el único factor que ayudaría a reducir la “factura” de los antídotos. Según señala el equipo, los nuevos compuestos pueden ser sintetizados empleando microbios, lo que evitaría los métodos tradicionales de producción.

“Las antitoxinas que hemos creado son fáciles de descubrir utilizando solo métodos computacionales. También son baratas de producir y robustas en las pruebas de laboratorio”, destacaba en una nota de prensa David Baker, coautor del estudio.

Mejor acceso.Menores costes y mayores facilidades en la producción implican un mejor acceso a estos antídotos, algo clave si tenemos en cuenta que es en países en desarrollo donde las mordeduras de serpiente más problemas causan.“Confío en que el diseño de proteínas haga los tratamientos contra las mordeduras de serpiente más accesibles para personas en países en desarrollo”, añade Susana Vazquez Torres, quien lideró el nuevo trabajo.

La herencia de un Nobel. El nombre de David Baker puede resultar familiar: en 2024 recibió el Premio Nobel en Química “por el diseño computacional de proteínas”, premio que compartió con Demis Hassabis y John M. Jumper. El premio de Baker reconocía su trabajo en la construcción de proteínas nunca observadas en la naturaleza, todo a través de la combinación de secuencias de aminoácidos.

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En plena crisis de la natalidad, Japón se enfrenta a un reto extra en 2026: una superstición

En plena crisis de la natalidad, Japón se enfrenta a un reto extra en 2026: una superstición

Japón es un país con varios calendarios. El occidental, o gregoriano, es común en el país asiático, que cuenta también con un calendario propio, basado en las “eras”, los periodos de reinado de sus emperadores. Pero en la cultura del país aún queda el rescoldo de otro calendario, el basado en el calendario tradicional chino.

En 2026 podremos comprobar hasta qué punto este rescoldo sigue vivo en el archipiélago nipón.

Para entender por qué tenemos que ir un ciclo completo atrás, al año 1966. Aquel año Japón experimentó un fenómeno significativo: una caída marcada en la natalidad, un contraste abrupto con la serie histórica. Si en 1965 nacieron alrededor de 1,82 millones de niños, en 1966 la cifra fue de 1,36 millones, un 25% menos, según explica Japan Times. Los nacimientos se recuperaron de forma inmediata: en 1967 rondaron los 1,94 millones. El desplome en la natalidad puede verse también en los datos Ministerio de Salud japonés. Según explica el organismo internacional, la tasa de fecundidad pasó de 2,14 en 1965 a 1,58 en 1966, para “rebotar” hasta 2,23 al año siguiente.

El dato no fue resultado de una anomalía estadística o de algún desastre, ni natural ni creado por el ser humano. Podemos ver esto reflejado en un aumento de los abortos inducidos en el país, del que dejó constancia un estudio publicado en 1974 en la revista Annals of Human Biology. Fue culpa de una superstición.

El año 1966 correspondió (aproximadamente) al año del caballo de fuego en el ciclo en el que se basa el calendario tradicional chino. El calendario basado en el ciclo sexagesimal utilizado en algunos países asiáticos relaciona cada uno de los 60 años de su ciclo con uno de doce animales (que incluye a la rata, al tigre, al dragón y también al caballo), y uno de cinco elementos (madera, fuego, tierra, metal y agua).

¿Y qué es lo que tiene de especial el año Hinoeuma? Según la superstición japonesa, las mujeres nacidas durante el año del caballo de fuego matarán a sus maridos o, según las traducciones, serán al menos las causantes de la muerte de sus cónyuges.

Esto habría llevado a muchas parejas en edad fértil a evitar el embarazo (o incluso interrumpirlo), en una época en la que, tal y como explican Emi Suzuki y Haruna Kashiwase en un artículo para el Data Blog del Banco Mundial, no existía la posibilidad de un aborto selectivo en función del sexo. Otro detalle importante mencionado en su artículo es que el fenómeno se dio de forma más marcada en el Japón rural y no tanto en el contexto urbano, lo que refleja el mayor seguimiento que este tipo de supersticiones solían tener en el mundo rural.

60 años de cambio

60 años es mucho tiempo y la sociedad japonesa ya no es la que era. ¿Volverá a repetirse algo parecido en 2026? Hay dos motivos por los que cabe sospechar que, si la caída en la natalidad se da, esta será de una magnitud menor de experimentada en el 66.

El primer motivo está en el menor peso que hoy en día tiene lo supersticioso en la sociedad. Japón vivió una serie de transición abruptas entre el final de la era Edo y el presente. Uno de los periodos de avance más vertiginoso es el que llevó a un país asolado por la guerra a convertirse en un polo de innovación tecnológica a nivel mundial. 1966 puede verse como un año de transición en este contexto, 2026 no tanto. En cualquier caso, la peculiar relación entre tradición y modernidad japonesa es a menudo difícil de comprender desde el punto de vista occidental, así que no conviene aventurarse en esta dirección.

Sin embargo hay otro dato que nos aleja de aquel año 1966: 1,15.

Decíamos al principio que entre 1965 y 1966 la tasa de fertilidad japonesa pasó de 2,1 a 1,6. La caída asociada al año Hinoeuma fue puntual y se revirtió al año siguiente, pero si miramos el conjunto de los datos históricos vemos que es un pequeño desvío en una curva con una tendencia marcada: Japón se queda sin nacimientos de forma progresiva.

Según los datos del Ministerio de Salud japonés citados por Suzuki y Kashiwase, la tasa de fertilidad japonesa fue descendiendo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, primero de forma rápida y después más lenta. En 1989 la tasa de nacimiento volvería a situarse en 1,58 y ni se ha recuperado ni se espera que lo haga. Se conoció como el “shock del 1,57” cuando la tasa cayó por debajo del año Hinoeuma. Hoy en día la tasa se sitúa ya en 1,15.

Unos pocos años antes, en 1987, Japón celebraba una suerte de “fiesta de quintos”, una celebración en honor a la generación que había cumplido los 20 en los meses previos, los nacidos en Hinoeuma. El diario The New York Times se hizo eco de aquella celebración y de la superstición que había mermado la generación celebrada ese año. Ya entonces parecía evidente que los “quintos” del 86 serían la promoción más reducida en la historia, pero solo lo serían por poco tiempo.

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El verano ha sido tan duro que se ha llevado por delante hasta al ingrediente más veraniego de la ensalada: el tomate

El verano ha sido tan duro que se ha llevado por delante hasta al ingrediente más veraniego de la ensalada: el tomate

La llegada de las lluvias este año parecía traer un hilo de esperanza a un sector agrario maltrecho por meses de sequía. Las noticias que nos llegan no podrían ser más distintas: uvas, cítricos, plátanos… por un motivo o por otro las cosechas no están cumpliendo las expectativas, y el ejemplo más reciente lo ha puesto el tomate.

76 millones. El sector del tomate en Extremadura ha hecho balance de la cosecha de este año y no ha sido precisamente optimista: una “ruina” es como la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos de Extremadura (UPA-UCE) la definía en un comunicado reciente. La organización agraria extremeña cifra en 76 millones de euros las pérdidas anuales de los productores de tomate tras la cosecha de este año.

Doble problema. La asociación sectorial apunta a un doble problema: por una parte, unos “precios ruinosos [impuestos por] el sector industrial”. Unos precios que, según la asociación no permiten cubrir los costes asociados a la producción.

El problema de los precio se vincula con el segundo de los problemas de la presente campaña: el de la producción. Según datos de la asociación, para esta campaña la contratación para esta campaña se basaba en una productividad esperada de 93 toneladas por hectárea en promedio. En Extremadura, la productividad real ha acabado siendo inferior, de unas 82 toneladas por hectárea.

Menor productividad, menor producción. Esto se ha visto reflejado en una mala cosecha, con una producción notablemente inferior a la contratada originalmente, un 20% menor, según datos de UPA-UCE. El principal motivo en esta caída en producción está, para el sector, en la meteorología.

Un clima no tan propicio. Todo parecía indicar que la meteorología sería favorable este año: meses de precipitaciones elevadas o, cuanto menos normales, sirvieron no solo para dar por concluido el episodio seco que afectaba a nuestro entorno desde hace varios años; la bonanza hidrológica sirvió también para que los embalses recuperaran niveles de llenado que no se habían visto en años.

Sin embargo, el verano de 2025 no fue acorde con lo visto en los meses anteriores, sino que nos trajo un verano seco y muy cálido, un verano con dos olas de calor especialmente severas tanto en intensidad como en duración.

El resultado: unas plantas más débiles. Y con más problemas, explican desde UPA-UCE.

Ecos de otros campos. La historia se repite en varios sectores. Las llegada de las lluvias parecía traer nuevas esperanzas al sector agrario, sin embargo, el aumento esperado en la cosecha también se ha ido traduciendo en precios más bajos en origen, algo que ya suponía en sí mismo un problema para muchos agricultores.

El problema ha sido aún mayor en sectores como el de la uva, donde las expectativas no están cumpliéndose y ahora los productores deben afrontar los precios bajos propios de una oferta elevada, pero con una producción inferior a la esperada.

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Si la pregunta es qué pasa cuando un huracán entra en transición extratropical, la respuesta la veremos el domingo: Gabrielle está a las puertas

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El huracán Gabrielle ha pasado a ser lo que el NHC (National Hurricane Center), la agencia estadounidense dedicada a la vigilancia de las tormentas tropicales, denomina un ciclón post-tropical. Ahora mismo la tormenta atraviesa el archipiélago de las Azores, pero los modelos señalan que su llegada al continente será a través de la península Ibérica.

Un domingo cualquiera. Las previsiones meteorológicas indican que el ex-huracán Gabrielle llegará el domingo a la Península, tocando tierra en Portugal. Eso sí, sus efectos podrían comenzar a notarse horas antes de esta llegada, incluso durante la tarde del sábado.

Según explica la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), Gabrielle llegará ya convertida en una borrasca extratropical. Por ahora la incertidumbre impera respecto a cómo será la llegada de la tormenta, pero podemos esperar que la inestabilidad afecte a buena parte del sudoeste peninsular durante el fin de semana.

El itinerario de Gabrielle. Gabrielle comenzó su andadura como tormenta tropical en la zona central del Atlántico y tomó dirección noroeste hasta acercarse a Bermuda. Antes de alcanzar el archipiélago, la tormenta se intensificó hasta llegar a la categoría de huracán, para después realizar un giro de cerca de 90º y poner rumbo hacia el noroeste y después en dirección a la Península.

Los modelos indican que la ruta más probable de Gabrielle llevará a la tormenta a tocar tierra cerca de Lisboa durante la madrugada del domingo. La ruta continuaría después rumbo al sudeste, en dirección al golfo de Cádiz.

Elevada incertidumbre”. Tal y como señala AEMET, existe una “elevada incertidumbre” no solo respecto a la trayectoria de la tormenta, también respecto a su posible evolución. La agencia por ahora ha emitido algunos avisos amarillos por riesgo de lluvias en Andalucía occidental, donde se esperan acumulados de 30 mm en seis horas. Cabe esperar que los avisos vayan cambiando conforme la información sea más certera.

Lo que sí nos dicen las previsiones de AEMET es que podemos esperar abundante nubosidad. La agencia señala que la posibilidad de precipitaciones durante la jornada del domingo se extenderá por prácticamente todo el territorio, aunque es en el sudoeste (también en el Cantábrico y parte del litoral mediterráneo) donde sean más probables.

Con respecto a los vientos, no se esperan por ahora grandes vendavales debido al debilitamiento del ciclón. AEMET habla de “vientos moderados en los litorales del noroeste, con intervalos de fuerte y posibles rachas muy fuertes, ocasionalmente moderados en el golfo de Cádiz, Baleares y zonas del tercio noroeste peninsular”.

Detrás de Gabrielle, Humberto. Mientras salimos de dudas respecto a lo que nos deparará Gabrielle, la tormenta tropical Humberto podría tomar una ruta similar. Por ahora esta formación avanza hacia el oeste por aguas del Atlántico. Sin embargo las previsiones indican que la tormenta girará hacia el norte antes de tocar tierra en Norteamérica.

Esto podría poner a Humberto en rumbo hacia el este hacia la segunda mitad de la semana que viene. Aún queda mucho para ello por lo que habrá que esperar para conocer la evolución de este potencial huracán y las posibilidades reales de que sus remanentes nos alcancen como están a punto de hacer los de Gabrielle.

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Si queremos saber cómo afectará el cambio climático a los Pirineos no hay que fijarse en el calor o en la nive. Hay que estudiar las cuevas

Si queremos saber cómo afectará el cambio climático a los Pirineos no hay que fijarse en el calor o en la nive. Hay que estudiar las cuevas

En ocasiones hemos hablado ya de la amenaza que el cambio climático supone para los Pirineos, para su equilibrio ecológico y para uno de los elementos clave en la economía de la región, el esquí. Las regiones montañosas son zonas vulnerables ante los cambios en el clima, pero para descubrir cómo no tenemos que fijarnos en sus nieves, sino en sus piedras.

16.500 años. Un nuevo estudio ha estudiado la evolución de las temperaturas en el entorno de los Pirineos durante los últimos 16.500 años. El estudio nos permite establecer una correspondencia entre la evolución de las temperaturas en esta frontera natural de la península Ibérica y la evolución del clima en otras regiones del mundo.

Casi siete grados. Uno de los detalles enfatizados por el equipo responsable del estudio es un cambio brusco en la temperatura de la región registrado hace unos 14.600 años: un aumento de unos 6,7º Celsius (con un margen de error de unos 2,8º) en la temperatura del entorno montañoso.

Este aumento de las temperaturas se corresponde a un cambio en el clima del hemisferio norte ocurrido durante la misma era y cuenta con un contrapunto: un descenso de más de seis grados ocurrido casi dos milenios más tarde, hace unos 12.800 años, durante el evento conocido como Younger Dryas, hacia el final del Último Periodo Glaciar.

Este aumento de las temperaturas se corresponde a un cambio en el clima del hemisferio norte ocurrido durante la misma era y cuenta con un contrapunto: un descenso de más de seis grados ocurrido casi dos milenios más tarde, hace unos 12.800 años, durante el evento conocido como Younger Dryas, hacia el final del Último Periodo Glaciar.

Analizando estalagmitas. El estudio fue realizado aplicando una nueva técnica que permite extraer nuevos datos climáticos a partir de las incursiones de agua atrapadas en estalagmitas, los depósitos de minerales que se forman en numerosas pruebas, similares a las estalactitas pero cuyo crecimiento se da de abajo hacia arriba. El análisis se realizó en dos cuevas de Ostolo y Mendukilo, en el norte de Navarra.

Según destaca el equipo responsable del estudio, el nuevo análisis nos permite “no solo identificar los cambios cualitativos de temperatura de los últimos 16.500 años, sino también ofrecer números cuantitativos de estas variaciones con una alta precisión cronológica”.

Los detalles del estudio han sido publicados en un artículo en la revista Climate of the Past.

Aprender para el futuro. El nuevo estudio es prueba de que nuestro entorno responde “de manera rápida y sincronizada” a los cambios en el clima global y que lo hace, además, en escalas de tiempo relativamente cortas. Esto puede ayudarnos a prevenir con mayor precisión los impactos locales de futuros cambios en el clima, algo de singular importancia en un entorno ya de por sí vulnerable ante estas alteraciones.

“Conocer cómo respondió el clima en el pasado nos ayuda a entender mejor lo que puede ocurrir en el futuro ante perturbaciones similares. Para que las predicciones de futuro de los modelos climáticos sean lo más robustas posible necesitan datos del pasado para entender cómo ha funcionado el clima ante fenómenos como la parada de la circulación termohalina o anteriores aumentos de CO2”, destacaba en una nota de prensa Ana Moreno, coautora del estudio.

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No hay nada que haga azules a los ojos azules. Si queremos entender por qué, tenemos que recurrir a la física

No hay nada que haga azules a los ojos azules. Si queremos entender por qué, tenemos que recurrir a la física

Muchos de nosotros aprendimos primeras lecciones de genética a través de guisantes y del color de ojos. Pero hay más ciencia a la hora de explicar el color que adquieren nuestros ojos. En ello no solo interviene la física sino también una biología algo más compleja de lo que creíamos en un principio.

La naturaleza y el azul. El color azul no es uno de los más frecuentes en la naturaleza. Quizás por eso nos resulten llamativas las excepciones como las flores de este color, los plumajes de algunas aves o las alas de ciertos insectos.

Un motivo está en la optimización de recursos. Los pigmentos azules son moléculas que reflejan la luz en determinados segmentos del espectro electromagnético, los propios de los tonos azules, dando color así a un objeto.

El problema con estas moléculas es que suelen tener un gran tamaño. Esto las hace difíciles de sintetizar por los seres vivos por lo que, si no ofrecen una ventaja evolutiva significativa, no serán creadas por nuestro cuerpo.

No es química, es física. Es por eso que cuando vemos el color azul en la naturaleza sea probable que su origen no esté en un compuesto químico sino en algún fenómeno físico. Es lo que ocurre, por ejemplo, en el caso del plumaje de algunas aves, cuyo origen está en nanoestructuras cuya forma es la responsable de reflejar la luz en longitudes cortas del espectro visible, las del color azul. Y también es el caso de los ojos azules.

Ausencia de pigmentación. Solo que en el caso de los ojos azules no se trata de las nanoestructuras sino del iris y del efecto Tyndall, un efecto similar al responsable de que veamos el cielo azul (y los atardeceres rojos), explica en un artículo en The Conversation Davinia Beaver, experta en medicina regenerativa de la Bond University, en Australia.

Cuando la luz entra en nuestro ojo, las partículas en suspensión que se encuentran en él interactúan con las longitudes más cortas del espectro, haciendo que estas se diseminen más, “rebotando” así parte del color azul de las ondas hacia el exterior.

El marrón, todo lo contrario. Este efecto no se da entre las personas con ojos marrones porque en esto sí existe un pigmento. Este “atrapa” parte de la luz haciendo que esta no escape con tanta facilidad del ojo, dando tonos más oscuros. El pigmento en cuestión: la melanina, el mismo responsable de los tonos de piel más oscuros.

Existen más colores de ojos, como el verde o los ojos “color avellana”. Estos colores pueden verse como la combinación de la dispersión de la luz del efecto Tyndall, modulada por cierta presencia de melanina, ya sea en pequeñas cantidades o concentrada en algunas regiones del iris.

La genética no es tan sencilla. La genética que estudiamos en nuestra etapa escolar, por supuesto, es sencilla, una versión simplificada de lo que sabemos sobre este campo de la biología. Un campo, además, que ha ido avanzando con el tiempo, haciéndose más complejo a medida que desentañamos más y más detalles sobre su funcionamiento, recuerda Beaver. Señala por ejemplo que son varios los genes que afectan al aspecto de nuestros ojos, por lo que los entresijos familiares que llevan a uno u otro color de ojos pueden no ser tan perceptibles como creemos.

El color de ojos también puede cambiar como consecuencia de otros factores como nuestra edad, conforme la melanina va acumulándose en nuestros ojos, cosa que suele ocurrir durante el crecimiento. Determinadas condiciones médicas, añade Beaver, también pueden influir en este color.

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El frío del Ártico era la barrera ideal contra las especies invasoras. Ahora esa barrera está cayendo

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El océano Ártico es uno de los puntos candentes en lo que al cambio climático se refiere. Separado de la superficie por el hielo polar, este océano es un lugar con características propias que van más allá de su gélida temperatura.

Cae la barrera. Un nuevo estudio encabezado por investigadores del British Antarctic Survey (BAS) ha encontrado pruebas de la llegada de una especie invasora de percebe a las aguas del Antártico canadiense. Esto ha llevado al equipo a concluir que la barrera que antes representaban las bajas temperaturas del océano polar está cayendo.

Amphibalanus improvisus. La especie en cuestión es un tipo de balánido a veces conocido como percebe de bahía (Amphibalanus improvisus). Estos crustáceos están emparentados de forma lejana con los percebes comunes (Pollicipes cornucopia), pero su presencia es considerada un problema y no una fuente de alimento.

La especie ya se ha convertido en un habitual de las aguas de Europa y del océano Pacífico, donde causa problemas al acoplarse a barcos, tuberías e infraestructuras de diverso tipo. Sin embargo, hasta ahora se había mantenido ausente en las aguas del Ártico canadiense.

EADN. La detección de la especie invasora fue realizada gracias al estudio de la codificación mediante barras del ADN ambiental (eDNA). Los seres vivos vamos dejando nuestra impronta genética en nuestro entorno: células desprendidas, desechos y otros restos biológicos.

Esta técnica permite detectar la presencia de una especie (o de varias) sin necesidad de encontrar un solo ejemplar, tan solo a través de muestras ambientales, en este caso, de agua.

Los detalles del estudio fueron publicados en un artículo en la revista Global Change Biology.

El cambio climático, el gran sospechoso. El Ártico es una de las regiones más afectadas por el cambio climático. Hay dos factores, ambos relacionados con el aumento de las temperaturas en esta región, que han contribuido en la expansión de este percebe.

El primer factor es el aumento en el tráfico marítimo del Ártico asociado al deshielo y la apertura de nuevas rutas. Generalmente, explica el equipo, estas especies invasoras suelen llegar en los cascos de las naves o en sus tanques de lastre. El segundo factor está en que las aguas del Ártico canadiense ya no presentan condiciones tan hostiles para la proliferación de especies foráneas.

“El cambio climático está realmente en el núcleo de este problema. Los barcos están incrementando en número porque la reducción del hielo marino ha abierto nuevas rutas náuticas. Suma a esto que las especies invasoras que los barcos traen al Ártico también tienen más probabilidades de sobrevivir y establecer poblaciones por las temperaturas más cálidas del agua”, explicaba en una nota de prensa Elizabeth Boyse, quien lideró el estudio.

Una cuestión por aclarar. Según señala el equipo responsable del estudio, existen aún detalles por corroborar con respecto a la propagación de esta especie en el Ártico canadiense, empezando por saber si el ADN detectado respondía a larvas en tránsito o a una población más estable y fecunda. Para conocer este tipo de detalle será necesario complementar el estudio con otras técnicas, como la observación directa de los animales.

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Imagen | Ansgar Walk, CC BY-SA 3.0

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El sector del vino no levanta cabeza: los agricultores esperan una de las peores vendimias de lo que va de siglo

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El pesimismo va haciéndose camino en el sector de la uva. Conforme avanza la época de vendimia en las distintas regiones vinícolas de nuestro entorno los problemas no dejan de crecer. El primero fue el del precio, con los agricultores en pie de guerra por unos precios que consideran “ruinosos”, ahora, a esto se suma el pesimismo respecto al volumen de la cosecha.

34 millones de hectolitros. La vendimia de 2025 va camino de convertirse en una de las peores vistas en años recientes según recalcaba recientemente la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA). Su preocupación se basa en las estimaciones de la organización sectorial Cooperativas Agro-alimentarias de España que señalan que la producción vinícola de este año será de unos 34 millones de hectolitros.

Como contraste, señala la UPA, una temporada promedio la producción vinícola estaría en torno a los 40-43 millones de hectolitros.

Del optimismo al pesimismo. La nueva estimación implica un recorte notable respecto a los cálculos iniciales, que confiaban en que se lograran producir este año unos 37,5 millones de hectolitros de vino y mosto. Esta caída es reflejo de un cambio importante en la percepción de lo que sería esta cosecha: de un optimismo marcado por el fin de la sequía hemos pasado a un contexto en el que predomina el pesimismo.

Meteorología no tan favorable. La meteorología ha desempeñado un papel importante. La llegada de las lluvias parecía traer nuevas esperanzas a un sector agrario castigado por la sequía. Sin embargo las tormentas de granizo, numerosas este año, han pasado factura.

También ha dejado su impronta en la vendimia un verano extremadamente cálido y más seco de lo habitual: las altas temperaturas del mes pasado (en el que vimos una intensa ola de calor) y la falta de precipitaciones han hecho mella en la cosecha, según la UPA.

Más quizás que la meteorología, al sector también preocupa el clima: la UPA destacaba también la vulnerabilidad del sector ante el cambio climático, cuyo impacto negativo cifraba en unos 439.788 hectolitros, un 1,4% de la cosecha.

El impacto del mildiu. Otro factor mencionado por el sector es el del mildiu. Esta enfermedad de las plantas es una enfermedad causada por hongos que infectan a las plantas y causa problemas que acaban viéndose reflejados en la productividad del campo. Este año Andalucía, La Rioja, y Castilla y León han sido las comunidades más afectadas según la organización.

Una crisis global. El del volumen de la cosecha es tan solo uno de los problemas que preocupan a los agricultores. En su comunicado, la UPA habla también de la incertidumbre que plantea la nueva política arancelaria estadounidense, así como la polémica reforma de la Política Agraria Común, la PAC.

Aunque quizás este año la gran fuente de polémicas ha estado en lo económico. Han sido varias las ocasiones en los que los agricultores han protestado por considerar que los precios ofrecidos por las bodegas no son justos y que abocan a la crisis a su sector. A esto hay que añadir un problema estructural en el sector, y es que los cambios en los patrones de consumo han castigado notablemente al consumo del vino y de muchas otras bebidas alcohólicas.

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Imagen | Mali maeder

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