El mayor observatorio astronómico de España abarca desde los laboratorios punteros a la terraza de tu casa: así funciona ProAm

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Nevil Maskelyne hundió su pluma en el tintero, alisó las esquinas del folio en blanco que tenía sobre el escritorio y, con un largo suspiro de resignación que resonó por los pasillos del Real Observatorio de Greenwich, se arrancó a escribir. Si un año antes —qué año, si unos meses, si un par de semanas atrás— alguien le hubiese dicho que tendría que redactar una carta como la que ahora empezaba lo habría tomado por un lunático. Es más, probablemente y a pesar de toda su paciencia, curtida a base de noches en vela pegado al telescopio, Maskelyne se habría sacado su peluca empolvada y arremangado la levita para hacérselo saber a bastonazos.

El caso es que allí estaba.

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La “escafandra Herrera”: el traje espacial de caucho, lana y acero de la España de los 30 que abrió camino a la NASA

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Marcaba 15 de septiembre el calendario, postrimerías del verano de 1928, y en Nerpio, provincia de Albacete, la noche era mortaja. El cielo salpicado de estrellas bajo el que solían cenar los lugareños —la mejor de las carpas para las ferias de verano— había mudado en crespón, un telón fúnebre tras el que incluso los menos dados a supercherías empezaban a intuir funestos presagios al acecho.

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De la Cierva, el genio de la aeronáutica que empezó con aviones de papel y acabó sorprendiendo a Edison

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Si hay destino, un trío de retorcidas Parcas encargadas de hilar cada vida como si de una alfombrilla de trapillo se tratara, las de Juan de la Cierva se gastaban, sin duda, el peor y más funesto de los humores, digno casi del guion de una peli dramática de sábado tarde.

Durante buena parte de sus 41 años De la Cierva —De la Cierva y Codorniú, para citar su abolengo al completo—, murciano de cuna, se afanó en impulsar y perfeccionar el tráfico aéreo. Quería mejores aeronaves, con diseños más precisos, mayor potencia y autonomía; y las quería, sobre todo, lo más seguras posible. Fruto de esos desvelos ideó en los primeros compases del siglo XX el autogiro, un aparato volador que revolucionó la aeronáutica, le granjeó la amistad de Henry Ford o Guillermo Marconi y llegó a despertar la admiración, entre otros, de Thomas Alva Edison. A los mandos de uno de aquellos aparatos consiguió cruzar incluso el Canal de la Mancha.

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Me dedico a “borrar” información de Internet: así funcionan las empresas que hacen negocio con el derecho al olvido

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El caso es ya historia “antigua” de Internet.

Cansado de ver cómo cada vez que tecleaba su nombre en Google el buscador le mostraba un par de anuncios publicados años atrás por La Vanguardia sobre una subasta por deudas con la Seguridad Social en la que se había visto implicado, un tema que le quedaba ya muy atrás y que llevaba tiempo resuelto, en 2009 el abogado Mario Costeja decidió mover ficha. Levantó el teléfono, llamó al periódico y pidió que eliminasen las notas. Su razonamiento estaba armado con la lógica robusta del sentido común: las notificaciones eran de 1998 y el embargo al que se referían estaba ya zanjado. Que siguiesen apareciendo entre los primeros resultados en el índice de Google —alegaba Costeja— le mantenía en cierto modo encadenado a aquel antiguo proceso.

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Tengo más de 50 años y he empezado a estudiar una carrera tecnológica

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Cuando le tocó mover ficha y escoger carrera, en 1987, Vicente Castelló se matriculó en Derecho. Optó por los estudios de leyes —recuerda— igual que podría haberlo hecho por Económicas, ADE o alguna otra de las licenciaturas que por aquel entonces ofrecía la Universidad de Valencia. Con diecimuchos y veintipocos su vocación, sencillamente, todavía no se había dejado ver. Nada nuevo bajo el sol. Vicent van Gogh no se puso en serio con los pinceles hasta rozar las treinta primaveras, después de haber trabajado como marchante de arte y vestir andrajos de misionero en las minas de Borinage. El mismísimo William Herschel se ganó durante años los garbanzos como músico antes de descubrir Urano, afianzar su reputación como astrónomo y dedicarse de manera profesional a la elaboración de telescopios y el estudio del firmamento estrellado.

A Vicente esa vocación, la visión clara de hacia dónde quería encaminar sus pasos, le llegó a principios de los 90: lo suyo era el mundo de la empresa. Hoy estudia tercero del Grado en Ciencia de Datos en la Escuela Técnica Superior de Ingeniería (ETSE) de la Universidad de Valencia, la misma institución en la que se caló el birrete de abogado hace casi tres décadas. El antiguo estudiante de Derecho tiene ahora 51 años, hace tiempo que peina canas, dirige su propia empresa y además suma a sus muchas responsabilidades la de ser padre, pero habla de sus estudios con una pasión que probablemente nunca llegó a brillar cuando era un universitario de veinte años.

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Mónico Sánchez, el inventor que quiso convertir un pueblo de Ciudad Real en el Silicon Valley de principios del siglo XX

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En un lugar de La Mancha, Piedrabuena, de cuyo nombre nunca quiso olvidarse, ni aun cuando amasaba fama y fortuna, no ha mucho tiempo que vivía un ingeniero de los de pluma en ristre para garabatear cálculos, voluntad de acero, ingenio efervescente y un pulso de self-made man al más puro estilo de Thomas Alva Edison o Frederick Collins, contemporáneos suyos, por cierto, y con cuyas biografías de un modo u otro entretejió la propia durante sus aventuras en Nueva York.

Las camisas raídas heredadas de sus mayores, las propinas que ahorraba como mozo de recados y un par de desgastados mocasines a los que, con más voluntad que cabeza, intentaba alargar la vida descalzándose antes de cada caminata entre su hogar, en Piedrabuena, y su trabajo en Fuente el Fresno consumían tres cuartas partes de su hacienda infantil. De niño tenía en casa nuestro ingeniero un padre tejero y una madre lavandera y tres hermanos mayores que —al igual que él mismo— veían cómo sus pasos se encaminaban al campo antes incluso de destetarse.

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Hyderabad Public School: el colegio de la India que formó a los CEO de Microsoft, Adobe y Mastercard

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John William Rolfe Kempe estrenaba la década de 1950 convertido en una “rara avis”. De esas que tan bien crían en tiempos de guerra. A sus treinta y pocos, Kempe, hijo de un oficial del Servicio Colonial británico, había pasado de ser un antiguo piloto de Spitfires y Mosquitos (Havilland DH.98) de la RAF a trabajar como un respetable maestro de matemáticas en Escocia que dedicaba sus ratos libres a escalar cordilleras. Cuando a comienzos de los años 50 lo llamaron desde la India para ofrecerle la dirección de la Escuela Pública de Hyderabad, Kempe se dejó llevar por su espíritu aventurero y se embarcó rumbo a Telangana, en la otra punta del planeta.

La Escuela Pública de Hyderabad estaba por entonces inmersa en profundos cambios internos, reflejo a su vez de los que sacudían a la recién constituida República de la India. Para contribuir a la reforma y dejar una huella que perdurase más allá de su paso por la dirección de la escuela, Kempe seleccionó un emblema para el centro. Probablemente en un guiño a sus años en la RAF, su pasión por las cumbres y la vocación por inspirar a estudiantes escogió un águila, un ave rapaz similar a los majestuosos halcones Shaheen que sobrevuelan el subcontinente.

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