Un cementerio de hielo: la historia de los cadáveres enterrados bajo la Antártida para siempre

Un cementerio de hielo: la historia de los cadáveres enterrados bajo la Antártida para siempre

A la entrada del Instituto de Investigación Scott Polar, en Cambridge, se alzan dos vigas de roble inglés apoyadas una contra otra, diseño del artista Oliver Barratt. La escultura es curiosa, elegante, evocadora incluso; pero quien pasa ante ella no llega a entenderla del todo si no está al tanto de su otra mitad: una pluma metálica situada en los muelles de Port Stanley, en las Malvinas. Aunque están separadas por miles de kilómetros, ambas piezas comparten un vínculo especial: la estructura de acero, que mira a la Antártida, casa al milímetro con el hueco de los listones de Cambridge.

No es un ejercicio enrevesado de arte conceptual, sino una forma —bastante poética, cierto— de dejar constancia de que en el Scott Polar hay un vacío, una ausencia, que solo se puede llenar mirando al Polo Sur. ¿Por qué? Pues porque a lo largo del último siglo de las Islas Malvinas y otros puntos próximos a la Antártida han partido decenas de investigadores británicos que acabaron perdiendo la vida cuando exploraban el polo austral. Muchos nunca regresaron. Ni como cadáveres. Rescatarlos resultaba tan complicado que han quedaron sepultados bajo capas de hielo.

Sus condiciones extremas, con un mercurio que en la meseta polar baja de los -60 ºC durante el invierno y habitualmente no pasa de -20 ºC en verano y rachas de viento que pueden superar los 300 km/h, hacen de la Antártida una región inhóspita en la que no resulta fácil sobrevivir. Solo a lo largo del último siglo el empeño de los británicos en descubrir sus secretos ha dejado alrededor de una treintena de fallecidos. Difícil es llegar y difícil es, también, rescatar los cuerpos de quienes acaban perdiendo la vida en las zonas más remotas del polo tras sucumbir al frío o caer en grietas.

Una trampa de hielo y ventiscas

El caso más famoso es quizás el de la Expedición Terra Nova, el grupo dirigido por el aún más popular capitán Robert Falcon Scott que partió en noviembre de 1910 de Port Chalmers (Nueva Zelanda) con el propósito de estudiar la Antártida y convertir a los británicos en los conquistadores del Polo Sur. Las prisas, la presión, una serie de decisiones desafortunadas y la tremenda dureza y los peligros de la región acabaron convirtiendo la misión en una auténtica tragedia nacional.

Cuando Robert Scott y cuatro de sus hombres llegaron al polo, el 17 de enero de 1912, se encontraron con la peor de las sorpresas: se les había adelantado un equipo noruego dirigido por el explorador Roald Amundsen. El chasco de verse vencidos por la mínima —el grupo escandinavo había emprendido el regreso apenas unas semanas antes— no fue sin embargo lo peor de la fatídica Expedición Terra Nova. Durante el viaje de regreso, la Antártida mostró a los británicos su rostro más extremo. Edgar Evans, debilitado por las heridas y el escorbuto, falleció en febrero; Lawrence Oates, en marzo, cuando decidió abandonar al resto convencido de que les suponía una carga.

La suerte de lo que quedaba del equipo, Edward Wilson, Robertson Bowers y el propio Robert Scott, no sería mucho mejor. Por lo que sabemos gracias a las anotaciones en el diario del capitán, los tres fallecieron el 29 de marzo de 1912. “No creo que ningún humano haya luchado con lo que nosotros hemos tenido que afrontar este último mes”, escribió en su cuaderno Scott, quien años atrás había saboreado las mieles de verse convertido en un héroe gracias a la Expedición Discovery.

Ni el cadáver de Evans ni el de Oates se pudieron localizar. El equipo que asumió las tareas de búsqueda sí encontró los cuerpos de los tres últimos integrantes de Terra Nova meses más tarde, el 12 de noviembre, pero no pudo hacer más que improvisar una sepultura bajo la nieve: un montículo rematado con una cruz. En enero de 1913 los carpinteros del barco Terra Nova fabricaron otro crucifijo algo más elaborado en homenaje a los fallecidos y lo fijaron en Observation Hill.

Terranova
Wilson, Scott, Oates, Bowers y Evans en la Expedición Terranova.

Aunque protagonizaron el caso más famoso, Scott y sus compañeros no fueron los primeros ni los últimos en ver cómo el Polo Sur se convertía en su cementerio. En los 80 se descubrió en una playa de la Isla Livingston, cerca de la Península Antártica, un par de huesos. Un cráneo y un fémur, para ser más precisos. Como se comprobaría más tarde, pertenecieron a una indígena de 21 años originaria de una comunidad situada en el sur de Chile, a unos mil kilómetros de distancia.

Si el hallazgo no era asombroso ya de por sí, su datación lo convirtió en un auténtico campanazo para los historiadores: la joven había muerto entre 1819 y 1825, bastante antes incluso de que Scott o Amundsen hubiesen nacido. Una de las primeras teorías que barajaron los expertos es que podía tratarse de una guía de cazadores de focas. Lo que parece claro, en cualquier caso —como recoge la BBC—, es que estos mantenían contactos con los pueblos instalados en el sur de Chile.

Bastante después de la Expedición Terra Nova, en octubre de 1965, los paisajes helados de la Antártida volvían a ser escenario de otra tragedia. Durante una expedición, el Muskeg —un tractor oruga para la nieve— en el que viajaban tres hombres, entre ellos el físico Jeremy Bailey, de solo 24 años, se precipitó por una grieta ocultada probablemente por la nieve. El vehículo se despeñó cerca de 30 metros y a pesar de los esfuerzos del cuarto integrante de la expedición, que viajaba detrás con un trineo tirado por perros, todos sus compañeros fallecieron en la violenta caída.

El Polo Sur no es el único que se ha cobrado los cadáveres de aquellos que no lograron regresar a casa. En la montaña Everest descansan también los cuerpos de alpinistas que fallecieron durante sus expediciones. Hay estimaciones que apuntan a más de 200, de los que 150 no han llegado siquiera a localizarse. Algunos descansan en las rutas que suben a la cima y sirven de referencia a quienes, año tras años, siguen acudiendo a la conquista del punto más elevado del planeta.

Aunque muchos de los cadáveres son visibles a simple vista, en 2019 The New York Times publicaba que a causa del deshielo algunos cuerpos enterrados están emergiendo de la nieve. “Encontrar huesos se ha vuelto algo habitual para nosotros”, explicaba una alpinista al diario estadounidense, que estimaba que solo a lo largo de las últimas seis décadas alrededor de 300 deportistas han fallecidos en la montaña y hay más de un centenar de cuerpos yaciendo en la montaña.

Imágenes | Dennis Rochel (Unsplash) y Wikimedia

-
La noticia Un cementerio de hielo: la historia de los cadáveres enterrados bajo la Antártida para siempre fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .

Leer más

Un cementerio de hielo: la historia de los cadáveres enterrados bajo la Antártida para siempre

Un cementerio de hielo: la historia de los cadáveres enterrados bajo la Antártida para siempre

A la entrada del Instituto de Investigación Scott Polar, en Cambridge, se alzan dos vigas de roble inglés apoyadas una contra otra, diseño del artista Oliver Barratt. La escultura es curiosa, elegante, evocadora incluso; pero quien pasa ante ella no llega a entenderla del todo si no está al tanto de su otra mitad: una pluma metálica situada en los muelles de Port Stanley, en las Malvinas. Aunque están separadas por miles de kilómetros, ambas piezas comparten un vínculo especial: la estructura de acero, que mira a la Antártida, casa al milímetro con el hueco de los listones de Cambridge.

No es un ejercicio enrevesado de arte conceptual, sino una forma —bastante poética, cierto— de dejar constancia de que en el Scott Polar hay un vacío, una ausencia, que solo se puede llenar mirando al Polo Sur. ¿Por qué? Pues porque a lo largo del último siglo de las Islas Malvinas y otros puntos próximos a la Antártida han partido decenas de investigadores británicos que acabaron perdiendo la vida cuando exploraban el polo austral. Muchos nunca regresaron. Ni como cadáveres. Rescatarlos resultaba tan complicado que han quedaron sepultados bajo capas de hielo.

Sus condiciones extremas, con un mercurio que en la meseta polar baja de los -60 ºC durante el invierno y habitualmente no pasa de -20 ºC en verano y rachas de viento que pueden superar los 300 km/h, hacen de la Antártida una región inhóspita en la que no resulta fácil sobrevivir. Solo a lo largo del último siglo el empeño de los británicos en descubrir sus secretos ha dejado alrededor de una treintena de fallecidos. Difícil es llegar y difícil es, también, rescatar los cuerpos de quienes acaban perdiendo la vida en las zonas más remotas del polo tras sucumbir al frío o caer en grietas.

Una trampa de hielo y ventiscas

El caso más famoso es quizás el de la Expedición Terra Nova, el grupo dirigido por el aún más popular capitán Robert Falcon Scott que partió en noviembre de 1910 de Port Chalmers (Nueva Zelanda) con el propósito de estudiar la Antártida y convertir a los británicos en los conquistadores del Polo Sur. Las prisas, la presión, una serie de decisiones desafortunadas y la tremenda dureza y los peligros de la región acabaron convirtiendo la misión en una auténtica tragedia nacional.

Cuando Robert Scott y cuatro de sus hombres llegaron al polo, el 17 de enero de 1912, se encontraron con la peor de las sorpresas: se les había adelantado un equipo noruego dirigido por el explorador Roald Amundsen. El chasco de verse vencidos por la mínima —el grupo escandinavo había emprendido el regreso apenas unas semanas antes— no fue sin embargo lo peor de la fatídica Expedición Terra Nova. Durante el viaje de regreso, la Antártida mostró a los británicos su rostro más extremo. Edgar Evans, debilitado por las heridas y el escorbuto, falleció en febrero; Lawrence Oates, en marzo, cuando decidió abandonar al resto convencido de que les suponía una carga.

La suerte de lo que quedaba del equipo, Edward Wilson, Robertson Bowers y el propio Robert Scott, no sería mucho mejor. Por lo que sabemos gracias a las anotaciones en el diario del capitán, los tres fallecieron el 29 de marzo de 1912. “No creo que ningún humano haya luchado con lo que nosotros hemos tenido que afrontar este último mes”, escribió en su cuaderno Scott, quien años atrás había saboreado las mieles de verse convertido en un héroe gracias a la Expedición Discovery.

Ni el cadáver de Evans ni el de Oates se pudieron localizar. El equipo que asumió las tareas de búsqueda sí encontró los cuerpos de los tres últimos integrantes de Terra Nova meses más tarde, el 12 de noviembre, pero no pudo hacer más que improvisar una sepultura bajo la nieve: un montículo rematado con una cruz. En enero de 1913 los carpinteros del barco Terra Nova fabricaron otro crucifijo algo más elaborado en homenaje a los fallecidos y lo fijaron en Observation Hill.

Terranova
Wilson, Scott, Oates, Bowers y Evans en la Expedición Terranova.

Aunque protagonizaron el caso más famoso, Scott y sus compañeros no fueron los primeros ni los últimos en ver cómo el Polo Sur se convertía en su cementerio. En los 80 se descubrió en una playa de la Isla Livingston, cerca de la Península Antártica, un par de huesos. Un cráneo y un fémur, para ser más precisos. Como se comprobaría más tarde, pertenecieron a una indígena de 21 años originaria de una comunidad situada en el sur de Chile, a unos mil kilómetros de distancia.

Si el hallazgo no era asombroso ya de por sí, su datación lo convirtió en un auténtico campanazo para los historiadores: la joven había muerto entre 1819 y 1825, bastante antes incluso de que Scott o Amundsen hubiesen nacido. Una de las primeras teorías que barajaron los expertos es que podía tratarse de una guía de cazadores de focas. Lo que parece claro, en cualquier caso —como recoge la BBC—, es que estos mantenían contactos con los pueblos instalados en el sur de Chile.

Bastante después de la Expedición Terra Nova, en octubre de 1965, los paisajes helados de la Antártida volvían a ser escenario de otra tragedia. Durante una expedición, el Muskeg —un tractor oruga para la nieve— en el que viajaban tres hombres, entre ellos el físico Jeremy Bailey, de solo 24 años, se precipitó por una grieta ocultada probablemente por la nieve. El vehículo se despeñó cerca de 30 metros y a pesar de los esfuerzos del cuarto integrante de la expedición, que viajaba detrás con un trineo tirado por perros, todos sus compañeros fallecieron en la violenta caída.

El Polo Sur no es el único que se ha cobrado los cadáveres de aquellos que no lograron regresar a casa. En la montaña Everest descansan también los cuerpos de alpinistas que fallecieron durante sus expediciones. Hay estimaciones que apuntan a más de 200, de los que 150 no han llegado siquiera a localizarse. Algunos descansan en las rutas que suben a la cima y sirven de referencia a quienes, año tras años, siguen acudiendo a la conquista del punto más elevado del planeta.

Aunque muchos de los cadáveres son visibles a simple vista, en 2019 The New York Times publicaba que a causa del deshielo algunos cuerpos enterrados están emergiendo de la nieve. “Encontrar huesos se ha vuelto algo habitual para nosotros”, explicaba una alpinista al diario estadounidense, que estimaba que solo a lo largo de las últimas seis décadas alrededor de 300 deportistas han fallecidos en la montaña y hay más de un centenar de cuerpos yaciendo en la montaña.

Imágenes | Dennis Rochel (Unsplash) y Wikimedia

-
La noticia Un cementerio de hielo: la historia de los cadáveres enterrados bajo la Antártida para siempre fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .

Leer más

Una pandemia de basura: hemos generado más de 146.000 toneladas de residuos sanitarios solo entre kits y vacunas

Una pandemia de basura: hemos generado más de 146.000 toneladas de residuos sanitarios solo entre kits y vacunas

Hay otra forma de medir el impacto del COVID-19. Otra a mayores del número de enfermos y fallecidos, ERTE tramitados, millones de euros en pérdidas económicas o eventos cancelados, los valores que habitualmente dibujan nuestra imagen de la pandemia y su evolución. El coronavirus se puede calibrar también en toneladas de desperdicios. Y se puede hacer porque, a su forma —como acaba de alertar la OMS en un informe—, la crisis sanitaria ha devenido en cierto modo en crisis de gestión de residuos sanitarios. Al final, cada mascarilla, cada test de antígenos o cada EPI acaba convirtiéndose, una vez ha cumplido con su uso, en basura que hay que tratar.

La OMS es clara al hablar del tema y no se anda por las ramas: “Decenas de miles de toneladas de residuos médicos adicionales han ejercido una enorme presión sobre los sistemas de gestión de desechos de atención médica en todo el mundo, amenazando la salud humana y ambiental y exponiendo una necesidad imperiosa de mejorar las prácticas de gestión de desechos”.

Leer más

Una pandemia de basura: hemos generado más de 146.000 toneladas de residuos sanitarios solo entre kits y vacunas

Una pandemia de basura: hemos generado más de 146.000 toneladas de residuos sanitarios solo entre kits y vacunas

Hay otra forma de medir el impacto del COVID-19. Otra a mayores del número de enfermos y fallecidos, ERTE tramitados, millones de euros en pérdidas económicas o eventos cancelados, los valores que habitualmente dibujan nuestra imagen de la pandemia y su evolución. El coronavirus se puede calibrar también en toneladas de desperdicios. Y se puede hacer porque, a su forma —como acaba de alertar la OMS en un informe—, la crisis sanitaria ha devenido en cierto modo en crisis de gestión de residuos sanitarios. Al final, cada mascarilla, cada test de antígenos o cada EPI acaba convirtiéndose, una vez ha cumplido con su uso, en basura que hay que tratar.

La OMS es clara al hablar del tema y no se anda por las ramas: “Decenas de miles de toneladas de residuos médicos adicionales han ejercido una enorme presión sobre los sistemas de gestión de desechos de atención médica en todo el mundo, amenazando la salud humana y ambiental y exponiendo una necesidad imperiosa de mejorar las prácticas de gestión de desechos”.

Leer más

La NASA lleva años buscando meteoritos que nos puedan llevar al Apocalipsis. Y le está yendo bastante bien

La NASA lleva años buscando meteoritos que nos puedan llevar al Apocalipsis. Y le está yendo bastante bien

El 14 de agosto de 2021, mientras el mundo miraba a Haití, castigado por un violento terremoto —el enésimo que sacude la región—, la NASA escribía un nuevo capítulo en la historia espacial. Quizás no uno tremendo y la altura de aquella primera caminata lunar de Neil Armstrong y Buzz Aldrin de finales de los 60, pero desde luego sí revelador del trabajo silencioso que se realiza en la agencia para lograr un objetivo no mucho menos ambicioso: mantener vigilados los asteroides y cometas que pasan cerca de la Tierra. O lo que es lo mismo, garantizar que podemos anticiparnos a un impacto como el que desató un episodio de extinción masiva hace 66 millones de años.

Aquella jornada de mediados de agosto, sábado, la antena de la Estación de Espacio Profundo 14 (DSS-14), en el Complejo de Comunicaciones con el Espacio Profundo de Goldstone, siguió los pasos de 2021 PJ1, un asteroide de entre 20 y 30 metros de ancho que viajaba a una velocidad de unos 9,25 kilómetros por segundo (km/s). No es una roca descomunal, pero sí relevante por otra razón: se convirtió en el asteroide cercano a la Tierra —o NEA (Near-Earth Asteroide)— número 1.000 observado por un radar planetario desde que en 1968 el 1566 Icarus estrenó la lista.

2021 PJ1 pasó zumbando a alrededor de 1,7 millones de kilómetros, lo que no lo convertía en una amenaza real para nuestro planeta; pero sí le hizo entrar en el radar —nunca mejor dicho— de los vigilantes que se dedican a controlar los NEO —Near-Earth Objects, etiqueta que también incluye a los cometas— que orbitan alrededor del Sol y pueden acercarse a la Tierra. De hecho, cerca del 75% de las observaciones de NEA por radar se han hecho en el marco del Programa de Observaciones NEO de la NASA, que forma parte a su vez del Programa de Defensa Planetaria.

A la caza de los "proyectiles" perdidos

Gracias a sus telescopios terrestres y espaciales, los expertos del programa pueden calcular las órbitas, características y —quizás lo más importante— las trayectorias futuras de los NEO. El objetivo, como concreta la propia agencia estadounidense: “La detección temprana de objetos potencialmente peligrosos”, cercanos a nuestro planeta y que se acercarán a 5 millones de millas —8 millones de km— de la órbita de la Tierra. En cuanto a tamaños, se centra en aquellos cuerpos “lo suficientemente grandes —de 30 a 50 m— para causar daños significativos” al planeta.

De su lado tienen herramientas tan potentes como las antenas DSS-14 y DSS-13 de Goldstone, de 34 metros, que en septiembre del año pasado habían observado 374 asteroides cercanos a la Tierra, u otros recursos, como el Complejo de Comunicación del Espacio Profundo de Canberra, de la Red de Espacio Profundo; o el Observatorio de Parkes, en Nueva Gales del Sur. Antes de colapsar, uno de los apoyos clave era el gran telescopio de 305 metros del Observatorio de Arecibo. Otro apoyo clave es ATLAS, que acaba de actualizarse para buscar en todo el cielo nocturno cada 24 horas.

Lo bueno es que el esfuerzo, al menos de momento, no pinta nada mal. Desde que en 1993 los astrónomos detectaron fragmentos de un cometa que se dirigía rumbo Júpiter y comprendieron el gran daño que podría ocasionar si su "objetivo" fuese a la Tierra, científicos y políticos se han volcado para mantener bien vigilados estos proyectiles espaciales. El primer paso lo dio la NASA en 1998, cuando se marcó el objetivo de encontrar al menos al 90% de los asteroides y cometas de un kilómetro o más de ancho que se acercasen a la órbita de nuestro planeta.

La NASA estima que que hay alrededor de un millar de NEA de más de un kilómetro y aproximadamente 15.000 que superan los 140 metros. A día de hoy, la agencia y sus socios aseguran tener controlados el 95% de los que, se cree, podrían pasar a menos de 48,2 millones de kilómetros del planeta y los objetos de mayor tamaño; pero, a pesar de ese porcentaje, queda todavía trabajo por delante. Sobre todo, cuando se habla de rocas de menor tamaño.

“Los investigadores carecen aún de suficientes datos y modelos. Los NEO más pequeños que se califican como ‘lo suficientemente grandes’ para penetrar la atmósfera de la Tierra y causar daños en la superficie son difíciles de capturar y monitorear porque son demasiado oscuros para verlos”, reconoce la agencia, que explica que el Proyecto de Amenazas de Asteroides (ATAP), por ejemplo, recurre a simulaciones con las supercomputadoras de la NASA para evaluar amenazas.

Precisamente para afrontar ese complejo reto, en 2005 el Congreso volvió a subir el listón de la NASA y le puso una nueva tarea: detectar, rastrear e identificar el 90% de las rocas espaciales de más de 140 metros próximas a la Tierra. La misión sin embargo arrancó con lentitud. Durante un debate en la Cámara estadounidense en marzo 2013, casi una década después, un presentante del Comité de Ciencia, Espacio y Tecnología reconocía que la NASA había localizado el 10%.

Su tamaño —140 metros— puede no parecer demasiado amenazante, pero el meteoro de Chelyabinsk, que golpeó Rusia ese mismo año, medía apenas 20 metros y ocasionó una onda expansiva que dejó un millar y medio de heridos y daños en miles de edificios repartidos por media docena de ciudades. Y eso, a pesar del efecto protector de la atmósfera terrestre. El objeto, en aquella ocasión, se acercó a la Tierra sin ser detectado antes de entrar en la atmósfera.

1366 2000 5

Para afrontar amenazas similares, científicos y agencias espaciales tienen diferentes iniciativas sobre la mesa. Dentro de un par de años, en 2026, la NASA prevé lanzar el telescopio espacial Near-Eart Object Surveyor (NEO Surveyor), diseñado precisamente para “avanzar en los esfuerzos de defensa planetaria para descubrir y caracterizar la mayoría de los asteroides y cometas potencialmente peligrosos” situados a unos 48,2 millones de kilómetros de la órbita terrestre.

Con el fin de lograrlo está dotado de un telescopio de 50 cm de diámetro que opera en dos longitudes de onda infrarroja sensibles al calor. “Será capaz de detectar asteroides tanto brillantes como oscuros, que son los más difíciles de encontrar”, precisan desde la agencia espacial.

NEO Surveyor partirá con la ambiciosa meta de localizar durante sus cinco primeros años de trabajo al menos dos tercios de los NEO de más de 140 m, “objetos lo suficientemente grandes como para causar un daño regional importante en caso de impacto con la Tierra”, apostillan los técnicos de la propia NASA: “Puede realizar mediciones precisas de los tamaños de NEO y obtener información valiosa sobre su composición, formas, estados de rotación y órbitas”.

No es su única estrategia. A finales del año pasado la NASA anunciaba una nueva herramienta, Sentry-II, un algoritmo de monitoreo que permite mejorar el cálculo de las probabilidades de impacto de todos los NEA conocidos. El sistema facilitará a los científicos sacar un mayor partido de la observaciones y cálculos de órbitas como las realizadas por el Centro de Estudios de Objetos Cercanos a la Tierra (CNEOS), cuya carga de trabajo aumenta año tras año. Según la agencia, a día de hoy se han localizado casi 28.000 asteroides cercanos a la Tierra gracias a los telescopios de exploración. Cada año, de media, se añaden al listado 3.000 nuevos descubrimientos.

Detectar, controlar... y algo más

Aunque vigilar los NEO es el primer paso, de poco sirve anticiparse a una amenaza si, llegado el caso, no podemos hacer nada para protegernos de un asteroide capaz de atravesar la atmósfera e impactar contra la Tierra. Por esa razón los científicos trabajan en paralelo en otras líneas de estudio. Quizás con soluciones no tan espectaculares como las que muestra la industria de Hollywood en 'Armageddon' o 'Deep Impact', pero fascinantes desde un punto de vista técnico.

NASA
Diagrama con las órbitas de 2.200 objetos potencialmente peligrosos según los cálculos de CNEOS. Aparece destaca la órbita del doble asteroide Didymos, objetivo de DART. Crédito: NASA/JPL-Caltech

Hace solo unos meses, en noviembre, se lanzaba la nave DART (Double Asteorid Redirection Test), que ha partido rumbo al espacio con un objetivo pionero: impactar contra Dimorphos, un asteroide del tamaño de un campo de fútbol que orbita alrededor de otro algo mayor, Didymos, y comprobar si, llegado el caso, podríamos desviar la trayectoria de un objeto amenazante.

Otra de las misiones más sorprendentes que tienen en marcha los científicos, NEA Scout, busca llevar un pequeño CubeSaT del tamaño de una caja de zapatos hasta 2020 GE, un asteroide NEA de menos de 18 metros, para analizarlo de cerca, observar su tamaño, forma, rotación, propiedades de la superficie… Todo con el objeto, detalla la NASA, de aportar información para misiones futuras y “obtener importantes conocimientos de defensa planetaria sobre esta clase de NEA”.

Por lo pronto, de nuestro lado tenemos el efecto protector de la atmósfera, contra la que acaban desintegrándose la mayoría de objetos y la estimación de que los de mayor tamaño, como los que centraron en primer lugar la atención de la NASA, golpean el plantea cada cientos de miles de años.

Imagen de portada | NASA

-
La noticia La NASA lleva años buscando meteoritos que nos puedan llevar al Apocalipsis. Y le está yendo bastante bien fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .

Leer más

España se desmarca de la CE y advierte: no financiará nuevas centrales nucleares ni plantas de gas pese a la “etiqueta verde”

España se desmarca de la CE y advierte: no financiará nuevas centrales nucleares ni plantas de gas pese a la

Ni con etiqueta ecológica, ni sin ella. España se mantendrá en sus trece y, pese a la decisión de la Comisión Europea (CE) de conceder la categoría de energías “verdes” al gas natural y la nuclear, avanza que no aportará fondos para nuevas instalaciones. Durante una entrevista con Ràdio4 y La2, la ministra para la Transición Ecológica y vicepresidenta tercera, Teresa Ribera, aseguró que el Gobierno no financiará nuevas centrales nucleares ni infraestructuras de gas.

La socialista fue más allá y tachó de error que se meta en el mismo cajón "sostenible" al gas o la energía nuclear y otras alternativas que son “netamente favorecedoras de la descarbonización sin riesgos”. Por esa razón, el Ejecutivo español valora la posibilidad de presentar un recurso ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) en contra la decisión de la CE.

Requiere de un análisis jurídico. Políticamente lo tenemos perfectamente claro. Desde el punto de vista del entendimiento, de las señales que dan, creemos que es un error”, insistió Ribera, quien avanzó, en cualquier caso, que España se ha propuesto mantener “un estándar más elevado”.

Países en contra

De dar finalmente el paso y acudir al TJUE, España se sumaría a otros gobiernos europeos que, como Austria, han dejado clara su intención de presentar recursos contra la decisión de Bruselas. Al anunciar la medida, su ministra de Medio Ambiente, Leonore Gewessler, ya mostraba su confianza en que los ejecutivos de Luxemburgo, Dinamarca o España, que se han opuesto de forma pública a otorgar a la energía nuclear y el gas el sello “verde”, se sumasen con iniciativas similares.

“El que la Comisión haya hecho esto a modo de desarrollo reglamentario, al margen de la decisión del Consejo, no es bueno. No vamos a financiar nuevas nucleares, no vamos a financiar nuevas infraestructuras de gas”, incidió la titular de Transición Ecológica, durante la entrevista.

Sus declaraciones llegan solo unos días después de que la CE aprobase incluir ambas energías en su “taxonomía verde”, una decisión en sintonía con lo que solicitan algunos países de la Unión. La medida aún puede tumbarse a lo largo de su tramitación, si bien cumpliendo ciertos requisitos.

Podría ocurrir, por ejemplo, si durante su votación en la Eurocámara recibe el rechazo de 353 eurodiputados o si se oponen por lo menos 20 países que representan, como mínimo, el 65% de la población de la UE. Frente al rechazo frontal mostrado por España o Austria hay otras posiciones alternativas. Francia, por ejemplo, defiende la energía nuclear y Alemania el gas.

La medida no es un mero trámite, una formalidad o una simple cuestión de definiciones con valor simbólico. La “taxonomía verde” aspira a ofrecer una guía que pueda orientar la inversión en el sector energético, por lo que busca facilitar la financiación. La etiqueta no es en cualquier caso un cheque en blanco. Las nuevas plantas nucleares, por ejemplo, deberán ajustar su calendario y su permiso de construcción tendrá que ser anterior a 2040. En el caso de las plantas de tercera generación, ese tope se extiende a 2045. Los SMR no tienen fecha límite. Algo similar ocurre con el gas, aunque en su caso se fijan emisiones máximas: 270 g de CO2 equivalente por kilovatio hora.

Como telón de fondo está el objetivo fijado en el Pacto Verde de la UE: lograr la neutralidad climática de cara a 2050, una pretensión que, según apuntan algunas voces como la del comisario europeo de Mercado Interior, el francés Thierry Breton, difícilmente se podrá alcanzar sin el apoyo de la energía nuclear. “Las cifras están ahí”, insiste. La CE justifica de hecho incluir el gas y la nuclear como un “puente” hacia la transición energética y lograr el principal desafío: reducir el uso del carbón.

En el polo opuesto están quienes cuestionan que debamos considerar como "verdes" las energías que acaba de respaldar la CE. “Ni la nuclear ni el gas cumplen los criterios científicos y legales para ser consideradas sostenibles ni recibir el mismo tratamiento que tecnologías incuestionablemente verdes, como la eólica o la solar, y orientan en sentido contrario a las prioridades de un proceso de descarbonización de la economía europea sin riesgos ambientales”, recalcaba hace días Ribera.

Imágenes | Gretchen Mahan (Flickr)

-
La noticia España se desmarca de la CE y advierte: no financiará nuevas centrales nucleares ni plantas de gas pese a la "etiqueta verde" fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .

Leer más

España se desmarca de la CE y advierte: no financiará nuevas centrales nucleares ni plantas de gas pese a la “etiqueta verde”

España se desmarca de la CE y advierte: no financiará nuevas centrales nucleares ni plantas de gas pese a la

Ni con etiqueta ecológica, ni sin ella. España se mantendrá en sus trece y, pese a la decisión de la Comisión Europea (CE) de conceder la categoría de energías “verdes” al gas natural y la nuclear, avanza que no aportará fondos para nuevas instalaciones. Durante una entrevista con Ràdio4 y La2, la ministra para la Transición Ecológica y vicepresidenta tercera, Teresa Ribera, aseguró que el Gobierno no financiará nuevas centrales nucleares ni infraestructuras de gas.

La socialista fue más allá y tachó de error que se meta en el mismo cajón "sostenible" al gas o la energía nuclear y otras alternativas que son “netamente favorecedoras de la descarbonización sin riesgos”. Por esa razón, el Ejecutivo español valora la posibilidad de presentar un recurso ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) en contra la decisión de la CE.

Requiere de un análisis jurídico. Políticamente lo tenemos perfectamente claro. Desde el punto de vista del entendimiento, de las señales que dan, creemos que es un error”, insistió Ribera, quien avanzó, en cualquier caso, que España se ha propuesto mantener “un estándar más elevado”.

Países en contra

De dar finalmente el paso y acudir al TJUE, España se sumaría a otros gobiernos europeos que, como Austria, han dejado clara su intención de presentar recursos contra la decisión de Bruselas. Al anunciar la medida, su ministra de Medio Ambiente, Leonore Gewessler, ya mostraba su confianza en que los ejecutivos de Luxemburgo, Dinamarca o España, que se han opuesto de forma pública a otorgar a la energía nuclear y el gas el sello “verde”, se sumasen con iniciativas similares.

“El que la Comisión haya hecho esto a modo de desarrollo reglamentario, al margen de la decisión del Consejo, no es bueno. No vamos a financiar nuevas nucleares, no vamos a financiar nuevas infraestructuras de gas”, incidió la titular de Transición Ecológica, durante la entrevista.

Sus declaraciones llegan solo unos días después de que la CE aprobase incluir ambas energías en su “taxonomía verde”, una decisión en sintonía con lo que solicitan algunos países de la Unión. La medida aún puede tumbarse a lo largo de su tramitación, si bien cumpliendo ciertos requisitos.

Podría ocurrir, por ejemplo, si durante su votación en la Eurocámara recibe el rechazo de 353 eurodiputados o si se oponen por lo menos 20 países que representan, como mínimo, el 65% de la población de la UE. Frente al rechazo frontal mostrado por España o Austria hay otras posiciones alternativas. Francia, por ejemplo, defiende la energía nuclear y Alemania el gas.

La medida no es un mero trámite, una formalidad o una simple cuestión de definiciones con valor simbólico. La “taxonomía verde” aspira a ofrecer una guía que pueda orientar la inversión en el sector energético, por lo que busca facilitar la financiación. La etiqueta no es en cualquier caso un cheque en blanco. Las nuevas plantas nucleares, por ejemplo, deberán ajustar su calendario y su permiso de construcción tendrá que ser anterior a 2040. En el caso de las plantas de tercera generación, ese tope se extiende a 2045. Los SMR no tienen fecha límite. Algo similar ocurre con el gas, aunque en su caso se fijan emisiones máximas: 270 g de CO2 equivalente por kilovatio hora.

Como telón de fondo está el objetivo fijado en el Pacto Verde de la UE: lograr la neutralidad climática de cara a 2050, una pretensión que, según apuntan algunas voces como la del comisario europeo de Mercado Interior, el francés Thierry Breton, difícilmente se podrá alcanzar sin el apoyo de la energía nuclear. “Las cifras están ahí”, insiste. La CE justifica de hecho incluir el gas y la nuclear como un “puente” hacia la transición energética y lograr el principal desafío: reducir el uso del carbón.

En el polo opuesto están quienes cuestionan que debamos considerar como "verdes" las energías que acaba de respaldar la CE. “Ni la nuclear ni el gas cumplen los criterios científicos y legales para ser consideradas sostenibles ni recibir el mismo tratamiento que tecnologías incuestionablemente verdes, como la eólica o la solar, y orientan en sentido contrario a las prioridades de un proceso de descarbonización de la economía europea sin riesgos ambientales”, recalcaba hace días Ribera.

Imágenes | Gretchen Mahan (Flickr)

-
La noticia España se desmarca de la CE y advierte: no financiará nuevas centrales nucleares ni plantas de gas pese a la "etiqueta verde" fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .

Leer más

Spotify mueve ficha tras la polémica con Young y avisará de los programas que traten sobre COVID-19: “No todo vale”

Spotify mueve ficha tras la polémica con Young y avisará de los programas que traten sobre COVID-19:

Spotify mueve ficha tras la polémica suscitada por Neil Young y Joni Mitchell. Después de que ambos músicos decidieran retirar su trabajo de la plataforma, a la que acusan de amparar la desinformación sobre el COVID-19, su CEO, Daniel Ek, ha emitido un comunicado —colgado en la web de Spotify— en el que reconoce que la empresa ha pecado de falta de transparencia a la hora de compartir sus reglas de contenido y se marca el objetivo de redoblar esfuerzos para lograr un “equilibrio” y garantizar el acceso de los usuarios a información aceptada por la comunidad científicas.

"Llevamos muchos años con normas, pero es cierto que no hemos sido transparentes en cuanto a las políticas que guían nuestros contenidos en general. Esto, a su vez, ha dado lugar a preguntas sobre su aplicación a temas graves, como el COVID-19”, explica Ek: “Me queda claro que tenemos la obligación de hacer más para proporcionar equilibrio y acceso a la información ampliamente aceptada de las comunidades médicas y científicas que nos guían en un momento sin precedentes”.

Aviso de "contenido COVID"

¿En qué se traduce esa reflexión en la práctica? La plataforma avanza que está trabajando para agregar un “aviso de contenido” a cualquier episodio de podcast en el que se aborde una discusión sobre coronavirus. “Este aviso dirigirá a los oyentes a nuestro centro dedicado a COVID-19, un recurso que proporciona un fácil acceso a hechos basados en datos, información actualizada compartida por científicos, médicos, académicos y autoridades de salud pública de todo el mundo, así como enlaces a fuentes de confianza”, señala Ek, quien asegura que el “esfuerzo para combatir la desinformación” se extenderá a los diferentes países durante los próximos días.

La plataforma probará además “formas de destacar nuestras normas” en las herramientas para creadores y editores. ¿El objetivo? “Concienciar sobre lo que es aceptable y ayudarles a entender su responsabilidad por el contenido que publican”, detalla. Aunque el comunicado no lo nombra ni hace la menor referencia a la polémica de los últimos días, el comentario está muy relacionado con el detonante que desató las críticas de Young y Mitchell. Ambos decidieron retirar sus temas de Spotify tras denunciar que este sirva de altavoz al podcast de Joe Rogan, un cómico, presentador y sobre todo polemista, creador del podcast 'The Joe Rogan Experience', escéptico con los temas relacionados con el COVID-19 y discutido por sus comentarios sobre las vacunas.

Quizás en un intento por corregir la falta de “transparencia” que reconoce Ek, Spotify ha decidido publicar sus normas, pautas que, asegura, “se actualizan regularmente para reflejar el cambiante panorama de la seguridad”. ¿Qué dicen las reglas? De entrada dejan claro que aunque la plataforma da cabida a contenido que “puede no ser del agrado” de todos, "eso no significa que todo valga".

Bajando más al detalle, la compañía concreta una serie de contenidos a los que saca la tarjeta roja. "Ya sea músico, podcaster u otro colaborador, es importante saber qué no está permitido en nuestra plataforma", recoge el comunicado, que precisa, en cualquier caso, que los ejemplos que aporta "tienen fines ilustrativos y no son exhaustivos". ¿Qué incluye? Pues cuatro grandes categorías: “peligroso”, “engañoso”, “sensible” e “ilegal”. En cada una de ellas, la empresa da una orientación a los creadores sobre qué deben "evitar". En el primer caso apunta, por ejemplo, a material que “glorifica el daño físico grave hacia un grupo o individuo” o aquel que “incite a la violencia o el odio por motivos” como la raza, la religión, el sexo, o la orientación sexual, entre otras causas.

En la misma categoría los responsables de Spotify incluyen “los contenidos que promueven información médica falsa o peligrosa que pueden causar daño offline o que suponen una amenaza directa para la salud pública”. A modo de ejemplo, cita el caso de afirmaciones que sostengan que el SIDA, el COVID-19 o el cáncer “son un engaño o no son reales”, “promover o sugerir que las vacunas aprobadas por las autoridades sanitarias locales están diseñadas para causar la muerte” o incluso alentar infecciones deliberadas de coronavirus para desarrollar inmunidad.

1366 2000 4

La misma consideración se da a piezas en las que se incluyan suplantaciones realizadas con el propósito de engañar, manipulaciones o que intentan interferir en procesos electorales. También el que muestre representaciones gratuitas de violencia, que promueva el maltrato a anumales, material sexualmente explícito o, en general, cualquier contenido que viole las leyes.

¿Y qué sucede con quienes rompen las reglas? “El incumplimiento de las normas puede dar lugar a que el contenido infractor sea eliminado de Spotify. Las infracciones repetidas o atroces pueden dar lugar a la suspensión y/o cancelación de las cuentas”, explica la compañía antes de avanzar que seguirá “evaluando y actualizando la información según sea necesario”.

La decisión de Spotify llega en un momento delicado para la compañía, que a lo largo de los últimos días, tras la polémica surgida con Young, ha visto cómo sus acciones bajaban de forma considerable. El sábado se habían desplomado de hecho un 12%. La pérdida después de que Young decidiese retirarse de la plataforma por permitir la difusión de "información falsa sobre vacunas" al acoger el contenido de Rogan. El fin de semana el músico fue incluso más allá y publicó una carta en su web oficial en la que carga contra la calidad de Spotify. "Te vende música degradada", censura, y anima a los usuarios a pasarse a plataformas de la competencia que, asegura, ofrece mejor calidad.

Imagen https | NRK P3

-
La noticia Spotify mueve ficha tras la polémica con Young y avisará de los programas que traten sobre COVID-19: "No todo vale" fue publicada originalmente en Xataka por Carlos Prego .

Leer más

El cambio climático es, ante todo, una cuestión de dinero: esto costaron los desastres de 2021

El cambio climático es, ante todo, una cuestión de dinero: esto costaron los desastres de 2021

El clima es salud. Y economía. Desde hace ya un buen puñado de años estamos acostumbrados a informes que alertan sobre el impacto que el cambio climático tiene sobre las muertes causadas por el calor, las vidas que se cobra la contaminación atmosférica, el saldo letal de inundaciones similares a las que castigaron Centroeuropa el verano pasado o incluso cómo el calentamiento global puede alterar la distribución de insectos portadores del mal de Lyme o la malaria, entre otras dolencias; pero es menos habitual oír qué supone el cambio del clima en dinero contante y sonante.

Y no porque sea poco, precisamente.

Leer más

Hay una empresa que ha diseñado un videojuego terapéutico. Y ya está valorada en 1.000 millones de dólares

Hay una empresa que ha diseñado un videojuego terapéutico. Y ya está valorada en 1.000 millones de dólares

Que los videojuegos pueden ser algo más que una forma de pasar el rato es algo que sabemos desde hace ya bastante tiempo. Que son un negocio redondo, también, aunque cifras como las de la reciente operación de Microsoft y Activision Blizzar por más de 60.000 millones de euros nos ayudan a recordarlo. Ahora Akili Interactive, una firma con sede en Boston que saltó a la fama hace año y medio al lograr que los reguladores de EE. UU. autorizasen uno de sus juegos con usos terapéuticos, va un paso más allá y nos deja otra valiosa enseñanza: que el diseño de videojuegos puede llegar a ser una actividad con una interesante aplicación médica… Y, a la vez, un valor milmillonario.

Leer más