Ya sabemos cómo desarrollaron las jirafas sus larguísimos cuellos: a cabezazos las unas contra las otras
Si durante el verano de 1827, hubieras recorrido los 885 kilómetros que separan Marsella de París, habrías visto algo que, a buen seguro, no volverías a olvidar: un rebaño de vacas lecheras, dos sirvientes africanos y una jirafa. No, perdón: la jirafa. Porque, de entre todos los regalos que el pachá de Egipto podía haberle hecho al rey Carlos X de Francia, aquella bestia enorme, bellísima y tremendamente bizarra era sin duda uno de los más espectaculares.










