El Gobierno vació un embalse en Cáceres para erradicar a un pez invasor. Fue peor el remedio que la enfermedad

El Gobierno vació un embalse en Cáceres para erradicar a un pez invasor. Fue peor el remedio que la enfermedad

Hace apenas ocho meses, Alcollarín se vestía de gala. Este pequeño pueblo de Cáceres, con poco más de 300 vecinos, se presentaba en la Feria Internacional de Turismo de Madrid como un rincón privilegiado para observar aves, lanzar la caña o pasear junto a su embalse, espejo azul en medio de la dehesa.

Hoy, la postal ha cambiado por completo. Donde antes brillaba el agua, ahora se extiende un lodazal salpicado de peces muertos. El aire, cargado de un olor agrio, llega hasta las calles del pueblo. Los vecinos hablan de “desastre ecológico” y miran incrédulos hacia la presa, mientras desde la Confederación Hidrográfica del Guadiana defienden que la operación era “de vital importancia” para proteger el futuro de la cuenca.

La operación que lo cambió todo. El Ministerio para la Transición Ecológica, a través de la CHG, inició un plan para erradicar la especie invasora Pseudorasbora parva —conocida como pez chino o gobio de boca súpera—, presente en el embalse y en el río Alcollarín desde 2010. Incluida en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras y en el Reglamento europeo de especies preocupantes para la UE, su control es una obligación legal para impedir su propagación.

El plan incluía meses de despesques con barcos especializados y, como fase final, un vaciado “controlado” de la presa para facilitar la captura de ejemplares. Según ha informado la CHG, el embalse se encontraba al 100 % de su capacidad —50 hectómetros cúbicos, equivalentes a 50.000 millones de litros— antes de iniciar la operación. El problema, como han denunciado vecinos y asociaciones a El Periódico Extremadura, es que el vaciado provocó la liberación aguas abajo de miles de ejemplares, expandiendo la especie hacia los ríos Ruecas y Guadiana.

El enemigo en las aguas de Alcollarín. La Pseudorasbora parva llegó a Europa hacia 1960 y se ha expandido a más de 30 países, principalmente por introducciones ligadas a la acuicultura. En España, fue detectada por primera vez en la cuenca del Ebro en 2002 y, desde entonces, ha colonizado tramos de Cataluña, Andalucía, Madrid y Extremadura.

En el caso de Alcollarín, la especie se detectó en 2010 y, según el MITECO, su densidad en el embalse había alcanzado niveles que hacían técnicamente inviable su erradicación completa. Aun así, la CHG defendió que era urgente reducir su población para evitar su dispersión hacia nuevos cauces, especialmente ante la conexión prevista con el Canal de Orellana, y asegurar que el embalse pudiera destinarse a riego y actividades recreativas “conforme a la legislación vigente”.

Del control a la catástrofe. El contrato, adjudicado en junio de 2024 a la empresa Ingeniería y Diseños Técnicos S.A.U. por 787.861,99 euros (sin impuestos), incluía varias fases de análisis de la fauna piscíscola, instalación de barreras de contención metálicas para evitar fugas, extracción de especies autóctonas y eliminación de invasoras, y el vaciado controlado del embalse.

Sin embargo, según denuncian vecinos y colectivos como el Fondo para la Defensa del Patrimonio Natural y Cultural de Extremadura (Fondenex), el procedimiento no salió como estaba previsto. Los capturaderos aguas abajo se desbordaron en las fases críticas y “cientos de miles” de ejemplares invasores escaparon hacia el Ruecas y el Guadiana.

La bajada drástica del nivel de agua, sumada a las altas temperaturas, provocó además la muerte de numerosas especies autóctonas, incluido el barbo, catalogado como vulnerable. Las orillas se llenaron de peces en descomposición, las aves acuáticas abandonaron la zona y la economía local perdió, de golpe, un recurso clave para el turismo de naturaleza.

Cruce de acusaciones. La CHG sostiene que la operación fue planificada y ejecutada bajo la supervisión de un “equipo multidisciplinar de biólogos, ambientólogos e ingenieros altamente cualificados”, como ha detallado El Periódico, y reconoce solo una “mortandad puntual de barbos”. Afirma que la mayoría de ejemplares autóctonos fueron rescatados durante los despesques previos.

En cambio, Fondenex ha calificado en el mismo medio la actuación de “disparate ecológico” y acusa a la CHG de “negligencia manifiesta” por vaciar el embalse en pleno verano, sin prever usos urgentes del agua, como la extinción de incendios, y sin valorar el impacto sobre aves protegidas en la ZEPA Llanos de Zorita. El colectivo ha solicitado los informes ambientales y no descarta presentar una denuncia ante los tribunales. Además, los vecinos han denunciado que “se han cargado los únicos aspectos positivos que tiene un embalse” y cuestionan el uso de métodos “masivos y no selectivos” prohibidos por la Ley de Conservación de la Naturaleza.

Previsiones. Una vez controlada la presencia de Pseudorasbora parva, la CHG prevé reintroducir especies autóctonas con la colaboración de la Junta de Extremadura y mantener barreras y controles en futuros desembalses.

Sin embargo, los colectivos ecologistas advierten de que la recuperación ecológica y turística del embalse llevará años, y que el pez invasor ya está presente en tramos del Ruecas y del Guadiana donde antes no había llegado.

Una pregunta abierta. En Alcollarín, las versiones oficiales y las percepciones ciudadanas divergen radicalmente: para la administración, se trata de una operación técnica necesaria; para muchos vecinos, de una “catástrofe ambiental” que ha multiplicado el problema.

Más allá del caso concreto, el episodio plantea un dilema que trasciende a Extremadura: ¿qué coste ambiental y social estamos dispuestos a asumir para frenar una invasión biológica cuando la erradicación total es prácticamente imposible?

Imagen | CHGGuadiana y B. Schoenmakers

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Mientras el petróleo se hunde en los mercados, el surtidor no: el misterio del precio de la gasolina

Mientras el petróleo se hunde en los mercados, el surtidor no: el misterio del precio de la gasolina

Estamos a mitad de agosto y el asfalto arde, no solo por el sol. Los desplazamientos masivos de las vacaciones alcanzan su punto álgido y miles de conductores miran de reojo el marcador de combustible antes de emprender viaje. En un verano marcado por la volatilidad energética, el coste de llenar el depósito vuelve a ser protagonista, con subidas y bajadas que dependen tanto del mercado global como de la gasolinera que se elija.

Una caída que apenas se siente. Según los últimos datos del Boletín Petrolero de la Unión Europea, el precio medio en España se sitúa en 1,483 euros por litro para la gasolina de 95 y 1,424 euros para el diésel. Son bajadas testimoniales: 0,2 céntimos menos para la gasolina y 0,8 céntimos para el diésel respecto a la semana anterior. En el surtidor, la diferencia es prácticamente imperceptible.

Comparado con hace un año, el ahorro es más visible —un 7,3% menos en gasolina y un 2,8% en diésel—, pero llenar hoy un depósito medio de 55 litros sigue rondando los 81 euros en gasolina y 78 en diésel. Y, como recuerda un estudio de Facua citado por El País, esa factura depende tanto o más de la gasolinera que del mercado internacional: repostar diésel en Murcia puede costar hasta 79 céntimos más por litro entre la estación más cara y la más barata.

Factores que presionan al alza. En el plano internacional, el precio del crudo Brent —referencia en Europa— ronda los 67,27 dólares por barril. La OPEP+ ha anunciado que aumentará la oferta en 547.000 barriles diarios a partir de septiembre, pero este tipo de movimientos tarda en reflejarse en los surtidores.

Dentro de España, la electricidad sigue siendo un motor inflacionario. El INE ha confirmado que el IPC subió en julio al 2,7%, su mayor nivel desde febrero, por un encarecimiento de la luz del 17,3% y, en menor medida, de los carburantes. El transporte, que incluye carburantes, billetes de avión y transporte combinado de pasajeros, también subió un 0,2%. Facua ha advertido en un reportaje para El País que la disparidad de precios no es cuestión de calidad, sino de competencia, ubicación y márgenes comerciales.

El riesgo de que la calma dure poco. La Fundación de Cajas de Ahorros (Funcas) prevé que la inflación alcance el 3% en septiembre, según han detallado en La Voz de Galicia. Si se cumple, esa presión podría trasladarse de nuevo a la gasolina y al diésel, especialmente en un contexto donde la electricidad y los alimentos siguen encareciéndose tras el fin de la rebaja del IVA. El Ministerio de Economía insiste en que la economía española mantiene “un fuerte dinamismo” y que el empleo y las subidas salariales amortiguan el impacto, pero para el conductor medio la sensación es otra: pagar lo mismo —o más— por cada kilómetro.

Más allá del repostaje. En este contexto, elegir bien dónde repostar puede suponer un ahorro notable. Herramientas como el buscador de Facua permiten localizar las estaciones más económicas en cada zona. Aun así, repostar en España sigue siendo algo más barato que en buena parte de Europa. La diferencia ronda los 14 céntimos por litro en gasolina y unos 13 céntimos en diésel frente a la media de la UE, y llega hasta los 20 céntimos si se compara con la zona euro.

Atisbando el repunte. La ligera bajada de precios en agosto no cambia la foto general: el combustible sigue caro y las fuerzas que lo empujan al alza siguen ahí. El alivio, si se le puede llamar así, podría ser solo un intermedio antes de que el marcador vuelva a subir. En agosto, tan importante como elegir el destino es decidir dónde y cuándo llenar el depósito.

Imagen | PxHere

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La horchata es una de las grapas del verano español. Ahora afronta una amenaza existencial en Valencia: plagas

La horchata es una de las grapas del verano español. Ahora afronta una amenaza existencial en Valencia: plagas

En cuanto el calor aprieta en verano, no hay imagen más emblemática en la Comunidad Valenciana que terrazas repletas de vasos altos y fríos de horchata: pocas bebidas representan mejor la identidad mediterránea. Pero tras esa tradición refrescante se esconde un cultivo tan frágil como esencial: la chufa.

Una mancha expandiéndose. Desde hace años, este pequeño tubérculo ha sido el motor económico de buena parte de la huerta valenciana. Su cultivo, localizado principalmente en l’Horta Nord, no solo da sabor al verano, sino también trabajo, identidad y paisaje. Sin embargo, según ha denunciado la Asociación Valenciana de Agricultores (AVA-ASAJA), el cultivo de la chufa atraviesa una crisis sin precedentes: pese a la alta demanda y la estabilidad de los precios en origen, la rentabilidad se desploma.

En datos. La situación queda clara: en apenas una década, los costes de producción han subido un 40 %, mientras que la productividad ha caído un 25 %, según han explicado en la nota de prensa.Como consecuencia, este año se han cultivado mil hanegadas menos que el anterior, lo que representa una reducción del 15 % en la superficie dedicada a la chufa.

La chufa de Valencia se cultiva en unos 16 municipios de l’Horta Nord, donde se producen aproximadamente 5,3 millones de kilos de chufa seca al año, de los cuales un 90 % cuenta con Denominación de Origen. En total, el cultivo ocupa unas 600 hectáreas con una producción estimada de 7.300 toneladas. Aunque las cifras pueden parecer modestas a escala nacional, la chufa es un cultivo característico de la zona y clave para cientos de familias valencianas.

Una plaga con quince años de historia. Uno de los principales factores que está poniendo en jaque la producción de chufa es la enfermedad conocida como "mancha negra". Esta afección, que se manifiesta en la piel del tubérculo, reduce su valor comercial y multiplica los destríos (producto que debe desecharse en los secaderos por no cumplir los estándares).

Detectada por primera vez hace quince años —coincidiendo con las primeras plantaciones de semillas de chufa africana en suelo valenciano, según AVA-ASAJA—, la enfermedad sigue sin estar bien caracterizada. En declaraciones recogidas por Europa Press, la organización agraria lamenta que la Conselleria de Agricultura no haya proporcionado al sector “suficiente información sobre el tipo de enfermedad, las causas de su introducción ni los métodos eficaces para combatirla”. Por ello, solicitan al Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias (IVIA) que intensifique sus estudios para mejorar el control de esta plaga, cuya incidencia va en aumento.

Una mala hierba que arrasa con todo. A la amenaza de la mancha negra se suma un problema más reciente pero igualmente preocupante: la aparición de una mala hierba invasora en los campos de chufa. Según ha denunciado AVA-ASAJA —en informaciones recogidas también por Levante-EMV—, esta especie pudo haberse introducido a través de chufas de terceros países procesadas en lavaderos de la huerta valenciana.

La dificultad de este problema radica en que la mala hierba tiene el mismo ciclo vegetativo que la chufa, lo que impide utilizar herbicidas sin dañar el cultivo. Además, su extracción manual es ineficaz, ya que fragmentos no retirados pueden volver a enraizar al año siguiente. “Al tratarse de una planta más vigorosa que el cultivo, puede llegar a infestar campos enteros”, ha alertado la organización agraria al medio valenciano. El resultado es devastador: menor rendimiento, más trabajo manual sin resultados y, en muchos casos, campos que deben dejar de cultivarse temporalmente por la imposibilidad de erradicar la plaga.

El futuro del cultivo, en juego. Ante este escenario, AVA-ASAJA ha solicitado a las administraciones un plan de acción urgente y sostenido en el tiempo. La propuesta incluye medidas a corto plazo para contener los daños inmediatos, así como una estrategia a largo plazo para garantizar la viabilidad del cultivo: nuevas soluciones fitosanitarias, investigación biológica, control del material importado y ayudas para compensar los sobrecostes.

Antonio José Gimeno, responsable de la sectorial de chufa en AVA-ASAJA, ha sido claro en el medio El Levante: “Si la ciudadanía quiere tener una huerta viva, los cultivos como la chufa han de tener una rentabilidad digna y duradera. Y eso pasa necesariamente por resolver problemas tan acuciantes como la mancha negra y esta hierba invasora que están reduciendo la productividad a mínimos históricos”.

Pero, ¿es reversible esta crisis? Sí, pero el tiempo corre. El cultivo sigue teniendo futuro gracias a su valor económico y a la creciente demanda nacional e internacional. La horchata, la alimentación saludable, la cosmética natural... Todos estos sectores confían en la chufa valenciana. Pero sin producción, no habrá materia prima. Tal como ha afirmado Gimeno: “De poco servirá que la demanda y el precio se mantengan si no conseguimos sacar una producción suficiente en los campos”.

Una advertencia más allá de la chufa. La crisis de la chufa no es un caso aislado. Es la señal de lo que puede suceder cuando el sector primario no cuenta con la inversión, la investigación y las políticas necesarias para protegerlo. Lo que hoy ocurre con este tubérculo puede repetirse mañana con otros cultivos si no se actúa a tiempo. Mantener viva la huerta no es solo una cuestión de rentabilidad: es preservar un paisaje, una forma de vida y un patrimonio cultural que ha definido a la Comunitat Valenciana durante siglos.

Imagen | Dorieo

Xataka | Todos los veranos los incendios asolan a España. Hay un culpable habitual que pasa desapercibido: tractores viejos

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La horchata es una de las grapas del verano español. Ahora afronta una amenaza existencial en Valencia: plagas

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Una mancha expandiéndose. Desde hace años, este pequeño tubérculo ha sido el motor económico de buena parte de la huerta valenciana. Su cultivo, localizado principalmente en l’Horta Nord, no solo da sabor al verano, sino también trabajo, identidad y paisaje. Sin embargo, según ha denunciado la Asociación Valenciana de Agricultores (AVA-ASAJA), el cultivo de la chufa atraviesa una crisis sin precedentes: pese a la alta demanda y la estabilidad de los precios en origen, la rentabilidad se desploma.

En datos. La situación queda clara: en apenas una década, los costes de producción han subido un 40 %, mientras que la productividad ha caído un 25 %, según han explicado en la nota de prensa.Como consecuencia, este año se han cultivado mil hanegadas menos que el anterior, lo que representa una reducción del 15 % en la superficie dedicada a la chufa.

La chufa de Valencia se cultiva en unos 16 municipios de l’Horta Nord, donde se producen aproximadamente 5,3 millones de kilos de chufa seca al año, de los cuales un 90 % cuenta con Denominación de Origen. En total, el cultivo ocupa unas 600 hectáreas con una producción estimada de 7.300 toneladas. Aunque las cifras pueden parecer modestas a escala nacional, la chufa es un cultivo característico de la zona y clave para cientos de familias valencianas.

Una plaga con quince años de historia. Uno de los principales factores que está poniendo en jaque la producción de chufa es la enfermedad conocida como "mancha negra". Esta afección, que se manifiesta en la piel del tubérculo, reduce su valor comercial y multiplica los destríos (producto que debe desecharse en los secaderos por no cumplir los estándares).

Detectada por primera vez hace quince años —coincidiendo con las primeras plantaciones de semillas de chufa africana en suelo valenciano, según AVA-ASAJA—, la enfermedad sigue sin estar bien caracterizada. En declaraciones recogidas por Europa Press, la organización agraria lamenta que la Conselleria de Agricultura no haya proporcionado al sector “suficiente información sobre el tipo de enfermedad, las causas de su introducción ni los métodos eficaces para combatirla”. Por ello, solicitan al Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias (IVIA) que intensifique sus estudios para mejorar el control de esta plaga, cuya incidencia va en aumento.

Una mala hierba que arrasa con todo. A la amenaza de la mancha negra se suma un problema más reciente pero igualmente preocupante: la aparición de una mala hierba invasora en los campos de chufa. Según ha denunciado AVA-ASAJA —en informaciones recogidas también por Levante-EMV—, esta especie pudo haberse introducido a través de chufas de terceros países procesadas en lavaderos de la huerta valenciana.

La dificultad de este problema radica en que la mala hierba tiene el mismo ciclo vegetativo que la chufa, lo que impide utilizar herbicidas sin dañar el cultivo. Además, su extracción manual es ineficaz, ya que fragmentos no retirados pueden volver a enraizar al año siguiente. “Al tratarse de una planta más vigorosa que el cultivo, puede llegar a infestar campos enteros”, ha alertado la organización agraria al medio valenciano. El resultado es devastador: menor rendimiento, más trabajo manual sin resultados y, en muchos casos, campos que deben dejar de cultivarse temporalmente por la imposibilidad de erradicar la plaga.

El futuro del cultivo, en juego. Ante este escenario, AVA-ASAJA ha solicitado a las administraciones un plan de acción urgente y sostenido en el tiempo. La propuesta incluye medidas a corto plazo para contener los daños inmediatos, así como una estrategia a largo plazo para garantizar la viabilidad del cultivo: nuevas soluciones fitosanitarias, investigación biológica, control del material importado y ayudas para compensar los sobrecostes.

Antonio José Gimeno, responsable de la sectorial de chufa en AVA-ASAJA, ha sido claro en el medio El Levante: “Si la ciudadanía quiere tener una huerta viva, los cultivos como la chufa han de tener una rentabilidad digna y duradera. Y eso pasa necesariamente por resolver problemas tan acuciantes como la mancha negra y esta hierba invasora que están reduciendo la productividad a mínimos históricos”.

Pero, ¿es reversible esta crisis? Sí, pero el tiempo corre. El cultivo sigue teniendo futuro gracias a su valor económico y a la creciente demanda nacional e internacional. La horchata, la alimentación saludable, la cosmética natural... Todos estos sectores confían en la chufa valenciana. Pero sin producción, no habrá materia prima. Tal como ha afirmado Gimeno: “De poco servirá que la demanda y el precio se mantengan si no conseguimos sacar una producción suficiente en los campos”.

Una advertencia más allá de la chufa. La crisis de la chufa no es un caso aislado. Es la señal de lo que puede suceder cuando el sector primario no cuenta con la inversión, la investigación y las políticas necesarias para protegerlo. Lo que hoy ocurre con este tubérculo puede repetirse mañana con otros cultivos si no se actúa a tiempo. Mantener viva la huerta no es solo una cuestión de rentabilidad: es preservar un paisaje, una forma de vida y un patrimonio cultural que ha definido a la Comunitat Valenciana durante siglos.

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Muchas mujeres heterosexuales dicen estar hartas de los hombres. Hay una teoría que lo explica: “heterofatalismo”

Muchas mujeres heterosexuales dicen estar hartas de los hombres. Hay una teoría que lo explica: "heterofatalismo"

En una ciudad como Nueva York —o Madrid, o Buenos Aires, o cualquier ciudad donde una mujer con historial de citas y buena conexión a internet reevalúe sus elecciones—, a veces basta una copa de vino, una conversación entre amigas o una mala respuesta a un mensaje para que parezca que la vida se desarrolla en un spin-off menos glamuroso de Sex and the City. Uno donde las historias no acaban en zapatos Manolo y besos bajo la lluvia, sino en ghostings, excusas por ansiedad y terapia de grupo en formato cena.

Y no es que Carrie Bradshaw no advirtiera algo similar. En más de un episodio, sus columnas giraban en torno a un interrogante hoy muy cercano a lo que muchas mujeres formulan desde un lugar más crítico y colectivo: heterofatalismo. Un término que describe el desencanto, la ironía y la resignación con la que se miran sus experiencias amorosas con hombres. Pero si es un ismo, ¿es una teoría o solo otra mala cita con nombre académico?

El heteropesimismo fue acuñado en el año 2019 por el columnista Asa Seresin, describe una actitud de desesperanza y resignación ante las relaciones heterosexuales, especialmente desde la perspectiva de mujeres que, aunque decepcionadas, no abandonan esas relaciones. Como ha explicado un artículo en The Conversation, esta postura “no necesariamente implica violencia o jerarquías”, sino más bien “una decepción mundana pero persistente”.

No obstante, Seresin propone una versión más extrema: el heterofatalismo, una suerte de aceptación resignada del fracaso heterosexual. Según explicó Jean Garnett en un extenso artículo para The New York Times, es “el sentimiento de que los hombres que quiero no me quieren con suficiente claridad, urgencia o compromiso”.

Un término amplificado

Hay un contexto político y social que exacerba el desencanto. Como apunta Marie Solis en The New York Times, muchos de estos discursos se intensificaron tras la elección de Donald Trump y la confirmación de Brett Kavanaugh, figuras percibidas como símbolos de la impunidad machista. El movimiento #MeToo, aunque transformador, no cambió las dinámicas más cotidianas de las citas.

Además, las redes sociales han amplificado esta narrativa. Etiquetas como #boysober, #selfpartnered o el creciente interés en movimientos como el 4B (rechazo a relaciones, sexo, matrimonio y maternidad con hombres) retratan una generación de mujeres que, aunque no siempre renuncian a los hombres, han perdido la fe en las promesas del amor heterosexual. Según Sexual Health Alliance, esta brecha está ligada a cómo los hombres han sido socializados: con dificultad para verbalizar emociones, miedo a la vulnerabilidad, y en algunos casos, una masculinidad rígida que asocia el deseo con dominación o desapego.

La profesora Ellie Anderson habla de “trabajo hermenéutico”, una forma de explotación emocional en la que las mujeres se encargan de interpretar las señales confusas de hombres poco comunicativos. También menciona la “alexitimia masculina normativa”, una dificultad emocional estructural en muchos varones heterosexuales. Por su parte, la psicoanalista Jessica Benjamin habla de la “complementariedad paralizante”: cuando ambas partes en una relación sienten que no pueden ganar reconocimiento sin perder poder. Todo esto compone un escenario emocional donde, como ironiza Garnett, “una mujer pide claridad y es castigada por ‘ser demasiado intensa’”.

En un artículo de Newtral, la periodista Noemí López Trujillo lo ha explicado con bastante claridad: conecta el auge del heteropesimismo con una estetización de la tristeza femenina. Habla del femcelcore como una corriente cultural donde las mujeres se retratan como criaturas rotas, vestidas de negro y alejadas de los hombres como única estrategia de autoprotección. Esta romantización del duelo amoroso, sin embargo, puede caer en un nihilismo estéril, que evita toda acción política o transformadora.

¿Una experiencia exclusivamente femenina?

Aunque el heterofatalismo se ha teorizado principalmente desde la experiencia de mujeres heterosexuales, algunos autores advierten que no es del todo unilateral. The Times señala que mientras las mujeres expresan este pesimismo con ironía y memes, los hombres heterosexuales también están experimentando una crisis, aunque con consecuencias muy diferentes. Mientras ellas se retraen, ellos se refugian en comunidades como los incels o la manosfera, derivando su frustración en misoginia.

En ese contexto, en los últimos años se ha hecho más evidente la proliferación de comunidades masculinas que alimentan una ansiedad creciente hacia las relaciones y un repliegue hacia la idea de "amor tradicional": parejas estables bajo roles de género rígidos, y una nostalgia por una supuesta "época dorada" —los años 50 y 60—en la que, con un solo sueldo, "la mujer se quedaba en casa, tenían tres hijos y todos eran felices”. Este imaginario, reforzado por foros en línea y discursos conservadores, no solo idealiza un pasado desigual, sino que lo presenta como remedio frente a la confusión y el desencanto actuales.

Por su parte, la periodista Poppy Sowerby, en The Times, advierte que cuando las mujeres responsabilizan a todos los hombres de su decepción, sin matices, el heterofatalismo se convierte en el reverso del discurso incel. En ambos casos, la relación heterosexual se presenta como un destino trágico y sin salida.

Hay una disyuntiva presente en toda esta situación: ¿es el deseo el problema o los roles que lo encuadran? Una de las críticas más relevantes al heterofatalismo viene desde dentro del feminismo. Como ha detallado Sexual Health Alliance, este discurso puede terminar naturalizando la misoginia al equipararla directamente con la heterosexualidad. El problema, argumentan, no son los hombres per se, sino los roles de género que ambos —hombres y mujeres— reproducen sin cuestionar.

Rachel Connolly, en The Guardian, ve el heteropessimismo como “una visión conservadora disfrazada de crítica radical”. ¿De verdad lo único que podemos esperar es que nuestras parejas no tiren sus calcetines sucios? ¿Qué clase de imaginación nos queda si asumimos que las relaciones heterosexuales están condenadas por naturaleza?. Shon Faye, en su libro Love in Exile, propone algo diferente: dejar de esperar que una pareja lo sea todo. Plantea una reorganización de las relaciones basada en el reconocimiento de nuestras necesidades diversas —sexo, conversación, cuidados, finanzas— como potencialmente distribuibles, y no necesariamente contenidas en un solo vínculo romántico.

En definitiva, el panorama que se presenta es ambiguo. Por un lado, existe una creciente toma de conciencia sobre las dinámicas fallidas del amor heterosexual. Por otro, hay una escasa exploración de alternativas reales. El reto, según Jessica Benjamin, no es la renuncia, sino el encuentro. Para ello, propone el concepto de “tercero intersubjetivo”: una zona de reconocimiento mutuo donde ambas partes se ven como sujetos con deseo, agencia y vulnerabilidad. No se trata de dominar ni de ceder, sino de rendirse mutuamente al vínculo. Quizá la pregunta no sea si la heterosexualidad está condenada, sino si estamos dispuestos a reconstruirla.

A pesar de los discursos fatalistas. La creciente desafección hacia el amor heterosexual no es un capricho ni una moda: es una respuesta a patrones que ya no se sostienen. El discurso del heterofatalismo pone nombre a ese desgaste, pero no basta con identificarlo. Pensar en nuevas formas de vínculo exige ir más allá del meme o del cinismo resignado. No se trata de dejar de querer a los hombres, sino de dejar de normalizar relaciones donde el deseo y el cuidado circulan en direcciones opuestas.

Imagen | Pexels

Xataka | La Gen Z se ha desentendido tanto del vicio que está celebrando raves diurnas con café y "sound healing"

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Mercadona se ha llenado de geles y champús que imitan productos de lujo: la revolución silenciosa de los supermercados

Mercadona se ha llenado de geles y champús que imitan productos de lujo: la revolución silenciosa de los supermercados

Una crema de textura ligera y envase minimalista que podría pasar por un lanzamiento de Sephora, un bolso tipo bombonera que recuerda a Loewe o Jacquemus, y una colonia cuyo aroma evoca perfumes de Carolina Herrera o Issey Miyake. Todo esto convive, a precios reducidos, en el mismo lugar donde se venden patatas fritas y suavizante: el supermercado.

Entre clonaciones o inspiraciones —para no abrir el melón legal— se pueden encontrar las tendencias globales de cosmética y perfumería, incluido el skincare coreano, así como accesorios virales en un contexto cotidiano y masivo. Un fenómeno que despierta pasiones en redes sociales y que, en España, tiene a Mercadona como uno de sus principales protagonistas.

La imitación como estrategia. Según Business Insider, Mercadona, a través de su marca propia Deliplus, imita con precisión productos de maquillaje y cuidado personal de firmas como MAC, Benefit, L’Oréal o Urban Decay, con envases y texturas que recuerdan al original pero a precios que rara vez superan los seis euros. Entre los ejemplos más conocidos están la máscara Maxi Volumen (inspirada en L’Oréal), la base de silicona similar a Benefit o iluminadores y coloretes que remiten directamente a The Balm y NARS.

La fórmula funciona gracias a la distribución masiva y al marketing indirecto que generan usuarias e influencers al viralizar hallazgos como el gel de baño con ámbar y vetiver por 1,50 euros, descrito por El Confidencial como “un gel que huele a dioses” y comparado con perfumes de alta gama.

El hueco que deja el lujo inaccesible. Este “lujo de pasillo” florece en un momento en que el lujo tradicional se ha encarecido hasta concentrar su clientela en el 1% más rico. Según La Vanguardia, el precio medio de los productos de lujo ha subido un 25% desde 2019, desplazando al consumidor aspiracional que antes ahorraba para comprar un perfume o un accesorio. Hoy, más del 40% de las ventas de muchas marcas procede de ese 1% de mayor poder adquisitivo.

La consecuencia de todo ello es un hueco de mercado que llenan imitaciones legales, productos inspirados y, en el terreno ilegal, falsificaciones. Según El País, el comercio digital de copias ha explotado con apps y canales en Telegram, donde jóvenes compran y exhiben réplicas sin complejos. Un 54% de los compradores de la Generación Z ve con buenos ojos que otros lleven falsificaciones, y un 37% admite que las lleva o llevaría.

En este panorama, clones legales como los de Mercadona se posicionan como alternativa “segura”, aunque forman parte de la misma conversación sobre valor, autenticidad y saturación.

El origen del lujo a mano. La mezcla de referencias de lujo y consumo cotidiano no es nueva, pero en la última década se ha normalizado e incluso convertido en una declaración de estilo. La figura de la “choni lujosa” —quien combina logotipos dorados con prendas básicas y maquillaje low cost— ha permeado en artistas como Bad Gyal, capaz de vestir de Versace y usar perfilador de Mercadona.

También Rosalía, en sus inicios, cantaba en Aute Cuture: “En el Palace y en el chino”, encapsulando la convivencia de dos universos de consumo en una misma identidad estética. Este cruce simbólico ha encontrado terreno fértil en la cosmética, donde el precio no siempre determina el reconocimiento social. Un clon eficaz puede otorgar el mismo capital simbólico que un producto de lujo, especialmente cuando las redes sociales amplifican el hallazgo.

La era del "dupe". En redes como TikTok, el término dupe se ha convertido en bandera generacional. Vogue Business ha documentado cómo la Generación Z ha dejado de ocultar que usa imitaciones: encontrarlas y mostrarlas es motivo de orgullo. Marcas como MCoBeauty en Australia han crecido gracias a este movimiento, mientras que firmas como Charlotte Tilbury han lanzado campañas para reivindicar su “fórmula original” y diferenciarse de las copias.

En otros mercados, la línea entre inspiración y copia se ha puesto a prueba en tribunales. Según Vogue Business, la demanda de Benefit contra Elf Cosmetics por una máscara similar a su Roller Lash fracasó: la justicia consideró que el packaging y componentes diferían lo suficiente como para no confundir al consumidor.

En cambio, Mercadona no pelea en ese frente: su estrategia es identificar y producir rápido, beneficiándose de que en España, al igual que en muchos mercados, copiar fórmulas o estéticas sin vulnerar patentes es perfectamente legal.

Más allá de la belleza: el lujo comestible. Este fenómeno no se limita a la cosmética. Según Delish, la Generación Z está trasladando el consumo aspiracional a los alimentos. En Estados Unidos, cadenas como Erewhon venden batidos de 20 dólares con superalimentos y colaboraciones de celebrities, que son tanto un producto de bienestar como un contenido para redes sociales.

La lógica es similar: convertir un consumo cotidiano (maquillarse, desayunar, hidratarse) en un acto de estatus visible y replicable. El lujo ya no está solo en boutiques de mármol: está en el vaso take away, en la botella de agua de diseño y, en España, en el lineal de perfumería del supermercado.

El debate: democratizar o diluir. El dupe puede entenderse como democratización: poner al alcance de más gente códigos estéticos y sensoriales antes reservados a unos pocos. Pero también puede diluir el valor del original y su promesa de exclusividad. Marc Chaya, CEO de Maison Francis Kurkdjian, advertía en Vogue Business: “Duping es un asunto serio… Algunos sirven para recordar a las marcas que no pueden abusar del precio, pero otros inundan el mercado sin aportar utilidad ni propósito”.

Para el consumidor, el dilema es distinto: pagar por la historia y el prestigio o por el efecto y el parecido. Para las marcas, la pregunta es cómo mantener relevancia cuando el deseo se satisface con alternativas más baratas.

Carrito como escaparate global. No se trata de sustituir la experiencia del lujo tradicional, sino de apropiarse de sus símbolos en tiempos de inflación, precariedad y consumo digitalizado. El “lujo de pasillo” es un síntoma de una era donde las barreras entre alta gama y consumo masivo son cada vez más difusas.

Y ahí, en ese pasillo donde el glamour convive con el suavizante, se está escribiendo un nuevo capítulo en la historia del consumo: uno donde un pintalabios de 3,50 euros o un gel de 1,50 pueden contar la misma historia aspiracional que un frasco de 90.

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Xataka | Un centro comercial con 13 niveles y 600 tiendas no es una excentricidad. En China es la nueva forma de entender el consumo

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Mercadona se ha llenado de geles y champús que imitan productos de lujo: la revolución silenciosa de los supermercados

Mercadona se ha llenado de geles y champús que imitan productos de lujo: la revolución silenciosa de los supermercados

Una crema de textura ligera y envase minimalista que podría pasar por un lanzamiento de Sephora, un bolso tipo bombonera que recuerda a Loewe o Jacquemus, y una colonia cuyo aroma evoca perfumes de Carolina Herrera o Issey Miyake. Todo esto convive, a precios reducidos, en el mismo lugar donde se venden patatas fritas y suavizante: el supermercado.

Entre clonaciones o inspiraciones —para no abrir el melón legal— se pueden encontrar las tendencias globales de cosmética y perfumería, incluido el skincare coreano, así como accesorios virales en un contexto cotidiano y masivo. Un fenómeno que despierta pasiones en redes sociales y que, en España, tiene a Mercadona como uno de sus principales protagonistas.

La imitación como estrategia. Según Business Insider, Mercadona, a través de su marca propia Deliplus, imita con precisión productos de maquillaje y cuidado personal de firmas como MAC, Benefit, L’Oréal o Urban Decay, con envases y texturas que recuerdan al original pero a precios que rara vez superan los seis euros. Entre los ejemplos más conocidos están la máscara Maxi Volumen (inspirada en L’Oréal), la base de silicona similar a Benefit o iluminadores y coloretes que remiten directamente a The Balm y NARS.

La fórmula funciona gracias a la distribución masiva y al marketing indirecto que generan usuarias e influencers al viralizar hallazgos como el gel de baño con ámbar y vetiver por 1,50 euros, descrito por El Confidencial como “un gel que huele a dioses” y comparado con perfumes de alta gama.

El hueco que deja el lujo inaccesible. Este “lujo de pasillo” florece en un momento en que el lujo tradicional se ha encarecido hasta concentrar su clientela en el 1% más rico. Según La Vanguardia, el precio medio de los productos de lujo ha subido un 25% desde 2019, desplazando al consumidor aspiracional que antes ahorraba para comprar un perfume o un accesorio. Hoy, más del 40% de las ventas de muchas marcas procede de ese 1% de mayor poder adquisitivo.

La consecuencia de todo ello es un hueco de mercado que llenan imitaciones legales, productos inspirados y, en el terreno ilegal, falsificaciones. Según El País, el comercio digital de copias ha explotado con apps y canales en Telegram, donde jóvenes compran y exhiben réplicas sin complejos. Un 54% de los compradores de la Generación Z ve con buenos ojos que otros lleven falsificaciones, y un 37% admite que las lleva o llevaría.

En este panorama, clones legales como los de Mercadona se posicionan como alternativa “segura”, aunque forman parte de la misma conversación sobre valor, autenticidad y saturación.

El origen del lujo a mano. La mezcla de referencias de lujo y consumo cotidiano no es nueva, pero en la última década se ha normalizado e incluso convertido en una declaración de estilo. La figura de la “choni lujosa” —quien combina logotipos dorados con prendas básicas y maquillaje low cost— ha permeado en artistas como Bad Gyal, capaz de vestir de Versace y usar perfilador de Mercadona.

También Rosalía, en sus inicios, cantaba en Aute Cuture: “En el Palace y en el chino”, encapsulando la convivencia de dos universos de consumo en una misma identidad estética. Este cruce simbólico ha encontrado terreno fértil en la cosmética, donde el precio no siempre determina el reconocimiento social. Un clon eficaz puede otorgar el mismo capital simbólico que un producto de lujo, especialmente cuando las redes sociales amplifican el hallazgo.

La era del "dupe". En redes como TikTok, el término dupe se ha convertido en bandera generacional. Vogue Business ha documentado cómo la Generación Z ha dejado de ocultar que usa imitaciones: encontrarlas y mostrarlas es motivo de orgullo. Marcas como MCoBeauty en Australia han crecido gracias a este movimiento, mientras que firmas como Charlotte Tilbury han lanzado campañas para reivindicar su “fórmula original” y diferenciarse de las copias.

En otros mercados, la línea entre inspiración y copia se ha puesto a prueba en tribunales. Según Vogue Business, la demanda de Benefit contra Elf Cosmetics por una máscara similar a su Roller Lash fracasó: la justicia consideró que el packaging y componentes diferían lo suficiente como para no confundir al consumidor.

En cambio, Mercadona no pelea en ese frente: su estrategia es identificar y producir rápido, beneficiándose de que en España, al igual que en muchos mercados, copiar fórmulas o estéticas sin vulnerar patentes es perfectamente legal.

Más allá de la belleza: el lujo comestible. Este fenómeno no se limita a la cosmética. Según Delish, la Generación Z está trasladando el consumo aspiracional a los alimentos. En Estados Unidos, cadenas como Erewhon venden batidos de 20 dólares con superalimentos y colaboraciones de celebrities, que son tanto un producto de bienestar como un contenido para redes sociales.

La lógica es similar: convertir un consumo cotidiano (maquillarse, desayunar, hidratarse) en un acto de estatus visible y replicable. El lujo ya no está solo en boutiques de mármol: está en el vaso take away, en la botella de agua de diseño y, en España, en el lineal de perfumería del supermercado.

El debate: democratizar o diluir. El dupe puede entenderse como democratización: poner al alcance de más gente códigos estéticos y sensoriales antes reservados a unos pocos. Pero también puede diluir el valor del original y su promesa de exclusividad. Marc Chaya, CEO de Maison Francis Kurkdjian, advertía en Vogue Business: “Duping es un asunto serio… Algunos sirven para recordar a las marcas que no pueden abusar del precio, pero otros inundan el mercado sin aportar utilidad ni propósito”.

Para el consumidor, el dilema es distinto: pagar por la historia y el prestigio o por el efecto y el parecido. Para las marcas, la pregunta es cómo mantener relevancia cuando el deseo se satisface con alternativas más baratas.

Carrito como escaparate global. No se trata de sustituir la experiencia del lujo tradicional, sino de apropiarse de sus símbolos en tiempos de inflación, precariedad y consumo digitalizado. El “lujo de pasillo” es un síntoma de una era donde las barreras entre alta gama y consumo masivo son cada vez más difusas.

Y ahí, en ese pasillo donde el glamour convive con el suavizante, se está escribiendo un nuevo capítulo en la historia del consumo: uno donde un pintalabios de 3,50 euros o un gel de 1,50 pueden contar la misma historia aspiracional que un frasco de 90.

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Xataka | Un centro comercial con 13 niveles y 600 tiendas no es una excentricidad. En China es la nueva forma de entender el consumo

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Se suponía que las renovables iban a bajar la factura de la luz en España. De momento sigue subiendo

Se suponía que las renovables iban a bajar la factura de la luz en España. De momento sigue subiendo

Antes del apagón del 28 de abril, los números en la producción de energía solar llegaron a cotas asombrosas: España fue 100% renovable. Después de la situación acontecida, España vuelve a brillar nuevamente superando los 10.500 GWh de generación en julio con energía solar y eólica. Sin embargo, no todo son buenas noticias porque aparece una paradoja energética que resolver: ¿por qué la electricidad no ha sido más barata?

Un récord verde que no se nota en el bolsillo. Según datos provisionales de Red Eléctrica de España (REE) publicados por el analista energético Pedro Catuel, en julio se alcanzaron por primera vez más de 10.500 GWh mensuales combinando generación solar y eólica. La gráfica difundida por Catuel en sus redes sociales lo deja claro: España está produciendo más energía limpia que nunca.

Pero mientras el sol brilla y el viento sopla, el coste de la electricidad vuelve a subir. A mediados de julio, el precio medio de la luz se situó en 164,06 €/MWh, según cifras de REE recogidas en Xataka. Llegando a bajar a 102,85 €/MWh al día siguiente de esa cifra, pero solo durante una hora fue realmente asequible. Y ahí está la paradoja: con más renovables que nunca, el precio debería bajar, pero no lo hace.

Si hay más renovables, ¿por qué pagamos más? La respuesta es técnica, estructural y política al mismo tiempo. Como ya hemos explicado en Xataka, durante el mediodía —cuando la generación solar es máxima— se produce un excedente de energía y el precio se desploma. Sin embargo, cuando cae el sol y sigue habiendo demanda, el sistema necesita respaldo firme. Y ese respaldo hoy no lo dan las renovables: entra el gas. Y con él, la factura era quien disparaba el precio.

A esta dependencia horaria se suma otro problema: la falta de almacenamiento. Buena parte de la energía renovable generada no se puede guardar ni transferir eficientemente y termina perdiéndose. Red Eléctrica ha confirmado que en algunos puntos de la red se ha desaprovechado hasta un 30 % de la generación renovable por saturación de la infraestructura.

Y como si esto no fuera suficiente, desde enero ha vuelto a aplicarse el IVA completo del 21 % a la electricidad, tras años de tipo reducido por la crisis energética. Esto, sumado al encarecimiento del gas natural en los mercados internacionales, ha encarecido aún más la factura, como ha alertado la comercializadora Nordy en su análisis sobre la subida de la luz en 2025.

Hay un giro de los acontecimientos. Es cierto que ha subido el IVA y hay una falta evidente de almacenamiento. Sin embargo, desde el 15 de julio, España lleva tres semanas sin generar electricidad a partir de carbón. Es la primera vez que ocurre en más de 140 años, donde también esta fuente estaba funcionando como elemento de respaldo.

Según ha detallado El Periódico de la Energía, las últimas centrales térmicas —Aboño, Soto de Ribera y Los Barrios, todas de EDP— han quedado fuera de operación. Solo queda Alcudia (en Baleares), como reserva puntual.

Estructura de la generación con/sin emisiones CO2 eq. (GWh) | Sistema eléctrico: peninsular

Estructura de la generación con/sin emisiones CO2 eq. (GWh) | Fuente: Red Eléctrica España

Entonces, ¿bajarán los precios? La intención está, pero la ejecución tropieza con la política. El Real Decreto-ley 7/2025, que recogía medidas clave para evitar futuros apagones y reforzar la red, fue rechazado en el Congreso el pasado 22 de julio, con 183 votos en contra. La norma incluía incentivos al autoconsumo, más control sobre las eléctricas y un impulso al almacenamiento energético.

Sin ese marco legal, el sistema eléctrico español sigue siendo vulnerable y rígido. Hay una clara saturación: solo 1 de cada 10 nuevas instalaciones logra acceder a la red, pese a que existe capacidad técnica sin usar. A medio plazo, el Gobierno espera lanzar subastas de capacidad antes de que acabe el año, para mantener operativas las plantas de gas como respaldo mientras se despliegan baterías y otras tecnologías. Pero esto, como advierten las patronales del sector, llevará tiempo.

La hoja ruta está más que clara. Y el camino es bastante largo: más almacenamiento, redes inteligentes, descentralización, gestión de la demanda. El reto no es solo generar más energía renovable, sino hacerla útil cuando más se necesita. Y eso requiere inversión, infraestructura y decisiones políticas.

Mientras tanto, la paradoja sigue: tenemos energía barata al mediodía, pero no podemos usarla por la noche. La factura, como siempre, no espera.

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Xataka | Se suponía que España iba a tener un plan "antiapagones". Se ha topado con un obstáculo insalvable: la política

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El renovado interés de Estados Unidos en reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara tiene nombre: fosfato

El renovado interés de Estados Unidos en reconocer la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara tiene nombre: fosfato

Durante años, el conflicto del Sáhara Occidental estuvo en un rincón del debate internacional: presente, pero silenciado. Sin embargo, ha vuelto con fuerza al escenario global. El motivo no es solo diplomático, sino económico. Detrás del renovado respaldo del presidente estadounidense Donald Trump a Marruecos hay un recurso clave que mueve intereses y fronteras: el fosfato.

Más que una declaración. El respaldo de Estados Unidos no es nuevo. Durante su primer mandato, Donald Trump ya reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, a cambio de que Marruecos estableciera relaciones diplomáticas con Israel como parte de los Acuerdos de Abraham. Según Reuters, el presidente ha reiterado recientemente su posición en una carta dirigida al rey Mohammed VI, reafirmando el reconocimiento de Washington sobre el territorio.

Bajo la arena. Hay razones tangibles detrás de este apoyo creciente y está bajo el suelo: el fosfato. Marruecos es el segundo productor mundial de fosfatos, después de China, y controla el 70% de las reservas mundiales. Alrededor del 8% de la producción nacional proviene del Sáhara Occidental, en concreto de la mina de Phosboucraa, según datos recogidos por SwissInfo.

Este mineral es esencial para la producción de fertilizantes, clave para la agricultura moderna. No se puede fabricar artificialmente, y su escasez lo convierte en un recurso estratégico. Como ha advertido la BBC, la seguridad alimentaria mundial depende en gran parte del fósforo. Tras la guerra en Ucrania y la crisis en las cadenas de suministro, su valor se ha disparado. En ese contexto, Marruecos ha ganado influencia internacional.

Un comercio bajo escrutinio. Pero hay un problema: el Sáhara Occidental es considerado por la ONU un territorio no autónomo pendiente de descolonización. Y según el derecho internacional, cualquier explotación de sus recursos debe contar con el consentimiento del pueblo saharaui, representado por el Frente Polisario. Ese consentimiento, hasta ahora, no ha llegado.

Por ello, el Polisario ha optado por una ofensiva legal. En los últimos años, ha conseguido bloquear barcos con fosfato saharaui en puertos de Sudáfrica, Panamá o Nueva Zelanda. Al menos quince empresas internacionales han dejado de comprarlo, temiendo litigios o daños reputacionales, según BBC.

Un auge económico que redibuja el mapa. Más allá del fosfato, Marruecos apuesta fuerte por una transformación económica del Sáhara Occidental. De acuerdo con Bloomberg, el país ha lanzado una estrategia de inversiones por más de 10.000 millones de dólares. Uno de los proyectos estrella es el Puerto Atlántico de Dakhla, valorado en 1.200 millones, que busca posicionarse como eje logístico entre África, Europa y América Latina.

Eso no es todo, pues se suman otros proyectos como una autopista de mil millones hacia Tánger, parques eólicos, complejos turísticos y plantas de hidrógeno verde. Según Mounir Houari, director de la agencia regional de inversiones, entrevistado en Bloomberg, el objetivo es que la región pase del 1% al 6% del PIB nacional en los próximos 15 años.

¿Y los saharauis? Mientras Marruecos transforma el Sáhara Occidental con inversiones millonarias, el pueblo sigue esperando una solución política. Desde hace años, decenas de miles viven en campamentos de refugiados en Argelia, en condiciones precarias, lejos de las decisiones que se toman sobre su territorio.

En paralelo, organizaciones internacionales denuncian que los saharauis no pueden participar libremente en las decisiones que afectan a su territorio. Mientras no se garantice ese derecho, la legalidad internacional sigue cuestionando la legitimidad de la explotación de los recursos en la región.

Una herida aún abierta. Mientras el mundo observa el fosfato como un recurso estratégico para alimentar al planeta, quienes viven en la tierra que lo produce esperan algo más simple: ser escuchados. Porque el mismo mineral que hace crecer los campos también alimenta un conflicto que, a pesar del paso del tiempo, sigue sin cicatrizar.

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Xataka | China va a por quienes burlan sus controles de exportación. El foco está en los minerales estratégicos que sostienen su poder

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El mundo se está ahogando en acero barato: la paradoja industrial que ha puesto al comercio mundial al límite

El mundo se está ahogando en acero barato: la paradoja industrial que ha puesto al comercio mundial al límite

En Europa, el acero cuesta menos que una botella de agua. En Estados Unidos, cuesta casi el doble si viene del extranjero. Y en China, se produce tanto que el mundo ya no sabe qué hacer con él. Según estimaciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el exceso de capacidad mundial alcanzará los 721 millones de toneladas dentro de dos años. Y nadie está dispuesto a parar.

Acero que sobra. La industria siderúrgica vive una tormenta perfecta: sobreproducción global, subsidios estatales, caída de la demanda interna en China y políticas proteccionistas. En un reportaje para el New York Times lo han explicado a través de la planta de Tata Steel en IJmuiden (Países Bajos), una de las más avanzadas de Europa. En ella se fabrica acero por encargo para aplicaciones de alta precisión. Aun así, la empresa anunció 1.600 despidos esta primavera, mientras que en toda la Unión Europea se recortaron 18.000 empleos y se cerraron nueve millones de toneladas de capacidad en 2024.

El motivo de fondo, según ha explicado el mismo medio, es la avalancha de acero barato procedente de China, que fabrica más que el resto del mundo combinado. Esa sobreproducción, alimentada por apoyos gubernamentales y menores estándares ambientales, ha inundado los mercados globales, obligando a países tradicionalmente no exportadores como Corea del Sur y Japón a buscar compradores desesperadamente.

Un problema a escala. El acero es mucho más que un producto industrial. Como ha recordado para el medio neoyorkino la investigadora del Atlantic Council, Elisabeth Braw, el acero es uno de los pocos bienes que todo país desea tener garantizado “en cualquier circunstancia”. Su uso va desde latas de alimentos y horquillas hasta tanques de guerra y aviones de combate.

Sin embargo, hay otro aspecto a tener en cuenta: el acero contamina. Como ya hemos explicado en Xataka, cada tonelada producida emite dos toneladas de CO₂, lo que equivale al 7% de las emisiones globales. Esto convierte al acero en un obstáculo para alcanzar los objetivos climáticos.

La paradoja es clara: el mundo necesita menos acero, pero nadie quiere ser el primero en cerrar hornos. La industria es demasiado grande para abandonarla, pero demasiado ineficiente para sostenerla como está. Esto genera un círculo vicioso entre caída de precios, márgenes mínimos, falta de inversión en tecnologías limpias y mayor contaminación.

El rey del acero. China no solo es el mayor productor mundial de acero, sino que también ejerce una influencia desproporcionada sobre el mercado global. Produce más que el resto del planeta combinado, en gran parte gracias a un sistema de subsidios estatales y regulaciones ambientales más laxas que en Occidente. Según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas citados por Bloomberg, la producción china registró en junio la mayor caída en diez meses, debido a ajustes en la capacidad y a la presión del gobierno para contener la competencia interna. Aun así, más del 60 % de las acerías chinas ya son rentables, un salto notable respecto al 30 % de hace apenas un año, impulsadas por el repunte de la demanda en sectores como la automoción, la maquinaria y, sobre todo, las exportaciones.

Estas exportaciones han seguido creciendo pese a los aranceles internacionales y las tensiones comerciales, inundando mercados en Europa, Asia y África con acero a precios de dumping. Esta dinámica ha reducido los márgenes de las siderúrgicas occidentales y las ha dejado sin recursos suficientes para invertir en tecnologías bajas en carbono, un problema que la OCDE considera un obstáculo crítico para alcanzar los objetivos climáticos. Con un consumo interno aún débil por la crisis inmobiliaria, Pekín parece apostar cada vez más por exportar su exceso de acero como herramienta de influencia económica, lo que multiplica los choques con Estados Unidos y Europa.

Otra potencia quiere hacer frente. Estados Unidos también quiere recuperar el control de su industria. En enero de 2025, el entonces presidente Joe Biden bloqueó la compra de U.S. Steel por parte de la japonesa Nippon Steel, alegando motivos de seguridad nacional. La decisión, respaldada incluso por Donald Trump y por los sindicatos del sector, generó malestar diplomático en Tokio y tensó la relación con uno de sus principales aliados estratégicos.

Seis meses después, esa misma lógica se traduce en reconversiones sobre el terreno. En un artículo para The Washington Post han detallado como en Weirton (Virginia Occidental), una ciudad forjada por la siderurgia, la empresa Form Energy ha ocupado parte del vacío dejado por el cierre de la acería local, contratando a más de 400 trabajadores —muchos de ellos extrabajadores del acero— para fabricar baterías de almacenamiento energético. Aunque impulsada inicialmente por subsidios federales, la iniciativa ha sobrevivido incluso a los recortes de la administración Trump, y representa un intento de reindustrializar sin renunciar del todo al legado siderúrgico.

El mensaje es claro: Estados Unidos no quiere dejar que su acero, ni su narrativa industrial, caigan en manos extranjeras.

Y Europa queda atrapada. En todo este triángulo, Europa pierde terreno, atrapada entre el dumping chino y la hostilidad arancelaria de su aliado atlántico. Y ahora, además, comprometida a comprar cantidades masivas de combustibles fósiles para evitar sanciones mayores.

Siendo más concretos, Europa tiene algunas de las acerías más avanzadas del mundo, como la planta de Tata Steel en IJmuiden, Países Bajos, que fabrica acero especializado para baterías y autos de alta gama. Sin embargo, está enfrentando una tormenta perfecta: altos costes energéticos, normas medioambientales estrictas, competencia desleal y presión política.

A pesar de intentos por modernizarse —como el plan de Tata para pasarse al hidrógeno—, la inversión necesaria se cuenta en miles de millones. Además, los aranceles estadounidenses han dificultado las exportaciones europeas, justo cuando los países del bloque necesitan ingresos para financiar la transición ecológica. En cuanto, al Reino Unido, el gobierno ha tenido que intervenir altos hornos y subsidiar plantas para evitar cierres masivos. Y en Alemania, bastión industrial europeo, las acerías enfrentan el mayor declive en décadas, con una caída del 11,6 % en la producción durante el primer semestre de 2025, según The New York Times.

¿Hacia dónde va el acero? El acero enfrenta un cruce de caminos: entre la industrialización del siglo XX y las exigencias ecológicas del siglo XXI. La única salida sostenible parece ser el acero verde. Empresas como la sueca SSAB ya han comenzado a producirlo mediante tecnología de hidrógeno, reduciendo sus emisiones a simples gotas de agua. Volvo, entre otros, ya recibió sus primeros pedidos. Pero, como hemos detallado en Xataka, el precio de este acero aún es entre un 30 y un 60 % más alto que el convencional, lo que lo hace inviable sin subsidios o reformas fiscales.

En Países Bajos, Tata planea reconvertir su planta a una versión que funcione con hidrógeno y gas renovable para 2030. En Gales, el gobierno británico otorgó 500 millones de libras para sustituir hornos de carbón por hornos eléctricos. Pero incluso esas inversiones no garantizan viabilidad a largo plazo si el mercado sigue distorsionado.

Un dilema sin solución sencilla. El mundo está ahogado en acero. Pero nadie quiere apagar los hornos. No por ahora. La batalla por el acero ya no se libra solo en altos hornos ni en bolsas de metales. Hoy se pelea en tribunales, parlamentos y comunidades enteras que intentan reinventarse. Y el dilema sigue intacto: producimos demasiado acero, pero reducir la producción significa perder empleos, poder, seguridad...

Y así, el acero se ha convertido en uno de los dilemas más complejos del presente industrial. Como ha afirmado para el New York Times Elisabeth Braw, del Atlantic Council: “Nadie esperaba que el mercado del acero pudiera distorsionarse tanto… Y menos de una forma que chocara con los intereses de seguridad nacional. Pero ahí es donde estamos". El acero nos dio ciudades, puentes, armas y automóviles. Hoy, también nos está dando una advertencia. Porque sostener el pasado podría salir demasiado caro.

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Xataka | "No habéis aprendido nada desde 1945": la guerra del acero entre EEUU y Japón que revive fantasmas del pasado

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