La megaplanta de Altri ha causado una enorme respuesta social en Galicia. Y ahora el Gobierno le ha dado la estocada

La megaplanta de Altri ha causado una enorme respuesta social en Galicia. Y ahora el Gobierno le ha dado la estocada

En abril de 2022, la compañía portuguesa Altri eligió Palas de Rei en Lugo para instalar una gran planta destinada inicialmente a fibras textiles (lyocell). Fue presentada como “el proyecto más importante” de la candidatura gallega a los fondos Next Generation y recibió respaldo político temprano. Sin embargo, conforme se conocieron los trámites y el alcance real, colectivos y medios críticos comenzaron a referirse a la iniciativa como una gran pastera de celulosa, con impactos mucho más amplios de los que sugería la etiqueta de “biofábrica”. 

Tres años después, el plan estrella se queda sin enchufe: el Gobierno central lo deja fuera de la planificación eléctrica hasta 2030, y el proyecto entra en zona de riesgo. 

La decisión que lo cambia todo: sin subestación, no hay proyecto
Esta semana, el Ministerio para la Transición Ecológica ha dejado fuera de su planificación 2025-2030 tanto la subestación como el acceso a la red que Altri reclamaba para su planta. Según explica El País, el Ejecutivo ha priorizado inversiones “más viables”, con mayor retorno socioeconómico y menor impacto ambiental, y evita cargar a los consumidores costes de redes asociadas a proyectos con incertidumbre financiera. Greenfiber —la sociedad promotora participada por Altri y Greenalia— sostiene que se trata de una resolución “puramente política” y anuncia recursos; el PP de Galicia habla de “castigo” a la industria lucense, mientras plataformas vecinales y ecologistas celebran el paso, sin bajar la guardia.

El no del Gobierno central. La Secretaría de Estado de Energía alega que la subestación y la conexión pedidas solo darían servicio a este proyecto, cuya ejecución no tiene aún garantizada su financiación, incluida la petición de 250 millones de euros en ayudas públicas (PERTE de descarbonización). “No podemos asumir una inversión de red que podría quedar ociosa”, trasladan fuentes del Ministerio. Por su parte, según El Confidencial, Altri advierte: “Sin conexión no hay inversión”, pero avanza que agotará “todos los mecanismos de recurso”.

La postura de la Xunta. El gobierno gallego sostiene que el proyecto cumple y que la DIA favorable (publicada en el DOG) avala su viabilidad ambiental bajo condiciones y programa de vigilancia, a la espera de otras autorizaciones. La Xunta insiste en que la fábrica sería “energéticamente neutra” y que su exclusión eléctrica “saca a Lugo del mapa industrial”. Por ello, como detallan en El Confidencial, se ha traducido en un enfrentamiento político se ha traducido en duros cruces entre Alfonso Rueda y el líder del PSdeG, José Ramón Gómez Besteiro, que adelantó la decisión del Gobierno. 

El proyecto desde dentro. Diferentes colectivos de plataformas vecinales como Ulloa Viva, cofradías de mariscadores de la ría de Arousa y ONG como ADEGA y Greenpeace alertan de tres impactos clave:

  • Agua: captación de 46 millones de litros diarios del Ulla y vertido de unos 30 millones de litros/día —parte a 27 °C— en un río ya tensionado por episodios de eutrofización, con afección potencial a la ría de Arousa.
  • Materia prima: consumo anual estimado de madera entre 1,2 millones de m³ y hasta 2,4 millones de toneladas de eucalipto. La divergencia de cifras subraya la polémica sobre la eucaliptización y sus efectos sobre biodiversidad e incendios.
  • Emisiones y aire: chimenea de 75 metros y emisiones de compuestos precursores de lluvia ácida, con medidas correctoras sujetas a normativa.

La guerra del agua llega a los tribunales. Mientras se despeja el tablero eléctrico, se enciende el judicial. ADEGA y la Plataforma en Defensa da Ría de Arousa (PDRA), junto a la CIG, han interpuesto recursos contencioso-administrativos para que se declare caducado el expediente de concesión de aguas, al haberse superado el plazo legal de 18 meses sin resolución, según El Salto. A la ofensiva se han sumado siete cofradías del Ulla-Arousa y todo el sector del mejillón gallego. La Xunta replica que la complejidad del procedimiento justifica la demora y que no hay perjuicio a terceros, una interpretación que los demandantes rechazan por generar “inseguridad jurídica”. 

¿Y ahora qué? La exclusión eléctrica abre un periodo de alegaciones y una probable judicialización más intensa del expediente. Aunque la DIA favorable de la Xunta mantiene vivo el cauce administrativo, la “pinza” de red eléctrica y concesión de aguas coloca al proyecto en su momento más frágil. “Sin agua y sin conexión”, coinciden los detractores, “no hay macrocelulosa”.

Galicia vuelve a vivir un pulso entre promesa industrial y protección del territorio. Entre una inversión que la Xunta considera tractora y una licencia social que, por ahora, no llega. La planta de Palas de Rei, símbolo de ese conflicto, queda en el aire: a un lado, la falta de red y el frente judicial; al otro, el empeño político por mantenerla a flote. El desenlace ya no se dirime solo en despachos: también en las riberas del Ulla y en la ría de Arousa —y en los tribunales.

Imagen | Greenpeace

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Por si no fuera lo suficientemente difícil entender la factura de la luz, Bruselas ha tenido una idea: pasar de 24 precios al día a 96

Por si no fuera lo suficientemente difícil entender la factura de la luz, Bruselas ha tenido una idea: pasar de 24 precios al día a 96

A partir del 1 de octubre arranca un cambio histórico en el mercado eléctrico europeo. Ese día, los precios de la luz dejarán de fijarse cada hora para pasar a hacerlo cada 15 minutos. Esto significa que habrá 96 precios distintos cada día en lugar de 24, un ajuste que busca acercar la tarifa a la realidad de la producción y el consumo en tiempo real. Y sí, después de varios retrasos, ahora los operadores del mercado europeo han confirmado la entrada en vigor del llamado mercado cuartohorario.

La medida no es nueva ni improvisada. Ya en 2017, el Reglamento UE 2017/2195 y más tarde el Reglamento UE 2019/943 establecieron que el periodo de liquidación de desvíos debía reducirse de 60 a 15 minutos. Esto obligará a que cada compañía eléctrica declare cuánta energía producirá o consumirá en cada cuarto de hora y, si se desvía, reciba una penalización.

En nuestro país, la pruebas comenzaron el año pasado bajo la supervisión de Red Eléctrica y OMIE. La CNMC diseñó una transición en fases: primero en el mercado intradiario continuo (marzo de 2025) y después en el mercado diario (junio). Pero la falta de preparación de algunos participantes obligó a retrasar la puesta en marcha hasta el 30 de septiembre, con efecto real el 1 de octubre. Además, el cambio ha supuesto rediseñar los sistemas de subastas coordinarse con mercados vecinos como Francia, Portugal y Marruecos.

¿Qué cambia para el consumidor? La respuesta corta es poco o nada. Para empezar hay un problema técnico ya que los contadores domésticos actuales solo registran el consumo por horas. Para evitar sustituir millones de equipos, Red Eléctrica aplicará un método de interpolación lineal que estima consumos cuartohorarios a partir de lecturas horarias.

Por consiguiente, las personas sujetas a la tarifa regulada (PVPC) seguirán viendo precios medios por hora en su factura. Por su parte, los usuarios del mercado libre tampoco notarán cambios, ya que sus contratos son a precio fijo o con discriminación horaria. En otras palabras, no habrá que mirar la tarifa cada cuarto de hora para poner la lavadora. Mientras no cambien los contadores, las facturas seguirán funcionando por horas.

La otra cara. El verdadero impacto está en otros ámbitos. Según La Voz de Galicia, los principales beneficiados serán la industria electrointensiva, las instalaciones de almacenamiento y los proyectos de autoconsumo, que podrán ajustar mejor sus consumos para aprovechar los momentos más baratos del día. También las pymes con capacidad de gestión podrían salir ganando.

Para otro tipo de consumidor. Para los hogares con placas solares o pequeñas instalaciones de autoconsumo, el mercado cuartohorario abre una ventana de oportunidad. Estos consumidores podrán optimizar mejor cuándo consumir su propia energía y cuándo verterla a la red, aprovechando los tramos de precio más bajos o más altos. Por ese motivo, el almacenamiento será clave. Con precios que cambian cada 15 minutos, las baterías domésticas o industriales podrán cargarse en los momentos más baratos y descargar en los más caros, multiplicando las posibilidades de ahorro. 

Además, el nuevo sistema encaja mejor con la naturaleza intermitente de la solar y la eólica: una nube que pasa o una racha de viento se reflejará en el mercado casi en tiempo real. esto permitirá una integración más fluida de las renovables. Eso sí, la los contadores siguen siendo horarios. La mayoría de hogares con autoconsumo seguirán viendo precios medios por hora, al menos hasta que se actualicen los sistemas de medición.

Menos desvíos, más renovables. Hasta ahora, el mercado fijaba un precio por hora, pero ni el consumo ni la generación son lineales durante 60 minutos. Con intervalos de 15 minutos, se podrán ajustar mejor esas variaciones, reduciendo los sobrecostes de los mercados de ajuste que acaban repercutiendo en la factura, como detalla El Periódico.

Además, el nuevo sistema encaja mejor con las energías renovables. Su producción —muy variable en cortos periodos de tiempo— se integra de forma más natural en intervalos de 15 minutos

No todo son ventajas. Tras el apagón del pasado 28 de abril en la Península Ibérica, el Gobierno se ha tenido que replantear la medida por temor a que la mayor granularidad provocara inestabilidades en la red.

La transición también ha supuesto una carga técnica y económica enorme. Operadores, distribuidoras y comercializadoras han tenido que rediseñar sus sistemas informáticos y con un problema persistente de la distribución de red. 

Un nuevo capítulo energético. Europa estrena así una nueva era con 96 precios diarios. Un mercado más flexible y sensible a las variaciones reales de oferta y demanda que, según Bruselas, debería abaratar costes y facilitar la integración de renovables.

La incógnita está en si ese beneficio llegará hasta la factura del consumidor doméstico o si, como tantas veces, quedará en manos de los grandes actores del sector.

Imagen | Unsplash

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Mientras la producción industrial se desploma en la Unión Europea, en Suiza se dispara. Y es una cuestión energética

Mientras la producción industrial se desploma en la Unión Europea, en Suiza se dispara. Y es una cuestión energética

En medio de la tormenta energética europea, Suiza parece vivir en una burbuja de prosperidad. En una reciente publicación, la analista geopolítica Velina Tchakarova mostraba cómo la industria suiza sigue creciendo frente a la Unión Europea. Y los datos no engañan a nadie: en el primer trimestre de este año la producción industrial helvética aumentó un 8,5% interanual, mientras que en Alemania registró el pasado junio un desplome del 1,9%, el peor dato en años. El contraste es aún más evidente en el largo plazo: desde 2011, la producción industrial suiza ha crecido casi un 40%, frente al estancamiento alemán.

El camino suizo. Fiel a su neutralidad, pero sabiendo posicionarse, la industria suiza está dominada por sectores de alto valor añadido y bajo consumo energético relativo, como la farmacéutica y la biotecnología. Pero aquí está lo más revelador: ese bajo consumo energético no es solo eficiencia, sino también externalización (una sofisticada estrategia de offshoring verde). Un estudio del consultor EBP para la Oficina Federal del Medio Ambiente (BAFU) muestra que dos tercios de la huella ambiental de Suiza se generan fuera de sus fronteras. El informe Umwelt Schweiz 2022 confirma este patrón: el país reduce su impacto interno a costa de desplazarlo al extranjero. 

Hay diferentes ejemplos que lo ilustran bien: la compañía Roche anunció en mayo una nueva planta biofarmacéutica en Shanghái, la empresa Lonza operando en Guangzhou o, el caso más llamativo, Siegfried gestionando una red global con sedes en diferentes países que le permite distribuir fases de la cadena fuera del territorio helvético. En conjunto, estos movimientos ilustran cómo el “milagro” industrial suizo conserva en casa el valor añadido mientras desplaza al exterior la parte más contaminante y costosa. A ello se le suma un sistema eléctrico menos vulnerable al gas: la hidroelectricidad y la nuclear representan buena parte de su mix. 

El laberinto de la UE. En este momento está atravesando un declive industrial: Eurostat informó que en junio la producción cayó un 1,0% en el conjunto de la UE y un 1,3% en la eurozona. El retroceso ya venía del año pasado, cuando el volumen manufacturero fue un 2% menor que en 2022. Y los analistas de ING Think advierten que la producción industrial europea se mantiene 5% por debajo de hace dos años, una señal de estancamiento prolongado.

A esta caída se suma una tormenta perfecta: altos costes energéticos, derechos de CO₂ y un debate interno sobre su modelo energético. Francia, con un sistema basado en reactores, lidera el bloque que defiende la energía nuclear como columna vertebral de la transición. España y Portugal, con abundancia solar y eólica, reclaman lo contrario: más interconexiones y redes para aprovechar el excedente renovable. Además, se añade la búsqueda incansable por parte de la UE de buscar otra fomra de abastecerse que no sea Rusia en cuanto al gas.

Mientras Suiza traslada sus cargas más pesadas a Asia, Europa se encierra en sus propias reglas, pagando derechos de CO₂ que encarecen aún más a sus industrias intensivas en energía. Suiza externaliza, Europa internaliza. Suiza cosecha valor añadido, Europa asume costes añadidos.

El contraste incómodo. Aquí emerge la paradoja. Suiza exhibe una industria en expansión, estadísticas ambientales favorables y un suministro eléctrico más estable. Todo parece indicar que ha encontrado la fórmula perfecta para prosperar en medio del caos europeo. Por su parte, la Unión Europea está pagando el precio de ser pionera: sus fábricas afrontan costes energéticos mucho más altos, sus industrias intensivas en energía pierden competitividad y sus gobiernos cargan con la presión de cumplir objetivos climáticos estrictos.

Pero el éxito suizo se apoya en una letra pequeña. El propio informe Umwelt Schweiz 2022 admite que dos tercios de la huella ambiental del país se generan fuera de sus fronteras. Es decir, Suiza conserva en casa el valor añadido de su industria farmacéutica y tecnológica, mientras que el coste energético y la contaminación se trasladan a otros lugares. Ese modelo, aparentemente virtuoso, implica un riesgo estratégico: depender de cadenas de suministro globales y exponerse a las vulnerabilidades políticas en Asia. 

En términos climáticos, la pregunta es inevitable: ¿realmente se reducen las emisiones globales cuando Suiza “se limpia” a costa de que otros ensucien más? O, dicho de otro modo, ¿no es su milagro industrial otra forma de externalizar la factura ambiental?

Previsiones. En el papel, Suiza parece más verde y más próspera. Pero la verdadera historia se cuenta en las chimeneas de China y en las fábricas cerradas de Alemania. El milagro helvético funciona, en buena medida, porque la factura energética y climática la pagan otros. Mientras la producción industrial se desploma en la Unión Europea, en Suiza se dispara. No obstante, ese equilibrio, sostenido en cadenas globales y en energía ajena, podría quebrarse cuando la geopolítica apriete. La verdadera incógnita no es cuánto puede durar el milagro suizo, sino quién está dispuesto a pagar su factura.

Imagen | FreePik y Unsplash

Xataka | Fiebre nuclear en plena era de la IA: el uranio sube como la espuma mientras tropieza con las centrales

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Mientras la producción industrial se desploma en la Unión Europea, en Suiza se dispara. Y es una cuestión energética

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El camino suizo. Fiel a su neutralidad, pero sabiendo posicionarse, la industria suiza está dominada por sectores de alto valor añadido y bajo consumo energético relativo, como la farmacéutica y la biotecnología. Pero aquí está lo más revelador: ese bajo consumo energético no es solo eficiencia, sino también externalización (una sofisticada estrategia de offshoring verde). Un estudio del consultor EBP para la Oficina Federal del Medio Ambiente (BAFU) muestra que dos tercios de la huella ambiental de Suiza se generan fuera de sus fronteras. El informe Umwelt Schweiz 2022 confirma este patrón: el país reduce su impacto interno a costa de desplazarlo al extranjero. 

Hay diferentes ejemplos que lo ilustran bien: la compañía Roche anunció en mayo una nueva planta biofarmacéutica en Shanghái, la empresa Lonza operando en Guangzhou o, el caso más llamativo, Siegfried gestionando una red global con sedes en diferentes países que le permite distribuir fases de la cadena fuera del territorio helvético. En conjunto, estos movimientos ilustran cómo el “milagro” industrial suizo conserva en casa el valor añadido mientras desplaza al exterior la parte más contaminante y costosa. A ello se le suma un sistema eléctrico menos vulnerable al gas: la hidroelectricidad y la nuclear representan buena parte de su mix. 

El laberinto de la UE. En este momento está atravesando un declive industrial: Eurostat informó que en junio la producción cayó un 1,0% en el conjunto de la UE y un 1,3% en la eurozona. El retroceso ya venía del año pasado, cuando el volumen manufacturero fue un 2% menor que en 2022. Y los analistas de ING Think advierten que la producción industrial europea se mantiene 5% por debajo de hace dos años, una señal de estancamiento prolongado.

A esta caída se suma una tormenta perfecta: altos costes energéticos, derechos de CO₂ y un debate interno sobre su modelo energético. Francia, con un sistema basado en reactores, lidera el bloque que defiende la energía nuclear como columna vertebral de la transición. España y Portugal, con abundancia solar y eólica, reclaman lo contrario: más interconexiones y redes para aprovechar el excedente renovable. Además, se añade la búsqueda incansable por parte de la UE de buscar otra fomra de abastecerse que no sea Rusia en cuanto al gas.

Mientras Suiza traslada sus cargas más pesadas a Asia, Europa se encierra en sus propias reglas, pagando derechos de CO₂ que encarecen aún más a sus industrias intensivas en energía. Suiza externaliza, Europa internaliza. Suiza cosecha valor añadido, Europa asume costes añadidos.

El contraste incómodo. Aquí emerge la paradoja. Suiza exhibe una industria en expansión, estadísticas ambientales favorables y un suministro eléctrico más estable. Todo parece indicar que ha encontrado la fórmula perfecta para prosperar en medio del caos europeo. Por su parte, la Unión Europea está pagando el precio de ser pionera: sus fábricas afrontan costes energéticos mucho más altos, sus industrias intensivas en energía pierden competitividad y sus gobiernos cargan con la presión de cumplir objetivos climáticos estrictos.

Pero el éxito suizo se apoya en una letra pequeña. El propio informe Umwelt Schweiz 2022 admite que dos tercios de la huella ambiental del país se generan fuera de sus fronteras. Es decir, Suiza conserva en casa el valor añadido de su industria farmacéutica y tecnológica, mientras que el coste energético y la contaminación se trasladan a otros lugares. Ese modelo, aparentemente virtuoso, implica un riesgo estratégico: depender de cadenas de suministro globales y exponerse a las vulnerabilidades políticas en Asia. 

En términos climáticos, la pregunta es inevitable: ¿realmente se reducen las emisiones globales cuando Suiza “se limpia” a costa de que otros ensucien más? O, dicho de otro modo, ¿no es su milagro industrial otra forma de externalizar la factura ambiental?

Previsiones. En el papel, Suiza parece más verde y más próspera. Pero la verdadera historia se cuenta en las chimeneas de China y en las fábricas cerradas de Alemania. El milagro helvético funciona, en buena medida, porque la factura energética y climática la pagan otros. Mientras la producción industrial se desploma en la Unión Europea, en Suiza se dispara. No obstante, ese equilibrio, sostenido en cadenas globales y en energía ajena, podría quebrarse cuando la geopolítica apriete. La verdadera incógnita no es cuánto puede durar el milagro suizo, sino quién está dispuesto a pagar su factura.

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Xataka | Fiebre nuclear en plena era de la IA: el uranio sube como la espuma mientras tropieza con las centrales

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El mundo compra más uranio del que puede usar: la fiebre nuclear va más rápido que las centrales

El mundo compra más uranio del que puede usar: la fiebre nuclear va más rápido que las centrales

El uranio, durante años relegado a un rincón del mercado de materias primas, vive un renacimiento. Sus precios se han disparado y los inversores lo persiguen con entusiasmo, convencidos de que la energía nuclear será clave en un mundo electrificado. Como apuntaba Jennifer Hughes en el Financial Times: “Los inversores en uranio y los científicos deberían tener mucho en común: ambos buscan grandes beneficios a partir de un pequeño punto de partida”.

Sin embargo, esta euforia financiera choca con una realidad incómoda: las centrales nucleares no se construyen al ritmo necesario y los cuellos de botella son enormes.

Un mercado pequeño y desbordado. El precio spot ronda hoy los 76 dólares por libra, después de haber superado los 100 dólares a principios del 2024. Buena parte de esta subida se explica por un mercado reducido: la mayoría del uranio se comercializa bajo contratos a largo plazo y el espacio del mercado inmediato es muy estrecho. Al mismo tiempo, los gobiernos acumulan reservas estratégicas. En el podcast Stock Movers de Bloomberg detallaron que el secretario de Energía de EEUU, Chris Wright, quiere reforzar los inventarios nacionales para reducir la dependencia de Rusia, que provee un cuarto del uranio enriquecido que alimenta a los 94 reactores estadounidenses. 

El resultado es claro: se compra más uranio del que hoy pueden consumir las centrales, una señal de que el apetito geopolítico y financiero va por delante de la capacidad real.

Una chispa que enciende la fiebre nuclear. ¿Por qué este auge? La explicación está en la electrificación global. Según analistas de Bank of America, para finales de esta década el consumo mundial de electricidad aumentará hasta un 30%, impulsado por la electrificación del transporte y el auge de los centros de datos de IA. 

Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos ya consumen unos 415 TWh al año —el 1,5% de la electricidad global— y su peso seguirá creciendo con la expansión de la IA. De hecho, Nvidia, Microsoft, Google, entre otras necesitan energía abundante, fiable y libre de carbono para sostener sus operaciones. De ahí que compañías tecnológicas hayan dado un paso insólito: apostar por la nuclear.

El giro de muchos países. La energía nuclear ha vuelto con fuerza, incluso en países que tenían una firme predisposición a la clausura. Alemania frenó su plan de apagón nuclear y Bélgica tomó la misma decisión. Indonesia, pese a su riqueza en carbón, incluyó la nuclear en un plan de inversión energética de 235.000 millones de dólares. Y Estados Unidos ha decidido cuadruplicar la capacidad nuclear reciclando el uranio.

Hoy existen unos 440 reactores en funcionamiento en el mundo, que aportan alrededor del 10% de la electricidad global y son la segunda fuente de energía baja en carbono después de la hidroeléctrica. 

El muro de la realidad: los plazos. Las promesas políticas chocan con las limitaciones industriales. Los proyectos suelen ser caros y lentos, con plazos que no encajan con la urgencia climática. A ello se suman las preocupaciones por los residuos radiactivos y el miedo a accidentes como Fukushima, aunque hasta Japón estña dispuesto a volver. De hecho, en EEUU se han construido solo tres reactores en el último cuarto de siglo, dos de ellos con sobrecostes desorbitados y retrasos significativos. Hoy no hay ninguna planta en construcción y para cumplir con los objetivos de Washington sería necesario iniciar las obras de 20 reactores de tamaño medio cada año, según cálculos de Morgan Stanley. Incluso China, famosa por su rapidez cuando decide invertir, tarda entre cinco y diez años en diseñar, aprobar y completar una nueva planta.

Rusia, el cuello de botella del ciclo nuclear.El gran problema está en la fase del ciclo nuclear que convierte el mineral en combustible útil. Ahí, Rusia es el actor dominante. Aunque países como Australia (28% de las reservas mundiales), Kazajistán (13%) y Canadá (10%) concentran grandes yacimientos de uranio, solo Rusia domina el enriquecimiento a escala global.

Canadá emerge como alternativa. Con minas en la cuenca de Athabasca, el país no solo extrae sino que también puede enriquecer uranio, lo que lo convierte en un proveedor “seguro y fiable”. Su nueva mina, operada por NexGen, podría desplazar a Kazajistán como líder mundial de producción en la próxima década. Por su parte, este último país acelera sus propios planes nucleares. Kazajistán tiene entre sus planes construir su primera central en Ülken, con apoyo financiero de Rusia pero alianzas tecnológicas con Francia y Corea del Sur, en un intento por reducir la dependencia del Kremlin.

Expectativas por delante de la realidad. El uranio ha pasado de ser un recurso olvidado a convertirse en una ficha central del tablero energético y geopolítico. Los precios lo reflejan y los inversores apuestan fuerte. Pero las infraestructuras nucleares avanzan con lentitud, la dependencia de Rusia en el ciclo del combustible sigue pesando y las resistencias sociales permanecen vivas.

Como advierte la experta en energía en su columna, quienes invierten en uranio esperan “demasiado, demasiado pronto”. El verdadero boom de la energía nuclear, si llega, tardará mucho más que un repunte en las cotizaciones.

Imagen | FreePik

Xataka | El mayor proyecto de fusión nuclear del planeta ha sobrevivido a los contratiempos. Esta es la fecha en la que debería estar listo ITER

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El mundo compra más uranio del que puede usar: la fiebre nuclear va más rápido que las centrales

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El uranio, durante años relegado a un rincón del mercado de materias primas, vive un renacimiento. Sus precios se han disparado y los inversores lo persiguen con entusiasmo, convencidos de que la energía nuclear será clave en un mundo electrificado. Como apuntaba Jennifer Hughes en el Financial Times: “Los inversores en uranio y los científicos deberían tener mucho en común: ambos buscan grandes beneficios a partir de un pequeño punto de partida”.

Sin embargo, esta euforia financiera choca con una realidad incómoda: las centrales nucleares no se construyen al ritmo necesario y los cuellos de botella son enormes.

Un mercado pequeño y desbordado. El precio spot ronda hoy los 76 dólares por libra, después de haber superado los 100 dólares a principios del 2024. Buena parte de esta subida se explica por un mercado reducido: la mayoría del uranio se comercializa bajo contratos a largo plazo y el espacio del mercado inmediato es muy estrecho. Al mismo tiempo, los gobiernos acumulan reservas estratégicas. En el podcast Stock Movers de Bloomberg detallaron que el secretario de Energía de EEUU, Chris Wright, quiere reforzar los inventarios nacionales para reducir la dependencia de Rusia, que provee un cuarto del uranio enriquecido que alimenta a los 94 reactores estadounidenses. 

El resultado es claro: se compra más uranio del que hoy pueden consumir las centrales, una señal de que el apetito geopolítico y financiero va por delante de la capacidad real.

Una chispa que enciende la fiebre nuclear. ¿Por qué este auge? La explicación está en la electrificación global. Según analistas de Bank of America, para finales de esta década el consumo mundial de electricidad aumentará hasta un 30%, impulsado por la electrificación del transporte y el auge de los centros de datos de IA. 

Según la Agencia Internacional de la Energía, los centros de datos ya consumen unos 415 TWh al año —el 1,5% de la electricidad global— y su peso seguirá creciendo con la expansión de la IA. De hecho, Nvidia, Microsoft, Google, entre otras necesitan energía abundante, fiable y libre de carbono para sostener sus operaciones. De ahí que compañías tecnológicas hayan dado un paso insólito: apostar por la nuclear.

El giro de muchos países. La energía nuclear ha vuelto con fuerza, incluso en países que tenían una firme predisposición a la clausura. Alemania frenó su plan de apagón nuclear y Bélgica tomó la misma decisión. Indonesia, pese a su riqueza en carbón, incluyó la nuclear en un plan de inversión energética de 235.000 millones de dólares. Y Estados Unidos ha decidido cuadruplicar la capacidad nuclear reciclando el uranio.

Hoy existen unos 440 reactores en funcionamiento en el mundo, que aportan alrededor del 10% de la electricidad global y son la segunda fuente de energía baja en carbono después de la hidroeléctrica. 

El muro de la realidad: los plazos. Las promesas políticas chocan con las limitaciones industriales. Los proyectos suelen ser caros y lentos, con plazos que no encajan con la urgencia climática. A ello se suman las preocupaciones por los residuos radiactivos y el miedo a accidentes como Fukushima, aunque hasta Japón estña dispuesto a volver. De hecho, en EEUU se han construido solo tres reactores en el último cuarto de siglo, dos de ellos con sobrecostes desorbitados y retrasos significativos. Hoy no hay ninguna planta en construcción y para cumplir con los objetivos de Washington sería necesario iniciar las obras de 20 reactores de tamaño medio cada año, según cálculos de Morgan Stanley. Incluso China, famosa por su rapidez cuando decide invertir, tarda entre cinco y diez años en diseñar, aprobar y completar una nueva planta.

Rusia, el cuello de botella del ciclo nuclear.El gran problema está en la fase del ciclo nuclear que convierte el mineral en combustible útil. Ahí, Rusia es el actor dominante. Aunque países como Australia (28% de las reservas mundiales), Kazajistán (13%) y Canadá (10%) concentran grandes yacimientos de uranio, solo Rusia domina el enriquecimiento a escala global.

Canadá emerge como alternativa. Con minas en la cuenca de Athabasca, el país no solo extrae sino que también puede enriquecer uranio, lo que lo convierte en un proveedor “seguro y fiable”. Su nueva mina, operada por NexGen, podría desplazar a Kazajistán como líder mundial de producción en la próxima década. Por su parte, este último país acelera sus propios planes nucleares. Kazajistán tiene entre sus planes construir su primera central en Ülken, con apoyo financiero de Rusia pero alianzas tecnológicas con Francia y Corea del Sur, en un intento por reducir la dependencia del Kremlin.

Expectativas por delante de la realidad. El uranio ha pasado de ser un recurso olvidado a convertirse en una ficha central del tablero energético y geopolítico. Los precios lo reflejan y los inversores apuestan fuerte. Pero las infraestructuras nucleares avanzan con lentitud, la dependencia de Rusia en el ciclo del combustible sigue pesando y las resistencias sociales permanecen vivas.

Como advierte la experta en energía en su columna, quienes invierten en uranio esperan “demasiado, demasiado pronto”. El verdadero boom de la energía nuclear, si llega, tardará mucho más que un repunte en las cotizaciones.

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Estados Unidos necesita energía nuclear para la IA y ya sabe dónde encontrarla: en bombas atómicas desmanteladas

Estados Unidos necesita energía nuclear para la IA y ya sabe dónde encontrarla: en bombas atómicas desmanteladas

La rivalidad entre China y Estados Unidos no solo se libra en los mercados ni en los aranceles. También se juega en el terreno de la energía. Y, en pleno auge de la Inteligencia Artificial, Donald Trump ha decidido que la forma de asegurar electricidad abundante y estable para bases militares, laboratorios y centros de datos será a través de la energía nuclear. Su plan es tan ambicioso como polémico.

Un plan explosivo. La administración Trump ha buscado cuadruplicar la producción nuclear del país. Para ello, la Casa Blanca quiere que los nuevos reactores no dependan únicamente de uranio fresco, sino también de combustible reciclado a partir de residuos radiactivos y del plutonio militar excedente de ojivas desmanteladas. 

Según ha explicado Washington Post, se trata de un “imperativo de seguridad nacional”. La idea es simple: garantizar un suministro estable para las infraestructuras más sensibles, desde bases militares hasta centros de datos de IA, sin depender de la red eléctrica ni de combustibles importados. 

El reciclaje ahora un aliado. El Departamento de Energía ha identificado en sus inventarios todo el uranio y plutonio útil para reconvertirlo en combustible. Entre ellos está el plutonio procedente de armas desmanteladas, uno de los materiales más peligrosos del planeta.

Para hacerlo posible, startups como Oklo y Curio trabajan en el piroprocesamiento, un método que introduce barras de combustible gastado en sales fundidas y utiliza electricidad para separar los componentes aprovechables. A diferencia de los procesos químicos usados en el pasado, estas empresas aseguran que la técnica es más segura, más económica y menos contaminante. Además, Oklo, respaldada por Sam Altman, fundador de OpenAI, ha anunciado una inversión de casi 1.700 millones de dólares en un Centro de Combustible Avanzado en Oak Ridge (Tennessee), el mismo terreno donde se enriqueció uranio para el Proyecto Manhattan hace ocho décadas.

Solo la punta del iceberg. Hace un par de meses, en una de las órdenes ejecutivas firmadas por Trump obligó a la Comisión Reguladora Nuclear (NRC) a completar cualquier licencia de reactor en 18 meses, cuando hasta ahora el proceso podía tardar más de una década. La Casa Blanca también ordenó reescribir las normas de exposición a radiación, consideradas “excesivamente cautelosas”.

El comunicado oficial emitido en mayo estableció plazos concretos: el Ejército deberá operar un reactor en una base nacional antes de septiembre de 2028, y el Departamento de Energía tendrá que inaugurar al menos un reactor avanzado en alguna de sus instalaciones en 30 meses para abastecer centros de datos de IA. A esto se suma la liberación de 20 toneladas de HALEU (uranio de bajo enriquecimiento de alto ensayo) para los nuevos reactores y la intención de firmar 20 acuerdos internacionales de cooperación nuclear en el actual Congreso.

La profundidad del asunto. A pesar del entusiasmo político y empresarial, la comunidad científica contrasta con la realidad. Ross Matzkin-Bridger, exasesor del Departamento de Energía, señaló que se trata de “las mismas tecnologías que se desarrollaron y rechazaron hace décadas”, con los mismos problemas de fondo. El físico del MIT y exsecretario de Energía, Ernest Moniz, fue más tajante: reciclar plutonio de armas no solo encarece la energía nuclear, sino que además “amenaza con crear material que pueda usarse en bombas”.

En la misma línea, Matthew Bunn, de Harvard, considera poco realista pensar que la opinión pública acepte plantas de reprocesamiento que también requerirían su propio depósito de residuos. Y Frank von Hippel, de Princeton, recordó que EEUU ya abandonó el reciclaje civil en tiempos de Jimmy Carter, después de que India utilizara esa tecnología para fabricar su primera bomba.

No todo son advertencias. Para la Casa Blanca, el reciclaje nuclear es una herramienta estratégica. El comunicado oficial insiste en que los centros de datos de IA y las instalaciones militares necesitan fuentes de energía densas, seguras y resistentes”. 

Asimismo, defensores como Bradley Williams, del Laboratorio Nacional de Idaho, sostienen que usar plutonio reciclado podría convertirse en una necesidad para garantizar suficiente combustible. Y las startups aseguran que los nuevos procesos incluyen salvaguardias que impiden reutilizar ese material con fines militares.

El peso de los residuos. El asunto es aún más amplio porque el país ya acumula unas 90.000 toneladas métricas de combustible gastado, almacenadas en contenedores en centrales activas y desmanteladas, según The Washington Post. Reciclar parte de ese material aliviaría un dilema que lleva décadas sin resolverse.

Mientras tanto, el sector privado intenta posicionarse. Oklo firmó un contrato con Switch, operador de centros de datos, para construir reactores modulares que aporten hasta 12 GW antes de 2044. La compañía promete inaugurar su primer reactor, Aurora, en 2027, aunque el acuerdo no es vinculante y la NRC rechazó su anterior solicitud en 2022.

La idea del reciclaje no es única. Más países han encontrado en este método en una manera de encontrar una fuente más sin depender de otros países como el caso de Francia, que lo hace a través de subsidios y estrictas medidas de seguridad. Por su parte, Japón acumula retrasos y sobrecostes en su planta de Rokkasho, que aún no ha producido combustibles tras décadas de desarrollo. 

En el extremo opuesto, Reino Unido decidió abandonar la idea del reciclaje. Con unas 140 toneladas de plutonio civil almacenadas, ha optado por inmovilizarlo en forma sólida y estable para enterrarlo en un almacén geológico profundo en Sellafield. Algo similar ocurre en España, que ha reactivado su plan para un Almacén Geológico Profundo, previsto para 2073, y mientras tanto utiliza contenedores como el HI-STORM FW para el almacenamiento intermedio.

El contraste es evidente: mientras unos países intentan dar nueva vida a los residuos, otros los entierran para siempre. Todos buscan lo mismo: evitar que el legado nuclear se convierta en un problema eterno.

Previsiones. Estados Unidos apuesta por resucitar viejas tecnologías de reciclaje nuclear para sostener a la vez su seguridad energética y la carrera por la IA. Los defensores lo ven como una oportunidad histórica para reducir la dependencia exterior y dar un nuevo uso a materiales olvidados. Los críticos temen que se repitan los mismos fracasos y riesgos de hace medio siglo.

La experiencia invita a la prudencia: los últimos reactores conectados en EEUU, en la planta de Vogtle (Georgia), llegaron con siete años de retraso y 17.000 millones de dólares de sobrecoste. 

Imagen | Oklo y Kelly Michals

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La verdadera ciudad del futuro no está en China, la tenemos al lado de casa: Benidorm

La verdadera ciudad del futuro no está en China, la tenemos al lado de casa: Benidorm

En la provincia de Alicante entre calas de aguas tranquilas y pueblos blancos como Altea, aparece también ese coloso vertical que todos conocemos: Benidorm; para muchos un despropósito urbanístico; para otros una fiesta continua en su paseo marítimo abarrotado y las calles de bares ingleses a apenas unas manzanas de la playa.

Yo, que soy alicantina, sé bien las discusiones que provoca. Podemos pasar horas lamentando su skyline, sus bloques infinitos o la invasión turística. Pero, más allá de los prejuicios, Benidorm se está moviendo en una dirección inesperada: la de convertirse en un laboratorio urbano de sostenibilidad, capaz de producir su propia energía, reutilizar casi toda el agua que consume y servir de modelo a otras ciudades que buscan sobrevivir a la crisis climática.

En corto. El sistema BIPV (integración fotovoltaica en edificios) no es nuevo, pero la intervención presentada por la empresa Solar Earth da un paso más. Según su propio comunicado, la compañía rehabilitará dos edificios residenciales de 17 plantas, Club Médico VI y VII, mediante la integración de 1.200 m² de vidrio fotovoltaico vertical integrado en fachada ventilada. 

Más allá de lo estético. Estas fachadas actuarán como una piel energética capaz de generar unos 190.000 kWh al año, lo que permitirá reducir en torno al 35% la demanda energética de las viviendas y evitar la emisión de más de 50 toneladas de CO₂ anuales. “Este proyecto demuestra que la rehabilitación energética puede ir mucho más allá de la eficiencia: puede transformar los edificios en generadores activos de energía renovable”, señaló José Carlos Antón, CEO de Solar Earth.

Además, el sistema de fachada ventilada aporta aislamiento térmico y acústico, reforzando el confort de los vecinos. La obra cuenta con el respaldo del Ministerio de Vivienda, la Generalitat Valenciana y una financiación de 1,9 millones de euros del Plan Next Generation EU.

Una ciudad que busca más. Benidorm lleva años trabajando en otro recurso crítico: el agua. En un contexto de sequías cada vez más frecuentes en España, sitúan a la ciudad entre las más eficientes en la gestión hídrica, con aprovechamientos cercanos al 95% frente a medias del 75% en España y la UE y con reutilización para riego en torno al 30%

La estrategia ha sido clara: inversión constante en infraestructuras, renovación de redes obsoletas, digitalización y control en tiempo real de consumos y fugas. En 2025, el Ayuntamiento incluso presentó un Plan Director de Agua Regenerada que permitirá ahorrar alrededor del 15 % del agua potable que consume la ciudad. La primera fase ya está en marcha en la zona de Poniente, donde se suministrará agua regenerada a más de 6.000 hogares.

Todo por una estrategia más amplia. La apuesta por el vidrio solar y la reutilización del agua se enmarca en una estrategia más amplia de sostenibilidad urbana. El Plan Benidorm Visión 360, dentro de los Planes de Sostenibilidad Turística en Destino, incluye proyectos como corredores climáticos, sistemas de drenaje urbano sostenible o la medición de la huella hídrica.

También hay actuaciones en eficiencia energética, como la renovación del alumbrado público con tecnología LED, y planes de movilidad sostenible. Todo ello le ha valido a Benidorm el reconocimiento de “Pionero Verde” dentro de la red de Destinos Turísticos Inteligentes.

Un cambio de paradigma. Durante años, Benidorm ha sido símbolo de turismo de masas y especulación urbanística. Bajo esa fachada, sin embargo, la ciudad ha aprendido a gestionar como pocas sus recursos. Lo hizo con el agua y ahora quiere hacerlo con la energía. La verdadera ciudad del futuro no se esté construyendo en las megalópolis chinas ni en los experimentos futuristas de Oriente Medio, sino a escasos kilómetros de casa, frente al Mediterráneo. Y se llama Benidorm.

Imagen | Freepik y Unsplash

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El mayor estudio sobre alimentación sostenible lo confirma: la proteína vegetal gana la partida

El mayor estudio sobre alimentación sostenible lo confirma: la proteína vegetal gana la partida

En el pasillo del supermercado, cada vez más envases gritan lo mismo: “Alto en proteínas”. Batidos en polvo, yogures fortificados, panes, incluso salsas. Durante décadas, el consejo era sencillo: sustituir la carne roja por pollo o pescado. Hoy, el mantra ha cambiado. La “proteína” se ha convertido en reclamo publicitario, identidad cultural y hasta aspiración estética. Pero, mientras el mercado se llena de promesas, la ciencia empieza a aclarar otra parte de la historia: qué proteínas importan de verdad, cómo se procesan y qué coste tienen para el planeta.

Comer “por el planeta”. Una investigación, publicado en Science Advances, ha reunido 37 estudios en un metaanálisis con más de 3,2 millones de personas. El veredicto es llamativo: cuanto más se parece tu plato a la “Dieta de Salud Planetaria” (Planetary Health Diet, PHD), menor es tu riesgo de morir por cualquier causa, y al mismo tiempo disminuye la huella climática de tu alimentación. Con matices, sí, pero con una consistencia estadística poco habitual en nutrición.

El estudio. El equipo combinó datos de dos cohortes masivas: la NHANES en Estados Unidos (42.947 adultos) y la UK Biobank en Reino Unido (125.372 personas). Además, de integrar el metaanálisis. El objetivo era ver hasta qué punto la adhesión a la PHD influía tanto en la salud como en el impacto ambiental de la dieta.

La Planetary Health Diet fue propuesta en 2019 por la Comisión EAT-Lancet. Esta dieta no se basa en ser vegetariano estricto, más bien, busca equilibrar la salud con la sostenibilidad ambiental con una alimentación basada más en plantas. En otras palabras: es una dieta pensada para que el ser humano viva más, pero también para que el planeta pueda sostenerlo.

Los resultados fueron claros. Por un lado, en Estados Unidos, quienes seguían más de cerca la PHD tenían un 23% menos de riesgo de mortalidad total. Por otro lado, en Reino Unido, la reducción fue del 16%, además de menos muertes por cáncer y por enfermedades respiratorias. 

El metaanálisis apuntaba en la misma dirección: en conjunto, la PHD se asoció a un 21% menos de mortalidad por cualquier causa: cardiovascular, diabetes y cáncer de colon y pulmón. Además, los investigadores estimaron las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a las dietas y encontraron un patrón consistente: cuanto más se alejaban los participantes de la PHD, mayor era la huella climática de su alimentación. Las principales responsables: la carne roja y los lácteos.

Detrás del estudio. El atractivo del estudio es doble. Por un lado, confirma con evidencia observacional robusta que quienes siguen la PHD viven más y mejor: menos cáncer, menos infartos, menos diabetes. Por otro, muestra que este mismo patrón reduce la huella de carbono de la dieta diaria. Una combinación difícil de ignorar en plena crisis climática.

Los propios autores piden cautela: es un estudio observacional y no prueba causalidad. En otras palabras, no demuestra que comer de una forma cause directamente vivir más años. Aun así, la consistencia de los resultados en millones de personas y la escala del metaanálisis le dan un peso poco habitual en nutrición y sugieren que la señal no es casualidad.

Hacia un mismo lugar. Otras investigaciones ya estaban por ese mismo camino de desplazar la proteína animal por la vegetal, ya que puede traer beneficios para la salud y, de paso, para el planeta. Según hemos señalado en Xataka, durante décadas el consejo fue sustituir carne roja por pollo o pescado. No obstante, la balanza empieza a inclinarse hacia lo vegetal. 

Un estudio en The American Journal of Clinical Nutrition mostró que las mujeres con dietas más ricas en proteína vegetal envejecían de forma más saludable. Y desde otro ángulo, el American Gut Project llegó a una conclusión similar: la diversidad importa. Sus datos revelaron que quienes sumaban hasta 30 plantas diferentes a la semana tenían un microbioma intestinal mucho más rico. En otras palabras: tanto en longevidad como en salud intestinal, los patrones basados en plantas suman pruebas a favor de lo que ahora confirma el metaanálisis en Science Advances.

No todo es blanco o negro. La proteína animal aporta aminoácidos esenciales de más fácil absorción. La dietista deportiva Marie Spano, citada por Men’s Health, advierte que quienes siguen dietas 100% vegetales necesitan más proteína total y combinar distintos grupos. Y el grado de procesado importa: como explicaba la epidemióloga Filippa Juul al New York Times, los ultraprocesados “disfrazados” de saludables —batidos, lasañas vegetales listas para calentar— no ofrecen los mismos beneficios que los alimentos mínimamente procesados.

La dieta Mediterránea, un espejo cercano. El debate no es solo anglosajón. Según hemos explicado en Xataka, un estudio español con datos de la cohorte ENRICA (11.488 personas, 14,4 años de seguimiento) mostró que tanto la PHD como la dieta mediterránea tradicional ofrecen beneficios similares. La mortalidad se redujo en un 22% en quienes más seguían la PHD y en un 21% en los más fieles a la mediterránea.

En cuanto al impacto ambiental, las diferencias eran mínimas: 4,15 kg de CO₂ al día para la PHD frente a 4,36 para la mediterránea. En otras palabras, ambas parecen ofrecer un camino viable hacia una alimentación más saludable y sostenible.

No es solo calorías o nutrientes. Ahora también se mide en años de vida y en kilogramos de CO₂. El nuevo estudio en Science Advances confirma que la Planetary Health Diet ofrece beneficios en ambos frentes: más salud, menos impacto ambiental.

Mientras el mercado promociona la “era Protein Chic” y las redes sociales dictan modas extremas, la evidencia científica sugiere un mensaje más sencillo: más plantas, menos ultraprocesado, carne como acompañamiento y no como centro del plato. La pregunta ya no es cuánta proteína comemos, sino de qué fuentes proviene y qué huella deja en el mundo.

Imagen | Unsplash

Xataka | A la pregunta de si los alimentos ultraprocesados son tan malos como nos han contado, la ciencia todavía no tiene respuesta clara


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Los árboles solares buscan resolver la paradoja de las renovables: crecer sin destruir la naturaleza

Los árboles solares buscan resolver la paradoja de las renovables: crecer sin destruir la naturaleza

El crecimiento de las renovables está generando una paradoja evidente: el uso del suelo. En la lucha por producir energía limpia se están aprovechando espacios naturales que se quieren conservar intactos, como es el caso de Jaén. No obstante, un estudio reciente sugiere una alternativa tan simple como ingeniosa: los árboles solares.

Un megavatio sin deforestación. La investigación, publicada en Scientific Reports y liderada por Dan-Bi Um del Instituto Marítimo de Corea, modeló mediante simulaciones geoespaciales en 3D cómo se comportarían estas estructuras en un bosque costero del condado de Geoseong, en Corea del Sur.

El escenario elegido no era hipotético. En esta zona existe desde 2014 una planta solar convencional que cubre 22.856 m² y alberga 4.347 paneles planos de 230 W, con capacidad de 1 MW. Sin embargo, el coste ambiental pagó un alto precio: la eliminación del 98% de la cobertura forestal.

En cambio, la simulación con árboles solares arrojó un panorama radicalmente distinto. Para alcanzar el mismo megavatio de potencia bastan 87 árboles con paneles de 330 W, o apenas 63 árboles con paneles de 450 W, preservando hasta el 99% del bosque.

Energía limpia sin perder bosques.Como hemos señalado en Xataka, la expansión de la energía solar suele provocar conflictos entre los objetivos de energía renovable y la preservación de los ecosistemas. De hecho, según ha detallado el estudio, Corea del Sur es un ejemplo ilustrativo: la deforestación ligada a plantas solares pasó de 529 hectáreas en 2016 a 2.443 en 2018.

De esta manera, los árboles solares ofrecen una respuesta dual: generar electricidad mientras los bosques siguen funcionando como sumideros de carbono, hábitats biodiversos y barreras naturales contra la erosión. Según Um, esta propuesta se alinea con compromisos internacionales como la Declaración de Glasgow sobre Bosques y el Pacto Global de Renovables de la COP28, que plantea triplicar la capacidad renovable al 2030 sin destruir ecosistemas.

¿Cómo son los árboles? Lejos de ser una metáfora, estas estructuras imitan la forma de un árbol real. El primer prototipo se instaló en 2017 frente a la Asamblea Nacional en Seúl, diseñado por Hanwha Q CELLS. En cuanto a estructura, mide 4,8 metros de alto y 4,1 de ancho y sus “ramas” de acero sostienen 35 paneles solares. En total, cada árbol alcanza una capacidad de 11,5 kW (con módulos de 330 W) o 15,8 kW (con paneles de 450 W), suficiente para abastecer varios hogares.

En la simulación, los árboles se dispusieron en los bordes del terreno y a lo largo de senderos, separados cada 20 metros. El diseño no solo eleva la captación solar, también permite que la luz llegue al sotobosque y conserve la vegetación original. Además, el estudio añade un matiz interesante: los árboles solares podrían integrarse en espacios de uso social. En parques urbanos o senderos forestales, servirían además para alimentar iluminación nocturna con LED, ofrecer sombra a caminantes o incluso convertirse en puntos de observación de fauna y flora.

Obstáculos en el camino. De momento, la tecnología aún es incipiente.Según un estudio de 2022, el llamado forest-photovoltaic tiene costes de construcción más altos que los paneles planos, ya que requiere estructuras de soporte reforzadas. Sin embargo, en Corea —uno de los países con el suelo más caro del mundo— reducir la huella territorial puede ser más ventajoso a largo plazo. El problema es que todavía no existen estándares internacionales para certificar la resistencia de estas estructuras al viento o la nieve, ni grandes fabricantes produciendo árboles solares a escala industrial. Hoy son, sobre todo, prototipos o instalaciones piloto.

Más allá de Corea. Aunque el estudio se centró en Corea del Sur, Um sostiene que la metodología es aplicable en otros países que buscan ampliar renovables sin sacrificar bosques. Además, el concepto se relaciona con otras tendencias emergentes como la agrivoltaica: usar energía solar y al mismo tiempo mantener actividades productivas bajo los paneles.

En Corea, por ejemplo, ya se han probado variantes en zonas montañosas donde se cultiva ajo de montaña bajo árboles solares instalados cada 100 metros. Y en Europa, la agrivoltaica empieza a ganar terreno con viñedos y huerta de tomates que aprovechan la sombra de los paneles para mejorar calidad y resiliencia de los cultivos.

¿Solución simbólica o revolución real? El estudio ofrece la primera comparación cuantitativa rigurosa entre un parque solar plano y una instalación de árboles solares en un mismo terreno. Sus resultados son claros: se puede producir la misma electricidad con un impacto ambiental mucho menor. 

Como ha concluido la investigación, los árboles solares representan “una prometedora solución dual” en un momento en que la humanidad parece obligada a elegir entre energía limpia y bosques. Tal vez, con innovaciones como esta, ya no tengamos que renunciar a ninguno de los dos.

Imagen | FreePik

Xataka | Perovskitas sazonadas: cómo un poco de sal ha logrado superar la eficiencia de los paneles solares

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