El futuro de la inteligencia artificial no está en la nube, está en el núcleo del átomo

El futuro de la inteligencia artificial no está en la nube, está en el núcleo del átomo

A las afueras de Palo, un pueblo agrícola del este de Iowa, todavía se ven las torres grises de la central nuclear Duane Arnold. Llevan años en silencio, pero quienes viven cerca recuerdan el zumbido constante que acompañó su infancia. Durante casi medio siglo, ese reactor de agua en ebullición fue parte del paisaje y del suministro eléctrico del Medio Oeste.

Todo cambió en agosto de 2020, cuando un derecho —una muralla de tormentas con vientos huracanados— arrasó los cultivos de maíz y dañó las torres de enfriamiento. Duane Arnold se apagó y nadie pensó que volvería a encenderse.

La planta, ya envejecida y con una licencia próxima a expirar, se apagó definitivamente. Parecía el fin. Cinco años después, ese silencio atómico volverá a romperse, impulsado no por el Estado ni por la industria nuclear tradicional, sino por una empresa tecnológica: Google.

"Está vivo, está vivo". Gritaba Victor Frankenstein en la película de 1931. Nueve décadas después, ese grito resuena simbólicamente en Iowa: la central nuclear Duane Arnold volverá a la vida. La resurrección llegará de la mano de Google y NextEra Energy, que invertirán más de 1.600 millones de dólares para devolver el pulso a la planta en 2029.

Según Reuters, Google comprará la mayor parte de la energía generada durante 25 años para alimentar sus centros de datos de inteligencia artificial, mientras NextEra asumirá el 100% del control de la central tras adquirir las participaciones de sus socios locales.

Una restructuración nunca vista. Reactivar una planta nuclear no es tan simple como volver a apretar un botón. En el caso de Duane Arnold, Google y NextEra Energy planean rehacer toda la infraestructura crítica, modernizar los sistemas de seguridad y superar la inspección de la Comisión Reguladora Nuclear (NRC) antes de recibir una nueva licencia.

El proyecto es inédito: demostrar que una central clausurada puede revivir bajo los estándares de seguridad actuales. “Reabrir una planta existente es más rápido y más barato que construir una nueva desde cero”, explican analistas citados por el Financial Times. Si todo va bien, Duane Arnold volverá a producir energía en 2029, junto a Palisades y Three Mile Island, las otras dos piezas del renacimiento atómico estadounidense.

No es la primera, ni será la última. Las grandes tecnológicas están apostando por reapertura de plantas nucleares. Por un lado, Microsoft firmó un acuerdo similar con Constellation Energy para reabrir la planta de Three Mile Island en Pensilvania, que se prevé reanude operaciones en 2028. Por otro lado, Amazon trabaja con Dominion Energy para desarrollar reactores SMR (Small Modular Reactors) en Virginia.

El propio Google ya había dado pasos en esa dirección: el año pasado anunció una alianza con Kairos Power para construir siete reactores SMR antes de 2030, con capacidad total de 500 megavatios. Estos reactores modulares son más pequeños, eficientes y seguros, y se presentan como el futuro de la energía nuclear civil. Además, los SMR pueden instalarse cerca de los centros de datos, reduciendo pérdidas y costes de transporte eléctrico.

La fiebre energética de la IA. La tendencia es inequívoca: las Big Tech están apostando por el átomo para alimentar la era de la inteligencia artificial. Cada nueva generación de modelos —desde ChatGPT hasta Gemini o Claude— demanda miles de megavatios de energía adicional. Y el crecimiento apenas comienza.

En ese contexto, OpenAI —la creadora de ChatGPT— ha pedido al gobierno estadounidense un plan nacional para expandir drásticamente la capacidad eléctrica del país. Como informó CNBC, la empresa solicitó a la Casa Blanca comprometerse a construir 100 gigavatios de nueva capacidad energética cada año, advirtiendo que China añadió 429 gigavatios solo en 2024, frente a los 51 de Estados Unidos. En su comunicado concluye con una frase que se convertirá en un lema energético del sector: "Los electrones son el nuevo petróleo". 

Riesgos y dudas. Pese al entusiasmo, el proyecto de Google no está exento de polémica. El físico Edwin Lyman, del Union of Concerned Scientists, advirtió en el Financial Times que Duane Arnold tiene "el mismo diseño que los reactores que se fundieron en Fukushima en 2011" y que sufrió "daños significativos, incluidas sus torres de enfriamiento, durante el derecho de 2020". "Hasta que no se conozca una estimación realista del coste de reconstrucción y las garantías de seguridad, no sabremos si puede generar electricidad asequible", señaló Lyman.

Del mismo modo, Wall Street Journal recoge las críticas de grupos ambientalistas como Sierra Club, que cuestionan la edad del reactor, la degradación de sus componentes tras años de inactividad y la gestión de residuos radiactivos. No obstante, incluso entre los escépticos hay consenso en un punto: el apetito energético de la IA no deja alternativa a explorar todas las opciones posibles.

Los electrones del futuro. Lo que está ocurriendo en Iowa no es una simple reapertura industrial: es una declaración de intenciones del nuevo capitalismo tecnológico. Google, símbolo de la nube y la virtualidad, recurre al átomo más tangible y antiguo para sostener su futuro digital. La paradoja resume el momento: la inteligencia artificial necesita materia, megavatios y electrones reales.

La central Duane Arnold, que una vez marcó el esplendor y la decadencia del sueño nuclear americano, podría renacer como el corazón energético de la IA. Y si las predicciones de OpenAI se cumplen, no será la última. En la nueva economía global, la electricidad será el petróleo del siglo XXI. Y en Iowa, Google acaba de encender de nuevo la chispa.

Imagen | Unsplash

Xataka | La cantidad de energía nuclear que genera cada país, detallada en este mapa interactivo

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No es gula: hay alimentos que literalmente secuestran a tu cerebro

No es gula: hay alimentos que literalmente secuestran a tu cerebro

Cruje una patata frita, el sabor salado se mezcla con el dulzor del refresco, y el cerebro pide más. No es casualidad. Lo que parece un simple antojo es, en realidad, una reacción programada: una descarga de dopamina tan potente como la que provocan algunas drogas. Cada vez más científicos sostienen que determinados alimentos nos están enganchando. 

¿Un nuevo planteamiento? Durante mucho tiempo, la obesidad y los trastornos alimentarios se vieron como simples cuestiones de voluntad. Sin embargo, los avances en neurociencia están cambiando esa percepción.

La psiquiatra Claire Wilcox explica que, poco a poco, los científicos coinciden en algo sorprendente: algunos alimentos activan el cerebro casi igual que drogas como la nicotina o el alcohol. "Comer determinados productos —galletas, refrescos, bollería industrial— activa los centros de recompensa del cerebro, generando una sensación de bienestar inmediato. Y cuanto más repetimos ese estímulo, más lo necesitamos", detalla. El problema es que, a diferencia del tabaco o el alcohol, no podemos dejar de comer. 

¿Qué ocurre en nuestra cabeza? Las adicciones comparten tres sistemas cerebrales clave:

  • El sistema de recompensa, que libera dopamina cuando algo nos produce placer.
  • El sistema de respuesta al estrés, implicado en la tolerancia y la abstinencia.
  • El sistema de control ejecutivo, que regula los impulsos y ayuda a tomar decisiones racionales.

Cuando ingerimos alimentos muy sabrosos, el cerebro libera dopamina en la red de recompensa. Aprende a asociar ese sabor con una sensación placentera y busca repetirla. Con el tiempo, el circuito se "recablea": se necesita más cantidad para sentir el mismo efecto, y el control racional disminuye. Wilcox lo explica así: "Con el tiempo, el daño a las áreas del control ejecutivo dificulta cada vez más resistirse a los antojos, igual que ocurre con las drogas". 

La ciencia detrás del debate. En los últimos años, la investigación sobre la adicción a la comida se ha disparado. Un artículo de Nature Medicine, que analizó casi 300 estudios en 36 países, concluyó que los alimentos ultraprocesados pueden “secuestrar” los sistemas de recompensa del cerebro. El resultado: antojos, pérdida de control y consumo persistente, incluso cuando hay consecuencias negativas.

El neurocientífico Mark S. Gold y la psicóloga Ashley Gearhardt, de la Universidad de Míchigan, van más allá: "No nos volvemos adictos a las manzanas, sino a productos diseñados para golpear el cerebro como una droga".

Sin embargo, el consenso médico aún no llega. Ni la OMS ni la Asociación Americana de Psiquiatría reconocen la adicción a la comida como diagnóstico oficial. "Comer es una necesidad fisiológica —recuerda la profesora Elisa Rodríguez Ortega—, y los límites entre adicción, bulimia o atracón siguen sin estar claros".

En el centro de la diana. Durante años, el azúcar fue señalado como el gran villano de la alimentación moderna. Hoy, los estudios apuntan a un escenario más complejo: no es solo el azúcar, sino la combinación de ingredientes, texturas y aditivos de los alimentos ultraprocesados lo que puede volverlos adictivos.

Estos productos —mezclas industriales de grasas, sal, azúcares y potenciadores del sabor— están diseñados para generar placer inmediato y estimular la ingesta repetida. Según la revisión de Nature, esa composición “hiperpalatable” activa el sistema de recompensa de forma más intensa que los alimentos naturales, lo que explicaría por qué resulta tan difícil parar después del primer bocado.

Por su parte, el azúcar sigue teniendo un papel clave. Investigaciones, citadas en JAMA Internal Medicine, muestran que un exceso de azúcares añadidos no solo aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares, sino que altera la respuesta dopaminérgica, reforzando los mecanismos de dependencia.

ero no todos somos igual de propensos. La psicóloga Michelle S. Hunt, especialista en adicciones alimentarias, detalla que existe una combinación de factores genéticos, emocionales y ambientales. "Los alimentos ricos en carbohidratos, grasas o azúcares activan las mismas zonas del cerebro que las drogas o el alcohol. Con el tiempo, el cerebro ajusta sus receptores y exige dosis mayores para sentir el mismo bienestar", señala.

El estrés, la ansiedad y la exposición temprana a alimentos ultraprocesados son otros disparadores: el cerebro aprende desde joven a asociar el placer con productos altamente sabrosos. "Las personas que usan la comida para lidiar con el malestar son las más vulnerables", advierte Hunt.

La frontera con otro tipo de trastornos. Distinguir la adicción a la comida de otros trastornos alimentarios no es tarea fácil. Según el portal Eating Disorder Hope, en ambos casos aparecen señales parecidas: pérdida de control, culpa, ansiedad y, a menudo, aislamiento social.

Un estudio publicado en Nature observó que las personas con bulimia o con episodios de atracón presentan cambios parecidos en las zonas del cerebro que regulan la dopamina. Eso sugiere que podría existir una base neurobiológica común. El doctor Mark S. Gold lo resume con claridad: "La obesidad y el atracón no son solo problemas de conducta; también comparten mecanismos cerebrales con otras adicciones". Por eso, los tratamientos actuales combinan terapia cognitivo-conductual con programas de deshabituación y apoyo emocional.

Reeducación con la comida. A diferencia de las drogas, la abstinencia total no es posible: todos necesitamos comer. Por eso, los tratamientos actuales buscan reeducar la relación emocional con la comida. La psiquiatra Kim Dennis dirige una clínica donde combina modelos de adicción y trastornos alimentarios: los pacientes aprenden a no restringir calorías de forma extrema —para evitar el efecto rebote—, pero sí a identificar los llamados alimentos “gatillo”, aquellos que desatan antojos incontrolables.

En paralelo, los fármacos también están abriendo nuevas vías. El doctor Gold destaca el uso de medicamentos como naltrexona y bupropión, o los nuevos GLP-1 (como Ozempic o Mounjaro), que interrumpen el vínculo entre placer y consumo, reduciendo tanto la ingesta de comida como el deseo de sustancias adictivas

La pregunta final. Aunque la ciencia aún no ha zanjado el debate, la evidencia es cada vez más clara: algunos alimentos no solo nutren o engordan, también moldean el cerebro y los hábitos de forma profunda. Cada bocado deja una huella en los circuitos del placer y en la manera en que aprendemos a comer.

No se trata de demonizar la comida ni de negar el placer, sino de aceptar que comer hoy es un acto condicionado por factores que van mucho más allá del apetito. En un mundo donde cada sabor está optimizado para enganchar, la verdadera fuerza de voluntad quizá consista en saber parar antes del siguiente bocado.

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Xataka | De cara a mazarse, la ciencia sabe que hay algo mejor que los batidos de proteínas: carne de cerdo magra

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El “outlet” polaco que ha traído a España el sueño americano del descuento eterno: el gran mercadillo del off-price

El "outlet" polaco que ha traído a España el sueño americano del descuento eterno: el gran mercadillo del off-price

En un capítulo de Friends, Monica Geller junto con Rachel y Phoebe van a una tienda de vestidos de novia con descuentos. Entre empujones, gritos y silbatos, logran salir con el vestido perfecto en medio del caos. La escena, tan icónica como exagerada, refleja algo muy real: el magnetismo que ejercen las rebajas, ese instante en que el deseo y la oportunidad se encuentran a mitad de precio. 

Durante años, esa imagen ha sido también parte del paisaje europeo. Cada enero o julio, los escaparates se llenan de carteles rojos y los centros comerciales se convierten en campo de batalla para los cazadores de gangas. Pero, ¿y si las rebajas no fueran un evento estacional? ¿Y si existiera un lugar donde los descuentos fueran la norma, no la excepción?

El modelo estadounidense en Europa. La cadena polaca Halfprice ha traído este modelo, conocido como off-price: tiendas permanentes donde se ofrecen productos de marcas premium —ropa, calzado, accesorios o cosmética— con descuentos que pueden superar el 50%. Su modelo se basa en adquirir excedentes de inventario, productos de temporadas pasadas o saldos de fábrica, todos nuevos y en su embalaje original.

El formato recuerda a los populares outlets estadounidenses Ross, Marshalls o T.J. Maxx, algo que no pasa desapercibido para los clientes. En las reseñas de Google recopiladas por 20 minutos, los compradores lo definen como “una tienda similar a Ross o Marshall de EEUU” o incluso “un gran mercadillo de ropa de marca”. Otros destacan su amplitud: “Una tienda grandísima donde todo está bien ordenado por tallas y su variedad constante”, una de las claves del modelo off-price: cada día llegan productos nuevos.

Un modelo que encaja con el nuevo consumidor. El éxito de HalfPrice no se explica solo por sus descuentos, sino por el momento económico y cultural que vive Europa. El lujo tradicional se ha encarecido —los precios han subido un 25% desde 2019— y ha dejado fuera a muchos consumidores aspiracionales que antes podían permitirse un capricho de marca.

Ese vacío lo están llenando diferentes respuestas del mercado. Por un lado, fenómenos como el llamado “lujo de pasillo” —ejemplificado por Mercadona y sus cosméticos Deliplus, que imitan productos de firmas como MAC o Benefit por menos de seis euros— o la cultura del dupe, en la que la Generación Z celebra las copias asequibles de artículos de lujo. Según Vogue Business, encontrar un dupe y mostrarlo en redes se ha convertido en un gesto de orgullo y creatividad.

HalfPrice representa la otra cara de esa tendencia. Aquí no hay imitaciones, sino productos originales de marcas reconocidas, procedentes de excedentes o colecciones pasadas. Su propuesta es distinta: democratizar el acceso al lujo real, ofreciendo calidad y autenticidad a precios más bajos. En un escenario donde el consumidor busca valor sin renunciar al deseo de marca, HalfPrice ocupa un espacio intermedio entre el lujo inaccesible y el fast fashion: un lugar donde la autenticidad también puede ser asequible.

Una expansión a toda velocidad. En apenas un año, HalfPrice ha pasado de inaugurar su primera tienda española en Zaragoza el año pasado a contar con ocho establecimientos en distintas ciudades: Madrid, Almería, Bilbao, Cartagena, Lorca, Ponferrada y Cádiz.

A escala continental, la expansión es aún más ambiciosa. Fundada en 2021 en Polkowice (Polonia), HalfPrice ya está presente en 13 países europeos, con más de 150 tiendas y forma parte del conglomerado de moda CCC S.A.

Una nueva batalla en el retail. El auge de HalfPrice llega en paralelo a movimientos estratégicos de otros gigantes del sector. Es el caso de Shein, símbolo del fast fashion online, que ha decidido dar el salto al mundo físico con su primera tienda permanente en Europa, en el BHV Marais de París.

Mientras Shein experimenta con la tienda física, HalfPrice representa el camino inverso: del establecimiento tradicional al ecosistema digital. Ambas tendencias apuntan a la misma dirección: la convergencia entre el consumo online y la experiencia de tienda. A su vez, el modelo off-price refleja una respuesta al cansancio del consumidor ante el exceso de oferta y los precios inflados. Este tipo de tiendas “redefinen el valor percibido”, mezclando lo aspiracional con lo cotidiano, el lujo con la ganga.

¿Un lujo posible? En tiempos de inflación y precios disparados, HalfPrice se ha convertido en un símbolo de lo que podríamos llamar el “lujo posible”: marcas globales al alcance de un público amplio.

Pero su éxito también plantea una pregunta: ¿qué ocurre cuando la exclusividad deja de ser exclusiva? En los pasillos de estas macrotiendas, donde un bolso de Moschino comparte estante con una tostadora o un juguete, se dibuja un nuevo mapa del consumo europeo. Un mapa donde el lujo se busca, se compara y, si hay suerte, se encuentra con etiqueta rebajada.

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Red Eléctrica pidió calma. Acto seguido, miles de españoles acudieron en masa a comprar generadores y camping gas

Red Eléctrica pidió calma. Acto seguido, miles de españoles acudieron en masa a comprar generadores y camping gas

"El fantasma del gran apagón ha vuelto a recorrer España”, así lo resumía mi compañero tras conocerse que Red Eléctrica Española había detectado nuevas “variaciones bruscas de tensión” en la red peninsular. La noticia bastó para reactivar un temor reciente: quedarse otra vez a oscuras. Y con ese miedo, también se encendió la fiebre por las previsiones. 

En busca de las previsiones. La demanda de productos relacionados con el suministro energético y la supervivencia ha aumentado un 76%, según datos del comparador de precios europeo Idealo. Entre los que destacan los hornillos y camping gas, con un incremento del 253%, seguidos de las estaciones de energía en un 87%, las radios un 56% y las baterías portátiles un 49%. También se ha disparado el interés por productos como pastillas potabilizadoras de agua en un 20% y las linternas un 14%. 

Una alerta que encendió las alarmas. La alerta emitida por Red Eléctrica Española el 7 de octubre bastó para poner a la población en guardia. Aunque la compañía aseguró que las fluctuaciones de tensión “no suponen riesgo inminente de apagón”, la población reaccionó con rapidez. Muchos hogares, todavía con el recuerdo fresco del apagón del 28 de abril, comenzaron a reforzar sus kits de emergencia domésticos, tal y como recomendó la Comisión Europea a principios de año.

El gran precedente. La prudencia actual no es casual. Hace medio año, la península sufrió un apagón que dejó a todo el país sin luz durante más de doce horas. Durante aquella jornada, el caos se trasladó a las tiendas: colas interminables y estanterías vacías en ferreterías y grandes superficies. Los datos de Servimedia lo confirman: la demanda de generadores eléctricos se disparó un 639% y la de hornillos de camping gas un 547% en apenas 24 horas.

¿Histeria colectiva o prevención racional? Las cifras pueden sugerir una reacción emocional, pero los datos apuntan más bien a una nueva cultura de la previsión. Antes del apagón, solo el 5% de los españoles tenía preparado un kit de emergencia. Tras el suceso, la cifra se duplicó al 10%, y la intención de prepararlo pasó del 32% al 58%, como han detallado en YouGov.

El CIS añade que el 78% de los ciudadanos no sintió miedo durante el apagón, aunque el 53,5% reconoció que recordó el kit recomendado por la UE. Además, un 88,2% valoró positivamente el comportamiento cívico y solidario de sus vecinos durante aquellas horas de oscuridad. El fenómeno ha reavivado el debate: ¿estamos ante una “histeria colectiva energética” o ante una forma moderna de resiliencia doméstica?

El negocio del autoabastecimiento. En cuestión de meses, la preocupación por un posible corte eléctrico ha creado un nuevo nicho de mercado: el del autoabastecimiento energético. Las ventas de generadores, placas solares y hornillos se multiplicaron por cinco tras el apagón de abril. Grandes cadenas como Leroy Merlin o Decathlon agotaron sus existencias en horas, mientras que las ferreterías de barrio vivieron su particular agosto vendiendo linternas, radios y pilas.

La tendencia no ha frenado. Desde Idealo confirman que las búsquedas de estos productos siguen en ascenso. En paralelo, ha crecido el interés por las llamadas estaciones de energía portátiles, pequeños dispositivos capaces de cargar desde móviles hasta electrodomésticos básicos, y que ya figuran entre los artículos más consultados en internet.

La cultura “prepper” se normaliza. A esta fiebre de la prevención se suma el auge de los llamados preppers, personas que se preparan para emergencias. De hecho, dos de ellos describían cómo el apagón puso a prueba su preparación: sus kits les permitieron cocinar y mantenerse informados cuando la mayoría se quedó sin luz. Un fenómeno que, lejos de la excentricidad, refleja una creciente búsqueda de autonomía doméstica.

¿Una nueva conciencia energética? Red Eléctrica insiste en que “no hay riesgo inminente de apagón”, pero los ciudadanos —y el mercado— piensan distinto. La cultura del autoabastecimiento ha dejado de ser una rareza y se ha instalado en la mentalidad colectiva.

No hay apagón a la vista, pero sí un cambio: muchos prefieren fiarse de su generador antes que del sistema eléctrico. En tiempos de incertidumbre, la energía ya no solo se mide en kilovatios, sino también en tranquilidad. 

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Xataka | Un fantasma recorre España: el fantasma de otro apagón masivo provocado por los problemas de tensión en la red

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Europa necesita wolframio para su futuro eléctrico. Una minera sueca sabe donde encontrarlo: Ourense

Europa necesita wolframio para su futuro eléctrico. Una minera sueca sabe donde encontrarlo: Ourense

En la parroquia de Pentes, en el municipio ourensano de A Gudiña, las excavadoras ya han comenzado a remover tierra. Allí, en una ladera donde hasta hace poco solo se escuchaba el viento de la montaña, la minera sueca Eurobattery Minerals AB ha puesto en marcha los trabajos para extraer wolframio —también conocido como tungsteno—, un metal estratégico para la transición energética y tecnológica europea. Galicia se incorpora así al reducido grupo de regiones del continente con explotaciones activas de este mineral crítico.

Una mina estratégica para Europa. La empresa, a través de su filial gallega Tungsten San Juan, ha puesto en marcha su proyecto San Juan mientras prepara su solicitud para la segunda convocatoria de Proyectos Estratégicos bajo el Reglamento Europeo de Materias Primas Críticas (CRMA), que se abrirá en enero de 2026.

Los primeros movimientos de tierra y la construcción de una nave de servicios ya son visibles en la zona, como ha confirmado el Faro de Vigo. Cuando esté a pleno rendimiento, esta será la segunda explotación activa de wolframio en España, junto con la de Barruecopardo, en Salamanca.

Más en profundidad. El proyecto San Juan será una mina a cielo abierto con una meta que va más allá de la producción local: aportar wolframio europeo al nuevo ecosistema industrial del continente. La empresa ha comenzado con la mejora de infraestructuras y la construcción de una planta piloto con tecnología gravimétrica, mientras estima unas reservas de 60.000 toneladas de mineral con una ley del 1,3 % de WO₃. Son cifras modestas a escala global, pero significativas para una Europa que busca reducir su dependencia de las importaciones chinas de este metal crítico.

No ha sido un camino corto. Las tramitaciones arrancaron en 2016 con estudios geológicos, sondeos y la construcción de accesos, todo bajo la supervisión de la Xunta de Galicia. “Nuestro objetivo es producir tungsteno de forma responsable y eficiente dentro de Europa”, explica Agne Ahlenius, director general de Tungsten San Juan y antiguo responsable de la mina de Barruecopardo. “Con este proyecto, Galicia y España refuerzan su papel en la cadena europea de suministro de materias primas críticas”.

El metal que sostiene la transición energética. Pocos materiales concentran tanto valor estratégico como el wolframio. Su densidad, su resistencia y su altísimo punto de fusión lo convierten en un recurso clave para la industria moderna: desde las turbinas eólicas hasta la defensa, pasando por los semiconductores y los coches eléctricos. Pero detrás de su brillo técnico hay un conflicto global. China controla más del 80 % de la producción y, en los últimos meses, ha limitado aún más sus exportaciones. El resultado: precios disparados, incertidumbre en los mercados y un nuevo recordatorio de lo dependiente que sigue siendo Europa.

Para romper ese ciclo, Bruselas ha lanzado el Critical Raw Materials Act (CRMA), un plan para garantizar el acceso a minerales críticos dentro del territorio europeo. Según la Comisión Europea, estas iniciativas no solo buscan estabilidad económica: también apuntan a reforzar la autonomía industrial del continente y reducir su vulnerabilidad frente a las tensiones geopolíticas.

España, una ventana minera. El arranque del proyecto San Juan no es un hecho aislado. Forma parte de un movimiento mayor: el redescubrimiento del potencial minero de España. El país cuenta con proyectos de cobre, wolframio, vanadio, grafito y cobalto, además de nuevos yacimientos de tierras raras en Extremadura y Gran Canaria.

La Unión Europea se ha marcado metas claras. Quiere dejar de depender de terceros países para su suministro de materias primas, y el nuevo Reglamento de Materias Primas Críticas (CRMA) marca el camino: para 2030, al menos el 10 % de los minerales críticos deberán extraerse dentro de Europa, el 40 % procesarse en suelo comunitario y el 15 % proceder del reciclaje. Además, ningún país externo podrá concentrar más del 65 % del suministro. En ese mapa, España aparece como una pieza clave: con Galicia, Castilla y León, Andalucía y Extremadura a la cabeza, el país podría convertirse en una de las puertas de entrada a la nueva reindustrialización verde europea.

La autonomía europea está en Galicia. El rugido de las excavadoras en A Gudiña no solo marca el inicio de una nueva mina, sino el símbolo de un cambio de era. Europa quiere dejar atrás décadas de dependencia y construir una industria más soberana y sostenible.

Desde una ladera gallega, una pequeña mina de wolframio se ha convertido en parte de esa estrategia. Lo que empieza en Pentes puede ser, en el fondo, una pieza más del nuevo mapa energético y tecnológico de Europa.

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Xataka | El precio de la plata está explotando a niveles que no se veían desde 1980. La razón: necesitamos demasiada

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Europa necesita wolframio para su futuro eléctrico. Una minera sueca sabe donde encontrarlo: Ourense

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En la parroquia de Pentes, en el municipio ourensano de A Gudiña, las excavadoras ya han comenzado a remover tierra. Allí, en una ladera donde hasta hace poco solo se escuchaba el viento de la montaña, la minera sueca Eurobattery Minerals AB ha puesto en marcha los trabajos para extraer wolframio —también conocido como tungsteno—, un metal estratégico para la transición energética y tecnológica europea. Galicia se incorpora así al reducido grupo de regiones del continente con explotaciones activas de este mineral crítico.

Una mina estratégica para Europa. La empresa, a través de su filial gallega Tungsten San Juan, ha puesto en marcha su proyecto San Juan mientras prepara su solicitud para la segunda convocatoria de Proyectos Estratégicos bajo el Reglamento Europeo de Materias Primas Críticas (CRMA), que se abrirá en enero de 2026.

Los primeros movimientos de tierra y la construcción de una nave de servicios ya son visibles en la zona, como ha confirmado el Faro de Vigo. Cuando esté a pleno rendimiento, esta será la segunda explotación activa de wolframio en España, junto con la de Barruecopardo, en Salamanca.

Más en profundidad. El proyecto San Juan será una mina a cielo abierto con una meta que va más allá de la producción local: aportar wolframio europeo al nuevo ecosistema industrial del continente. La empresa ha comenzado con la mejora de infraestructuras y la construcción de una planta piloto con tecnología gravimétrica, mientras estima unas reservas de 60.000 toneladas de mineral con una ley del 1,3 % de WO₃. Son cifras modestas a escala global, pero significativas para una Europa que busca reducir su dependencia de las importaciones chinas de este metal crítico.

No ha sido un camino corto. Las tramitaciones arrancaron en 2016 con estudios geológicos, sondeos y la construcción de accesos, todo bajo la supervisión de la Xunta de Galicia. “Nuestro objetivo es producir tungsteno de forma responsable y eficiente dentro de Europa”, explica Agne Ahlenius, director general de Tungsten San Juan y antiguo responsable de la mina de Barruecopardo. “Con este proyecto, Galicia y España refuerzan su papel en la cadena europea de suministro de materias primas críticas”.

El metal que sostiene la transición energética. Pocos materiales concentran tanto valor estratégico como el wolframio. Su densidad, su resistencia y su altísimo punto de fusión lo convierten en un recurso clave para la industria moderna: desde las turbinas eólicas hasta la defensa, pasando por los semiconductores y los coches eléctricos. Pero detrás de su brillo técnico hay un conflicto global. China controla más del 80 % de la producción y, en los últimos meses, ha limitado aún más sus exportaciones. El resultado: precios disparados, incertidumbre en los mercados y un nuevo recordatorio de lo dependiente que sigue siendo Europa.

Para romper ese ciclo, Bruselas ha lanzado el Critical Raw Materials Act (CRMA), un plan para garantizar el acceso a minerales críticos dentro del territorio europeo. Según la Comisión Europea, estas iniciativas no solo buscan estabilidad económica: también apuntan a reforzar la autonomía industrial del continente y reducir su vulnerabilidad frente a las tensiones geopolíticas.

España, una ventana minera. El arranque del proyecto San Juan no es un hecho aislado. Forma parte de un movimiento mayor: el redescubrimiento del potencial minero de España. El país cuenta con proyectos de cobre, wolframio, vanadio, grafito y cobalto, además de nuevos yacimientos de tierras raras en Extremadura y Gran Canaria.

La Unión Europea se ha marcado metas claras. Quiere dejar de depender de terceros países para su suministro de materias primas, y el nuevo Reglamento de Materias Primas Críticas (CRMA) marca el camino: para 2030, al menos el 10 % de los minerales críticos deberán extraerse dentro de Europa, el 40 % procesarse en suelo comunitario y el 15 % proceder del reciclaje. Además, ningún país externo podrá concentrar más del 65 % del suministro. En ese mapa, España aparece como una pieza clave: con Galicia, Castilla y León, Andalucía y Extremadura a la cabeza, el país podría convertirse en una de las puertas de entrada a la nueva reindustrialización verde europea.

La autonomía europea está en Galicia. El rugido de las excavadoras en A Gudiña no solo marca el inicio de una nueva mina, sino el símbolo de un cambio de era. Europa quiere dejar atrás décadas de dependencia y construir una industria más soberana y sostenible.

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El plan silencioso de Pekín: dejar de importar gas y convertir su subsuelo en la nueva fortaleza energética

El plan silencioso de Pekín: dejar de importar gas y convertir su subsuelo en la nueva fortaleza energética

Mientras Europa vigilaba sus depósitos de gas a principios de septiembre –al 76%, un respiro ante el invierno que se avecina–, en el otro extremo del mundo China escribía otra historia. Lejos de la mentalidad preventiva, el gigante asiático está extrayendo gas a un ritmo sin precedentes. No se trata solo de llenar almacenes, sino de reescribir las reglas de su seguridad energética.

El despertar de un gigante gasístico. China ya era una potencia en materia energética: almacenando petróleo y un líder indiscutible en renovables. Pero ahora está tallando una nueva identidad: ser un eje del gas. 

En solo veinte años, Pekín ha logrado lo que pocos creían posible: virar de una dependencia casi absoluta de las importaciones hacia una producción doméstica en ascenso imparable. Según el analista John Kemp, la producción interna de gas no ha dejado de crecer a un ritmo cercano al 10% anual desde comienzos de siglo. Las provincias del noroeste –Xinjiang, Shaanxi, Mongolia Interior– han registrado incrementos aún más vigorosos, del 13%, mientras que la cuenca de Sichuan, más madura, mantiene un notable 9%.

Tres palancas principales. La primera apuesta ha sido la más arriesgada: llegar donde pocos llegan. Las grandes compañías estatales –Sinopec, CNOOC y PetroChina– han reorientado sus esfuerzos hacia pozos de hasta 10.000 metros de profundidad y al desarrollo del complejo gas de esquisto en Sichuan. . No es solo una cuestión técnica; es una estrategia política con un objetivo claro: reducir la dependencia del gas extranjero, aunque eso signifique perforar en formaciones geológicas hostiles y a un coste elevado.

La segunda palanca ha sido geográfica. Regiones antes secundarias en el mapa energético chino, como Xinjiang o Mongolia Interior, se han convertido en el nuevo motor gasístico del país. Con el respaldo decidido de Pekín, estas zonas concentran ahora proyectos de gas convencional y no convencional, respaldados por una red logística que las conecta con los centros de consumo del este.

La tercera jugada ha sido geopolítica. China y Rusia firmaron un memorando para la construcción del gasoducto Power of Siberia 2, una infraestructura que podría inyectar hasta 50.000 millones de metros cúbicos anuales desde Yamal hasta el norte de China. Aunque los detalles de precio y calendario siguen sobre la mesa, el mensaje está claro: Pekín asegura suministro a largo plazo, a precios probablemente rebajados, y se blinda frente a la volatilidad del mercado global de GNL.

Los números no mienten. Los datos oficiales recogidos por la agencia Xinhua reflejan este vuelco. Entre enero y junio de 2025, China produjo 130.800 millones de metros cúbicos de gas natural, un 5,8% más que en el mismo periodo del año anterior. Solo en junio, la producción alcanzó los 21.200 millones de metros cúbicos, con un crecimiento del 4,6% interanual. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) reconoce que el gas gana peso en el mix energético chino por su flexibilidad y menores emisiones frente al carbón, aunque advierte de que el país debe redoblar esfuerzos para cumplir sus metas climáticas.

Mientras, las importaciones de gas natural licuado (GNL) se hunden. Según los datos de la consultora Kpler recogidos por Bloomberg, las compras chinas de GNL caerán en septiembre un 22% interanual, hasta los 5,4 millones de toneladas. Es el undécimo mes consecutivo de descensos. Reuters anticipa que las importaciones totales de 2025 podrían reducirse entre un 6% y un 11%, lastradas por una demanda interna más floja, el aumento de la producción local y los mayores flujos por gasoducto desde Rusia y Asia Central.

Infraestructura para la independencia. China no solo está extrayendo más gas; también ha tejido una colosal red submarina que consolida su autonomía. El gigante asiático ya supera los 10.000 kilómetros de tuberías submarinas, una telaraña que conecta plataformas gasísticas, parques eólicos y refinerías con la red terrestre. 

Proyectos emblemáticos como el de la Bahía de Hohai o el campo Deep Sea No. 1 simbolizan esta nueva frontera energética. Esas tuberías transportan gas y crudo, y en el futuro están llamadas a llevar hidrógeno. El objetivo no es solo técnico; es estratégico: asegurar el suministro nacional y reducir la exposición a los vaivenes internacionales.

Previsiones. La AIE prevé que el consumo chino de gas alcance su pico hacia 2035, antes de estabilizarse con la electrificación y las renovables. En el corto plazo, la demanda seguirá moderada: el crecimiento industrial flojo y el impulso de la producción doméstica podrían mantener las importaciones de GNL en mínimos también en 2026. Mientras tanto, las inversiones en perforaciones profundas, la red offshore y los gasoductos rusos consolidan a China como actor autosuficiente y negociador fuerte frente a productores tradicionales como EEUU, Qatar o Australia.

El nuevo tablero. Europa guarda gas para sobrevivir al invierno. China, en cambio, cava más hondo para no necesitarlo. En apenas dos décadas, el país ha pasado de depender de los cargamentos metaneros a negociar desde la abundancia. Si los planes se cumplen —más producción nacional, tuberías hasta 2030 y Power of Siberia 2 operativo en la próxima década—, el mapa global del gas natural podría girar definitivamente hacia Asia.

Y el viejo continente, que hoy respira aliviado con sus reservas llenas, podría descubrir pronto que la próxima crisis energética no se decidirá en Moscú ni en doha, sino entre los despachos de Pekín.

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Xataka | El nuevo récord marítimo de China tiene forma de planta flotante de gas: 376 metros de largo y destino África

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Llevamos décadas hablando del “fin del petróleo”: en 2026 habrá tanto que no tendremos literalmente dónde meterlo

Llevamos décadas hablando del "fin del petróleo": en 2026 habrá tanto que no tendremos literalmente dónde meterlo

Nada nuevo bajo el sol, podría ser el eslogan de estos últimos meses en torno al petróleo. El domingo 5 de octubre, la OPEP+ volvió a abrir el grifo con un aumento de 137.000 barriles diarios a partir de noviembre. Según el comunicado oficial del cartel, la medida busca "mantener al estabilidad del mercado" ante unos "fundamentos saludables" y una "economía global estable". 

Sin embargo, los mercados no lo interpretaron así. El crudo de Brent cayó más de un 8% tras el anuncio, cerrando por debajo de los 65 dólares por barril, su nivel más bajo en tres meses. El mensaje político, a pesar de los rumores de más producción, fue claro: Arabia Saudí y Rusia no parecen dispuestas a ceder terreno. En palabras de Jorge León, analista de Rystad Energy: "La decisión no se centró en los barriles, sino en la señalización".

Un tsunami de petróleo. "El mercado del petróleo se dirige hacia un superávit inmenso a comienzos de 2026", advierte el analista Javier Blas. Según el banco Macquarie, la magnitud del exceso será “cartoonish”, es decir, de proporciones casi caricaturescas. Cuando la producción supera la demanda, el mercado adopta una forma peculiar: los precios a futuro se vuelven más altos que los del presente. Es lo que los operadores llaman un contango, un incentivo para comprar crudo ahora, almacenarlo y venderlo después a un precio más alto.

El problema, según el propio Blas, es que esta vez almacenar petróleo será mucho más caro. Con los tipos de interés estadounidenses por encima del 4% —frente al 1% en 2020—, financiar el almacenamiento de millones de barriles resultará “más difícil y costoso que en cualquier otro contango de los últimos 25 años”. En otras palabras: sobrará petróleo, pero guardarlo será caro.

No es fruto del azar. La actual situación no se explica solo por la dinámica del mercado, sino también por una compleja red de decisiones geopolíticas y financieras. Durante años, Riad lideró recortes de producción para sostener los precios, pero el gobierno saudí ha decidido ahora relajar esas restricciones. Como han detallado en New York Times, el cambio responde al cansancio de producir por debajo de su capacidad para beneficiar a países que no siempre cumplen los acuerdos. "El Reino ha reevaluado el costo de sostener las ganancias de otros productores", señaló Helima Croft, de RBC Capital Markets. Además, Mohammed bin Salman busca mantener una relación fluida con Donald Trump, que prefiere precios más bajos para los consumidores estadounidenses. Como explica Bachar El-Halabi, analista de Argus Media: "Los saudíes entienden que Estados Unidos es su aliado estratégico más importante”.

Los aumentos reales han sido modestos y que los analistas interpretan la maniobra como una “prueba de los límites de la demanda”, más que como una guerra de precios. De hecho, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) estima que la OPEP+ ha añadido 1,5 millones de barriles diarios desde el primer trimestre, muy por debajo de los 2,5 millones prometidos. Para algunos analistas, esta cifra indica que el mercado ha absorbido los nuevos volúmenes sin sobresaltos y que la demanda podría ser más fuerte de lo previsto.

China, el factor X. En paralelo, desde Pekín se han convertido en el amortiguador del exceso global. El país ha comprado 150 millones de barriles más de los que consume, gastando unos 10.000 millones de dólares en petróleo que no necesita de inmediato. 

Una nueva ley energética obliga a mantener reservas estratégicas tanto en el sector público como en el privado, el gigante asiático ha llenado hasta el 90% del almacenamiento mundial medible de crudo. El motivo, dicen los analistas, es doble: aprovechar los precios moderados y garantizar su seguridad energética ante un posible conflicto por Taiwán. Mientras siga absorbiendo el exceso, el mercado global se mantendrá a flote. Pero el día que China reduzca sus compras, la sobreoferta saldrá a la superficie con fuerza.

Los tipos de interés cambian el juego. En épocas anteriores —como 2008, 2014 o 2020—, los traders aprovecharon el contango para almacenar petróleo y obtener beneficios asegurados. Pero ahora, con el dinero más caro, el negocio se complica.

Según cálculos citados por Bloomberg, si los tipos se mantienen en los niveles actuales, el contango deberá ensancharse al menos un dólar por barril para compensar el coste de financiación. En términos simples: para que guardar petróleo vuelva a ser rentable, los precios futuros tendrán que subir aún más.

Efectos por todos los frentes. Por un lado, los precios están bajo presión debido al exceso tan grande a vista. De esta manera, los precios del crudo podrían caer por debajo de los 60 dólares el barril. Blas advierte que"el umbral de los 60 dólares parece extremadamente vulnerable ante el tsunami de oferta que se aproxima". Para los consumidores, esto sería una buena noticia: combustible más barato y menor presión inflacionaria, pero para los países productores —en especial los más dependientes del crudo— supondría un golpe a sus ingresos fiscales. Arabia Saudí necesita precios cercanos a 90 dólares por barril para equilibrar sus cuentas públicas, mientras Emiratos puede hacerlo con 50.

Por otro lado, la política internacional añade incertidumbre. La administración Trump ha autorizado por primera vez la entrega de inteligencia y misiles de largo alcance a Ucrania para atacar infraestructuras energéticas rusas. Si refinerías u oleoductos se convierten en objetivos, el suministro global podría verse alterado justo cuando los mercados ya están saturados. Paradójicamente, demasiado petróleo y demasiada guerra podrían coexistir al mismo tiempo.

El escenario a futuro. El mercado del crudo avanza hacia un 2026 incierto. Los analistas dibujan varios posibles caminos:

El petróleo que ya no cabe. Durante años, el miedo fue quedarnos sin petróleo. Hoy, el problema es el contrario: no sabremos dónde guardarlo. Como ha resumido Javier Blas: "Un contango se avecina; la única duda es cuán profundo será". Cuando esa curva se invierta y los tanques se llenen, el mundo descubrirá que el exceso también puede ser una forma de crisis. El petróleo, una vez más, no solo mueve la economía: marca el pulso del poder global.

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Xataka | En un acuerdo crucial Ucrania le ha dado a EEUU su mejor arma. A cambio ha recibido algo inédito: un mapa para tumbar a Rusia

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Hace 125.000 años los neandertales comían huesos para sobrevivir. Hoy hemos descubierto que tenían razón

Hace 125.000 años los neandertales comían huesos para sobrevivir. Hoy hemos descubierto que tenían razón

En la comedia policial Brooklyn 99, durante una fiesta el detective Charles Boyle conoce a la escritora gastronómica Vivian Ludley, con quien charla acerca de la última comida en la Tierra. El policía, en un clamor por su amor a la comida francesa, elige el Hortelano: un diminuto pájaro francés que se come de un solo bocado, con piel, vísceras y huesos. "Un desafío a Dios", lo llaman. Vivian responde que la práctica es ilegal, pero confiesa que tuvo permiso académico para probar uno: “El pico era muy crujiente”, recuerda con fascinación.

La escena puede parecer excéntrica, pero abre una pregunta que no es menor: ¿qué hay en los huesos que los hace tan valiosos —y a la vez tan polémicos— en la historia de la alimentación?

El olvido occidental. Durante siglos, los huesos formaron parte natural de la dieta humana. Los neardentales llegaron a montar “fábricas de grasa” en lugares como Neumark-Nord (Alemania), donde hace 125.000 años rompían huesos de ciervos, caballos y bovinos para extraer tuétano y calentar fragmentos con agua hasta obtener lípidos aprovechables. No era capricho: era supervivencia, un modo de evitar la llamada inanición del conejo, provocada por comer demasiada proteína magra sin suficiente grasa.

Más tarde, muchas culturas continuaron con la práctica. En África subsahariana, por ejemplo, comunidades rurales aún mastican huesos largos como parte de la dieta cotidiana. En Asia es común comer colas y aletas de pescado fritas hasta quedar crujientes. Y en Europa, la cocina popular siempre recurrió a las espinas de sardinas y boquerones en conserva, ablandadas por la esterilización.

Sin embargo, hablando hoy por hoy de lo que son los huesos como tal, esta práctica  de consumirlos desapareció. La mayoría de la carne llega al plato limpia, deshuesada, lista para evitar incomodidades. El hueso se ha relegado al papel secundario del caldo. Como explica la chef Jennifer McLagan: “Ya no vemos los huesos como algo útil. La gente los considera una molestia, algo de lo que deshacerse”. Pero esa percepción empieza a resquebrajarse a través de la búsqueda de “superalimentos”, y los huesos vuelven a estar sobre la mesa.

¿Qué hay dentro de los huesos? La respuesta corta sería nutrientes esenciales. Pero no voy a ser tan simplista, los huesos están formados principalmente por calcio y fósforo, además de contener hierro, magnesio y potasio. En términos proteicos, hasta un 25 y 33% del contenido de un animal corresponde al colágeno, una proteína estructural clave para huesos, piel y articulaciones.

En mi caso, lo descubrí por accidente. Tras una lesión haciendo crossfit, el traumatólogo me habló de la importancia del colágeno para recuperar tejidos. Más allá de recetar suplementos —que también— me abrió la puerta a los caldos de hueso de ternera, ricos en colágeno natural. Fue mi primer contacto consciente con esta parte del animal que solemos tirar sin pensar.

La ciencia detrás. En un reportaje de National Geographic describen como los huesos son uno de los tejidos más densos en nutrientes: aportan colágeno, médula grasa y minerales. Pero la ciencia matiza.

Un artículo, publicado en Frontiers in Nutrition, señala que los beneficios son modestos: algunos ensayos muestran mejoras leves en piel y articulaciones, aunque con limitaciones metodológicas. Un metaanálisis en Orthopedic Reviews apunta efectos positivos en la salud ósea y articular, pero insiste en la necesidad de estudios más amplios y estandarizados.

Además, no estamos diseñados para morder huesos duros: pueden astillarse, dañar dientes o perforar el tracto digestivo. Y los huesos de animales grandes tienden a acumular metales pesados como plomo o cadmio, lo que desaconseja consumirlos en exceso o en polvo no controlado, según Healthline.

El calor y la presión de los caldos largos permiten extraer colágeno y minerales de forma segura, y algunos estudios sugieren cierto beneficio al ingerir péptidos de colágeno. Sin embargo, las revisiones de los estudios consultados coinciden: faltan ensayos de calidad, con protocolos estandarizados y marcadores clínicos claros.

¿Una nueva tendencia? El interés por los huesos no ocurre en el vacío. Hace un par de meses, se viralizó la "dieta carnívora" para bebés: familias que ofrecen costillas o médula a sus hijos como parte del baby-led weaning. Las autoridades sanitarias y expertos coinciden en que introducir carne a partir de los seis meses es recomendable por su hierro y zinc. Pero advierten que una dieta estrictamente carnívora en bebés carece de fibra y vitamina C, nutrientes esenciales para el desarrollo.

Al mismo tiempo, startups en Europa y Asia experimentan con productos a base de hueso pulverizado: panes, salchichas, patés o nuggets que incorporan calcio y colágeno sin incomodar al consumidor. Según National Geographic, los resultados iniciales son positivos: cuando el hueso aparece como ingrediente invisible, la aceptación es alta.

El colágeno está más presente. La cosmética coreana y las redes sociales han convertido al colágeno en un fenómeno global, asociado ya no solo a la salud articular u ósea, sino sobre todo a la belleza y el antienvejecimiento. De cremas faciales a polvos solubles para el café, la promesa es borrar arrugas, combatir la flacidez y rejuvenecer la piel. Sin embargo, voces escépticas como la del cirujano Afshin Mosahebi recuerdan que la evidencia científica es limitada y que, al ingerirlo, el colágeno no llega intacto a la dermis: se descompone en aminoácidos como cualquier otra proteína.

El caldo de huesos es un clásico nutritivo y reconfortante, pero no un anti-edad garantizado. El verdadero secreto para envejecer bien sigue estando en hábitos básicos: no fumar, protegerse del sol, mantener una dieta equilibrada y dormir lo suficiente.

Un regreso inesperado. De las “fábricas de grasa” neandertales a la cosmética coreana, los huesos han acompañado a la humanidad en múltiples formas. Hoy vuelven a escena entre caldos y polvos de colágeno. La diferencia es que, esta vez, no llegan como recurso de supervivencia, sino como producto de mercado: lo que antes se tiraba, ahora se vende como tendencia.

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Xataka | Los boomers confían en pastillas y suplemento, la generación Z en "snacks funcionales": dos formas de buscar lo mismo

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La megaplanta de Altri ha causado una enorme respuesta social en Galicia. Y ahora el Gobierno le ha dado la estocada

La megaplanta de Altri ha causado una enorme respuesta social en Galicia. Y ahora el Gobierno le ha dado la estocada

En abril de 2022, la compañía portuguesa Altri eligió Palas de Rei en Lugo para instalar una gran planta destinada inicialmente a fibras textiles (lyocell). Fue presentada como “el proyecto más importante” de la candidatura gallega a los fondos Next Generation y recibió respaldo político temprano. Sin embargo, conforme se conocieron los trámites y el alcance real, colectivos y medios críticos comenzaron a referirse a la iniciativa como una gran pastera de celulosa, con impactos mucho más amplios de los que sugería la etiqueta de “biofábrica”. 

Tres años después, el plan estrella se queda sin enchufe: el Gobierno central lo deja fuera de la planificación eléctrica hasta 2030, y el proyecto entra en zona de riesgo. 

La decisión que lo cambia todo: sin subestación, no hay proyecto
Esta semana, el Ministerio para la Transición Ecológica ha dejado fuera de su planificación 2025-2030 tanto la subestación como el acceso a la red que Altri reclamaba para su planta. Según explica El País, el Ejecutivo ha priorizado inversiones “más viables”, con mayor retorno socioeconómico y menor impacto ambiental, y evita cargar a los consumidores costes de redes asociadas a proyectos con incertidumbre financiera. Greenfiber —la sociedad promotora participada por Altri y Greenalia— sostiene que se trata de una resolución “puramente política” y anuncia recursos; el PP de Galicia habla de “castigo” a la industria lucense, mientras plataformas vecinales y ecologistas celebran el paso, sin bajar la guardia.

El no del Gobierno central. La Secretaría de Estado de Energía alega que la subestación y la conexión pedidas solo darían servicio a este proyecto, cuya ejecución no tiene aún garantizada su financiación, incluida la petición de 250 millones de euros en ayudas públicas (PERTE de descarbonización). “No podemos asumir una inversión de red que podría quedar ociosa”, trasladan fuentes del Ministerio. Por su parte, según El Confidencial, Altri advierte: “Sin conexión no hay inversión”, pero avanza que agotará “todos los mecanismos de recurso”.

La postura de la Xunta. El gobierno gallego sostiene que el proyecto cumple y que la DIA favorable (publicada en el DOG) avala su viabilidad ambiental bajo condiciones y programa de vigilancia, a la espera de otras autorizaciones. La Xunta insiste en que la fábrica sería “energéticamente neutra” y que su exclusión eléctrica “saca a Lugo del mapa industrial”. Por ello, como detallan en El Confidencial, se ha traducido en un enfrentamiento político se ha traducido en duros cruces entre Alfonso Rueda y el líder del PSdeG, José Ramón Gómez Besteiro, que adelantó la decisión del Gobierno. 

El proyecto desde dentro. Diferentes colectivos de plataformas vecinales como Ulloa Viva, cofradías de mariscadores de la ría de Arousa y ONG como ADEGA y Greenpeace alertan de tres impactos clave:

  • Agua: captación de 46 millones de litros diarios del Ulla y vertido de unos 30 millones de litros/día —parte a 27 °C— en un río ya tensionado por episodios de eutrofización, con afección potencial a la ría de Arousa.
  • Materia prima: consumo anual estimado de madera entre 1,2 millones de m³ y hasta 2,4 millones de toneladas de eucalipto. La divergencia de cifras subraya la polémica sobre la eucaliptización y sus efectos sobre biodiversidad e incendios.
  • Emisiones y aire: chimenea de 75 metros y emisiones de compuestos precursores de lluvia ácida, con medidas correctoras sujetas a normativa.

La guerra del agua llega a los tribunales. Mientras se despeja el tablero eléctrico, se enciende el judicial. ADEGA y la Plataforma en Defensa da Ría de Arousa (PDRA), junto a la CIG, han interpuesto recursos contencioso-administrativos para que se declare caducado el expediente de concesión de aguas, al haberse superado el plazo legal de 18 meses sin resolución, según El Salto. A la ofensiva se han sumado siete cofradías del Ulla-Arousa y todo el sector del mejillón gallego. La Xunta replica que la complejidad del procedimiento justifica la demora y que no hay perjuicio a terceros, una interpretación que los demandantes rechazan por generar “inseguridad jurídica”. 

¿Y ahora qué? La exclusión eléctrica abre un periodo de alegaciones y una probable judicialización más intensa del expediente. Aunque la DIA favorable de la Xunta mantiene vivo el cauce administrativo, la “pinza” de red eléctrica y concesión de aguas coloca al proyecto en su momento más frágil. “Sin agua y sin conexión”, coinciden los detractores, “no hay macrocelulosa”.

Galicia vuelve a vivir un pulso entre promesa industrial y protección del territorio. Entre una inversión que la Xunta considera tractora y una licencia social que, por ahora, no llega. La planta de Palas de Rei, símbolo de ese conflicto, queda en el aire: a un lado, la falta de red y el frente judicial; al otro, el empeño político por mantenerla a flote. El desenlace ya no se dirime solo en despachos: también en las riberas del Ulla y en la ría de Arousa —y en los tribunales.

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Xataka | Renfe está encantada con tener competencia en el Madrid-Galicia. Sobre todo, desde que sabe que no tendrá competencia

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