A menos de 150 kilómetros de Taiwán EEUU no para de acumular misiles. Es lo más parecido a la preparación de una guerra

A menos de 150 kilómetros de Taiwán EEUU no para de acumular misiles. Es lo más parecido a la preparación de una guerra

De un tiempo a esta parte, la posición de Taiwán en el equilibrio estratégico global se ha convertido en uno de los ejes principales sobre los que se articula la competencia de poder entre Estados Unidos y China. La isla no solo representa un punto de identidad política para Pekín o un símbolo de compromiso democrático para Washington, sino también un nodo geográfico decisivo en la arquitectura militar del Pacífico.

Y luego hay un estrecho entre ambos.

Las distancias. El acceso marítimo a la isla, las rutas aéreas que la circundan y la estrecha franja de aguas que la separa de Filipinas y Japón definen buena parte del tablero en el que se decide hasta dónde puede proyectarse la fuerza china y hasta dónde puede contenerse desde fuera. 

Así, la crisis que se perfila no está hecha únicamente de declaraciones o doctrinas: está hecha de islas concretas, corredores marítimos estrechos y decisiones políticas tomadas en comunidades pequeñas que, de improviso, se convierten en frontera geopolítica.

El estrecho bélico. Contaba en un extenso reportaje Reuters que la cadena de ejercicios militares continuos y el despliegue de misiles antibuque en las islas más septentrionales de Filipinas revelan una estrategia estadounidense que asume que el control de los estrechos del Pacífico occidental es decisivo para impedir que la armada china opere con libertad en mar abierto. 

Y en ese punto, la provincia de Batanes, hasta hace pocos años un territorio tranquilo dedicado a la pesca y a la agricultura de subsistencia, se ha convertido en un punto de importancia crítica, debido a su posición en el extremo sur del Bashi Channel, la estrecha vía marítima que conecta el mar de China Meridional con el Pacífico occidental. 

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Bashi se encuentra entre la isla Mavulis y la isla Orquídea

La llegada de un arsenal. El establecimiento de una presencia militar rotatoria, pero prácticamente permanente, con despliegues de sistemas de misiles móviles capaces de bloquear el paso de buques de superficie, ha transformado este territorio en un componente esencial de la llamada Primera Cadena de Islas, la línea de contención que Estados Unidos, Japón y Filipinas pretenden mantener para limitar la capacidad china de influir más allá de sus aguas litorales. 

Las poblaciones locales, conscientes del precedente histórico de 1941, viven con el temor de ver cómo su día a día puede verse repentinamente interrumpido por la lógica de la disuasión o de la escalada.

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Ejercicios del Liaoning en el Pacífico

La incertidumbre de filipinas. El gobierno de Manila se mueve en la paradoja de un país que no desea verse arrastrado a una guerra, pero que reconoce que la geografía hace inevitable cualquier implicación en caso de conflicto en el estrecho de Taiwán. La administración de Ferdinand Marcos Jr. ha reabierto sin ambigüedad la cooperación militar con Estados Unidos, otorgando acceso ampliado a bases en Luzón y reforzando el número y la duración de los ejercicios conjuntos. 

Ante la posibilidad de un ataque o un bloqueo sobre Taiwán, Filipinas se prepara no solo para operaciones de defensa, sino para el retorno forzoso de decenas de miles de trabajadores filipinos desde la isla. La perspectiva de un flujo repentino de refugiados, interrupciones en las rutas de abastecimiento y la necesidad de operar bajo condiciones de escasez han llevado a las autoridades provinciales a plantear planes de contingencia agrícolas y logísticos que devuelven la vida cotidiana a un estado de prudente alerta.

China y la reunificación. Para Pekín, la cuestión de Taiwán es presentada como un asunto interno que no admite negociación externa. El liderazgo chino sostiene que la reunificación es una dirección histórica que tarde o temprano se concretará, y que cualquier intervención extranjera constituye una violación inaceptable de su soberanía. 

De ahí que la presencia militar estadounidense en Filipinas, el despliegue de misiles y la intensificación de los ejercicios sean interpretados por China no como medidas defensivas, sino como intentos deliberados de restringir su margen de acción y condicionar su capacidad de respuesta. El aumento de las operaciones navales chinas a través del Bashi Channel, la presencia de grupos de portaaviones en el Pacífico occidental y las tácticas de presión de baja intensidad contra patrullas filipinas se inscriben en un juego de señales cuidadosamente calibrado.

La ambigüedad de Washington. Esta semana, Donald Trump ha reiterado que Xi Jinping conoce las consecuencias de un ataque contra Taiwán, mientras se niega a concretar si Estados Unidos interviniera militarmente. Este gesto de opacidad, fiel a la doctrina de ambigüedad estratégica, busca mantener a la vez la disuasión sobre Pekín y el control sobre las decisiones de Taipéi, evitando que la isla declare una independencia formal que pudiera acelerar el choque. 

La diferencia respecto al enfoque del gobierno anterior es de tono más que de fondo: si Biden tendía a verbalizar de forma explícita la defensa de Taiwán, Trump desplaza el énfasis hacia la percepción de riesgo por parte de los líderes chinos. La ambigüedad no solo preserva margen diplomático; también evita encadenar automáticamente a Estados Unidos a una guerra abierta si se produjera una escalada inesperada.

Islas clave. Así las cosas, la preparación para un posible conflicto en torno a Taiwán no está ocurriendo en centros de poder abstractos, sino en territorios insulares donde la vida cotidiana depende de barcos de abastecimiento y donde cada viento del Pacífico trae consigo la memoria de conflictos pasados. 

La ampliación de presencia militar estadounidense en Filipinas, la presión china por romper los límites impuestos por la cadena de islas y la ambigüedad calculada de Washington forman un equilibrio inestable que ya modifica la vida en esas comunidades. El futuro de la región no se decidirá solo en grandes cumbres diplomáticas, sino en la capacidad de unos pocos territorios estrechos de convertirse en barrera, acceso o detonante de un cambio mayor en el orden global.

Imagen | PiCryl, NATO, rhk111, Army Map Service

En Xataka | China le ha pedido a Rusia un batallón aerotransportado y entrenamiento. Eso solo puede significar una cosa: preparan un desembarco 

En Xataka | EEUU estudió qué pasaría si entra en guerra con China: ahora ha iniciado una carrera desesperada por duplicar misiles 



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Las tiendas de conveniencia eran un emblema de Japón. Hasta que la crisis demográfica ha revelado el lado oscuro de abrir 24 horas

Las tiendas de conveniencia eran un emblema de Japón. Hasta que la crisis demográfica ha revelado el lado oscuro de abrir 24 horas

Las tiendas de conveniencia japonesas, conocidas como konbini, no son simples comercios donde se compra comida rápida o productos básicos, son parte profunda del entramado social del país. Su éxito se mide no solo en cifras (más de 55.000 establecimientos repartidos por las 47 prefecturas) sino en la manera en que acompañan la vida diaria: permiten pagar facturas, enviar paquetes, imprimir documentos, comprar entradas para espectáculos, resolver imprevistos, refugiarse en caso de emergencia o simplemente tomarse un descanso en ellas.

Y ahora que el país no para de envejecer, las tiendas están heridas de muerte.

El konbini. Pensemos que, en barrios urbanos, pueblos rurales o áreas costeras aisladas, estos establecimientos se han convertido en la infraestructura mínima indispensable donde antes había oficinas de correos, bancos o pequeños comercios familiares ya desaparecidos. 

La tienda, por tanto, no es solo un negocio: es un espacio seguro, abierto y disponible las 24 horas, un punto de apoyo emocional y logístico que ha moldeado el ritmo cotidiano japonés y ha cautivado incluso a millones de turistas, que encuentran en estos establecimientos una mezcla de eficiencia, calidez y minuciosidad estética difícil de replicar.

Eficacia y expansión. Recordaba el New York Times en verano que el desarrollo del konbini japonés ha sido el resultado de una evolución de décadas. Desde que 7-Eleven abrió su primera tienda en Japón en 1974, la combinación de horarios ininterrumpidos, comida fresca de calidad (onigiri, bentō, fideos, postres de temporada) y servicios integrados convirtió al modelo en un fenómeno único

Para muchos habitantes, estas tiendas son literalmente la tienda más cercana, el cajero automático más accesible, el lugar donde se acude cuando algo falta o algo ocurre. La imagen asociada es la de precisión: estanterías perfectamente ordenadas, máquinas de café impecables, empleados atentos, comida renovada continuamente y un sentido de disponibilidad total. 

Convenience Store Interior

De Japón al mundo. Este éxito interno se proyectó hacia afuera, de forma que 7-Eleven, hoy propiedad japonesa, es la cadena minorista más numerosa del planeta, y los planes de expansión global apuntan principalmente a Norteamérica. El konbini se convirtió en una imagen exportable de Japón: eficaz, amable, fiable.

El reverso oculto. Pero no todo brillaba igual. Una pieza del Financial Times ha desvelado que detrás de esa fachada de perfección funcional se encuentra un sistema de franquicias sometido a tensiones cada vez más intensas. Japón envejece, la población activa disminuye y los pequeños comercios tienen crecientes dificultades para contratar personal

El modelo exige tiendas abiertas 24 horas, siete días a la semana, y la presión por no cerrar recae directamente en los propietarios. El caso de Akiko y su marido, gerente de un 7-Eleven que trabajó sin un solo día de descanso durante seis meses hasta morir por suicidio, reveló con crudeza el precio humano de esta perfección silenciosa. 

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Y más. No fue un caso aislado: una inspección laboral reconoció la relación entre la muerte y el exceso de trabajo, pero la raíz del problema es estructural. Los franquiciados deben entregar entre el 40% y el 70% del beneficio bruto a la compañía matriz, lo que reduce su margen y les expone a absorber personal, horas extra y cargas imprevistas. La eficiencia visible tiene, por tanto, un coste invisible.

La crisis del modelo. Ante el problema, las cadenas 7-Eleven, FamilyMart y Lawson han intentado flexibilizar horarios, introducir cajas automáticas, sistemas de pedidos asistidos por IA y robots de limpieza para reducir la necesidad de mano de obra. Pero ninguna de esas medidas resuelve la ecuación principal: menos trabajadores disponibles y más horas de apertura sostenidas por menos personas. 

El consumo interno tampoco crece como antes, lo que limita la capacidad de los propietarios para aumentar nóminas. A medida que los mínimos salariales suben, los márgenes se estrechan todavía más. Muchos gerentes trabajan gratis durante decenas de horas para mantener sus tiendas abiertas. Algunos confiesan que, en el estado actual, cerrar sería una opción más racional que seguir operando. La fragilidad del sistema se hace así visible: si no hay nuevos franquiciados dispuestos a tomar el relevo, el modelo puede colapsar.

Adaptación o adiós. La respuesta de las compañías apunta hacia una transformación profunda del modelo. 7-Eleven estudia contratos renovados a partir de 2027, posiblemente orientándose hacia el modelo de “mega-franquicias”, donde un mismo propietario gestiona múltiples tiendas y distribuye recursos humanos entre ellas. 

Sin embargo, esto implica una concentración del negocio y podría desplazar aún más a los pequeños propietarios independientes que históricamente definieron el konbini como espacio comunitario. La cuestión central es si el konbini seguirá siendo una red capilar conectada al territorio o si se convertirá en un sistema corporativo centralizado, más rentable pero menos cercano.

El gran dilema. Si se quiere, el konbini nació como símbolo de proximidad y servicio sin fricción, y se convirtió en parte de la memoria emocional de Japón: lugares abiertos cuando todo lo demás está cerrado, espacios donde la rutina cotidiana tiene una pausa amable. Pero ese mismo ideal ha sido sostenido durante décadas por personas cuyos esfuerzos se han invisibilizado bajo la superficie de la eficiencia. 

Hoy, el sistema se enfrenta a un límite que no es tecnológico, sino humano. El futuro del konbini dependerá de si Japón logra reequilibrar el contrato entre la comunidad, la empresa y quienes mantienen las puertas abiertas a cualquier hora los 365 días del año. Si consigue adaptarse sin sacrificar a quienes lo sostienen, seguirá siendo una institución íntima y esencial. Si no, podría convertirse en el emblema de una sociedad que supo cuidar cada detalle… excepto a las personas que lo hacían posible.

Imagen | Pexels, Japanexperterna, shankar s.

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Las tiendas de conveniencia japonesas, conocidas como konbini, no son simples comercios donde se compra comida rápida o productos básicos, son parte profunda del entramado social del país. Su éxito se mide no solo en cifras (más de 55.000 establecimientos repartidos por las 47 prefecturas) sino en la manera en que acompañan la vida diaria: permiten pagar facturas, enviar paquetes, imprimir documentos, comprar entradas para espectáculos, resolver imprevistos, refugiarse en caso de emergencia o simplemente tomarse un descanso en ellas.

Y ahora que el país no para de envejecer, las tiendas están heridas de muerte.

El konbini. Pensemos que, en barrios urbanos, pueblos rurales o áreas costeras aisladas, estos establecimientos se han convertido en la infraestructura mínima indispensable donde antes había oficinas de correos, bancos o pequeños comercios familiares ya desaparecidos. 

La tienda, por tanto, no es solo un negocio: es un espacio seguro, abierto y disponible las 24 horas, un punto de apoyo emocional y logístico que ha moldeado el ritmo cotidiano japonés y ha cautivado incluso a millones de turistas, que encuentran en estos establecimientos una mezcla de eficiencia, calidez y minuciosidad estética difícil de replicar.

Eficacia y expansión. Recordaba el New York Times en verano que el desarrollo del konbini japonés ha sido el resultado de una evolución de décadas. Desde que 7-Eleven abrió su primera tienda en Japón en 1974, la combinación de horarios ininterrumpidos, comida fresca de calidad (onigiri, bentō, fideos, postres de temporada) y servicios integrados convirtió al modelo en un fenómeno único

Para muchos habitantes, estas tiendas son literalmente la tienda más cercana, el cajero automático más accesible, el lugar donde se acude cuando algo falta o algo ocurre. La imagen asociada es la de precisión: estanterías perfectamente ordenadas, máquinas de café impecables, empleados atentos, comida renovada continuamente y un sentido de disponibilidad total. 

Convenience Store Interior

De Japón al mundo. Este éxito interno se proyectó hacia afuera, de forma que 7-Eleven, hoy propiedad japonesa, es la cadena minorista más numerosa del planeta, y los planes de expansión global apuntan principalmente a Norteamérica. El konbini se convirtió en una imagen exportable de Japón: eficaz, amable, fiable.

El reverso oculto. Pero no todo brillaba igual. Una pieza del Financial Times ha desvelado que detrás de esa fachada de perfección funcional se encuentra un sistema de franquicias sometido a tensiones cada vez más intensas. Japón envejece, la población activa disminuye y los pequeños comercios tienen crecientes dificultades para contratar personal

El modelo exige tiendas abiertas 24 horas, siete días a la semana, y la presión por no cerrar recae directamente en los propietarios. El caso de Akiko y su marido, gerente de un 7-Eleven que trabajó sin un solo día de descanso durante seis meses hasta morir por suicidio, reveló con crudeza el precio humano de esta perfección silenciosa. 

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Y más. No fue un caso aislado: una inspección laboral reconoció la relación entre la muerte y el exceso de trabajo, pero la raíz del problema es estructural. Los franquiciados deben entregar entre el 40% y el 70% del beneficio bruto a la compañía matriz, lo que reduce su margen y les expone a absorber personal, horas extra y cargas imprevistas. La eficiencia visible tiene, por tanto, un coste invisible.

La crisis del modelo. Ante el problema, las cadenas 7-Eleven, FamilyMart y Lawson han intentado flexibilizar horarios, introducir cajas automáticas, sistemas de pedidos asistidos por IA y robots de limpieza para reducir la necesidad de mano de obra. Pero ninguna de esas medidas resuelve la ecuación principal: menos trabajadores disponibles y más horas de apertura sostenidas por menos personas. 

El consumo interno tampoco crece como antes, lo que limita la capacidad de los propietarios para aumentar nóminas. A medida que los mínimos salariales suben, los márgenes se estrechan todavía más. Muchos gerentes trabajan gratis durante decenas de horas para mantener sus tiendas abiertas. Algunos confiesan que, en el estado actual, cerrar sería una opción más racional que seguir operando. La fragilidad del sistema se hace así visible: si no hay nuevos franquiciados dispuestos a tomar el relevo, el modelo puede colapsar.

Adaptación o adiós. La respuesta de las compañías apunta hacia una transformación profunda del modelo. 7-Eleven estudia contratos renovados a partir de 2027, posiblemente orientándose hacia el modelo de “mega-franquicias”, donde un mismo propietario gestiona múltiples tiendas y distribuye recursos humanos entre ellas. 

Sin embargo, esto implica una concentración del negocio y podría desplazar aún más a los pequeños propietarios independientes que históricamente definieron el konbini como espacio comunitario. La cuestión central es si el konbini seguirá siendo una red capilar conectada al territorio o si se convertirá en un sistema corporativo centralizado, más rentable pero menos cercano.

El gran dilema. Si se quiere, el konbini nació como símbolo de proximidad y servicio sin fricción, y se convirtió en parte de la memoria emocional de Japón: lugares abiertos cuando todo lo demás está cerrado, espacios donde la rutina cotidiana tiene una pausa amable. Pero ese mismo ideal ha sido sostenido durante décadas por personas cuyos esfuerzos se han invisibilizado bajo la superficie de la eficiencia. 

Hoy, el sistema se enfrenta a un límite que no es tecnológico, sino humano. El futuro del konbini dependerá de si Japón logra reequilibrar el contrato entre la comunidad, la empresa y quienes mantienen las puertas abiertas a cualquier hora los 365 días del año. Si consigue adaptarse sin sacrificar a quienes lo sostienen, seguirá siendo una institución íntima y esencial. Si no, podría convertirse en el emblema de una sociedad que supo cuidar cada detalle… excepto a las personas que lo hacían posible.

Imagen | Pexels, Japanexperterna, shankar s.

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EEUU creía que tenía un portaaviones invencible. Hasta que Suecia lo “tumbó” una y otra vez con un submarino diminuto

EEUU creía que tenía un portaaviones invencible. Hasta que Suecia lo "tumbó" una y otra vez con un submarino diminuto

Hace exactamente 20 años se produjo una escena fascinante que demostró que la fuerza bruta o las dimensiones monstruosas no son tan fundamentales como se creía cuando se trata de una guerra naval. Poco tiempo antes de aquel relato verídico, Estados Unidos había anunciado a los cuatro vientos su portaaviones nuclear más moderno, pesado y grandilocuente de la historia.

Así que dieron el paso más lógico: ponerlo a prueba.

El ejercicio que salió regular. En 2005, durante unas maniobras frente a la costa de California, la Marina de Estados Unidos permitió algo inusual: enfrentarse repetidamente a un submarino convencional extranjero, pequeño y relativamente barato, para mejorar su doctrina antisubmarina. El elegido fue el HMS Gotland, un submarino diésel-eléctrico sueco de apenas 1.600 toneladas. El objetivo era entrenar al grupo de combate del portaaviones USS Ronald Reagan, uno de los buques más poderosos del mundo, equipado con escoltas, helicópteros antisubmarinos y sensores avanzados. 

Lo que siguió fue inesperado: una y otra vez, durante dos años de simulaciones, el Gotland logró infiltrarse en la formación, posicionarse para disparar y “hundir” al portaaviones sin ser detectado. El resultado causó preocupación en Washington, interés en Moscú y Pekín, y una reevaluación profunda del papel de los submarinos diésel modernos en la guerra naval contemporánea.

El Gotland y la ventaja silenciosa. El éxito del Gotland se basaba en su sistema de Propulsión Independiente del Aire (AIP), concretamente un motor Stirling capaz de generar energía sin necesidad de tomar aire del exterior. Esto permitía a la nave permanecer sumergida durante hasta dos semanas, manteniendo una velocidad constante y extremadamente silenciosa, algo que las versiones diésel anteriores no podían lograr

Mientras que los submarinos nucleares requieren sistemas de refrigeración que generan vibraciones y ruido detectables, el Gotland podía desplazarse casi sin dejar rastro acústico. Su casco estaba recubierto de materiales que disminuían la reflexión del sonar, su torre incluía materiales absorbentes de radar y la maquinaria interna estaba montada sobre amortiguadores de goma para silenciar vibraciones. Además, contaba con 27 electroimanes capaces de reducir su firma magnética ante sensores especializados.

Gotland Dn Sd 06 07476

El HS Gotland

Movilidad y sigilo. La maniobrabilidad del Gotland también resultó determinante. Su diseño con timones en forma de X y sistemas de control automatizados permitía cambios bruscos de rumbo y profundidad con gran precisión, lo que lo hacía apto para operar en aguas costeras poco profundas, donde los submarinos nucleares son más vulnerables. 

En el contexto de las maniobras contra el USS Ronald Reagan, el Gotland demostró que podía acercarse a gran profundidad, obtener posición de tiro y retirarse antes de que los sensores estadounidenses detectaran siquiera alteraciones en el entorno. Pese a que en un combate real el portaaviones podría sobrevivir a varios impactos, el hecho esencial es que habría quedado fuera de combate, lo que cambiaría el resultado estratégico de cualquier operación naval.

Ussronaldreagangoodshot

El US Ronald Reagan

Amenaza económica y doctrinal. El Gotland costaba cerca de 100 millones de dólares, lo que equivale aproximadamente al costo de dos aviones embarcados F/A-18. El USS Ronald Reagan, en cambio, costó más de 6.000 millones, sin contar su escolta ni su ala aérea. En términos de coste-efectividad, un submarino relativamente asequible demostró que podía neutralizar un activo que representa el núcleo de la proyección naval estadounidense. Esta revelación resonó especialmente en China y Rusia, que desde entonces han acelerado el desarrollo de submarinos AIP. 

Hoy, China opera múltiples variantes de submarinos equipados con Stirling y Rusia trabaja en versiones actualizadas del proyecto Lada, mientras países como Japón, Alemania, Francia, Israel, India y Corea del Sur también desarrollan o adquieren submarinos de este tipo. El desafío no es solo técnico, sino también estratégico: un número reducido de submarinos de este tipo puede dificultar el uso de portaaviones cerca de litorales hostiles, alterando la manera en que las potencias despliegan su fuerza.

El ”no” al diésel de EEUU. A pesar del impacto del ejercicio, la Marina estadounidense decidió no volver a operar submarinos diésel. Su razonamiento se basa en logística y alcance estratégico: Estados Unidos despliega submarinos a miles de kilómetros de sus bases, y necesita unidades que puedan operar durante meses, perseguir objetivos a gran distancia y sostener velocidades elevadas sin necesidad de recargar baterías. 

Los submarinos diésel-AIP son ideales para defender aguas territoriales o zonas costeras, pero menos adecuados para operaciones oceánicas prolongadas. Por eso, la Marina estadounidense ha preferido invertir en submarinos nucleares y, más recientemente, en sistemas submarinos no tripulados que podrían complementar o sustituir misiones de escolta y patrulla.

Lo que el Gotland reveló. La historia del HMS Gotland demuestra que la supremacía naval no está garantizada por el tamaño ni por el coste de las plataformas de combate, sino por la adaptación tecnológica y la comprensión del entorno estratégico. Los portaaviones siguen siendo herramientas formidables para proyectar poder, pero su vulnerabilidad ante submarinos AIP silenciosos obliga a replantear doctrinas, invertir en detección avanzada y reconsiderar el tipo de fuerzas usadas en entornos cercanos a costas enemigas. 

La lección clave no fue el hundimiento simbólico de un portaaviones, sino la constatación de que la guerra naval del siglo XXI puede dar la vuelta a jerarquías que parecían inamovibles. Aquellos días se demostró que, en el océano, el silencio vale más que el acero, y un pequeño submarino puede cambiar el equilibrio de una flota entera.

Imagen | Wikimedia, U.S. Navy 

En Xataka | EEUU ha detectado una ventaja naval sobre China. La catapulta de los portaaviones de Pekín viene con un fallo “de fábrica” 

En Xataka | China ha descubierto una ventaja para ganar la carrera de los portaaviones a EEUU: una "burbuja" en su defensa



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La noticia EEUU creía que tenía un portaaviones invencible. Hasta que Suecia lo "tumbó" una y otra vez con un submarino diminuto fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .

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EEUU creía que tenía un portaaviones invencible. Hasta que Suecia lo “tumbó” una y otra vez con un submarino diminuto

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Hace exactamente 20 años se produjo una escena fascinante que demostró que la fuerza bruta o las dimensiones monstruosas no son tan fundamentales como se creía cuando se trata de una guerra naval. Poco tiempo antes de aquel relato verídico, Estados Unidos había anunciado a los cuatro vientos su portaaviones nuclear más moderno, pesado y grandilocuente de la historia.

Así que dieron el paso más lógico: ponerlo a prueba.

El ejercicio que salió regular. En 2005, durante unas maniobras frente a la costa de California, la Marina de Estados Unidos permitió algo inusual: enfrentarse repetidamente a un submarino convencional extranjero, pequeño y relativamente barato, para mejorar su doctrina antisubmarina. El elegido fue el HMS Gotland, un submarino diésel-eléctrico sueco de apenas 1.600 toneladas. El objetivo era entrenar al grupo de combate del portaaviones USS Ronald Reagan, uno de los buques más poderosos del mundo, equipado con escoltas, helicópteros antisubmarinos y sensores avanzados. 

Lo que siguió fue inesperado: una y otra vez, durante dos años de simulaciones, el Gotland logró infiltrarse en la formación, posicionarse para disparar y “hundir” al portaaviones sin ser detectado. El resultado causó preocupación en Washington, interés en Moscú y Pekín, y una reevaluación profunda del papel de los submarinos diésel modernos en la guerra naval contemporánea.

El Gotland y la ventaja silenciosa. El éxito del Gotland se basaba en su sistema de Propulsión Independiente del Aire (AIP), concretamente un motor Stirling capaz de generar energía sin necesidad de tomar aire del exterior. Esto permitía a la nave permanecer sumergida durante hasta dos semanas, manteniendo una velocidad constante y extremadamente silenciosa, algo que las versiones diésel anteriores no podían lograr

Mientras que los submarinos nucleares requieren sistemas de refrigeración que generan vibraciones y ruido detectables, el Gotland podía desplazarse casi sin dejar rastro acústico. Su casco estaba recubierto de materiales que disminuían la reflexión del sonar, su torre incluía materiales absorbentes de radar y la maquinaria interna estaba montada sobre amortiguadores de goma para silenciar vibraciones. Además, contaba con 27 electroimanes capaces de reducir su firma magnética ante sensores especializados.

Gotland Dn Sd 06 07476

El HS Gotland

Movilidad y sigilo. La maniobrabilidad del Gotland también resultó determinante. Su diseño con timones en forma de X y sistemas de control automatizados permitía cambios bruscos de rumbo y profundidad con gran precisión, lo que lo hacía apto para operar en aguas costeras poco profundas, donde los submarinos nucleares son más vulnerables. 

En el contexto de las maniobras contra el USS Ronald Reagan, el Gotland demostró que podía acercarse a gran profundidad, obtener posición de tiro y retirarse antes de que los sensores estadounidenses detectaran siquiera alteraciones en el entorno. Pese a que en un combate real el portaaviones podría sobrevivir a varios impactos, el hecho esencial es que habría quedado fuera de combate, lo que cambiaría el resultado estratégico de cualquier operación naval.

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El US Ronald Reagan

Amenaza económica y doctrinal. El Gotland costaba cerca de 100 millones de dólares, lo que equivale aproximadamente al costo de dos aviones embarcados F/A-18. El USS Ronald Reagan, en cambio, costó más de 6.000 millones, sin contar su escolta ni su ala aérea. En términos de coste-efectividad, un submarino relativamente asequible demostró que podía neutralizar un activo que representa el núcleo de la proyección naval estadounidense. Esta revelación resonó especialmente en China y Rusia, que desde entonces han acelerado el desarrollo de submarinos AIP. 

Hoy, China opera múltiples variantes de submarinos equipados con Stirling y Rusia trabaja en versiones actualizadas del proyecto Lada, mientras países como Japón, Alemania, Francia, Israel, India y Corea del Sur también desarrollan o adquieren submarinos de este tipo. El desafío no es solo técnico, sino también estratégico: un número reducido de submarinos de este tipo puede dificultar el uso de portaaviones cerca de litorales hostiles, alterando la manera en que las potencias despliegan su fuerza.

El ”no” al diésel de EEUU. A pesar del impacto del ejercicio, la Marina estadounidense decidió no volver a operar submarinos diésel. Su razonamiento se basa en logística y alcance estratégico: Estados Unidos despliega submarinos a miles de kilómetros de sus bases, y necesita unidades que puedan operar durante meses, perseguir objetivos a gran distancia y sostener velocidades elevadas sin necesidad de recargar baterías. 

Los submarinos diésel-AIP son ideales para defender aguas territoriales o zonas costeras, pero menos adecuados para operaciones oceánicas prolongadas. Por eso, la Marina estadounidense ha preferido invertir en submarinos nucleares y, más recientemente, en sistemas submarinos no tripulados que podrían complementar o sustituir misiones de escolta y patrulla.

Lo que el Gotland reveló. La historia del HMS Gotland demuestra que la supremacía naval no está garantizada por el tamaño ni por el coste de las plataformas de combate, sino por la adaptación tecnológica y la comprensión del entorno estratégico. Los portaaviones siguen siendo herramientas formidables para proyectar poder, pero su vulnerabilidad ante submarinos AIP silenciosos obliga a replantear doctrinas, invertir en detección avanzada y reconsiderar el tipo de fuerzas usadas en entornos cercanos a costas enemigas. 

La lección clave no fue el hundimiento simbólico de un portaaviones, sino la constatación de que la guerra naval del siglo XXI puede dar la vuelta a jerarquías que parecían inamovibles. Aquellos días se demostró que, en el océano, el silencio vale más que el acero, y un pequeño submarino puede cambiar el equilibrio de una flota entera.

Imagen | Wikimedia, U.S. Navy 

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Dos estudiantes tienen el mismo título universitario. Uno llegará más lejos que otro: el que venga

Dos estudiantes tienen el mismo título universitario. Uno llegará más lejos que otro: el que venga

El lugar de donde uno viene importa y mucho si hablamos de “ascensores sociales”. Sin irnos muy lejos, el problema nuclear de la vivienda para los jóvenes no es tal dependiendo de la familia que haya tocado. Pero esas desigualdades comienzan a notarse mucho antes. De hecho, se ha encontrado que incluso el mismo título universitario no depende tanto de la nota, sino de tus orígenes.

Brecha tras el título. Un estudio del National Bureau of Economic Research con datos masivos de egresados de universidades públicas en Estados Unidos muestran que, aun cuando los estudiantes tienen la misma carrera, las mismas notas y salen de las mismas instituciones, los que proceden de familias de bajos ingresos terminan cinco años después ganando sustancialmente menos que sus pares de familias con más recursos. 

Dicho de otra forma, esto significa que el hecho de graduarse (que durante años fue el objetivo central de las políticas de equidad) no cierra la brecha, simplemente la traslada al mercado de trabajo, donde reaparece con fuerza pese a haber recorrido el mismo itinerario académico.

El primer empleo. Cuando los investigadores ajustaron los datos incluyendo las características del primer empleo (salario inicial, tamaño de la empresa, nivel salarial medio del empleador y sector) la brecha entre graduados pobres y ricos cayó a un tercio de su tamaño original. 

Ese resultado indica que gran parte de la desigualdad no se produce años después, sino en el instante del salto al mercado: el primer salario por sí solo explica casi la mitad de la diferencia de ingresos en el año cinco, y otros atributos del primer destino laboral añadían otra parte sustancial. En otras palabras, ese primer emparejamiento entre graduado y empleador pesa más para la trayectoria económica futura que la mayoría de los factores académicos previos.

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Las diferencias. Hay más, ya que la investigación indica que los graduados de hogares con menos ingresos suelen llegar al final de la carrera con menos probabilidad de tener un empleo asegurado, aceptan ofertas con salarios iniciales menores y entran en empresas que, en promedio, pagan menos y ofrecen menos opciones de ascenso y formación.

Cada mil dólares extra en el salario inicial se asocia con setecientos dólares más cinco años después, y quienes permanecen al menos dos años en el primer puesto registran varios miles más de ingresos a medio plazo. Esto sugiere que, incluso sin diferencias de talento ni de expediente, el origen social determina el tipo de primer empleo al que se accede, y ese punto de partida condiciona en cadena lo que ocurre después.

Implicaciones. En clave política, el cuadro que arroja el trabajo obliga a desplazar el foco de intervención: no basta con garantizar acceso y graduación si la desigualdad vuelve a instalarse justo al cruzar la puerta del mercado laboral. 

Cuenta los investigadores que si el primer empleo explica buena parte de la brecha, entonces la política que aspire a movilidad real debe actuar explícitamente sobre esa transición (información temprana, redes, preparación de búsqueda, prácticas pagadas, emparejamiento con empleadores de mejor calidad) porque ahí es donde hoy se forma la diferencia nuclear entre iguales en papel, pero distintos en origen. Sin esa capa final, el título deja de funcionar como escalera de igualdad y pasa a ser un filtro que valida desigualdades que ya llegan escritas antes del primer contrato.

El peso del origen. En definitiva, la evidencia sugiere que la desigualdad reaparece en la transición al trabajo porque los recursos que importaban antes de la universidad (redes sociales, información temprana, colchón financiero y margen para esperar una mejor oferta) siguen operando cuando llega el momento de elegir el primer empleo. 

Aquel que puede financiar unos meses sin salario puede rechazar ofertas malas y esperar una mejor, y quien no puede, acepta la primera. Quien tiene familiares o contactos en empresas grandes obtiene recomendaciones que reducen la fricción de entrada, y quien no, compite a ciegas. Incluso la información más sensible sobre cómo, cuándo y dónde postular se distribuye de forma desigual. 

Desde ese prisma, el “primer escalón” no es azar ni mérito puro: es una traducción en términos laborales de las ventajas previas que no se ven en el expediente académico, pero que determinan la calidad del primer contrato, y de un futuro "brillante" o simplemente un futuro. 

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Dos estudiantes tienen el mismo título universitario. Uno llegará más lejos que otro: el que venga

Dos estudiantes tienen el mismo título universitario. Uno llegará más lejos que otro: el que venga

El lugar de donde uno viene importa y mucho si hablamos de “ascensores sociales”. Sin irnos muy lejos, el problema nuclear de la vivienda para los jóvenes no es tal dependiendo de la familia que haya tocado. Pero esas desigualdades comienzan a notarse mucho antes. De hecho, se ha encontrado que incluso el mismo título universitario no depende tanto de la nota, sino de tus orígenes.

Brecha tras el título. Un estudio del National Bureau of Economic Research con datos masivos de egresados de universidades públicas en Estados Unidos muestran que, aun cuando los estudiantes tienen la misma carrera, las mismas notas y salen de las mismas instituciones, los que proceden de familias de bajos ingresos terminan cinco años después ganando sustancialmente menos que sus pares de familias con más recursos. 

Dicho de otra forma, esto significa que el hecho de graduarse (que durante años fue el objetivo central de las políticas de equidad) no cierra la brecha, simplemente la traslada al mercado de trabajo, donde reaparece con fuerza pese a haber recorrido el mismo itinerario académico.

El primer empleo. Cuando los investigadores ajustaron los datos incluyendo las características del primer empleo (salario inicial, tamaño de la empresa, nivel salarial medio del empleador y sector) la brecha entre graduados pobres y ricos cayó a un tercio de su tamaño original. 

Ese resultado indica que gran parte de la desigualdad no se produce años después, sino en el instante del salto al mercado: el primer salario por sí solo explica casi la mitad de la diferencia de ingresos en el año cinco, y otros atributos del primer destino laboral añadían otra parte sustancial. En otras palabras, ese primer emparejamiento entre graduado y empleador pesa más para la trayectoria económica futura que la mayoría de los factores académicos previos.

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Las diferencias. Hay más, ya que la investigación indica que los graduados de hogares con menos ingresos suelen llegar al final de la carrera con menos probabilidad de tener un empleo asegurado, aceptan ofertas con salarios iniciales menores y entran en empresas que, en promedio, pagan menos y ofrecen menos opciones de ascenso y formación.

Cada mil dólares extra en el salario inicial se asocia con setecientos dólares más cinco años después, y quienes permanecen al menos dos años en el primer puesto registran varios miles más de ingresos a medio plazo. Esto sugiere que, incluso sin diferencias de talento ni de expediente, el origen social determina el tipo de primer empleo al que se accede, y ese punto de partida condiciona en cadena lo que ocurre después.

Implicaciones. En clave política, el cuadro que arroja el trabajo obliga a desplazar el foco de intervención: no basta con garantizar acceso y graduación si la desigualdad vuelve a instalarse justo al cruzar la puerta del mercado laboral. 

Cuenta los investigadores que si el primer empleo explica buena parte de la brecha, entonces la política que aspire a movilidad real debe actuar explícitamente sobre esa transición (información temprana, redes, preparación de búsqueda, prácticas pagadas, emparejamiento con empleadores de mejor calidad) porque ahí es donde hoy se forma la diferencia nuclear entre iguales en papel, pero distintos en origen. Sin esa capa final, el título deja de funcionar como escalera de igualdad y pasa a ser un filtro que valida desigualdades que ya llegan escritas antes del primer contrato.

El peso del origen. En definitiva, la evidencia sugiere que la desigualdad reaparece en la transición al trabajo porque los recursos que importaban antes de la universidad (redes sociales, información temprana, colchón financiero y margen para esperar una mejor oferta) siguen operando cuando llega el momento de elegir el primer empleo. 

Aquel que puede financiar unos meses sin salario puede rechazar ofertas malas y esperar una mejor, y quien no puede, acepta la primera. Quien tiene familiares o contactos en empresas grandes obtiene recomendaciones que reducen la fricción de entrada, y quien no, compite a ciegas. Incluso la información más sensible sobre cómo, cuándo y dónde postular se distribuye de forma desigual. 

Desde ese prisma, el “primer escalón” no es azar ni mérito puro: es una traducción en términos laborales de las ventajas previas que no se ven en el expediente académico, pero que determinan la calidad del primer contrato, y de un futuro "brillante" o simplemente un futuro. 

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Ucrania y Rusia no solo libran una guerra de drones: también de engaños

Ucrania y Rusia no solo libran una guerra de drones: también de engaños

La frase fue literal de un alto mando ucraniano. La guerra que libran desde la invasión rusa en 2022 es lo más parecido en la actualidad a la caza del gato y el ratón. En el actual conflicto asimétrico entre Rusia y Ucrania, donde cada noche se libra una suerte de guerra sobre infraestructuras energéticas, lo que ha puesto en alerta a ambos mandos no es solo el efecto destructivo de los drones armados, sino la expansión masiva de señuelos baratos que obligan a gastar defensas.

Curiosamente, Rusia y Ucrania han recurrido a lo mismo: la Segunda Guerra Mundial.

Alarma. Mientras los Shahed rusos provocan apagones y los Lyutyi y FP-1 ucranianos prenden refinerías, ambas partes emplean señuelos cuyo objetivo es saturar, engañar y agotar la capa de interceptación enemiga, y es precisamente esta lógica de multiplicación (la eficacia no solo del impacto directo sino de la distracción) la que convierte a esos decoys (señuelos) en un multiplicador estratégico capaz de amplificar una campaña ya de por sí lesiva.

El precedente histórico. La táctica no es nueva: la historia militar moderna contiene ejemplos paradigmáticos, desde los analemas de sombras hasta los jets-decoy del siglo XX. Y, de entre todos, el caso del ADM-20 Quail ilustra mejor que ninguno la conversión de la vulnerabilidad en ventaja mediante imitadores transitorios que consumen recursos del defensor. 

El Quail, pequeño y barato respecto al bombardero que simulaba, llevaba reflectores y patrones sencillos de vuelo para engañar radares y obligar al gasto de interceptores caros. Hoy ese principio se aplica en miniatura y a escala industrial con plataformas fácilmente fabricables que, aunque carentes de capacidad letal, obligan al adversario a decidir si disparar un misil de cientos de miles de dólares o asumir el riesgo de dejar pasar lo que podría ser el blanco real.

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Un B-52 lanzando un señuelo Quail

La gama rusa y su papel. Moscú, que en 2024 industrializó el Shahed de origen iraní para saturar defensas, también produce señuelos como el Gerbera y la simple Parodiya; algunos son réplicas volumétricas con menor masa y alcance, otros incorporan equipos de guerra electrónica para explorar y marcar ubicaciones de radar, y algunos incluso llevan pequeños explosivos para herir a equipos de recuperación. 

Esa variedad persigue tres fines: infligir desgaste material en las reservas de misiles y misiles aire-aire, revelar posiciones de defensa, y complicar la discriminación radar con reflectores tipo Luneburg que hacen aparecer en las pantallas blancos del tamaño de vehículos más grandes. El resultado práctico es un aumento de falsos positivos que degrada la eficiencia de la cadena de defensa.

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Un Lyutyi

La gama ucraniana. Ucrania, más tardía en escalar su campaña de drones, ha combinado vehículos de ataque como el FP-1 o el Lyutyi con artificios low-cost diseñados en talleres locales (tubos plásticos, marcos de madera, foil metálico para incrementar sección de radar) para explorar corredores y distraer respuestas mientras las unidades que causan daño real toman otra ruta. 

Al funcionar como “pathfinders”, estos aparatos permiten a los planificadores ucranianos trazar y verificar rutas seguras, probar sectores de defensa y crear ventanas temporales de penetración. Dicho de otra forma, su atractivo radica en el coste reducido y en la facilidad de producción, que convierte al señuelo en un capital táctico repetible.

Señuelo ucraniano. Observe que la tapa del extremo es la misma que la tapa de la nariz en la imagen superior, parte de la ingeniería de valor.

Señuelo ucraniano

Asimetría de costes. La economía del enfrentamiento es brutalmente simple: un Shahed de unas decenas de miles de dólares puede forzar la respuesta con misiles aire-aire o surface-to-air cuyo precio por unidad puede multiplicar a los del blanco por factores de decenas o cientos. Lo hemos contado: ejemplos recientes, como Sidewinders o misiles similares, alcanzan precios que los hacen estratégicamente escasos. 

Esa relación coste-beneficio inclina las decisiones tácticas y políticas: ¿desperdiciar una capacidad crítica en posibles señuelos o retenerla y aceptar el daño? Su proliferación convierte la primera opción en una vía segura hacia el agotamiento de stocks y la segunda en una apuesta por la resiliencia local y la artimaña operativa.

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Señuelos Gerbera

Capacidades defensivas. Aunque Ucrania ha desarrollado unidades de artillería antiaérea y drones interceptores que han probado su eficacia, la defensa integral continúa dependiendo de misiles y sistemas que son finitos. La electrónica, la guerra de espectro y las unidades móviles aportan mitigación, pero la física del combate aéreo sigue ofreciendo oportunidades a quien dispone de volumen y creatividad para saturar. 

La introducción de decoys con componentes EW o relés de comunicaciones añade otra capa: no solo distraen, sino que pueden mapear defensas, degradar cadenas y amplificar ataques posteriores con precisión mayor.

Evolución previsible. El escenario que dibuja la combinación de drones de ataque y de señuelos es dinámico: la mejora iterativa de decoys (más realistas, con mayores firmas electrónicas, con capacidades de engaño activo) emparejará el desafío técnico con contramedidas a su vez costosas (mejor discriminación, sensores multisensoriales, inteligencia más fina). 

A nivel estratégico, la proliferación de estas tácticas erosiona la sostenibilidad del uso intensivo de interceptores convencionales y presiona a las naciones a invertir en alternativas: misiles de bajo coste para defensa local, interceptores dirigidos por IA, despliegues móviles y mayor dependencia de guerra electrónica ofensiva. Mientras tanto, en el corto plazo, la táctica ucraniana de usar señuelos como multiplicador incrementa la probabilidad de daño material real en sistemas críticos rusos y pone en evidencia un temor legítimo en Moscú: que sus defensas se agoten antes de que se neutralice la amenaza real.

¿Entonces? Si se quiere, los señuelos funcionan como amplificadores de poder: no sólo por lo que destruyen, sino por lo que obligan al adversario a quemar, revelar o reconfigurar. La lección histórica del Quail aplicada a mini-UAVs provoca un dilema contemporáneo donde la economía, la logística y la innovación casera pueden inclinar el equilibrio táctico. 

Para Rusia, la proliferación de señuelos ucranianos representa una amenaza operacional y simbólica: la erosión de la ventaja en sistemas caros y la constatación de que la guerra moderna premia no solo la explosión directa sino la habilidad para manipular la percepción y el gasto del enemigo, transformando a los falsos blancos en un arma estratégica por derecho propio.

Imagen | Stahlkocher, GASTELLO DESIGN BUREAU, 

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Una fábrica en Irlanda hizo fortuna vendiendo fórmula de bebé a China. Hasta que los chinos dejaron de tener hijos

Una fábrica en Irlanda hizo fortuna vendiendo fórmula de bebé a China. Hasta que los chinos dejaron de tener hijos

Si la crisis demográfica que tiene China no se invierte, si la fábrica del mundo mengua y nada detiene la hemorragia, su declive arrastrará y tendrá efectos en todo el mundo: desde aumentos de coste en bienes de consumo (teléfonos, calzado, vehículos eléctricos) hasta presiones inflacionarias por la menor eficiencia manufacturera. Como muestra, un “botón”: a miles de kilómetros de China una población entera ya está sufriendo la falta de bebés en Pekín. 

En Irlanda nadie imaginó una situación así. 

Espejismo industrial. Durante años, el pequeño pueblo irlandés de Askeaton, en el condado de Limerick, encontró su redención en una fábrica que producía oro en polvo. No era una metáfora. En las líneas de producción de Nestlé se elaboraba leche infantil para el mercado chino, un producto tan rentable que algunos trabajadores lo apodaban “la cocaína blanca” del pueblo. 

De la noche a la mañana, aquel negocio transformó una localidad olvidada por la modernización en un enclave próspero, donde el crédito fluía con facilidad y el empleo era sinónimo de estabilidad. Pero cuando hace dos años llegaron los directivos suizos con el anuncio del cierre, la incredulidad se apoderó de todos. Nadie podía concebir que una planta tan moderna, fruto de una inversión millonaria, fuera simplemente clausurada.

Depender de China. Nestlé atribuyó la decisión a una razón macroeconómica: el desplome de la natalidad en China. El número de nacimientos había caído de 18 millones en 2016 a solo nueve millones en 2023, y la demanda de leche infantil extranjera se hundía. Sin embargo, contaba el New York Times que entre los 1.100 habitantes de Askeaton la versión oficial no convenció. Había quien sospechaba que la multinacional simplemente respondía a una exigencia china: trasladar la producción al propio territorio asiático. 

El argumento tenía lógica. Desde hacía años, Nestlé había cerrado mercados en Europa y Oriente Medio para concentrarse exclusivamente en China. “Pusimos todos los huevos en la misma cesta”, recuerda al diario Oliver Scanlon, uno de los veteranos del lugar. Y aunque el negocio vivió su época dorada con ese viraje, todos comprendieron demasiado tarde lo que significaba: China no solo compraba el producto, también estaba aprendiendo a fabricarlo.

Aprendizaje silencioso. Los trabajadores relatan cómo cada año llegaban auditores chinos, curiosos hasta el extremo, anotando cada detalle técnico del proceso industrial. A veces incluso visitaban las granjas vecinas, interesándose por los métodos de producción láctea. “Venían a aprender”, contaba el ganadero Tim Hanley. “Ellos pueden producirlo todo, y su objetivo es la autosuficiencia.” 

En el fondo, lo que ocurrió en Askeaton fue la consecuencia de un patrón repetido: el entusiasmo inicial por el mercado chino terminó con la transferencia de conocimientos y el traslado de la producción. En noviembre de 2023, apenas un mes después de anunciar el cierre irlandés, Nestlé obtenía la autorización para abrir una planta gemela en Suzhou, al este de China. Mientras justificaba la clausura por la caída de la natalidad, la compañía proclamaba que el mercado chino “seguía siendo el mayor del mundo por el número absoluto de recién nacidos”.

Sin trabajo. Recordaba el Times que el cierre de la planta ha dejado una cicatriz visible. Las máquinas se detuvieron el mes pasado y, salvo que alguien adquiera las instalaciones por los 22 millones de euros en los que Nestlé las ha tasado, las puertas se cerrarán definitivamente en marzo. Los despidos, las indemnizaciones y los programas de recolocación no han compensado la sensación de pérdida. 

La fábrica era el motor invisible que hacía funcionar los negocios locales, desde el hardware store de Seán Moran hasta la cooperativa de crédito, que durante años otorgó préstamos solo con una nómina como garantía. “Era un buen salario y el pueblo prosperaba”, admite Patrick Ranahan, responsable de la entidad. “Pero sabíamos que podía desaparecer de un día para otro”.

De la globalización a la dependencia. El caso de Askeaton es un ejemplo sobre la vulnerabilidad de las economías locales en la era de la globalización. El éxito repentino, sostenido por la demanda china, enmascaró la fragilidad de un modelo basado en un solo cliente y un solo mercado. Lo que comenzó como una historia de cooperación internacional terminó siendo una transferencia de tecnología disfrazada de prosperidad. 

En el proceso, China no solo compró el producto, sino también el conocimiento, y cuando estuvo lista para replicarlo, simplemente cortó el lazo. Para Askeaton, la “joya de la corona” se ha convertido en símbolo de una lección amarga: en el comercio global, el brillo del éxito puede desvanecerse tan rápido como la espuma de la leche en polvo que les dio de comer durante medio siglo.

Imagen | Nestlé

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Alemania va a dar un paso histórico para paliar la falta de trabajadores: permitir que los jubilados sigan trabajando

Alemania va a dar un paso histórico para paliar la falta de trabajadores: permitir que los jubilados sigan trabajando

En septiembre de 2023 Europa giró al unísono hacia Alemania. La que por norma fue una de las economías más sólidas de la zona euro daba la voz de alarma: sumar una mayor esperanza de vida con un escenario demográfico de pirámide invertida y un contexto inflacionista dejaba un panorama muy poco prometedor para quienes van a jubilarse en breve. De hecho, el sistema estaba llevando a jubilados a volver a buscar trabajo para complementar las pensiones.

Dos años después las cosas no han mejorado, así que el gobierno las ha normalizado.

Un giro estructural. El Gobierno de Friedrich Merz ha puesto sobre la mesa una propuesta clara y pragmática: permitir que los jubilados que decidan seguir trabajando cobren hasta 2.000 euros al mes libres de impuestos, una medida (el llamado “plan de pensión activa”) concebida para atajar la creciente escasez de mano de obra que atenaza a la economía más grande de Europa. 

La iniciativa forma parte del paquete de reformas que el Ejecutivo ha vendido como su “otoño de reformas” y, según el borrador legislativo en manos del Financial Times, entrará en vigor el 1 de enero. La coalición con los socialdemócratas se dispone a aprobarla con el argumento de retener experiencia y conocimiento en las empresas y elevar la tasa de empleo en un país que afronta una de las transiciones demográficas más severas del continente.

Qué se ofrece y qué se mantiene. La medida exime de impuestos hasta 2.000 euros mensuales de ingresos laborales adicionales para personas jubiladas, pero no elimina las cotizaciones: empleados y empleadores seguirán abonando contribuciones sociales sobre esos salarios, lo que (según el Ejecutivo) contribuirá a reforzar las finanzas de la sanidad y de las pensiones al tiempo que mejora la liquidez de las empresas con experiencia senior. 

No se suprimen las ventajas ya existentes para quienes optan por la jubilación anticipada (la edad legal sigue siendo 67 años, con incentivos para retirarse a los 63). El cambio pretende, más bien, ofrecer un incentivo fiscal para que quien pueda y quiera prolongar su vida laboral lo haga.

Coste público y proyecciones. El propio Gobierno estima que la renuncia a recaudar impuestos por este incentivo costará alrededor de 890 millones de euros al año desde su entrada en vigor, una cifra que algunos institutos estiman optimista: el IW Institute calcula un coste anual más cercano a 1.400 millones y sitúa en unas 340.000 personas el universo potencial de beneficiarios. 

Economistas como Holger Schmieding advierten, sin embargo, que el impacto neto podría volverse positivo en dos o tres años si el aumento de la actividad económica y de las cotizaciones compensa la pérdida fiscal inicial, además del posible “efecto psicológico” de valorar socialmente la contribución de los mayores.

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Lecciones internacionales. El Gobierno mira, entre otros ejemplos, a Grecia: cuando Atenas permitió que los jubilados mantuvieran íntegra su pensión y tributaran adicionalmente a un tipo reducido (10%) por sus ingresos laborales, los trabajadores jubilados pasaron de 35.000 en 2023 a más de 250.000 en septiembre del año siguiente, un salto que ilustra la potencia de los incentivos fiscales para movilizar oferta de trabajo en colectivos mayores. 

Esa experiencia es utilizada en Berlín como señal de que la política puede funcionar, aunque la escala, las estructuras laborales y las culturas de empleo difieren.

Consecuencias en el mercado laboral. El gesto quiere atacar varios síntomas estructurales: Alemania registra hoy algunas de las jornadas laborales medias más cortas de la OCDE y un marcado crecimiento del trabajo a tiempo parcial (que ya alcanza el 30% de la fuerza laboral, más del doble que a comienzos de los noventa). La política pretende tanto aumentar horas efectivas como retener capital humano que, de otro modo, se escaparía de las empresas. 

Mantener en plantilla a personal senior puede ayudar a reducir cuellos de botella en sectores con escasez de cualificados y facilitar la transferencia de know-how, pero también plantea el reto de adaptar puestos, ergonomía y políticas internas a una plantilla más envejecida.

Riesgos políticos y económicos. El principal riesgo es doble: por un lado, la medida puede penalizar a jóvenes y empleados en etapas tempranas de carrera si las empresas optan por retener puestos con nóminas más baratas y trabajadores más experimentados. 

Por otro, la estimación fiscal del Ejecutivo podría quedar corta si la adhesión es elevada, tensionando las cuentas públicas en un momento en que el coste de los sistemas sociales ya presiona el presupuesto. Además, recordaba el Times que existe una dimensión de equidad y narrativa pública: promover que la gente trabaje más tiempo es políticamente sensible cuando hay sectores con empleo precario o salarios estancados.

Pragmatismo con dudas. En definitiva, el plan de permitir 2.000 euros libres de impuestos a jubilados que trabajan es, en esencia, una respuesta pragmática y tecnocrática a un choque demográfico y a la falta de mano de obra cualificada: busca monetizar la experiencia, sostener las cotizaciones y ganar músculo económico sin recurrir únicamente a inmigración masiva o a subidas abruptas de la jornada laboral. 

Con todo, su éxito dependerá de la magnitud de la adhesión, de cómo se combine con otras políticas laborales (formación, conciliación, redistribución del empleo a tiempo parcial) y de la honestidad de las proyecciones fiscales: si la acogida es elevada, el coste podría acercarse a las cifras más pesimistas, y si es moderada, la iniciativa puede convertirse en un respetable ejercicio de ajuste institucional que contribuya a alargar la vida activa de muchos y a mitigar, parcialmente, la factura del envejecimiento. Un escenario desconocido que Japón también contempla.

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En Xataka | Una idea inquietante ha empezado a tomar fuerza en Francia y Alemania: el estado de bienestar ha dejado de ser sostenible 

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La noticia Alemania va a dar un paso histórico para paliar la falta de trabajadores: permitir que los jubilados sigan trabajando fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .

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