En 1973 un alemán soñó con explotar Lanzarote. 50 años después nadie ha sido capaz de mover las ruinas de su monstruo

En 1973 un alemán soñó con explotar Lanzarote. 50 años después nadie ha sido capaz de mover las ruinas de su monstruo

De todas las arquitecturas fantasmas y abandonadas a su suerte en España, pocas como la sombra que se levanta en un paraje único de la geografía canaria. Su historia comienza en los primeros años setenta, en un momento en que Lanzarote se abría al turismo internacional al calor de un urbanismo expansivo, leyes favorables a la inversión extranjera y un clima de optimismo económico que parecía no tener límites. 

Y entonces llegó un “visionario”.

Un sueño hiperbólico. En aquel contexto, el empresario alemán Erick Becker imaginó en la costa del Rubicón un complejo turístico gigantesco, compuesto por cinco hoteles, un aparthotel, más de mil doscientos bungalows y una capacidad para cuatro mil personas. La pieza emblemática, el hotel Náutico (rebautizado con los años como Atlante del Sol), debía ser la puerta de entrada a una urbanización de capital germano que veía en Lanzarote un territorio idóneo para atraer visitantes europeos. 

La legislación de la época, encabezada por la Ley Strauss de 1968, incentivaba la inversión alemana en países en vías de desarrollo y contribuyó a dirigir hacia Canarias un aluvión de capital que encontró en la isla una oportunidad aparentemente perfecta. Sin embargo, la elección del emplazamiento demostraría ser un error mayúsculo

Turismo contra el paisaje. La costa del Rubicón presentaba un oleaje virulento, vientos constantes y una geografía abrupta sin playa ni acceso adecuado. En aquellas décadas, la infraestructura de Lanzarote era frágil, y la zona carecía incluso de una carretera que conectara el lugar con los núcleos habitados. 

A pesar de ello, el proyecto avanzó a trompicones, levantando la estructura principal del hotel antes de que la crisis del petróleo de 1973 paralizara la economía europea y arrastrara consigo una promoción que nunca llegaría a abrir sus puertas. Desde entonces, la mole inconclusa quedó abandonada, convertida en un esqueleto de hormigón sin uso que empezaba a insinuar la silueta fantasmagórica que marcaría su futuro.  

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Abandono, ilegalidad y ley. Tras el abandono del proyecto, el Atlante del Sol quedó suspendido en un limbo jurídico que la evolución posterior del urbanismo canario terminó resolviendo en su contra. El Plan Insular de Ordenación de Lanzarote de 1991, pionero en la protección del territorio insular, reclasificó la zona como suelo rústico de protección natural ecológica, anulando el carácter urbano que pudiera haber tenido bajo las normas de los años cincuenta y sesenta. 

Con el paso del tiempo, la zona fue incorporada además a la Red Natura 2000 como Zona de Especial Protección de Aves, reforzando su valor ecológico y blindando aún más su carácter no urbanizable. En paralelo, la legislación española y autonómica fue encadenando nuevas leyes del suelo en 1976, 1990, 1998 y 2007, que consolidaron una normativa ambiental mucho más exigente que la que existía cuando se otorgó la licencia original en 1972. 

Golpe final. El Tribunal Superior de Justicia de Canarias dejó claro en 2016 que esa vieja licencia carecía de validez operativa, porque una obra sin concluir pierde cualquier derecho amparado por normativa obsoleta cuando sobrevienen leyes posteriores. En esencia, lo que en los años setenta pudo ser legal dejó de serlo hace décadas. A ello se unía un hecho determinante: el inmueble nunca llegó a terminarse ni a usarse, y su estado actual (ruina absoluta, sin servicios, sin acceso y sin posibilidad técnica de convertirse en equipamiento operativo) impedía considerarlo obra patrimonializada. 

La justicia concluyó que revivir una licencia de 1972 resultaba tan improcedente como pretender que la isla no hubiera cambiado en cincuenta años. Esa sentencia selló, jurídicamente, el destino del hotel: o seguir abandonado o ser demolido.

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El hotel fantasma y vigilante. Con el paso del tiempo, el Atlante del Sol pasó de ser un proyecto frustrado a convertirse en un elemento extraño incrustado en uno de los espacios naturales más bellos y singulares de Lanzarote: las piscinas naturales de Los Charcones. Allí, entre el viento, la roca volcánica y los charcos cristalinos, el hotel abandonado adquirió una presencia inquietante, casi escultórica. 

Para los turistas que descubren la zona, la estructura semiderruida se ha vuelto parte del paisaje, un ejemplo de belleza en la decadencia que contrasta con la serenidad de las pozas naturales. Para otros, es una herida abierta, un recordatorio de la especulación de los años setenta y del urbanismo que se promovía sin atender a la realidad física del territorio. 

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Turismo del caos. Su inaccesibilidad (la ausencia de carretera sigue siendo hoy una de las principales limitaciones) lo ha mantenido fuera del circuito turístico convencional y ha contribuido a su degradación. El viento, el salitre y el abandono han hecho del edificio un cascarón peligroso, utilizado ocasionalmente como refugio improvisado por campistas desde los años setenta, especialmente en Semana Santa, cuando familias enteras llegaban a ocupar las habitaciones sin ventanas aplicando normas mínimas de convivencia. 

La estampa es tan insólita como reveladora: un hotel que nunca abrió convertido en campamento esporádico de quienes buscan una experiencia singular en un paraje aislado.

Entre la memoria, el negocio y la protección. A lo largo de las décadas, diferentes propietarios intentaron recuperar el destino del edificio, ya fuera otorgándole un uso turístico o transformándolo en un equipamiento asistencial. Entre ellos, la empresa Hipercan Don Jersey SL trató de reclasificar el suelo para convertir el hotel en un centro sociosanitario, alegando que la licencia de 1972 seguía teniendo vigencia y que la reforma permitiría dotar al municipio de un nuevo servicio público. 

Pero las administraciones mantuvieron una posición firme: Yaiza ya disponía de equipamientos suficientes, el inmueble estaba en ruinas y los terrenos pertenecían a un espacio natural protegido cuyo valor ecológico debía prevalecer sobre cualquier intervención. Los tribunales confirmaron esta postura reiteradamente. Ni el argumentario patrimonial, ni la intención de reconvertir el edificio, ni la apelación a inversiones antiguas lograron revertir una situación que jurídicamente estaba cerrada desde hacía décadas. Incluso si existiera voluntad de reconstruir, el coste de rehabilitación sería desorbitado. Y si se optara por la demolición, la operación (valorada en más de un millón de euros) requeriría afrontar obstáculos técnicos y medioambientales considerables.

Futuro incierto. En los últimos años, la discusión sobre el futuro del Atlante del Sol ha recuperado fuerza gracias a reportajes y redescubrimientos mediáticos. Algunos residentes sostienen que, de haber prosperado el proyecto original, la zona estaría hoy mucho más desarrollada, con infraestructuras, servicios y actividad económica alrededor de Los Charcones. Otros, en cambio, defienden que la demolición devolvería al enclave su estado natural y restauraría la pureza paisajística de uno de los rincones más apreciados de la isla. 

Para visitantes y fotógrafos, el contraste entre la naturaleza intacta y el eco del fracaso arquitectónico añade un valor casi poético al lugar. En ese sentido, el Atlante del Sol se ha convertido en un símbolo de otra época: el ejemplo de una planificación turística apresurada, desconectada de la realidad ambiental, guiada por políticas expansivas y expectativas desmedidas. Un proyecto que quiso desafiar el viento y la geografía y terminó convirtiéndose en una cicatriz persistente. 

Hoy, medio siglo después, la ruina sigue en pie, sometida al viento, la sal y el tiempo, vigilando silenciosamente las piscinas naturales más bellas de Lanzarote. Su destino continúa sin resolverse, atrapado entre la nostalgia, la burocracia, la protección ecológica y la carga económica que implicaría cualquier intervención. Mientras tanto, el hotel fantasma seguirá siendo lo que siempre ha sido: una advertencia esculpida en hormigón sobre los límites de la ambición turística y un recordatorio permanente de que no todos los sueños que tuvieron forma de edificio estaban destinados a levantarse frente al mar. 

Imagen | Wolfgang Sterneck


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Un sistema ucraniano ha acelerado la muerte de los drones kamikaze. Se llama Delta, y hace en 120 segundos lo que llevaba días

Un sistema ucraniano ha acelerado la muerte de los drones kamikaze. Se llama Delta, y hace en 120 segundos lo que llevaba días

La guerra en Ucrania ha convertido al dron en el arma central del campo de batalla, pero también ha hecho evidente un límite insalvable: los modelos kamikaze, que dominaron los primeros años del conflicto, están empezando a morir por pura insostenibilidad. El frente de casi mil kilómetros exige un suministro continuo de plataformas capaces de vigilar, hostigar, destruir y sobrevivir.

Y Ucrania se ha dado cuenta de ello.

El ocaso de un dron. Rusia ya no puede garantizar ese suministro con los drones baratos y de un solo uso que antes lanzaba por miles. Las sanciones occidentales han estrangulado el acceso de Moscú a sensores avanzados y procesadores críticos.

Además, los ataques ucranianos a plantas de ensamblaje han roto cadenas de producción, y el coste de perder sistemas cada vez más sofisticados contra defensas ucranianas más densas ha vuelto inviable el modelo de “lanza y olvida”. Por primera vez, Moscú reconoce que no puede reponer con la misma velocidad lo que destruye.

La apuesta rusa. Ante este escenario, Rusia está reconfigurando su flota hacia drones reutilizables que combinan precisión, resistencia electrónica y capacidad de ataque múltiple. Plataformas como el Night Witch (capaz de transportar veinte kilos, operar cuarenta minutos, lanzar hasta cuatro municiones y regresar a base) marcan el desplazamiento hacia diseños que sobreviven a la misión. El Bulldog-13 sigue la misma lógica: modular, resistente a interferencias y con sensores avanzados que serían demasiado costosos para una plataforma desechable. 

Esta evolución no solo afecta a los drones ofensivos: los interceptores rusos, antes ideados para colisionar y destruirse junto a sus objetivos, empiezan a incorporar métodos que permiten su recuperación. Desde cargas improvisadas como latas de comida arrojadas sobre FPV ucranianos hasta varillas electrificadas capaces de incapacitar varios drones en un solo vuelo, el patrón es claro: si la plataforma es cada vez más compleja y más cara, no puede perderse en cada misión. Rusia está, por obligación más que por elección, migrando hacia una flota que se parece más a una aviación no tripulada persistente que a un almacén infinito de proyectiles baratos.

Image From Rawpixel Id 8727996 Jpeg

El límite ruso. La ventaja operativa de estos sistemas avanzados es evidente: navegación inmune a interferencias, ópticas térmicas con zoom digital, enlaces de largo alcance y capacidades semiautónomas permiten desarrollar ataques más precisos y adaptables. 

Sin embargo, Rusia paga un precio operacional: todo dron que debe regresar a su base ve su tiempo disponible en zona de combate reducido a la mitad. El ciclo de vuelo se acorta, la ventana de ataque se estrecha y la exposición a defensas ucranianas se amplía. Es la paradoja del dron reutilizable: más valioso, más capaz y más vulnerable al desgaste logístico. Pero Moscú no tiene alternativa. Sin reposición masiva, la supervivencia del dron se convierte en un recurso estratégico.

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Ucrania rompe el ciclo. Y mientras Rusia intenta alargar la vida de sus drones para sobrevivir al bloqueo tecnológico, Ucrania está haciendo saltar por los aires la lógica misma de la guerra de desgaste con una herramienta digital que convierte cada sensor del frente en un disparador potencial. Antes, localizar un objetivo ruso, verificarlo, transmitirlo y asignarlo a una unidad podía llevar hasta setenta y dos horas, tiempo suficiente para que cualquier vehículo, pieza de artillería o depósito se desplazara o camuflara. 

Ahora, con Delta (el sistema de gestión de batalla creado e iterado durante dos años de guerra real) ese ciclo se reduce a dos minutos en condiciones óptimas. Delta integra imágenes satelitales, radares, drones de reconocimiento, observadores de primera línea y datos de múltiples ramas en un mapa interactivo que muestra al instante dónde están las fuerzas propias y enemigas. Operando con estándares OTAN, alojado en la nube y usado ya por el 90% de las unidades ucranianas, Delta convierte la guerra en un proceso digitalizado y casi automático: ver, marcar, asignar y disparar.

Drones que “viven” demasiado. La consecuencia es devastadora para Moscú. Sus drones reutilizables, más complejos y costosos, sobreviven gracias a no malgastarse en ataques suicidas, pero al mismo tiempo se enfrentan a un campo de batalla donde cada exposición, cada despegue y cada retorno puede ser detectado, procesado y atacado en cuestión de segundos

El viejo refugio ruso (mover posiciones entre un día y el siguiente) deja de existir cuando un FPV ucraniano puede despegar, recorrer kilómetros y golpear en menos de tres minutos, o una batería de 155 mm puede abrir fuego minutos después de recibir coordenadas verificadas. Incluso los sistemas de largo alcance, que requieren planificación y preparación, ahora se benefician de un flujo de inteligencia que nunca duerme: la latencia ya no es estratégica, solo técnica.

El kamikaze en extinción. El resultado conjunto de ambas transformaciones (la transición rusa hacia drones que deben sobrevivir y la transición ucraniana hacia un sistema que mata en minutos) altera la naturaleza de la guerra de drones. Los kamikazes rusos no desaparecen por falta de utilidad, sino por falta de reposición

Y los drones que sobreviven deben ahora enfrentarse a un entorno donde la supervivencia depende menos de su robustez y más de escapar de un ciclo de detección que opera a velocidad digital. Lo que antes era una guerra de saturación ahora es una guerra de precisión instantánea. Y en esa ecuación, surge una nueva paradoja: cada dron reutilizable ruso vale más… justo cuando Ucrania puede destruir más rápido que nunca todo lo que logra ver.

Imagen | Telegram, Dmytro Smolienko/Ukrinform, RawPixel

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Si la pregunta es dónde está el caza europeo de 100.000 millones, la respuesta es sencilla: atascado en una pista sin salida

Si la pregunta es dónde está el caza europeo de 100.000 millones, la respuesta es sencilla: atascado en una pista sin salida

En septiembre, el futuro caza europeo en el que participa España comenzó a desfigurarse de forma pública. Ya en noviembre, en un nuevo giro de guion, el caza europeo comenzó a apuntar a otra cosa. ¿Lo último? El proyecto del Future Combat Air System, FCAS, ha dejado de ser únicamente un programa industrial y tecnológico para convertirse en un espejo incómodo de la ambición (y limitaciones) de Europa. 

Literalmente, el avión se encuentra en un callejón sin salida.

Un símbolo que se tambalea. Esas ambiciones han quedado escenificadas estos días en la figura de Emmanuel Macron y Friedrich Merz, y la Europa que ambicionan. Ambos dirigentes llevan semanas redoblando un discurso que insiste en autonomía estratégica, soberanía digital y capacidad militar propia, un mensaje que se amplifica en un continente sacudido por la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense y por la agresividad de un Kremlin que ha devuelto la guerra convencional al corazón de Europa. 

En ese contexto, el FCAS había sido concebido como el emblema de un continente capaz de competir con el F-35 estadounidense, de asegurar reemplazos para los Rafale y Eurofighter que empiezan a acercarse a su final operativo, y de demostrar que Europa aún puede liderar revoluciones tecnológicas en defensa. 

Golpe de realidad. Pero la realidad industrial y política que rodea al programa contradice la retórica oficial. Ocho años después de su presentación, FCAS acumula retrasos, disputas internas y un ambiente de desconfianza que convierte cada negociación en una lenta erosión de expectativas, obligando a preguntarse si este avión de 100.000 millones de euros no se ha convertido en un test fallido antes incluso de despegar. 

Los bloqueos que evidencian las costuras. Detrás de la fachada común, Francia y Alemania arrastran rivalidades estructurales que se vuelven especialmente visibles cuando deben cooperar en un terreno tan sensible como la aviación de combate. Dassault y Airbus, los gigantes llamados a trabajar codo con codo, llevan años intercambiando reproches. Eric Trappier, al frente de Dassault, nunca ha disimulado su rechazo a ceder liderazgo en el diseño, y tampoco ha ocultado su desdén hacia la capacidad técnica alemana en áreas consideradas críticas. 

Desde el otro lado, Airbus acusa a Dassault de proteger privilegios históricos incompatibles con un proyecto multinacional moderno. El éxito internacional del Rafale, convertido inesperadamente en un símbolo de independencia frente al F-35, ha reforzado aún más la posición francesa y ha tensado el reparto de cargas y responsabilidades. Ninguna de estas fricciones es nueva, pero sí se han vuelto más corrosivas en un momento en que la cooperación ya no es solo deseable, sino necesaria. Lo que debía ser una alianza entre iguales ha desembocado en lo que los analistas califican como un matrimonio de conveniencia lleno de suspicacias, en el que cada decisión táctil sobre propiedad intelectual, reparto industrial o transferencia tecnológica se convierte en un choque de culturas corporativas.

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El factor político. A la complejidad industrial se suma la vulnerabilidad política de sus impulsores. Macron, acorralado por una crisis presupuestaria interna y por la perspectiva de un 2027 que podría entregar el poder a la extrema derecha, ha perdido la capacidad de imponer ritmos o garantías en proyectos a largo plazo. 

Merz, por su parte, lidia con una economía que busca reinventarse y con un auge de la ultraderecha que obliga a cuidadosas calibraciones internas, pero a diferencia de Francia, Alemania sí dispone de recursos: su presupuesto de defensa se encamina hacia una duplicación que transforma a Berlín en el socio dominante en términos financieros. Esa asimetría introduce un desequilibrio de poder que irrita tanto a París como a los socios industriales implicados. 

Creer o no creer. Así las cosas, la cooperación exige fundamentalmente confianza, pero esa confianza es precisamente el recurso que más escasea. Sin un liderazgo claro, sin una visión común sostenida y sin una arquitectura que reparta riesgos y beneficios de forma creíble, FCAS se ha convertido en una batalla soterrada por influencia más que en un proyecto conjunto.

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Lo que nadie dice, pero todos piensan. Recordaban en Bloomberg que, a medida que aumentan los retrasos, empiezan a surgir hipótesis que hace solo unos años habrían sido impensables. Lo comentamos hace unas semanas, una vía es transformar FCAS en un paraguas de interoperabilidad digital que permita a cada país construir su propio avión, conectados todos por un sistema de datos común

Esta vía permitiría a Dassault seguir un camino soberano, mientras Airbus concentraría sus esfuerzos en sistemas de misión, drones acompañantes y fusión de datos. 

Pero hay más. Otra alternativa, más ambiciosa y políticamente más arriesgada, sería abandonar el reparto nacional de trabajo, que asigna tareas por bandera, y pasar a un reparto por competencias industriales, premiando a quien pueda hacer cada pieza mejor y más rápido. Esta última opción es la que los especialistas llevan años pidiendo, pero es también la que choca de frente con los incentivos electorales de cada gobierno. 

La defensa europea sigue organizada para maximizar beneficios a nivel nacional, no eficiencia común, y mientras esto no cambie, repetirán los mismos patrones de bloqueo. Sin una reforma profunda, FCAS corre el riesgo de convertirse en otro ejemplo de ambición que muere asfixiada por la política doméstica.

Consecuencias de un fracaso. El fracaso de FCAS sería algo más que el colapso de un proyecto industrial. Representaría un mensaje devastador para un continente que busca demostrar que puede garantizar su seguridad sin depender completamente de Estados Unidos. Mientras el F-35 cambia equilibrios en Oriente Medio y mientras Europa observa, casi a diario, cómo drones rusos penetran espacios aéreos occidentales, el mundo avanza hacia una guerra tecnológicamente distinta. 

Los países que lideren esa transición (desde enjambres autónomos hasta plataformas de sexta generación) determinarán la correlación de poder del siglo XXI. Renunciar a FCAS significaría aceptar que Europa llega tarde, que no está preparada para los saltos industriales que requiere el conflicto moderno y que, pese a la retórica de autonomía estratégica, sigue dependiendo de proveedores externos para sus capacidades críticas. Esa dependencia es la misma que Macron y Merz dicen querer superar, aunque el incumplimiento de sus propios proyectos los empuja, paso a paso, hacia ella.

Entre dos aguas. Si se quiere, el desenlace de FCAS será una prueba de fuego para la credibilidad europea. El proyecto nació como símbolo de autonomía, pero se ha convertido en recordatorio de que voluntad política y estructura industrial rara vez avanzan al mismo ritmo. Si Europa quiere tomarse en serio su propia seguridad, no basta con proclamar autonomía, necesita procesos, reglas y gobernanza capaces de sostenerla. 

Mientras ese cambio no llegue, los grandes proyectos seguirán tropezando con los mismos obstáculos. El avión de 100.000 millones de euros puede aún volar, pero para ello necesita una pista con “salida”, es decir, que Europa reconozca que la cooperación no puede basarse en discursos, sino en reformas profundas. De lo contrario, lo que se prometió como la demostración del renacimiento estratégico europeo se convertirá en el símbolo de su incapacidad para despegar cuando más lo necesita.

Imagen | GoodFon, Ejército del Aire y del Espacio Ministerio de Defensa España, Contando Estrelas

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En su desesperada carrera para mejorar sus defensas militares, Europa ha encontrado un aliado improbable: Xbox

En su desesperada carrera para mejorar sus defensas militares, Europa ha encontrado un aliado improbable: Xbox

La filtración del acuerdo de paz de 28 puntos elaborado por Estados Unidos con aportaciones rusas actuó como una sacudida estratégica para Europa. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las capitales europeas contemplaron la posibilidad de un arreglo que no solo debilitara a Ucrania, sino que erosionara directamente los cimientos de su propia arquitectura de seguridad. 

Así ha dado comienzo a una carrera: la de asegurar sus fronteras.

El giro que despertó a Europa. Contaba esta mañana el Financial Times que el documento, ahora mismo en plena discusión, fue percibido en Europa como una capitulación encubierta a los intereses de Moscú, una planteaba límites al tamaño del ejército ucraniano, vetos permanentes a la entrada de Ucrania en la OTAN, e incluso fórmulas que convertían a Washington en árbitro neutral entre Rusia y la Alianza Atlántica, un giro que muchos en el viejo continente consideraron inaceptable. 

El hecho de que el borrador fuese negociado sin la participación de ningún Estado miembro de la UE o de la OTAN acentuó la sensación de vulnerabilidad y marcó un límite psicológico: si la paz se firma a puerta cerrada y sin Europa, las consecuencias recaerán precisamente sobre Europa. 

Elevando el tono. De ahí que líderes como Ursula von der Leyen o Friedrich Merz hablaran de “momento de destino”, mientras Varsovia advertía que ningún acuerdo podría permitir que Rusia moldeara la seguridad continental a su antojo. 

El resultado inmediato fue una reacción coordinada: videoconferencias de emergencia, negociaciones paralelas en Ginebra y un intento acelerado de reinstalar a Europa en el centro de las decisiones que definen su futuro.

El rearme político. La alarma europea no se limita al destino de Ucrania. Abarca todo el marco jurídico, militar y diplomático que sostiene la estabilidad continental. La propuesta de vetar para siempre la entrada de Ucrania en la OTAN suponía aceptar un derecho de veto de facto para Moscú sobre la Alianza, algo que los diplomáticos europeos consideran más peligroso que cualquier retroceso territorial. 

De igual modo, la posibilidad de que un acuerdo impidiera desplegar tropas europeas en Ucrania como fuerza de garantía frustraba las ambiciones franco-británicas de crear una “Coalición de los dispuestos”. Y aún más grave, el borrador introducía un “diálogo Rusia-OTAN mediado por Estados Unidos”, un esquema que reinterpretaba la historia de la Alianza y situaba a Washington no como un miembro comprometido, sino como un árbitro externo

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Las palancas. Dicho de otra forma, la protección del orden europeo ya no se podía dar por sentada. Con Estados Unidos mostrando signos de repliegue e inclinación a negociar bilateralmente con Moscú, Europa descubrió que su margen de maniobra se estrechaba, y que sus palancas (sanciones, fondos rusos congelados, adhesión al G7, reglas de acceso al mercado único) eran aún más valiosas de lo que creía, y que ahora debía utilizarlas para asegurarse un asiento imprescindible en la mesa.

El control económico. Los textos filtrados apuntaban a concesiones que habrían vaciado las herramientas más poderosas de Europa: la capacidad de sancionar y de condicionar la reentrada de Rusia en la economía global. La idea de crear fondos de inversión con los 210.000 millones de euros del Banco Central ruso congelados en la UE, de modo que tanto Washington como Moscú pudieran beneficiarse, provocó indignación en Bruselas. 

Para la UE, esos activos no solo son una sanción: son el corazón de la futura arquitectura de reparaciones y la clave para financiar a Ucrania en los años en los que Estados Unidos se repliega. Del mismo modo, la propuesta de reincorporar a Rusia al G8 equivaldría a una amnistía política para Putin, dinamitar años de aislamiento diplomático y contradecir todo el esfuerzo europeo para penalizar su agresión. Por ello, mientras el borrador negociado en Ginebra se recortaba y se suavizaba, Europa reafirmaba que ninguna paz puede devolver a Rusia los beneficios económicos y estratégicos que perdió tras invadir Ucrania. Sin una presión económica sostenida, cualquier tregua sería temporal, y con ella, la UE conserva el único elemento que aún puede obligar a Moscú a negociar en serio.

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Una carrera contrarreloj. El mayor cambio que provocó este episodio es la aceptación, en todas las capitales europeas, de que Europa debe prepararse para un escenario en que Estados Unidos ya no sea su garante automático. Las dudas sobre el compromiso estadounidense han abierto un ciclo de reflexión acelerada sobre defensa aérea, reconstitución industrial y despliegue militar autónomo. Desde Francia y Alemania hasta Polonia, la pregunta ya no es si Europa debería asumir más responsabilidades, sino si puede hacerlo lo suficientemente rápido

La guerra en Ucrania ha demostrado que la defensa terrestre es fundamental, pero también que la seguridad europea se juega en el aire: drones, misiles, enjambres FPV, guerra electrónica. Las incursiones de drones rusos en Polonia y Rumanía, que hace unos años habrían sido impensables, se han convertido en la señal más visible de que la línea entre la guerra en Ucrania y la seguridad del territorio europeo se ha difuminado. Todo ello ha desencadenado un replanteamiento profundo sobre cómo blindar el cielo europeo, cómo integrar sistemas heterogéneos y cómo desarrollar defensas baratas, escalables y rápidas de desplegar.

El aliado que nadie esperaba: mandos de Xbox. Así, en medio de esta carrera urgente por reforzar sus defensas, Europa y la OTAN han encontrado aliados de lo más inesperados: los mandos de Xbox. Sistemas como Merops (un interceptor de drones usado en Ucrania y adoptado ya por Polonia y Rumanía) se controlan con mandos idénticos a los que cualquiera compra en una tienda por 30 dólares. 

Lejos de ser una anécdota, esta solución representa la búsqueda de simplicidad, rapidez y familiaridad: soldados formados en videojuegos pueden operar estas plataformas en cuestión de días, y convertirse en pilotos eficaces en dos semanas, algo impensable con sistemas militares tradicionales. 

La forma del mando, clave. La ergonomía intuitiva, la disponibilidad comercial y la robustez de los controladores han convertido a estos dispositivos en un estándar inesperado del nuevo campo de batalla europeo. De hecho, un soldado que pilota los interceptores declaró a Insider que el mando de Xbox es la opción ideal. "Es compacto y fácil de empacar y almacenar, y los mandos de Xbox son muy resistentes", explicó durante una demostración de Merops en el sureste de Polonia la semana pasada.

Lo que antes era un accesorio de ocio se ha convertido en una herramienta táctica para interceptar drones Shahed, neutralizar amenazas en tiempo real y reforzar la capa inferior de las defensas aéreas del flanco oriental. Es una respuesta directa a un problema central: Europa no dispone del tiempo necesario para construir sistemas exclusivamente militares; necesita soluciones que funcionen ahora.

Entre la autonomía y la improvisación. La sensación que se impone tras este episodio es que Europa ha entrado en un periodo de transición en el que la seguridad ya no puede depender del automatismo transatlántico. La propuesta de paz filtrada no ha provocado una crisis diplomática, ha revelado una crisis latente: Europa comprendió que, en un posible acuerdo de paz, sus intereses podrían dejar de ser prioritarios para Washington.

Por eso, la reacción europea no ha sido solo política, sino técnica, industrial y militar. Aceleración de la producción de munición, expansión de los sistemas antiaéreos, refuerzo del flanco oriental, revisión del papel de la OTAN y exploración de soluciones no convencionales como esos mandos Merops o la integración de tecnología comercial. La guerra en Ucrania ha acelerado el futuro, y Europa ha descubierto que, para sobrevivir en él, deberá combinar instituciones tradicionales, presión económica estratégica y una sorprendente dosis de innovación improvisada.

Una paz que no desarme a Europa. Si se quiere también, el horizonte inmediato es más o menos claro: si se alcanza un acuerdo de paz sin que Europa asegure sus intereses esenciales, el continente podría despertar en un escenario más frágil que el anterior a la invasión. De ahí que el objetivo europeo sea doble: evitar que Ucrania quede indefensa y garantizar que cualquier paz refuerce (y no sustituya) el armazón de seguridad europeo. 

El choque inicial del plan estadounidense-ruso ha obligado a Europa a reescribir su papel estratégico: pasar de espectador irritado a actor imprescindible. Y en esa transición, desde los 210.000 millones congelados hasta los mandos de Xbox, Europa está construyendo una nueva arquitectura defensiva donde lo sofisticado convive con lo improvisado, y donde la seguridad depende tanto de los tratados como de la capacidad de interceptar un dron en segundos. 

Imagen | Thinkleverage, Nara, European Defence Agency

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México necesitaba desesperadamente que a los mexicanos les importaran los axolotes. Así que los puso en los billetes

México necesitaba desesperadamente que a los mexicanos les importaran los axolotes. Así que los puso en los billetes

El fenómeno cultural en torno al ajolote mexicano empezó con un gesto aparentemente modesto: su aparición en un billete, parte de un proceso de diseño en el que especialistas en Xochimilco asesoraron al Banco de México para representar fielmente a esta especie única y a su ecosistema chinampero. La intención inicial era pedagógica y simbólica, pero terminó desatando un entusiasmo inesperado de dimensiones desconocidas.

La criatura que conquistó un país. Como decíamos, la irrupción en 2021 del ajolote en el billete mexicano de 50 pesos transformó por completo la relación del país con una especie que, hasta entonces, era conocida solo por especialistas y habitantes de Xochimilco

Desde el primer día de circulación, el diseño cautivó a millones de personas, no solo por su estética, sino por la figura suave y enigmática del anfibio que, sin proponérselo, encarnó una mezcla de ternura, identidad y orgullo cultural.

Sin millones en circulación. El billete se convirtió en un fenómeno inmediato: coleccionistas, familias y jóvenes comenzaron a guardarlo como un pequeño tesoro, lo que explica que, más de cuatro años después, el Banco de México (Banxico) haya dado a conocer a través de un informe que 9,8 millones de mexicanos guardan o coleccionan este billete como si se tratara de un tesoro y hayan decidido apartarlo de la circulación. 

De hecho, el banco ha detallado que el 68% de los consultados, quienes respondieron que guardan o coleccionan este papel moneda, tienen de una a cinco unidades. Según el cálculo, si 9,8 millones de mexicanos preservan un billete de 50, se estima que alrededor de 490 millones de pesos de esta divisa, o su equivalente aproximado a más de 26 millones de dólares, están fuera de circulación. Alucinante.

Premios. Su éxito llevó incluso a que fuera premiado internacionalmente como billete del año, consagrando lo que ya se intuía: la imagen del ajolote había conectado con una sensibilidad colectiva que iba mucho más allá de lo económico. 

Y detrás de esa imagen había un animal real, una ajolota llamada Gorda, seleccionada tras un cuidadoso proceso de documentación y fotografía, que terminó convirtiéndose en una figura nacional sin que nadie lo planeara.

La vida cotidiana de la Gorda. Gorda vive actualmente en Axolotitlán, el Museo Nacional del Ajolote, donde permanece en una pecera profunda y cuidada en la que ya no se la expone de manera constante debido a su edad avanzada. Aun así, quienes la visitan pueden reconocerla por unas pequeñas manchas blancas en la cabeza, un rasgo que terminó convirtiéndose en su seña de identidad. 

Su fama ha generado un ecosistema paralelo de objetos y recuerdos (desde peluches hasta tazas y prendas de ropa) que han reforzado su presencia en la vida cotidiana del país. Pero más allá de la cultura popular, los especialistas han recordado que la admiración también implica responsabilidad: el ajolote es una especie extremadamente frágil, dependiente de un entorno específico, y su súbita notoriedad solo tiene sentido si se traduce en una mayor conciencia sobre su conservación. La historia de Gorda demuestra que un solo ejemplar puede convertirse en puente entre la ciudadanía y la naturaleza, pero también que la emoción colectiva debe ir acompañada por decisiones que garanticen la supervivencia de la especie.

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Una criatura extraordinaria. Las cualidades biológicas del ajolote, desde su capacidad para regenerar extremidades, tejidos e incluso partes del cerebro, hasta su respiración por agallas, piel y boca, o su condición de salamandra que no completa la metamorfosis, lo han convertido en un animal único en el mundo. 

Sin embargo, esa singularidad convive con una situación crítica: el Ambystoma mexicanum está catalogado en peligro extremo de extinción y la destrucción de su hábitat ha sido constante durante décadas. Xochimilco, el único lugar donde esta especie existe de forma natural, enfrenta una combinación de amenazas: urbanización acelerada, contaminación del agua y la presencia de especies invasoras que diezmaron a las nativas desde la década de 1980. 

Y más. A ello se suman intervenciones improvisadas, como la liberación de ajolotes sin protocolos científicos, que acaban en mortalidad casi inmediata por choques térmicos, mala calidad del agua o competencia entre ejemplares. 

Los especialistas insisten en que la conservación del ajolote no es un acto de buena voluntad aislada, sino un proceso técnico que exige control estricto del entorno, evaluación genética, aclimatación lenta y protección integral de los canales. La fragilidad del animal refleja la fragilidad del ecosistema que lo sostiene.

Restaurar Xochimilco. Cuentan los científicos que la conservación del ajolote es inseparable de la recuperación de Xochimilco, y esa evidencia ha llevado a investigadores y chinamperos a emprender proyectos de refugios que recuperan técnicas agrícolas ancestrales. Estas chinampas restauradas actúan como microecosistemas seguros donde los ajolotes pueden mantenerse sin contacto con especies invasoras y con una calidad de agua adecuada. 

El objetivo no es crear reservas artificiales, sino devolver al entorno su equilibrio original para que la especie pueda sobrevivir sin depender eternamente de la intervención humana. Xochimilco no es solo un patrimonio histórico ni una postal turística, es un sistema vivo que regula inundaciones, estabiliza la temperatura, sostiene agricultura tradicional y alberga una biodiversidad que depende de su continuidad. El ajolote es únicamente la punta visible de un problema mucho más amplio: si su hogar desaparece, desaparecerán también funciones ecológicas de las que depende toda la región.

El hype. Sea como fuere, el fenómeno social del billete de 50 pesos demostró que una imagen puede cambiar la percepción pública de una especie entera. Gorda se transformó en un símbolo reconocido por millones de personas, capaz de despertar curiosidad, afecto y un sentido inesperado de identidad. 

Pero el verdadero impacto no está en la colección de billetes ni en los objetos inspirados en el ajolote, sino en la oportunidad que abrió para comprender que la conservación es un acto profundamente cultural: solo se protege lo que se conoce, y solo se cuida aquello con lo que se genera un vínculo. 

El reto en México ahora es convertir esa emoción en un compromiso sostenido. El billete dio visibilidad, y la restauración de Xochimilco decidirá si esa visibilidad tiene futuro. El ajolote, mientras tanto, ya ocupó un lugar en la vida cotidiana, y ahora es el país el que debe decidir si también ocupará un lugar en su futuro.

Imagen | Dgzvs2012

En Xataka | Hemos descubierto una megaciudad de arañas: una telaraña de 100 metros cuadrados donde dos especies enemigas viven en paz 

En Xataka | En 1970, un zoólogo soltó una especie de roedor en el Cáucaso para repoblarlo. Un siglo después el destrozo es gigantesco 



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La gran paradoja de EEUU: el mundo no para de pedirle más cazas F-35, pero China le ha cerrado el grifo para construirlos

La gran paradoja de EEUU: el mundo no para de pedirle más cazas F-35, pero China le ha cerrado el grifo para construirlos

El F-35 Lightning II, el caza más caro y complejo jamás construido, atraviesa un punto crítico en su historia. En septiembre de 2025, un informe de la Oficina de Responsabilidad del Gobierno de Estados Unidos (GAO) reveló que todas las entregas en 2024 llegaron con retraso, acumulando un promedio de 238 días de demora. Ahora, una filtración ha revelado que los retrasos pueden multiplicarse, y China tiene un papel fundamental.

El problema del mayor programa militar. Recordaban hace unos meses en Insider que los retrasos de 2024 tenían una causa principal: el estancamiento del paquete tecnológico Technology Refresh 3 (TR-3), una actualización esencial de hardware y software sobre la que se asienta la modernización del bloque 4, ya con un sobrecoste de 6.000 millones de dólares y cinco años de retraso respecto a lo previsto.

La paradoja era que, pese a los fallos de mantenimiento, las deficiencias en disponibilidad y los costes que ya superan los 2 billones de dólares a lo largo de su vida útil, el F-35 sigue siendo la piedra angular de la defensa aérea estadounidense y de sus aliados. Más de 2.500 unidades siguen en la planificación del Pentágono, mientras la flota actual apenas es “operativa” la mitad del tiempo. 

Más dinero. Lockheed Martin, su contratista principal, continúa recibiendo incentivos incluso por entregas tardías, en un programa que ya no solo enfrenta retrasos técnicos, sino una amenaza mucho más estructural: la dependencia global de su cadena de suministro.

Una red global. El F-35 es, por definición, un avión multinacional. De los más de 1.200 aparatos fabricados hasta la fecha, cerca del 42% de sus componentes se producen fuera de Estados Unidos, en un entramado industrial que involucra a más de una veintena de países. Reino Unido, el único socio de nivel 1, fabrica en Lancashire los fuselajes traseros de todos los F-35 del mundo, además de sus colas, asientos eyectables y parte del código del sistema de guerra electrónica. 

Italia y los Países Bajos ensamblan estructuras y sistemas ópticos, mientras Australia, Canadá, Noruega o Dinamarca aportan secciones del fuselaje, alas o electrónica especializada. Alemania, Japón e Israel también contribuyen con piezas críticas: desde depósitos de combustible hasta visores montados en casco. Este ecosistema, que combina miles de proveedores bajo una supervisión única, ha convertido al F-35 en el mayor proyecto de cooperación industrial de defensa del planeta. 

Image From Rawpixel Id 8727798 Original

La letra pequeña. Pero, pese a la dispersión geográfica, el control total lo conserva Estados Unidos: el Departamento de Defensa y Lockheed Martin guardan con celo el código fuente, las claves de mantenimiento, los algoritmos de sigilo y el sistema logístico ALIS, sin los cuales ningún país puede operar el avión de manera independiente. 

Cada exportación incluye cláusulas que prohíben maniobras conjuntas con sistemas rusos o chinos y permiten a Washington supervisar cada vuelo, cada revisión y cada actualización de software.

Cazas como churros. Para 2025, Lockheed Martin ha apostado por revertir la narrativa de los retrasos con una cifra que refleja tanto ambición como vulnerabilidad: fabricar 200 cazas en un solo año, uno por cada día laborable. En su conferencia de resultados del tercer trimestre, el CEO Jim Taiclet anunció que ya se habían entregado 143 unidades, con una cartera de pedidos valorada en 179 mil millones de dólares, la mayor en la historia de la compañía. 

El auge responde al incremento global del gasto en defensa, con países europeos acelerando su rearme y nuevos compradores (como Finlandia o Japón) incorporando el F-35 como eje central de sus flotas. El avión se ha convertido en una herramienta de disuasión y cohesión entre aliados, un símbolo de interoperabilidad bajo el paraguas de Washington. Pero el éxito industrial oculta una fragilidad estratégica: la compleja red de componentes del F-35 depende, directa o indirectamente, de materiales que casi en su totalidad provienen de China, desde imanes de tierras raras hasta elementos para sensores, servomotores y actuadores críticos.

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El arma silenciosa de Pekín. A través de una exclusiva del Wall Street Journal hemos conocido que, mientras Lockheed Martin celebraba su mejor año de entregas, China movía sus propias piezas con precisión quirúrgica. Pekín anunció la creación de un sistema de “usuarios finales validados” (VEU) para regular la exportación de imanes y metales de tierras raras: materiales imprescindibles tanto para los cazas F-35 como para submarinos, drones o vehículos eléctricos. 

El plan, presentado como una medida de apertura comercial tras la tregua arancelaria entre Xi Jinping y Donald Trump, en realidad apunta a excluir del flujo de exportaciones a cualquier empresa vinculada al complejo militar estadounidense. Dicho de otra forma, las compañías que abastecen al F-35 (desde fabricantes de motores hasta subcontratistas aeroespaciales) van a quedar bloqueadas, mientras se prioriza el suministro a industrias civiles. 

Disuasión estratégica. Con este sistema, Pekín puede cumplir formalmente su promesa de liberalizar el comercio, al tiempo que asfixia a las cadenas críticas del sector defensa norteamericano. La arquitectura del VEU, inspirada en los propios mecanismos de control de exportaciones de Estados Unidos, convierte la política industrial en un instrumento de disuasión estratégica.

El cuello de botella. El control chino sobre las tierras raras (70% de la extracción y más del 90 % del procesamiento mundial) coloca a Washington ante un dilema estructural: su caza más avanzado depende de un recurso monopolizado por su principal rival geopolítico. Aunque la Casa Blanca busca diversificar fuentes mediante acuerdos con países como Kazajistán, Groenlandia o Ucrania, la sustitución de la capacidad china llevará años. 

En los últimos meses, las exportaciones de imanes chinos a Estados Unidos cayeron un 29%, lo que ya ha comenzado a afectar a fabricantes de motores y sistemas de guiado. Si Pekín aplica de forma estricta su nuevo sistema, no solo ralentizaría la producción del F-35, sino que podría interrumpir temporalmente la cadena logística de mantenimiento de flotas ya desplegadas. En ese escenario, el programa que simboliza la supremacía tecnológica occidental se vería condicionado por la dependencia de un enemigo estratégico.

La paradoja de un caza. El F-35 nació como emblema de interoperabilidad y dominio tecnológico, pero su evolución demuestra que la superioridad militar ya no se mide solo en radares o misiles, sino también en acceso a minerales, chips y materiales avanzados. 

A medida que el avión más caro del mundo se ensambla con piezas fabricadas en tres continentes y con imanes procesados en China, su historia se convierte en una metáfora del siglo XXI: una guerra de interdependencias donde cada caza que despega lleva en sus entrañas una dosis de vulnerabilidad global. 

Así, mientras Lockheed Martin intenta mantener su ritmo récord de producción y el Pentágono refuerza su narrativa de liderazgo, el verdadero campo de batalla se libra en las minas, laboratorios y aduanas del planeta, donde la próxima gran crisis de defensa podría no surgir de un misil hipersónico, sino de un cuello de botella industrial.

Imagen | RawPixel, NARA

En Xataka | Ha llegado un nuevo ejército a poner orden en el Ártico: un escuadrón de F-35 que no pertenece ni a China, ni a Rusia ni a EEUU 

En Xataka | EEUU tiene un mensaje para los que le dieron la espalda al F-35: ahora volará solo con su propio ejército de drones



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En plena tensión con EEUU, Venezuela ha presentado su simulador de drones: es igual a un juego de Steam de tres euros

En plena tensión con EEUU, Venezuela ha presentado su simulador de drones: es igual a un juego de Steam de tres euros

El 2 de septiembre comenzó una historia cuyo final se prevé aún largo. Aquel día, Estados Unidos aseguraba que había derribado una narcolancha frente a la costa de Venezuela. Desde entonces hasta ahora los niveles de tensión han ido en aumento con llegada continua de una flota de Washington en la zona y una idea inquietante que flota en el ambiente sobre la verdadera magnitud del movimiento de Washington.

Y, frente a ello, Venezuela acaba de presentar un simulador para su armada.

Un videojuego …ruso. Lo contaban en Insider. En la Academia Militar del Ejército Bolivariano de Venezuela, en Caracas, se difundieron recientemente imágenes de jóvenes cadetes aprendiendo a manejar drones kamikazes a través de simuladores de vuelo. Las máquinas, revestidas y equipadas con joysticks y pantallas planas, pretendían mostrar el salto tecnológico del ejército venezolano en materia de guerra no tripulada. 

Sin embargo, las imágenes del vídeo causaron sorpresa internacional: el software utilizado es prácticamente idéntico (si no el mismo) al videojuego ruso FPV Kamikaze Drone, desarrollado por la empresa HFM Games y vendido en la plataforma Steam por apenas 3,99 dólares. 

La sombra de la copia. La interfaz, los gráficos, la física del motor y hasta el menú de selección de misiones son exactamente los mismos. Desde Moscú, el propio cofundador del estudio, Aleksei Kolotilov, confirmó que nunca hubo contacto con el gobierno venezolano ni adaptación alguna del programa con fines militares. 

“Nuestro juego fue creado solo para entretenimiento civil”, aseguró, ironizando con que, si Caracas quisiera agradecer la “colaboración involuntaria”, podrían “mandar un par de barriles de petróleo” a cambio de arreglar algunos fallos del software.

Simuladores baratos. El vídeo institucional, difundido entre discursos patrióticos y consignas de lealtad, se publicó justo cuando la tensión entre Estados Unidos y Venezuela alcanzaba uno de sus picos más altos en años, alimentando los temores de un enfrentamiento abierto. 

En otro material, el comandante del ejército, general Johan Hernández Lárez, afirma con solemnidad que los jóvenes están “listos para destruir al enemigo”, mientras un cadete muestra cómo su dron virtual se lanza contra un complejo de edificios, en una recreación idéntica a las misiones del juego ruso. En otra grabación difundida por la propia academia, una presentadora uniformada agradece a las Fuerzas Armadas por el “esfuerzo conjunto” que permitió adquirir los simuladores, mientras decenas de cadetes practican en una hilera de terminales con estética de recreativa.

De Ucrania a Caracas. Lo hemos contado antes: los drones FPV se han convertido en una herramienta letal de bajo coste, popularizada por el ejército ucraniano y adoptada rápidamente por potencias y países en desarrollo. A diferencia de los drones de reconocimiento, los FPV son manejados como si el operador estuviera dentro de ellos, lo que permite ataques precisos a bajo coste. 

Su proliferación ha transformado los campos de batalla, democratizando la capacidad de infligir daño. En la guerra de Ucrania, los pilotos se entrenan con programas digitales, pero también deben demostrar su pericia en pruebas reales antes de operar en combate. Ejércitos de todo el mundo han tomado nota, y ahora incluso países sin tradición tecnológica, como Venezuela, buscan adaptar el modelo con recursos limitados.

El efecto simbólico. El uso de un videojuego comercial como supuesto simulador militar revela la paradoja del aparato de defensa venezolano: un ejército que exhibe poder, pero depende de medios improvisados. En un contexto de sanciones internacionales, aislamiento tecnológico y recursos escasos, la adopción de un software civil ruso para entrenar oficiales se convierte tanto en un gesto de propaganda como en un símbolo de precariedad. 

A diferencia de Estados Unidos o de la misma Ucrania, donde el aprendizaje se completa con prácticas reales, el ejército venezolano parece recurrir a soluciones de bajo coste para proyectar una imagen de modernización. 

Sin embargo, más allá de la ironía de que un videojuego barato se transforme en herramienta militar, el episodio refleja otra tendencia global: la difuminación de la frontera entre el entretenimiento digital y la guerra real, donde la preparación de soldados y la simulación de combates pueden depender, literalmente, de un software diseñado para jugar.

Imagen | Academia Militar del Ejército Bolivariano 

En Xataka | EEUU ha enviado bombarderos B-1 a frente al espacio aéreo de Venezuela: todo lo que está pasando se acerca a una palabra 

En Xataka | EEUU tiene a varios barcos de guerra desplegados frente a Venezuela. Venezuela tiene un misil soviético capaz de penetrarlos 



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En plena tensión con EEUU, Venezuela ha presentado su simulador de drones: es igual a un juego de Steam de tres euros

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El 2 de septiembre comenzó una historia cuyo final se prevé aún largo. Aquel día, Estados Unidos aseguraba que había derribado una narcolancha frente a la costa de Venezuela. Desde entonces hasta ahora los niveles de tensión han ido en aumento con llegada continua de una flota de Washington en la zona y una idea inquietante que flota en el ambiente sobre la verdadera magnitud del movimiento de Washington.

Y, frente a ello, Venezuela acaba de presentar un simulador para su armada.

Un videojuego …ruso. Lo contaban en Insider. En la Academia Militar del Ejército Bolivariano de Venezuela, en Caracas, se difundieron recientemente imágenes de jóvenes cadetes aprendiendo a manejar drones kamikazes a través de simuladores de vuelo. Las máquinas, revestidas y equipadas con joysticks y pantallas planas, pretendían mostrar el salto tecnológico del ejército venezolano en materia de guerra no tripulada. 

Sin embargo, las imágenes del vídeo causaron sorpresa internacional: el software utilizado es prácticamente idéntico (si no el mismo) al videojuego ruso FPV Kamikaze Drone, desarrollado por la empresa HFM Games y vendido en la plataforma Steam por apenas 3,99 dólares. 

La sombra de la copia. La interfaz, los gráficos, la física del motor y hasta el menú de selección de misiones son exactamente los mismos. Desde Moscú, el propio cofundador del estudio, Aleksei Kolotilov, confirmó que nunca hubo contacto con el gobierno venezolano ni adaptación alguna del programa con fines militares. 

“Nuestro juego fue creado solo para entretenimiento civil”, aseguró, ironizando con que, si Caracas quisiera agradecer la “colaboración involuntaria”, podrían “mandar un par de barriles de petróleo” a cambio de arreglar algunos fallos del software.

Simuladores baratos. El vídeo institucional, difundido entre discursos patrióticos y consignas de lealtad, se publicó justo cuando la tensión entre Estados Unidos y Venezuela alcanzaba uno de sus picos más altos en años, alimentando los temores de un enfrentamiento abierto. 

En otro material, el comandante del ejército, general Johan Hernández Lárez, afirma con solemnidad que los jóvenes están “listos para destruir al enemigo”, mientras un cadete muestra cómo su dron virtual se lanza contra un complejo de edificios, en una recreación idéntica a las misiones del juego ruso. En otra grabación difundida por la propia academia, una presentadora uniformada agradece a las Fuerzas Armadas por el “esfuerzo conjunto” que permitió adquirir los simuladores, mientras decenas de cadetes practican en una hilera de terminales con estética de recreativa.

De Ucrania a Caracas. Lo hemos contado antes: los drones FPV se han convertido en una herramienta letal de bajo coste, popularizada por el ejército ucraniano y adoptada rápidamente por potencias y países en desarrollo. A diferencia de los drones de reconocimiento, los FPV son manejados como si el operador estuviera dentro de ellos, lo que permite ataques precisos a bajo coste. 

Su proliferación ha transformado los campos de batalla, democratizando la capacidad de infligir daño. En la guerra de Ucrania, los pilotos se entrenan con programas digitales, pero también deben demostrar su pericia en pruebas reales antes de operar en combate. Ejércitos de todo el mundo han tomado nota, y ahora incluso países sin tradición tecnológica, como Venezuela, buscan adaptar el modelo con recursos limitados.

El efecto simbólico. El uso de un videojuego comercial como supuesto simulador militar revela la paradoja del aparato de defensa venezolano: un ejército que exhibe poder, pero depende de medios improvisados. En un contexto de sanciones internacionales, aislamiento tecnológico y recursos escasos, la adopción de un software civil ruso para entrenar oficiales se convierte tanto en un gesto de propaganda como en un símbolo de precariedad. 

A diferencia de Estados Unidos o de la misma Ucrania, donde el aprendizaje se completa con prácticas reales, el ejército venezolano parece recurrir a soluciones de bajo coste para proyectar una imagen de modernización. 

Sin embargo, más allá de la ironía de que un videojuego barato se transforme en herramienta militar, el episodio refleja otra tendencia global: la difuminación de la frontera entre el entretenimiento digital y la guerra real, donde la preparación de soldados y la simulación de combates pueden depender, literalmente, de un software diseñado para jugar.

Imagen | Academia Militar del Ejército Bolivariano 

En Xataka | EEUU ha enviado bombarderos B-1 a frente al espacio aéreo de Venezuela: todo lo que está pasando se acerca a una palabra 

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El Fujian es oficialmente la mayor catapulta de poder de China. Pekín ya tiene un botón para desafiar a la Marina de EEUU

El Fujian es oficialmente la mayor catapulta de poder de China. Pekín ya tiene un botón para desafiar a la Marina de EEUU

Hace casi dos años que China terminó su ansiado portaaviones Fujian, su mayor barco de guerra con tecnología puntera para la nación. Desde entonces hasta ahora ha ido pasando por diferentes escenarios de pruebas y test que confirmaran la fiabilidad del que debería ser la punta de lanza de Pekín para competir en la misma liga que Estados Unidos. Ese día ya ha llegado. 

El poder naval del S.XXI. China ha oficializado la entrada en servicio del Fujian, su primer portaaviones con catapultas electromagnéticas, un hito que marca un salto cualitativo en la ambición naval del país y en su rivalidad directa con Estados Unidos. 

En una ceremonia celebrada en el puerto de Sanya, en la isla de Hainan, el presidente Xi Jinping protagonizó el gesto simbólico de pulsar el botón de lanzamiento desde la burbuja de control del buque, en un acto que la propaganda estatal presentó como el inicio de una nueva era para la Armada del Ejército Popular de Liberación. 

Proyección y vulnerabilidad. Con 80.000 toneladas de desplazamiento, 300 metros de eslora y capacidad para operar cerca de 60 aeronaves, el Fujian se convierte en la joya de la flota china, la tercera en servicio después del Liaoning y el Shandong. Su rasgo distintivo son las catapultas electromagnéticas, un sistema de lanzamiento de aviones similar al EMALS estadounidense que solo equipa otro buque en el mundo: el USS Gerald R. Ford

China ha saltado así directamente de los portaaviones con rampa tipo “ski jump” a una generación de propulsión electromagnética dirigida personalmente, según Pekín, por Xi. Este avance técnico tiene implicaciones estratégicas claras: mejora la cadencia de salidas, reduce el desgaste de las aeronaves y permite operar drones o aparatos más ligeros, abriendo la puerta a una aviación embarcada más flexible y moderna.

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Fujian

El salto y la dimensión. El Fujian representa algo más que una mejora técnica: es el primer portaaviones totalmente diseñado y construido en China, libre de la herencia soviética que condicionó los anteriores. El Liaoning fue en origen un casco ucraniano inconcluso de los años ochenta y el Shandong su derivado nacional, ambos con sistemas STOBAR de despegue corto. Con el Fujian, China abandona ese pasado y exhibe su madurez tecnológica, especialmente en un contexto de rivalidad industrial con Estados Unidos, cuyo propio programa EMALS ha afrontado años de fallos y sobrecostes. 

En contraste con los problemas del Gerald R. Ford, el discurso de Xi y la puesta en escena de la ceremonia transmiten un mensaje de eficacia y orgullo nacional: el de una potencia capaz de fabricar sus propios buques de vanguardia mientras el adversario duda. La elección del puerto de Hainan tampoco fue casual. desde allí, China controla el acceso al mar del Sur y proyecta su influencia hacia el Pacífico occidental y el estrecho de Taiwán. En ese tablero, el Fujian no es solo un buque, sino una declaración política sobre la capacidad de Pekín de disputar el dominio marítimo global.

Fujian Shandong Commissioning Ceremony

Fujian

Blanco del futuro. Sin embargo, la relevancia de estos colosos de acero convive con una paradoja. Mientras las grandes potencias siguen invirtiendo miles de millones en construirlos, el conflicto en Ucrania ha demostrado que el tamaño ya no garantiza invulnerabilidad. Con drones navales de bajo coste, Ucrania ha logrado inutilizar gran parte de la flota rusa del mar Negro, infligiendo un “derrota funcional” sin poseer un solo portaaviones. 

El contraste es elocuente: la guerra asimétrica reduce la eficacia de las armas convencionales más caras, pero no su valor estratégico. En el caso de China y Estados Unidos, los portaaviones mantienen su papel como instrumentos de proyección y disuasión, útiles tanto para operaciones de combate como para la diplomacia coercitiva. 

Meter miedo. Washington sigue utilizándolos como herramienta de presión geopolítica: el propio Donald Trump llegó a ordenar el despliegue del Gerald R. Ford frente a Venezuela como advertencia simbólica al régimen de Nicolás Maduro. 

La escena, con un portaaviones escoltado por cuatro destructores y armado con 70 aeronaves, ilustra hasta qué punto estos buques continúan siendo embajadores armados de las superpotencias, más allá de su discutible rentabilidad militar.

Disuasión global. Las armadas modernas son conscientes de que los portaaviones son tanto un símbolo como un blanco. Durante la Guerra Fría, se estimaba que hacían falta doce misiles convencionales para hundir un superportaaviones. En 2005, el hundimiento experimental del USS America requirió cuatro semanas de ataques sostenidos, lo que confirmó su resiliencia estructural, pero también su exposición. 

En un escenario saturado de misiles hipersónicos, enjambres de drones y sistemas antibuque de largo alcance, su supervivencia en combate real es cada vez más incierta. No obstante, ninguna otra plataforma ofrece la combinación de movilidad, capacidad aérea y autonomía logística que brinda un portaaviones. Por eso China, pese a invertir en misiles para repeler una flota estadounidense en su litoral, considera estos buques imprescindibles para sus propias ambiciones globales. Como señala el analista Nick Childs, del International Institute for Strategic Studies, Pekín los entiende como una herramienta indispensable para proyectar influencia y respaldar una eventual operación sobre Taiwán.

Geopolítica del acero. Lo hemos ido contando: el auge del Fujian se inscribe en una estrategia más amplia de expansión naval que ha convertido a los astilleros chinos en los más productivos del planeta. La flota de superficie y submarina del país crece a un ritmo que Estados Unidos ya no puede igualar, y cada nuevo buque refuerza la narrativa de autosuficiencia industrial que Xi Jinping presenta como emblema del “renacimiento nacional”

Frente a los once portaaviones estadounidenses (diez nucleares y uno de propulsión convencional), China cuenta con tres, pero con planes de construir al menos uno nuclear, el futuro Type 004, que podría rivalizar directamente con los Ford de la US Navy. A diferencia de Rusia, cuyo único portaaviones, el envejecido Almirante Kuznetsov, lleva años fuera de servicio y se encamina al desguace, China y Estados Unidos son hoy las únicas potencias capaces de sostener flotas de gran proyección oceánica. Europa, por su parte, mantiene presencia simbólica: el Reino Unido emplea sus portaaviones Queen Elizabeth y Prince of Wales en misiones diplomáticas o de entrenamiento, mientras Francia prepara su nuevo portaaviones nuclear de generación futura.

Siglo de los mares y fragilidad. Si se quiere también, el Fujian simboliza el punto de encuentro entre tradición y modernidad: un gigante nacido para demostrar que China puede jugar en la misma liga que Estados Unidos. Pero también representa la contradicción de un tiempo en que la tecnología avanza más rápido que la doctrina militar. Los drones, las armas hipersónicas y la guerra electrónica han redefinido el control del mar, y cada portaaviones es ahora un emblema tan poderoso como vulnerable

Aun así, la lógica política prevalece sobre la táctica: los Estados siguen necesitando estos buques para mostrar bandera, intimidar adversarios y reafirmar su estatus global. LaDicho de otra forma: la era de los portaaviones no ha terminado, pero ha entrado en una fase incierta, en la que la supremacía naval se mide tanto por la capacidad de construir gigantes como por la habilidad de protegerlos en un océano lleno de ojos y misiles. 

En ese tablero, el Fujian es la pieza más reciente del ajedrez geopolítico que enfrenta a China y Estados Unidos, un símbolo flotante de que la próxima gran rivalidad del siglo XXI no se decidirá solo en tierra firme, sino también sobre las aguas del Pacífico.

Imagen | CHINESE MINISTRY OF NATIONAL DEFENSE

En Xataka | China acaba de poner a prueba el Fujian con tres aviones distintos. La catapulta electromagnética ya no es teoría, es práctica 

En Xataka | EEUU ha detectado una ventaja naval sobre China. La catapulta de los portaaviones de Pekín viene con un fallo “de fábrica” 



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Un diminuto pueblo español con 13 casas no puede más. Un asesinato lo ha convertido en la capital del turismo del crimen

Un diminuto pueblo español con 13 casas no puede más. Un asesinato lo ha convertido en la capital del turismo del crimen

En lo alto de los Pirineos catalanes, entre nubes, bosques y vacas que pastan bajo la lluvia, se alza Tor, una aldea de apenas trece casas donde hace tres décadas ocurrió un crimen que marcó para siempre a sus habitantes. En 1995 apareció el cuerpo de Josep Montané, conocido como Sansa, con un cable eléctrico al cuello y el cadáver arrastrado hasta su cocina. Era el tercer asesinato en quince años en un lugar demasiado pequeño para tantos muertos. 

Hoy parece el decorado de la mítica “Se ha escrito un crimen”.

Mito nacional. La historia la recuperaba este fin de semana el New York Times como ejemplo de un tipo de turismo que ha ido sumándose en paralelo al del sol y playa. Lo que parecía un ajuste de cuentas rural se transformó, con el tiempo, en un relato nacional sobre codicia, secretos y abandono institucional. 

La montaña, compartida desde 1896 por las familias del pueblo bajo un acuerdo ancestral, se había convertido en objeto de disputa entre quienes soñaban con un lucrativo complejo de esquí y quienes querían conservar su vida campesina. El conflicto, alimentado por los intereses del contrabando y los litigios por la propiedad, culminó en la concesión judicial de la montaña a Sansa y, cinco meses después, en su muerte. 

Luego llegó el fenómeno cultural.

De la tragedia al true crime. El periodista catalán Carles Porta, entonces un joven reportero, fue quien convirtió el crimen de Tor en una obsesión mediática. Empezó con un reportaje televisivo en 1997, continuó con un libro en 2005, un podcast de gran éxito en 2018 y una serie documental en 2023 que transformó al pequeño pueblo en el epicentro del “true crime” español. Porta, fascinado por A sangre fría de Truman Capote, encontró su propio Holcomb en ese valle pirenaico y convirtió la historia en una industria.

Con el paso de los años, la fascinación del público por los crímenes irresueltos atrajo visitantes de todo el país: curiosos, aficionados al misterio y excursionistas que querían recorrer el escenario del asesinato, hospedarse en la antigua casa de Sansa o posar en los lugares donde la policía encontró pruebas. Algunos llegaron incluso a recrear la escena del crimen con cables al cuello, una parodia morbosa que los vecinos contemplan con mezcla de desconcierto y resignación.

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Municipio de Tor

Turismo de crimen. Recordaba el Times que la notoriedad mediática trajo dinero, pero también desfiguró la vida en Tor. En verano, las calles se llenan de coches, las casas se convierten en decorado y los vecinos en personajes involuntarios de una historia que nunca termina. 

En el hostal familiar de Alins, al pie de la montaña, cuelgan frases de Porta y botellas de licor con citas de su libro, mientras los visitantes preguntan sin descanso “quién mató a Sansa”. Merce Turallols, que era una niña cuando apareció el cuerpo, admite que la fama ha beneficiado al negocio familiar, pero confiesa que los residentes ya no soportan el circo: en los meses de mayor afluencia, ni siquiera se puede aparcar y los turistas excéntricos recorren el pueblo disfrazado de víctimas. 

Y más. “Uno llegó con una cuerda al cuello”, recordaban en el reportaje. El propio Porta, ahora productor de documentales para Disney sobre otros casos, reconoce que el de Tor se ha convertido en su legado personal, un fenómeno sin final. 

El hombre asegura tener nuevas pistas (un posible sicario que vive en Miami) y la intención de cerrar el caso con una serie de ficción, pero el pueblo, que nunca vio justicia ni descanso, siente que el periodista ha explotado su tragedia hasta el límite.

Pueblo convertido en escenario. Así, recorrer Tor hoy es como atravesar un museo del crimen rural: el guía local señala los lugares donde se arrastró el cadáver, la casa donde un hippie se suicidó, el coche abandonado de unos contrabandistas, los prados donde los vecinos cobraban peajes a quienes cruzaban con mercancías desde Andorra. 

Todo se ha convertido en anécdota para visitantes que buscan emoción, mientras la gente de la zona reclama algo tan sencillo como cobertura móvil o tranquilidad. Pilar Tomàs, que vive frente a la antigua casa de Sansa y fue quien lo halló muerto, sirve comida casera en su restaurante lleno de forasteros. Agradece el aumento de clientes, pero querría una vida sin cámaras ni curiosos. Bromeaba en el medio con que, si Porta tanto se ha beneficiado del caso, podría donar al menos lo suficiente para una antena de teléfono.

El auge del turismo del crimen. El llamado “turismo oscuro”, sórdido o tanatoturismo ha dejado de ser una rareza para consolidarse como una tendencia global que convierte la tragedia en destino. Desde las calles del Raval barcelonés, donde se relatan los crímenes de Enriqueta Martí o del “Arropiero”, hasta los pueblos arrasados por la guerra civil como Belchite, la industria turística ha sabido capitalizar la fascinación humana por la muerte y el mal, un interés tan antiguo como los espectáculos del circo romano. 

Según el criminólogo Vicente Garrido, esa atracción responde a la mezcla de miedo y curiosidad ante lo desconocido, pero hoy adopta la forma de rutas guiadas, visitas teatralizadas y experiencias inmersivas donde el visitante busca comprender (o sentir) el eco del horror. 

Nuevas narrativas para potenciarlo. Las series y pódcast de crímenes reales han reforzado ese fenómeno, generando una estética mediática que romantiza el asesinato y transforma a las víctimas y verdugos en personajes culturales. 

En España, lugares como Tor, con su historia de muertes no resueltas, simbolizan ese dilema entre memoria y mercantilización: lo que para unos es una oportunidad económica y de visibilidad, para otros es la banalización de una tragedia todavía viva. 

El turismo del crimen crece, y con él la pregunta ética que lo acompaña: cuánto de conocimiento y cuánto de morbo hay en mirar de frente los escenarios del horror.

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En Xataka | Turismo sórdido: 17 lugares para quienes viajan buscando el horror

En Xataka | El turismo de Italia tiene un reto peor que la masificación: los souvenirs de la mafia. Ha empezado a prohibirlos 



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La noticia Un diminuto pueblo español con 13 casas no puede más. Un asesinato lo ha convertido en la capital del turismo del crimen fue publicada originalmente en Xataka por Miguel Jorge .

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