Este huevo gigante de 66 millones de años llevaba diez años en el cajón de un museo chileno porque nadie sabía qué podía ser

Este huevo gigante de 66 millones de años llevaba diez años en el cajón de un museo chileno porque nadie sabía qué podía ser

Año 2011. Antártica chilena. Un grupo de científicos chilenos descubren lo que parece un balón de fútbol desinflado, pero hecho de piedra. Desde entonces, el fósil misterioso ha permanecido sin etiquetar y sin estudiar en los fondos del Museo Nacional de Historia Natural de Chile. Nadie sabía lo que era y nadie parecía tener demasiado interés en saberlo. Sencillamente era “La cosa”.

Bueno. Eso no es del todo cierto. David Rubilar-Rogers, uno de los científicos que había descubierto el fósil en 2011, sí tenía una enorme curiosidad por saber qué sería la cosa. De hecho, durante esta década, se lo ha ido mostrando a todos los geólogos que pasaban por el museo. “Era cuestión de tiempo”, se decía. “Alguno debe tener alguna idea”. Pero pasaron los años y nadie parecía dar con un hilo del que tirar.


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La ruptura entre el MIT y la mayor editorial científica del mundo es el símbolo más claro de que la ciencia abierta es imparable

La ruptura entre el MIT y la mayor editorial científica del mundo es el símbolo más claro de que la ciencia abierta es imparable

Casi una década ha pasado desde aquel 19 de julio de 2011 en que Aaron Swartz fue arrestado por haber usado la red del MIT para descargarse casi cinco millones de estudios científicos de la base de datos de JSTOR y liberarlos en internet. Aquella acusación, más de 35 años de prisión por “fraude electrónico, fraude informático, entrada ilegal e imprudente a un ordenador protegido y daños“, y el proceso judicial que desencadenó terminaron abruptamente el 11 de enero de 2013. El día en que el joven creador del RSS, Markdown y Reddit se suicidó. Tenía 26 años.

Desde entonces han cambiado muchas cosas, entre ellas, que el MIT, “guiado por los principios de acceso abierto“, ha roto las negociaciones con Elsevier, la mayor editorial científica del mundo. El Instituto Tecnológico de Massachussetts se une así a algunas de las universidades más prestigiosas del mundo en la superación del modelo de “ciencia cerrada”. Y este cambio de criterio, de ariete contra los incipientes movimientos open access de hace una década a punta de lanza de la ciencia abierta en la actualidad, es una victoria simbólica que adelanta lo que aún está por llegar.


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Todo lo que, seis meses después, aún no sabemos de la mayor crisis sanitaria del siglo XXI (Despeja la X #98)

Todo lo que, seis meses después, aún no sabemos de la mayor crisis sanitaria del siglo XXI (Despeja la X #98)

¿Quién nos iba a decir hace solo seis meses que un pequeño virus en mitad de una ciudad chica casi desconocida para todos nosotros se iba a convertir en la mayor crisis sanitaria del siglo? Siete millones de infectados, 400.000 fallecidos y miles de millones de personas confinadas: el SARS-CoV-2 es, desde hace meses, el centro en torno al que gira todo el mundo. Sobre todo, el de la ciencia y la salud.

Durante estos meses, hemos aprendido muchísimo y todos los expertos tienen la sensación de que nuestro conocimiento sobre enfermedades infecciosas ha avanzado increíblemente. Sin embargo, el hecho de que Europa haya dejado de ser el epicentro de la pandemia puede hacernos pensar que lo peor ha pasado. Y no. A nivel global la epidemia sigue creciendo y aún no ha llegado a la meseta de los contagios. El peligro sigue ahí fuera y aún hay demasiadas cosas que no sabemos.


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Todo lo que, seis meses después, aún no sabemos sobre el coronavirus

Todo lo que, seis meses después, aún no sabemos sobre el coronavirus

Han pasado seis meses desde que la ciudad de Wuhan cerrara su mercado de animales vivos y lanzara la alarma de que una enfermedad desconocida se estaba empezando a extenderse. Desde entonces, más de 7 millones de infectados y 400.000 fallecidos sitúan a la pandemia del COVID-19 como la mayor crisis sanitaria del siglo XXI. Una crisis que está muy lejos de estar cerca del final.

Por eso quizás el momento de recapitular y darnos cuenta no solo de todo lo que hemos aprendido sobre el coronavirus, sino sobre todo de lo que nos queda por aprender. Estas son las grandes preguntas sobre el COVID19 que, seis meses después, aún quedan por responder.


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Sin previo aviso, el puente del Golden Gate se acaba de convertir en una descomunal armónica de 12.000 toneladas

Sin previo aviso, el puente del Golden Gate se acaba de convertir en una descomunal armónica de 12.000 toneladas

En 1846, John C. Frémont entró en la Bahía de San Francisco y creyó estar internándose en el Chrysoceras, el Cuerno de oro, el enorme estuario situado a la entrada del Bósforo en cuyas orillas los griegos fundaron Bizancio y hoy se alza Estambul. Por eso, al brazo de agua que separa el condado de Marin y el de San Francisco se le ha conocido en los últimos 150 años como Golden Gate. Nosotros, claro está, lo conocemos por otra cosa.

El Golden Gate es famoso, sobre todo, por el enorme puente naranja que desde su inauguración en 1937 se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles de Estados Unidos. No es para menos. Son 1.280 metros de puente suspendidos sobre dos torres de 227 metros de altura con 600 mil remaches cada una: un espectáculo para la vista y, desde hace unos días, también para el oído.


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El culebrón de la cloroquina: cómo uno de los medicamentos estrella frente al coronavirus se ha convertido en un caos científico

El culebrón de la cloroquina: cómo uno de los medicamentos estrella frente al coronavirus se ha convertido en un caos científico

El día 2 de junio, los editores de la revista The Lancet publicaron una nota muy dura sobre un estudio que habían publicado apenas diez días antes. “Aunque […] una auditoría independiente sobre la procedencia y la validez de los datos está en marcha, y sus resultados se esperan en breve, queremos expresar nuestra preocupación a nuestros lectores sobre el hecho de se han planteado cuestiones científicas serias” sobre el trabajo de Mandeep Mehra y sus colaboradores. No es para menos, no se trataba de un estudio cualquiera.

Se trataba de un análisis que, con una muestra de más de 96.000 personas, concluía que tanto la cloroquina y la hidroxicloroquina en el tratamiento del COVID-19 estaban relacionadas con un mayor riesgo de muerte y con la aparición de arritmias ventriculares. Además, y por si fuera poco, admitía haber sido incapaces de encontrar ningún tipo de beneficio asociado al uso de estos medicamentos. La publicación del trabajo conllevó no solo la paralización de decenas de ensayos clínicos en todo el mundo, sino que miles de hospitales de todo el mundo dejaran de suministrar el medicamento a sus pacientes.

Apenas unos días antes, el mismo Donald Trump había declarado que tomaba el medicamento de forma preventiva por consejo de sus equipos médicos. Y, precisamente, ese debate en plena efervescencia convirtió el estudio de Mehra en un fenómeno que superaba, con mucho, los límites de la comunidad médica. Ahora, The Lancet avisa que hay dudas fundada y que debemos ser prudentes. Y no pasaría nada si no fuera porque este es el último caso de una larga serie de problemas que han mantenido a la cloroquina y a la hidroxicloroquina en el ojo del huracán de la pandemia durante meses y meses.


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El culebrón de la cloroquina: cómo uno de los medicamentos estrella frente al coronavirus se ha convertido en un caos científico

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El día 2 de junio, los editores de la revista The Lancet publicaron una nota muy dura sobre un estudio que habían publicado apenas diez días antes. “Aunque […] una auditoría independiente sobre la procedencia y la validez de los datos está en marcha, y sus resultados se esperan en breve, queremos expresar nuestra preocupación a nuestros lectores sobre el hecho de se han planteado cuestiones científicas serias” sobre el trabajo de Mandeep Mehra y sus colaboradores. No es para menos, no se trataba de un estudio cualquiera.

Se trataba de un análisis que, con una muestra de más de 96.000 personas, concluía que tanto la cloroquina y la hidroxicloroquina en el tratamiento del COVID-19 estaban relacionadas con un mayor riesgo de muerte y con la aparición de arritmias ventriculares. Además, y por si fuera poco, admitía haber sido incapaces de encontrar ningún tipo de beneficio asociado al uso de estos medicamentos. La publicación del trabajo conllevó no solo la paralización de decenas de ensayos clínicos en todo el mundo, sino que miles de hospitales de todo el mundo dejaran de suministrar el medicamento a sus pacientes.

Apenas unos días antes, el mismo Donald Trump había declarado que tomaba el medicamento de forma preventiva por consejo de sus equipos médicos. Y, precisamente, ese debate en plena efervescencia convirtió el estudio de Mehra en un fenómeno que superaba, con mucho, los límites de la comunidad médica. Ahora, The Lancet avisa que hay dudas fundada y que debemos ser prudentes. Y no pasaría nada si no fuera porque este es el último caso de una larga serie de problemas que han mantenido a la cloroquina y a la hidroxicloroquina en el ojo del huracán de la pandemia durante meses y meses.


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Cada metro importa: la mayor investigación hasta la fecha pone cifras a la efectividad real del distanciamiento social

Cada metro importa: la mayor investigación hasta la fecha pone cifras a la efectividad real del distanciamiento social

Dos metros. Esa es la cifra mágica. Durante semanas, el Ministerio de Sanidad ha repetido una y otra vez que esa es la distancia de seguridad en la que se basa el éxito del distanciamiento social. Basta mirar las medidas sucesivas del plan de transición hacia una nueva normalidad para comprobar que la cifra se repite insistentemente. Pero ¿Por qué? ¿En qué se basa la recomendación de los dos metros?

La pregunta no es gratuita. Si nos fijamos en el resto de países de nuestro entorno, vemos que Reino Unido también recomienda esos dos metros (aunque el tema está siendo polémico) y EEUU establece una cifra similar, seis pies. Sin embargo, en países como Australia y Alemania hablan de 150 centímetros y Francia y la OMS apuestan por un metro. Esto es lo que nos dice la ciencia sobre la distancia interpersonal en plena pandemia.


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