Ondas sísmicas, simulaciones por ordenador y modelos matemáticos: así analizan estos científicos los secretos del fondo del manto terrestre

Ondas sísmicas, simulaciones por ordenador y modelos matemáticos: así analizan estos científicos los secretos del fondo del manto terrestre

Ni sencilla es la pregunta que quieren responder. Ni sencillo es, desde luego, el “terreno” en el que les toca trabajar. Un equipo de la Universidad de Utah (EE. UU.) se ha propuesto conocer mejor la capa más honda del manto terrestre, la más próxima al núcleo. Para logrado ha partido de una evidencia —que las ondas sísmicas se ralentizan a su paso por esa región— y simulaciones.

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Ondas sísmicas, simulaciones por ordenador y modelos matemáticos: así analizan estos científicos los secretos del fondo del manto terrestre

Ni sencilla es la pregunta que quieren responder. Ni sencillo es, desde luego, el “terreno” en el que les toca trabajar. Un equipo de la Universidad de Utah (EE. UU.) se ha propuesto conocer mejor la capa más honda del manto terrestre, la más próxima al núcleo. Para logrado ha partido de una evidencia —que las ondas sísmicas se ralentizan a su paso por esa región— y simulaciones.

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Arte con espejos mecánicos que interactúan con el espectador: la sorprendente propuesta de este creador convierte la ingeniería en una fantasía

Arte con espejos mecánicos que interactúan con el espectador: la sorprendente propuesta de este creador convierte la ingeniería en una fantasía

Arte e ingeniería no maridan nada mal. Sobre todo cuando se alían para sorprender al público. Desde hace un buen puñado de años Daniel Rozin se dedica a demostrarlo mediante esculturas interactivas con las que explora las posibilidades de la creación digital. Parte de su obra más conocida se basa de hecho en el uso de “espejos mecánicos”, terreno en el que se adentró en 1999 con Wooden Mirror, una cuadrícula octogonal de cuadrados de madera conectados a 830 motores que, gracias a una cámara y computadora, modifica su mosaico cuando el espectador pasa ante ella.

Hasta hoy no ha parado de experimentar en esa línea con formas, materiales y posibilidades.

Algunos de sus diseños recuerdan en cierto modo al espejo primario del James Webb, una pieza de 18 segmentos hexagonales diseñada al milímetro y ensamblada con precisión por los ingenieros de la NASA para sondear el universo, pero que probablemente no desentonaría en las salas del Tate Modern o el Guggenheim. Otra muestra de lo cerca que están a menudo arte y mecánica.

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Las tierras de cultivo han ganado más de un millón de kilómetros cuadrados en las últimas dos décadas y eso preocupa a los científicos

Las tierras de cultivo han ganado más de un millón de kilómetros cuadrados en las últimas dos décadas y eso preocupa a los científicos

Gran parte del futuro del planeta y el devenir del cambio climático se juega en tu nevera. Entendámonos: en la tuya, la mía, la del vecino del quinto y la de tu compañero de oficina. En un mundo con un volumen de población al alza, las tierras dedicadas a la explotación agrícola, claves para llenar las baldas de los supermercados, aumentan hasta ocupar un buen pellizco del globo al que llamamos hogar. Y eso tiene un impacto considerable en el medio ambiente.

No es fácil apreciarlo a escala global. De entrada, lo habitual entre los gobiernos y organizaciones que se dedican al control de las extensiones de cultivo es que sus mapas se limiten a entornos locales o regionales. Science acaba de publicar un estudio que sí aporta una imagen de conjunto y su conclusión es sorprendente: a lo largo de las dos últimas décadas —entre 2003 y 2019, período del estudio—, los campos de maíz, trigo, arroz y otros cultivos han ganado más de un millón de kilómetros cuadrados, una extensión equivalente al doble de la superficie de España.

Un crecimiento que se mide en CO2

Para elaborar su mapa de las tierras de cultivo, Matt Hansen, geógrafo de la Universidad de Maryland (UMD), y sus colegas echaron mano de datos del programa Landsat del Servicio Geológico de EE. UU. (USGS) y la NASA, que aportan una imagen detallada de la superficie agrícola a escala mundial. Con el propósito de entrenar y validar los algoritmos que usaron para elaborar su mapa, los investigadores visitaron granjas y utilizaron fotos satelitales disponibles en Google.

Con los datos sobre la mesa, los expertos han constatado que entre 2000 y 2019, la huella global de las tierras de cultivo aumentó un 9% y la nueva extensión alcanza aproximadamente el doble de la superficie de España. “Estimamos que en 2019 el área de las tierras de cultivo era de 1.244 Mha (millones de hectáreas) […] Entre 2003 y 2019, el área de tierras de cultivo aumentó en un 9% y la producción primaria neta en un 25%, principalmente debido a la expansión agrícola en África y América del Sur”, detalla el informe publicado por Hansen y el resto de sus colegas en Nature.

“La marcha inexorable de la huella humana es simplemente brutal”, reflexiona Hansen en declaraciones recogidas por Science. En su informe, los investigadores recalcan el aumento anotado en América del Sur y África y apuntan factores clave como el incremento de la población en el Gigante Asiático o el bum del cultivo de soja. En África, por ejemplo, aproximadamente el cuarenta por ciento de las tierras de cultivo aparecieron a lo largo de las últimas dos décadas.

Las Grandes Llanuras de América del Norte y ciertas regiones repartidas por el continente asiático registraron también un incremento de las tierras dedicadas a la producción agrícola, lo que compensa el descenso de otros puntos del globo, como el constatado en territorio que pertenecía a la URSS. El estudio deja otras ideas interesantes. Por ejemplo, a pesar del alza de los cultivos, el incremento de la propia población mundial hizo que entre 2003 y 2019 el área de tierras de cultivo per cápita descendiese un 10%. Gracias a las explotaciones intensivas creció, eso sí, la producción.

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Que las explotaciones agrícolas reemplacen bosques, sabanas o avancen incluso a base de convertir en cultivable terreno de las selvas tropicales preocupa a los científicos. La razón: los ecosistemas naturales que “toman” almacenan grandes cantidades de carbono en el suelo y los árboles. Al transformarse en campos de cultivo a menudo ese CO2 se pierde en la atmósfera.

"La mitad de la nueva superficie de tierras de cultivo (49%) reemplazó la vegetación natural y la cubierta arbórea, lo que indica un conflicto con el objetivo de sostenibilidad de proteger los ecosistemas terrestres", advierten en su artículo de la revista Nature.

Los propios investigadores reconocen a la revista Science que hay ecosistemas secos en Sudamérica que “desaparecerán por completo pronto”. “Si el mundo quiere resolver el cambio climático, desde un punto de vista puramente egoísta, necesita ayudar a África a resolver su desafío de uso de la tierra, y eso incluye un crecimiento del rendimiento mucho mayor y seguridad alimentaria”, concluye Tim Searchinger, del Instituto de Recursos Mundiales.

Por lo pronto, los investigadores ya tienen a su alcance una herramienta valiosa: una “fotografía” global que ayuda a mapear el crecimiento de las tierras de cultivo. “La implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para mejorar la seguridad alimentaria, proteger los ecosistemas terrestres y de agua dulce y mitigar el cambio climático requiere políticas nacionales y cooperación internacional que se basen en datos coherentes, independientes y oportunos sobre la extensión y la productividad de la agricultura”, recoge el artículo publicado en Nature Food.

Imágenes | Miguel Angel Masegosa Martínez (Flickr)

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La misión Tianwen-1 de China nos regala un impresionante “book” de fotos marcianas en el que se ve su orbitador: así estrena 2022 por todo lo alto

La misión Tianwen-1 de China nos regala un impresionante

Hay quien estrena el año nuevo tumbado en el sofá, padeciendo la lenta digestión de la cena de Nochevieja o los excesos con el cava, y quien, como la Administración Nacional del Espacio de China (CNSA), opta por sacar la cámara y tomar unas buenas fotos. En su caso, eso sí, lo ha hecho a lo grande para celebrar la llegada de 2022. La agencia asiática acaba de compartir cuatro imágenes tomadas el 1 de enero, con las campanadas aún resonando, por su misión Tianwen-1 Mars.

Desde que se puso en marcha la misión del Gigante Asiático ha generado una buena cantidad de información. En concreto y según cálculos de los controladores de la CNSA, Tianwen-1 ha obtenido y transmitido ya casi 540 gigabytes de datos. Las imágenes que acaba de compartir con el mundo son sin embargo especiales. Entre ellas se incluye la primera foto completa del orbitador.

Vistas privilegiadas al planeta rojo

En las instantáneas con la que la CNSA ha querido arrancar 2022 se aprecia el orbitador alrededor de Marte y algunos detalles del planeta rojo, como la capa de hielo en el polo norte o una llanura.

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“La imagen completa del orbitador se tomó con una cámara lanzada por la nave, que ahora se encuentra a unos 350 millones de kilómetros de la Tierra”, detalla el organismo chino.

La sonda robótica Tianwen-1, bautizada en honor de un antiguo poema chino, despegó hace aproximadamente año y medio, en julio de 2020, desde el Centro de Lanzamiento Espacial Wenchang, en la provincia de Hainan. A lo largo de su periplo viajó 475 millones de kilómetros y realizó varias maniobras antes de entrar en la órbita marciana el 10 de febrero del año pasado.

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Tras más de tres meses de preparativos, la sonda china liberó una cápsula de aterrizaje que descendió a través de la atmósfera marciana. El aterrizaje se registró el 15 de mayo. Días después, el 22 de ese mismo mes, el rover Zhurong, descendía al suelo del planeta rojo y hacía historia al seguir la estela de los otros cinco que había desplazado Estados Unidos.

Según precisa la CNSA, hasta el sábado el Zhurong, de 1,85 metros de altura y 240 kilos de peso, había completado 224 jornadas de trabajo en tierra marciana, una hoja de servicio que supera las estimaciones iniciales. En origen, sus responsables calculaban de hecho que la "esperanza de vida" del dispositivo era de tres meses. A lo largo de sus misiones se ha desplazado más de 1.400 m.

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Además de regalarnos instantáneas impresionantes, la misión china ha permitido analizar rocas, dunas y diferentes características de la superficie marciana. Una de sus metas es de hecho estudiar la historia geológica del planeta rojo. Durante su misión inicial, el rover Zhurong envió también un pequeño vídeo del aterrizaje e imágenes, incluidas fotos de las dunas de Utopia Planitia muy similares a las de la llanura yerma que la agencia china acaba de divulgar.

Ahora podemos arrancar 2022 disfrutando de unas impresionantes estampas del planeta rojo. Y de buenas noticias, también. El organismo chino avanza que a la misión Tianwen-1 aún le queda carrete para rato: “Todavía tiene suficiente energía y está en buenas condiciones”.

Imágenes | China National Space Administration (CNSA)

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Desarrollan una tinta “viva” que se reproduce e imprime en 3D y eso abre un abanico de posibilidades, incluso a la exploración espacial

Desarrollan una tinta

Del tratamiento contra el cáncer, a la eliminación de sustancias contaminantes en el medio ambiente o incluso la fabricación de edificios, tanto en la Tierra como —andado el tiempo— en la Luna y Marte. Investigadores de EE. UU. trabajan en una tinta microbiana que permite generar material “vivo” que se reproduce, puede imprimirse en 3D y abre la puerta a una amplia gama de aplicaciones, incluida incluso la exploración espacial. La idea, como comenta uno de sus autores principales, Neel Joshi, a News@Northeastern, es en cierto modo emular la dinámica de la propia naturaleza.

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Desarrollan una tinta “viva” que se reproduce e imprime en 3D y eso abre un abanico de posibilidades, incluso a la exploración espacial

Desarrollan una tinta

Del tratamiento contra el cáncer, a la eliminación de sustancias contaminantes en el medio ambiente o incluso la fabricación de edificios, tanto en la Tierra como —andado el tiempo— en la Luna y Marte. Investigadores de EE. UU. trabajan en una tinta microbiana que permite generar material “vivo” que se reproduce, puede imprimirse en 3D y abre la puerta a una amplia gama de aplicaciones, incluida incluso la exploración espacial. La idea, como comenta uno de sus autores principales, Neel Joshi, a News@Northeastern, es en cierto modo emular la dinámica de la propia naturaleza.

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Cables de fibra óptica para tomar el pulso a volcanes, seísmos y glaciares: así le sacan partido los expertos para crear sensores de bajo coste

Cables de fibra óptica para tomar el pulso a volcanes, seísmos y glaciares: así le sacan partido los expertos para crear sensores de bajo coste

Hace algo más de tres años un grupo de investigadores de Estados Unidos decidió sacar partido extra a un tramo de unos veinte kilómetros de cable de fibra óptica que llevaba una década sumergido en el fondo de la Bahía de Monterey, en California. Además de su función habitual como transmisor de datos —en concreto enlazaba un nodo de recolección de información y un laboratorio californiano— decidieron usarlo para a modo de sismómetro de alta sensibilidad.

Durante cuatro días aprovecharon el tendido y su enorme susceptibilidad a cuanto sucedía en su alrededor para crear el equivalente —aseguraron desde la Universidad de Berkeley— a alrededor de 10.000 sensores de movimiento virtuales. Resultado: detectaron un terremoto de 3,4 grados cerca de Gilroy, en California, y aumentaron su conocimiento del sistema de la Falla de San Gregorio.

De volcanes al permafrost

La experiencia de Monte Rey no es un única. Ni siquiera un caso aislado. En 2015 otro equipo de científicos alemanes, del GFZ Potsdam, echó mano también de las fibras ópticas infrautilizadas en un cable de 15 kilómetros que enlazaba dos plantas de energía geotérmica de Islandia para “cazar” terremotos distantes. Poco después, hacia 2016, otro investigador de California comprobaba cómo un tendido de 2,5 km repartido por los túneles de Stanford recogía tanto los seísmos, como las vibraciones del tráfico, las pisadas de los transeúntes o incluso las olas de los océanos.

La experiencia de Monterrey, la del GFZ Postdam y la desarrollada en los túneles de Stanford se enmarcan en una tendencia común: el provecho cada vez mayor y cada vez más interesante que los científicos están sacando de los cables de fibra para crear redes de sensores que les permiten sondear las dinámicas que se ocultan bajo la tierra. La revista Science explora sus posibilidades en un artículo en el que destaca cómo, a lo largo de los últimos años, los cables han pasado únicamente de transportar datos a convertirse, ellos mismos, en valiosos. Y con dos ventajas añadidas: su coste, reducido, y las posibilidades de crear una red tupida de indicadores para “peinar” el terreno.

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¿Cómo lo consiguen?

Los cables son haces de finas fibras de vidro, no mucho más gruesas que un cabello humano, por las que viaja información codificada en forma de luz. Como detalla Science, a menudo las compañías operadoras las dotan de mayor capacidad de la que luego utilizan, lo que genera una fibra “oscura”, sin aprovechar, de la que los investigadores pueden echar mano de forma barata y segura sin cortar el flujo de datos. Las fibras incluyen también “defectos” aleatorios, que actúan a modo de espejos. Cada vez que la luz impacta contra ellos, acaba rebotando y se dispersa. Cuando una onda externa, como por ejemplo la asociada a un terremoto, atraviesa el segmento de fibra, esos mismos “defectos” se ven alterados. Es muy poco, nanómetros, pero lo suficiente para afectar a la luz.

Los investigadores se aprovechan de esas leves alteraciones —medidas de forma pormenorizada— para sus estudios. Se dedican a lanzan pulsos láser a lo largo de una fibra sin uso y registran luego los cambios. Con los datos sobre la mesa, los científicos pueden monitorear y leer una variedad sorprendente de fenómenos: seísmos, los temblores que acompañan a las erupciones volcánicas, movimientos en glaciares y avalanchas, el deshielo del permafrost, tormentas, ondas acústicas que sondean la temperatura de las profundidades oceánicas… O incluso los cambios en los flujos de vehículos y peatones en una ciudad, lo que podría tener aplicaciones comerciales.

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No es solo teoría. Science recoge una amplia lista con aplicaciones de la fibra óptica de las que ya se están beneficiando diferentes áreas de investigación. En Islandia lo están aprovechando para “tomar el pulso” de un volcán situado a escasa distancia de Reyjavik; se ha usado también para analizar movimientos en el glaciar Rhone, en los Alpes Suizos; avalanchas de nieve en el suroeste de Suiza; la descongelación del permafrost en Alaska o terremotos en California. En mayo un equipo de Cambridge explicaba cómo la usa incluso para mapear el hielo de Groenlandia.

La fibra óptica tiene ventajas evidentes. Gracias a su manejo, por ejemplo, los científicos disponen de un despliegue difícil de imaginar hace décadas con los sismómetros tradicionales, aparatos que en ocasiones debían instalar con kilómetros de separación. Sus características permiten adaptarla a diferentes escenarios y su coste, para más inri, es relativamente bajo. Hay peros, claro. El principal, quizás, la enorme cantidad de datos que genera, lo que hace muy difícil almacenarlos.

Lo que está claro es que los tiempos en los que los cables de fibra óptica servían solo para transmitir información quedan ya atrás. Hoy parecen, como mínimo, igual de importantes para generarla.

Imágenes | Ramón Lozano Rodas (Flickr) y Denny Müller

Vía | Science

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Cables de fibra óptica para tomar el pulso a volcanes, seísmos y glaciares: así le sacan partido los expertos para crear sensores de bajo coste

Cables de fibra óptica para tomar el pulso a volcanes, seísmos y glaciares: así le sacan partido los expertos para crear sensores de bajo coste

Hace algo más de tres años un grupo de investigadores de Estados Unidos decidió sacar partido extra a un tramo de unos veinte kilómetros de cable de fibra óptica que llevaba una década sumergido en el fondo de la Bahía de Monterey, en California. Además de su función habitual como transmisor de datos —en concreto enlazaba un nodo de recolección de información y un laboratorio californiano— decidieron usarlo para a modo de sismómetro de alta sensibilidad.

Durante cuatro días aprovecharon el tendido y su enorme susceptibilidad a cuanto sucedía en su alrededor para crear el equivalente —aseguraron desde la Universidad de Berkeley— a alrededor de 10.000 sensores de movimiento virtuales. Resultado: detectaron un terremoto de 3,4 grados cerca de Gilroy, en California, y aumentaron su conocimiento del sistema de la Falla de San Gregorio.

De volcanes al permafrost

La experiencia de Monte Rey no es un única. Ni siquiera un caso aislado. En 2015 otro equipo de científicos alemanes, del GFZ Potsdam, echó mano también de las fibras ópticas infrautilizadas en un cable de 15 kilómetros que enlazaba dos plantas de energía geotérmica de Islandia para “cazar” terremotos distantes. Poco después, hacia 2016, otro investigador de California comprobaba cómo un tendido de 2,5 km repartido por los túneles de Stanford recogía tanto los seísmos, como las vibraciones del tráfico, las pisadas de los transeúntes o incluso las olas de los océanos.

La experiencia de Monterrey, la del GFZ Postdam y la desarrollada en los túneles de Stanford se enmarcan en una tendencia común: el provecho cada vez mayor y cada vez más interesante que los científicos están sacando de los cables de fibra para crear redes de sensores que les permiten sondear las dinámicas que se ocultan bajo la tierra. La revista Science explora sus posibilidades en un artículo en el que destaca cómo, a lo largo de los últimos años, los cables han pasado únicamente de transportar datos a convertirse, ellos mismos, en valiosos. Y con dos ventajas añadidas: su coste, reducido, y las posibilidades de crear una red tupida de indicadores para “peinar” el terreno.

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¿Cómo lo consiguen?

Los cables son haces de finas fibras de vidro, no mucho más gruesas que un cabello humano, por las que viaja información codificada en forma de luz. Como detalla Science, a menudo las compañías operadoras las dotan de mayor capacidad de la que luego utilizan, lo que genera una fibra “oscura”, sin aprovechar, de la que los investigadores pueden echar mano de forma barata y segura sin cortar el flujo de datos. Las fibras incluyen también “defectos” aleatorios, que actúan a modo de espejos. Cada vez que la luz impacta contra ellos, acaba rebotando y se dispersa. Cuando una onda externa, como por ejemplo la asociada a un terremoto, atraviesa el segmento de fibra, esos mismos “defectos” se ven alterados. Es muy poco, nanómetros, pero lo suficiente para afectar a la luz.

Los investigadores se aprovechan de esas leves alteraciones —medidas de forma pormenorizada— para sus estudios. Se dedican a lanzan pulsos láser a lo largo de una fibra sin uso y registran luego los cambios. Con los datos sobre la mesa, los científicos pueden monitorear y leer una variedad sorprendente de fenómenos: seísmos, los temblores que acompañan a las erupciones volcánicas, movimientos en glaciares y avalanchas, el deshielo del permafrost, tormentas, ondas acústicas que sondean la temperatura de las profundidades oceánicas… O incluso los cambios en los flujos de vehículos y peatones en una ciudad, lo que podría tener aplicaciones comerciales.

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No es solo teoría. Science recoge una amplia lista con aplicaciones de la fibra óptica de las que ya se están beneficiando diferentes áreas de investigación. En Islandia lo están aprovechando para “tomar el pulso” de un volcán situado a escasa distancia de Reyjavik; se ha usado también para analizar movimientos en el glaciar Rhone, en los Alpes Suizos; avalanchas de nieve en el suroeste de Suiza; la descongelación del permafrost en Alaska o terremotos en California. En mayo un equipo de Cambridge explicaba cómo la usa incluso para mapear el hielo de Groenlandia.

La fibra óptica tiene ventajas evidentes. Gracias a su manejo, por ejemplo, los científicos disponen de un despliegue difícil de imaginar hace décadas con los sismómetros tradicionales, aparatos que en ocasiones debían instalar con kilómetros de separación. Sus características permiten adaptarla a diferentes escenarios y su coste, para más inri, es relativamente bajo. Hay peros, claro. El principal, quizás, la enorme cantidad de datos que genera, lo que hace muy difícil almacenarlos.

Lo que está claro es que los tiempos en los que los cables de fibra óptica servían solo para transmitir información quedan ya atrás. Hoy parecen, como mínimo, igual de importantes para generarla.

Imágenes | Ramón Lozano Rodas (Flickr) y Denny Müller

Vía | Science

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Estos investigadores dibujan las montañas del futuro: así será Somalaya, el “nuevo Himalaya” que se alzará en 200 millones de años

Estos investigadores dibujan las montañas del futuro: así será Somalaya, el

Para saber cómo era el planeta hace cientos de millones de años, cuando había por ejemplo un gran supercontinente denominado Pangea, los paleogeógrafos manejan herramientas que simulan la tectónica, el vulcanismo o la construcción de montañas. Con la ayuda de un software pueden estudiar el movimiento de las placas o el comportamiento de las corrientes oceánicas.

Hace años, Douwe van Hinsbergen, catedrático la Universidad de Utrecht, decidió responder una cuestión interesante: ¿Podrían usarse esas herramientas, las mismas que sirven para recrear el pasado, en proyecciones de futuro? ¿Pueden ayudarnos a imaginarnos cómo será el mundo en cientos de millones de años, igual que aclaran por ejemplo el origen de las cordilleras?

Una "receta" para construir cadenas montañosas

El resultado, sorprendente, acaba de divulgarlo a través de un artículo publicado en The Conversation y un vídeo de dos minutos. La respuesta, vaya por adelantado, es afirmativa. Y deja resultados llamativos. Tras aplicar reglas para predecir la arquitectura geológica y partir de la premisa de que Somalia, como se espera, se separará de África y chocará con Madagascar y la India, los expertos predijeron un cinturón montañoso que se formará en los próximos 200 millones de años.

El trabajo, detalla el propio Van Hinsbergen en la web de la Universidad de Utrecht, muestra cómo serán las cordilleras "en el próximo supercontinente, dentro de unos 200 millones de años, donde Somalia, Madagascar y la India chocarán entre sí, creando así las montañas Somalaya". “La cadena montañosa resultante podría ser el Himalaya de su época. Y ver tales similitudes entre Somalaya y las montañas conocidas hoy en día nos puede proporcionar posibles soluciones que nunca habíamos pensado para la evolución paleogeográfica”, reflexiona el experto.

“Por ejemplo, según nuestra investigación, puede formarse un cinturón montañoso en la bahía entre Madagascar y África, y estaría fuertemente curvado de forma muy parecida a los Cárpatos de Europa oriental o las islas de Banda de Indonesia y Timor —abunda el profesor de Tectónica Global —. El noroeste de la India primero quedaría profundamente enterrado a 50 km más o menos por debajo de Somalia; pero luego Somalia rotaría y el noroeste de la India volvería a emerger. Es una historia geológica que se parece mucho a la del oeste de Noruega hace unos 400 millones de años”.

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El modelo, desarrollado por Van Hinsbergen y su estudiante de doctorado Thomas Schouten, plantea que el Océano Índico se subduce —proceso que consiste en el hundimiento de una placa litosférica bajo el borde de otra placa— a medida que Somalia se desprende del Gran Valle del Rift en África y desplaza hacia la India. "Para ello, tuvimos que formular una serie de reglas para determinar qué trozos del actual océano Índico, que incluye varios minicontinentes como las Seychelles, se desprenderían y cuáles no, y cómo se deformarían la India, Somalia y Madagascar", precisa.

La prueba, un “experimento mental interesante”, en palabras del propio Van Hinsbergen, se logró gracias a una suerte de “reglas para la construcción de montañas”. "En cierto sentido, se saca lo que se pone. En el caso del Somalaya, también podría ser que Madagascar desaparezca bajo la India y no al revés. En cualquier caso, se formará una alta cordillera en ese lugar", reconoce.

Más allá de abrir una ventana hipotética a cómo será el planeta dentro de cientos de millones de años o azuzar nuestra imaginación, el experimento tiene interesantes aplicaciones prácticas. A los científicos, por ejemplo, les ayuda a entender mucho mejor las cadenas montañas actuales.

"Si son correctas, podemos utilizar las reconstrucciones del pasado para predecir cómo se estructuran ahora las cordilleras y dónde se encuentran los minerales", detalla el experto de Utrecht. Las reglas ofrecen también un "trampolín", en palabras de la institución, para estudios futuros sobre el origen de los minerales, los terremotos o los cambios climáticos registrados en el pasado.

Imágenes | Utrecht University

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