La Terminal 5B del aeropuerto de Londres estaba abarrotada aquel domingo. Era comienzo de Junio, y al no ser un día laborable prácticamente la inmensa mayoría eran turistas. El viaje a San Francisco lo haría desde Heathrow, aquel enorme aeropuerto que Londres construyó con orgullo para los Juegos Olímpicos como puerta de entrada al país. La maleta rodaba con alguna dificultad y, como siempre, no puede evitar pensar que me había traído demasiadas cosas.
“La cámara, el trípode – selfie, y el resto de cosas me hubieran cabido mejor en una mochila pequeña” – pensé mientras miraba de reojo a algún viajero con algún modelo que me pareció más práctico que mi maletín. Cuando llegué a la puerta de embarque, las familias que se iban de vacaciones se fueron sustituyendo por grupos muchos más pequeños. Algún Mac repleto de pegatinas de conferencias de tecnología, mientras su dueño enseñaba algo a otra persona muy interesada en la pantalla.
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