“Más grandes, atrevidas y malignas”: A principios de siglo XIX, las ratas españolas cambiaron de repente y esos cambios aún siguen entre nosotros

Las ratas no están aquí desde siempre, pero casi. Según creemos, se originaron en la India, pero rápidamente se extendieron por todo el mundo. Sabemos que en el puerto egipcio de Alejandría, en el siglo IV a. C. ya había ratas y que se difundieron rápidamente por el Mediterráneo gracias a fenicios, griegos y, sobre todo, romanos.

Para finales de la Edad Media ya estaban por todo el antiguo mundo listas para dar el salto al nuevo. Eran ‘ratas negras’; pequeñas, ágiles, recelosas. Se creían las reinas de todo, pero (de repente) el todo cambió.

La llegada de la gran rata. No sabemos la fecha exacta y no es extremadamente extraño. Para encontrar la primera tesis española sobre la rata de campo (una especie que lleva en la Península desde hace miles de años) tenemos que irnos a 1984 y si, como Carlos Pradera, hacemos un recorrido histórico buscando las primeras relaciones de la fauna nacional, podemos comprobar que en buena medida son copias de manuales franceses.

Pese al desinterés histórico por este tipo de animales, el consenso científico actual es que la primera rata de alcantarilla debió pisar suelo español a princios de la década de 1800. Fue relativamente tarde. Después de Irlanda (1722), Inglaterra (1730), Francia (1735) y Alemania (1750).

Como dice Pradera, en una sociedad más habituada a convivir on estos animales, “el mayor tamaño, aspecto y agresividad de R. norvergicus, así como la menor agilidad respecto a R. rattus, debieron sorprender a quienes la observaban por primera vez”. Las R. rattus incluídas.

El fin de un mundo. El de las ratas de campo. Y es que la ‘invasión’ y colonización de la R. norvergicus fue rapidísima y ocupó los espacios que antes ocupaba R. rattus. Fue entonces cuando la rata negra pasó a ser “de campo” y la noruega pasó a ser la rata común.

“Más grandes, más atrevidos y malignos”. En “L’Histoire Naturelle, générale et particulière, avec la description du  Cabinet du Roi’” de Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, se dice que “[no hacía] más que unos nueve o diez años que esta especie se ha esparcido  por las cercanías de Paris: no se sabe de donde han venido estos  animales, pero se han multiplicado prodigiosamente”. La obra fue publicada en la segunda mitad del siglo XVIII.

Leclerc decía también que [la rata de alcantarilla] “es mas fuerte y maligno que la rata”, “más grandes, más atrevidos y malignos:  cuando los persiguen y quieren cogerlos, se vuelven y muerden el palo o la mano: su mordedura es no solamente cruel, sino también peligrosa, pues se sigue inmediatamente una inflamación bastante grande, y la herida, aunque pequeña, tarda mucho en cerrarse”.

Algo así parecía decir López Seoane en su ‘Fauna mastológica de Galicia ó historia natural de los mamíferos de este antiguo reino’ (1861), “frecuenta los mataderos, las salas de disección, las bodegas,  caballerizas y es constante que allí donde haya alcantarillas, allí  encontraremos a este inmundo roedor corriendo de una a otra parte,  armando una griteria infernal, riñendo, y disputándose la presa”.

Y hasta hoy. Durante años, el origen de la rata de alcantarilla fue un misterio. Un misterio que se refleja en alguno de sus nombres: el científico (que hace referencia a Noruega) u otros como ‘rata de Hanover’. Ahora, gracias a los estudios genéticos, sabemos que probablemente nació en el sureste de China y que se propagó sorprendentemente por todo el mundo.

O no tan sorprendente: porque todo parece indicar que fu el primer gran “animal industrial”. Su expansión coincidió con los primeros pasos de la revolución industrial, con todo lo que significó para las aglomeraciones humanas y las redes del comercio. Y sigue (y seguirá) con nosotros. Es una buena muestra de que hay puertas que una vez que se abren no hay forma de cerrar.

En Xataka | Las ciudades se vaciaron durante la pandemia. Las ratas lo aprovecharon para imponer su reinado.

Imagen | Wikimedia


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Javier Jiménez

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