Las luces LED prometen mejorar la eficiencia energética de las ciudades. En el camino estamos afrontando otros costes

Las luces LED prometen mejorar la eficiencia energética de las ciudades. En el camino estamos afrontando otros costes

Su implantación no avanza por igual en todas las ciudades, pero a lo largo de los últimos años las luces LED han ido ganando un peso cada vez mayor en las farolas que iluminan calles, avenidas y plazas. En España. Y en otros países. Buen ejemplo lo deja Vigo, ciudad empeñada desde hace años en batir récords con un despliegue desenfrenado de LED en sus adornos de Navidad: hace poco su alcalde presumía de que el 30% de su alumbrado público funciona ya con diodos emisores de luz. La tecnología permite ahorrar en kilovatios y factura energética, pero… ¿Son todo ventajas? Desde hace años hay expertos que avisan de sus otros “costes”.

Una de las claves está en acertar con la estrategia.

Una revolución llamada LED. Llega un simple vistazo a los anuncios de mejora de los sistemas urbanos del alumbrado público para comprobarlo: las ciudades están apostando por la tecnología LED. En 2019 Valencia avanzó que la implantaría en 11.400 luminarias, en 2019 Barcelona hablaba de la renovación de 7.300 farolas en menos de 24 meses y hace un año Madrid planteaba la instalación de 4.200 nuevas luces de tecnología… —¡Exacto!— LED. Son solo ejemplos de una tendencia que abarca otras muchas urbes, como Málaga, que aspira a despedirse de 2023 con las luces LED extendidas al 60% de sus 67.000 farolas.

¿Y por qué esa apuesta? Por una cuestión de ahorro energético. Así lo planteaba hace ya una década Nueva York, cuando se marcó el ambicioso reto de renovar las bombillas de 250.000 farolas antes de 2018. En otras ciudades ya han echado cuentas: Valladolid calcula que ahorra dos millones de euros al año, Onda habla de de 26.000 y Paterna de 247.000 euros. La clave: su brillo, vida útil, coste de mantenimiento y eficiencia energética. El Departamento de Energía de EEUU espera que en 2035 la mayoría de las instalaciones de iluminación usen LED, lo que se traduciría en un ahorro de más de 569 TWh anuales, equivalente a la producción anual de alrededor de un centenar de plantas de 1000 MW.

El año pasado investigadores de las universidades de Exeter y la Complutense animaban a examinar las mejoras que habitualmente suele a asociarse al LED, como una mayor eficiencia energética y la reducción de costes y emisiones de CO2, con un enfoque crítico: “Suele depender bastante del contexto”. En su impacto real influyen fatores como qué tipo de tecnología sustituyen, si ha cambiado el número de luminarias, la intensidad de la luz, los cambios en las emisiones durante la vida útil de las lámparas, la fuente de la electricidad y la demanda. La transición de las luces de vapor de sodio a la nueva tecnología LED también se ha aprovechado en ocasiones para mejorar las propias infraestructuras, su posición y gestión.

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Comparación de imágenes, en parejas, tomadas desde la ISS. La imagen moderna muestra la diferente implementación de LED en diferentes ciudades europeas.

¿Es todo “oro” en la luz LED? No. Hay estudios que advierten de que tiene también su ‘cara B’. En 2021 científico de la Universidad de Exeter publicaron un estudio en el que alertaban precisamente del “impacto oculto” de la la transición a la tecnología LED. “Contrariamente a la creencia popular, la instalación de farolas LED de ‘blanco amplio’, aunque potencialmente proporciona un ahorro de energía, ha aumentado la contaminación lumínica y también los impactos en organismos como las polillas”, señalaba Alejandro Sánchez de Miguel, del Instituto de Medio Ambiente y Sostenibilidad en el Campus Penryn de Exeter, en Cornualles.

Los cálculos del estudio muestran que en cuestión de 25 años la contaminación lumínica global había aumentado al menos un 49%. El porcentaje solo incluye la luz visible a través de satélites, por lo que los científicos estiman que el incremento real podría ser considerablemente mayor y llegar en ciertas regiones al 400%.

¿A qué se debe esa diferencia? Los expertos de Exeter destacaban que los sensores satelitales permanecen “ciegos” a la luz azul de los dispositivos LED, por lo que subestiman el nivel de emisiones. “Al corregir esto los autores dicen que el aumento real en la potencia emitida por la iluminación exterior y, por lo tanto, de la contaminación lumínica, puede llegar al 270%”, precisa el centro británico. Su análisis está en sintonía con el de Ruskin Hartley, de la Asociación Internacional del Cielo Oscuro, quien advierte que la transición a la iluminación de estado sólido “ha ido acompañada de un rápido aumento de la contaminación lumínica”.

¿Y qué supone esa tendencia? Hace unos meses otro estudio, publicado esta vez por investigadores de Exeter y de la Universidad Complutense, permitía ir un algo más allá. Con las imágenes tomadas desde la Estación Internacional (ISS) y el satélite estadounidense Suomi NPP pudieron cartografiar cómo había variado la composición espectral de la iluminación de Europa de 212 a 2013 y 2014 a 2020.

“Estas imágenes muestran un cambio espectral generalizado a nivel regional, desde el asociado principalmente a la iluminación de sodio de alta presión hasta el asociado a diodos emisiones de luz (LED) blanca amplia y con mayores emisiones azules, tendencia que aumenta ampliamente el riesgo de efectos nocivos para los ecosistemas”, explica la Universidad Complutense, que señala que una mayor luz azul puede implicar “un impacto en la salud” al empeorar la calidad del sueño.

¿Hay más datos? En 2021 The Guardian se hacía eco de un estudio que deslizaba también el impacto de las luces LED. Más concretamente en la población de orugas de la polilla. Los científicos observaron caminos rurales de Inglaterra sin iluminación y luego otros alumbrados con luces de sodio y LED. En los primeros detectaron un 41% menos de insectos; en los segundos, con LED, el descenso era del 52%. Una de las claves: las luces LED blancas producen más luz azul.

En 2022 Anna Palomar, de ISGlobal, señalaba a SMC España que un factor sincronizador clave en el reloj circadiano humano es la luz que recibimos a través de la retina. “La azul, aquella con un espectro de 380 a 450 nm, es la más efectiva a la hora de sincronizar o alterar este sistema”, subrayaba la experta, y advertía: “El cambio sistemático hacia un alumbrado público compuesto principalmente por LED ha sido impulsado en muchas ciudades europeas para reducir el impacto medioambiental. Sin embargo, poco se sabe sobre el cambio de color de la luz de este nuevo alumbrado público y su impacto en la salud humana y la planetaria”.

¿Debemos renunciar entonces al LED? La pregunta se responde con un comentario a The Guardian de Dougles Boyes, del Centro de Ecología e Hidrología de Reino Unido y uno de los investigadores que estudió el impacto de la tecnología en la naturaleza: “Los LED son los malos de nuestra historia, por así decirlo, pero también tienen el potencial de ser mucho mejores que la iluminación de sodio”. Al fin y al cabo son regulables, pueden combinarse con sensores e incluso incorporar filtros pensados para la luz azul. Eso sin contar con su eficiencia energética.

Ashley Pipkin, del Servicio de Parques Nacionales, comentaba hace poco a The Washington Post que la contaminación lumínica “puede mejorar con LED”, pero advertía: “Debe prestarse mucha atención al diseño”.  Las soluciones pueden pasar por cuidar y meditar la ubicación de la luz, su orientación o incluso el tipo de brillo, si bien la propia Pipkin admite que al menos en la actualidad “la industria no suele ofrecer suficientes opciones con lúmenes más bajos”. Tampoco todas las luces de tecnología LED son iguales y presentan diferencias en la temperatura de color.

Imágenes: Bryce Frimming (Unsplash) y A. Sánchez de Miguel et. al./NASA/ESA

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Las luces LED prometen mejorar la eficiencia energética de las ciudades. En el camino estamos afrontando otros costes

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Xataka

por
Carlos Prego

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