Los lugares “más encantados” de España tienen una fascinante historia científica detrás (y la estamos desaprovechando)

Los lugares

El Sanatorio de Aguas de Busot, Alicante; el de Cesuras, Coruña; el de La Barranca, Madrid; el de Sierra Espuña, Murcia; el de Agramonte en Zaragoza… La geografía española está llena de sitios extraños, turbios, invadidos por historias y secretos. Cada provincia tiene el suyo, perdido en la sierra, medio derruido, lleno de misterios.

¿Qué son? ¿Por qué están ahí? ¿Qué historia hay detrás?

Todas las pandemias que un día fueron

Mycobacterium Tuberculosis

Micrografía electrónica de barrido de M. tuberculosis | CDC

A mediados del siglo XIX, la tuberculosis era una de las plagas del apocalipsis. No disponemos cifras precisas, pero se estima que, hacia 1815, “la enfermedad era tan frecuente que exterminaba  prematuramente alrededor de la cuarta parte de los habitantes de Europa; en las ciudades del este de Estados Unidos, la tasa de mortalidad por tuberculosis era del orden de 400 por 100.000 habitantes”.

Durante siglos, además, se pensó que era una enfermedad hereditaria y, durante todo ese tiempo, los médicos trabajaron para encontrar soluciones clínicas a un problema que ni siquiera entendía. A principios del XIX, ese consenso empezaba a tener claro que la práctica habitual de “relegar a los pacientes tuberculosos en habitaciones estrechas y con una alimentación exigua” era una mala idea.

Desde tiempos inmemoriales se habían recomendado el aire libre para tratar la enfermedad; pero el primero que se lo tomó realmente en serio  fue el médico alemán Hermann Brehmer que abrió un establecimiento de montaña y escribió un libro con una gran difusión en el que “recomendaba el ejercicio en las alturas y una alimentación abundante, dado que la menor presión  atmosférica requeriría un incremento de la función cardíaca y activaría  el metabolismo”.

El boom de los sanatorios para tuberculosos.

Los sanatorios vivieron entonces una época dorada que, en 1882, Robert Koch encontró en Alemania el bacilo que ahora lleva su nombre y causaba la enfermedad. La gente empezó a pensar que si la enfermedad era contagiosa, llevar a los pacientes a un lugar aislado podía ser un problema. Luego se dieron cuenta que, sin medicamentos útiles para atajar la enfermedad, no había soluciones mejores.

“A la muerte de Brehmer en 1899, solo en Alemania había ya más de 300  sanatorios […]; en 1906 se contabilizaban en Inglaterra y Gales 69 sanatorios […]; en Estados Unidos en 1904 era de 115, en 1953 se llegaba a 839 establecimientos”, explicaba Ignacio Duarte. En España, podemos encontrar algo muy similar. Muchos de los grandes sanatorios se empezaron a construir en la década de los años 20 y 30, pero no era suficiente. “En 1934, España con 66 sanatorios era el país con menos proporción de centros por habitante de toda Europa, uno por cada 357.000”.

Por eso, la Guerra Civil (y el derrumbe de la infraestructura sanitaria que conllevó) fue lo que acabó de impulsar la creación de instalaciones por todo el territorio. El Patronato Nacional Antituberculoso creado en 1943 preparó diseños ‘modelo’ y empezó a llenar la montaña de sanatorios y dispensarios. Tarde, como de costumbre, porque en los años 50 los nuevos abordajes médicos los volvieron obsoletos. Y, aunque algunos se reconvirtieron en hospitales psiquiátricos, les llegó el olvido.

Olvido, misterio y una posibilidad turística que no hemos sabido aprovechar

Con el tiempo, esos lugares aislados y vinculados a la enfermedad, se llenaron de historias, leyendas y mitologías. Ahora se han convertido en sitios que atraen visitantes, pese a que (en muchísimos casos) están en pésimas condiciones. Y es una pena.

Sobre todo, porque son patrimonio científico del país; un patrimonio que estamos perdiendo.

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Imagen | Sanatorio de Cesuras y La Barranca, Miguel Branco | Sanatorio de Agramonte | Benjamín Núñez González


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Los lugares “más encantados” de España tienen una fascinante historia científica detrás (y la estamos desaprovechando)

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Javier Jiménez

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