En cómo funciona el sistema inmunitario frente al COVID tenemos la clave para entender que la inmunidad va mucho más allá de los anticuerpos

En cómo funciona el sistema inmunitario frente al COVID tenemos la clave para entender que la inmunidad va mucho más allá de los anticuerpos

Anticuerpos, anticuerpos y anticuerpos. Durante meses, la opinión pública ha vivido pendiente de qué pasaba con los anticuerpos. Tanto es así que noticias como que el 14% de los infectados dejaban de tenerlos se vivió como una preocupación y un derrotismo inusitados para tratarse de los resultados de una encuesta de seroprevalencia. Sobre todo, porque “no tener anticuerpos” no significa perder la inmunidad.

Conforme pasan las semanas, cada vez más estudios inmunológicos confirman algo que ya sabíamos: que los anticuerpos solo son una parte (a menudo pequeña) de todos los sistemas que tiene nuestro sistema inmune de cara a combatir el coronavirus. Aquí hacemos un pequeño repaso de todos los mecanismos de respuesta y de cómo los científicos están tratando de intervenir en todos los niveles para conseguir una mejor forma de enfrentarnos al virus.


El sistema inmunitario innato

El sistema inmunitario se divide en dos grandes sistemas de defensa: el primero es un sistema inmunitario innato y se trata de mecanismos que son capaces de responder muy rápidamente a las amenazas, pero son bastante torpes e inespecíficos.

Proteínas

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Quizás las primeras proteínas en la respuesta inmunitaria son los interferones. Se trata de un conjunto de proteínas “señalizadoras” que producen las células cuando son infectadas por un patógeno y su función fundamental es activar los mecanismos defensivos del sistema inmunitario (sobre todo, a las células NK y a los macrófagos). Además de eso, estas proteínas tienen la capacidad de interferir en la replicación de los virus (de ahí les viene el nombre).

Hay investigadores trabajando en elaborar tratamientos contra el coronavirus basados en alguna de las grandes familias de interferones. No es algo nuevo, ya se han utilizado con éxito de algunas enfermedades como la esclerosis múltiple o varias hepatitis. Y, de hecho, había precedentes en su utilización para el SARS-CoV-1 de 2003. Es interesante porque, por lo que sabemos, una de las estrategias que usa el virus actual para propagarse es bloquear la producción de interferones (sobre todo los de tipo I y III).

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Los interferones también activan los sistemas de complemento. Son un conjunto de unas 30 proteínas que se denominan de esa manera porque complementan la capacidad de los anticuerpos específicos para atacar a los patógenos. Y se trata de un sistema porque no son ‘agentes libres’, sino que interaccionan entre sí de forma que regulan toda una cascada enzimática que facilita la eliminación de las amenazas y generan la respuesta inflamatoria. La mayoría de estas proteínas se sintetizan en el hígado y tienen funciones clave en la eliminación, fagotización y destrucción de todo tipo de patógenos.

Fagocitos

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En términos generales, se suelen denominar ‘fagocitos’ a las células del sistema inmunitario que tienen capacidad fagocítica. Es decir, que pueden captar microorganismos y toda clase de partículas e introducirlos en su interior para eliminarlos con encimas y ácidos. Los más conocidos son los macrófagos aunque hay un montón de fagocitos ‘profesionales’ que incluyen, por ejemplo, a los neutrófilos, los monocitos, los mastocitos y las células dendríticas.

Durante los procesos infecciosos, los fagocitos que se encuentran deambulando por la sangre son atraídos a las zonas conflictivas por las proteínas y las señales químicas de otros fagocitos. A este proceso se les denomina quimiotaxis. Por lo demás, y más allá de su trabajo de “gestión de residuos” celular, algunos de ellos juegan un papel en la denominada “presentación del antígeno” (un proceso señalizante que permite a las células T detectar las células infecciosas).

Células NK

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‘NK’ son las siglas en inglés de ‘asesinas naturales’. Si los fagocitos son los ‘basureros’ del sistema inmunitario innato, las células asesinas son los ‘solucionadores’. Su función es patrullar el cuerpo, detectar células infectadas (o cancerosas) y destruirlas. Simple, sencillo, directo. Normalmente, estas células liberan moléculas que destruyen las membranas celulares y, con ellas, las células. Se lleva años trabajando en NK alteradas para mejorar su efectividad, pero la tecnología necesaria aún es incipiente.

En general, estos linfocitos son muy interesantes porque tienen una capacidad sorprendente para detectar células problemáticas sin necesidad de ayuda extra (como por ejemplo, los antígenos señalizantes de los que hablábamos en el apartado anterior). Por lo demás, son otra de las células activadas por los interferones. Aunque, en su caso, también pueden ser activadas por ciertas citoquinas producidas en los linfocitos T activados.

Sistema inmunitario adaptativo

El segundo grupo sería el sistema inmunitario adaptativo (o de inmunidad adquirida) que, aunque es más lento, responde de forma muy selectiva y eficaz.

Inmunidad humoral

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Este seguramente sea el mecanismo más importante que tenemos para defendernos de los distintos patógenos. Estos son los famosos anticuerpos de los que tanto hemos oído hablar. Es decir, un conjunto de macromoléculas que se diseñan específicamente para combatir la infección. En este tipo de inmunidad las células fundamentales son los linfocitos B. Estas células son fábricas de anticuerpos y proteínas que se dedican a reconocer agente extraños.

Solo cuando son activados por los linfocitos T (cooperatodores) empiezan a producir antipuerpos (primero IgM y más tarde IgG, IgA e IgE) para atacarlos. En general, la primera vez que nos exponemos a un patógeno, los linfocitos B tardan unos siete días en iniciar la respuesta inmune. Más tarde, cuando el patógeno vuelve a entrar en el organismo, los anticuerpos y los linfocitos B de memoria están preparados (y la respuesta solo se demora unos tres dáis como máximo).

Usualmente, la presencia de anticuerpos es lo que nos dice si hemos pasado o no una infección. También en el caso del coronavirus y por ello los ‘tests de anticuerpos’ se usan muy a menudo. No obstante, el cuerpo recibe cientos de miles de patógenos cada año y el sistema inmune tiene mecanismos (aún relativamente desconocidos) para analizar qué infecciones requieren una mayor presencia de anticuerpos (o no los requieren en absoluto). Este último, de nuevo, es el caso del coronavirus: en muchos casos los anticuerpos desaparecen de la sangre de los infectados.

Eso no quiere decir que se pierda la inmunidad. No solo porque los linfocitos B de memoria están alerta, sino porque como veremos existen otros mecanismos de defensa. Sea como sea, aún es pronto para saber el impacto real de esta reducción de los anticuerpos en la gestión de la pandemia (y en la efectividad de la vacuna). Sin embargo, el hecho de que no hayamos encontrado aún un solo caso de reinfección nos hace ser optimistas .

Inmunidad celular

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Llamamos inmunidad celular al tipo de inmunidad adaptativa mediadas por las células T. Este tipo de células tienen receptores en su membrana que les permiten reconocer antígenos adheridos a la superficie de las células. Es decir, para actuar se necesita un complejo proceso (la presentación del antígeno) que adhiere señales en la superficie de las células infectadas para que puedan ser ‘reconocidas’ por los linfocitos.

Normalmente, de entre todos los patógenos capaces de sobrevivir a lo ataques del sistema inmunitario innato, los linfocitos T se centran en acabar con virus y microorganismos intracelulares. Es decir, los que se acantonan en aquellos lugares donde los anticuerpos del sistema de inmunidad humoral no llegan. De forma general, existen cuatro tipos grandes de células T.

  • Linfocitos T cooperadores (CD4+): que coordinan la respuesta inmunitaria. En general, liberan sustancias químicas que coordinan los distintos sistemas de respuesta.
  • Linfocitos T citotóxicos (CD8): están especializados en localizar el problema, atacarlo y eliminarlas las células infectadas.
  • Linfocitos T de memoria: que funcionan como ‘accesos rápidos’ a la respuesta inmunitaria ante infecciones reiteradas.
  • Linfocitos T supresores: que se encargan de asegurarse que la respuesta inmunitaria desaparezca una vez que la amenaza ha sido neutralizada.

Este tipo de inmunidad está resultando muy interesante porque cada vez más estudios se están encontrando con linfocitos T capaces de identificar al SARS-CoV-2 aunque el organismo nunca se haya expuesto nunca a la infección. Esto puede parecer algo contraintuitivo. Al fin y al cabo, como hemos dicho los linfocitos T necesitan que alguien les señale dónde atacar, ¿cómo es posible señalizar algo con lo que no hemos tenido contacto?

Las hipótesis que se manejan hasta ahora apuntan a una alegre confusión: que los linfocitos T confunden al SARS-CoV-2 con los coronavirus que provocan el resfriado común y para estos sí que tienen señales de sobra. ¿Significa esto que estamos mucho más cerca de la inmunidad de grupo? Lo cierto es que no. Nadie tiene muy claras cuales son sus implicaciones clínicas, pero (frente a los excesos de optimismo) aún no hay ningún indicio que nos haga pensar en que esto tiene un efecto importante en la batalla contra el virus.

Imagen | Daria Ren


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En cómo funciona el sistema inmunitario frente al COVID tenemos la clave para entender que la inmunidad va mucho más allá de los anticuerpos

fue publicada originalmente en

Xataka

por
Javier Jiménez

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