Después de todos los estudios y consideraciones que os he señalado en las tres anteriores entregas (I, II, III) de esta serie de artículos sobre las personas más felices del mundo, es necesario hacer algunas consideraciones sobre la particular naturaleza de esa cosa un tanto difícil de definir como es la felicidad. Y como propina, os desvelaré cuál de todos los lugares del mundo considero el más apropiado para ser feliz.
Un chadiano puede llegar a ser feliz en muchas ocasiones ignorando cómo es el Primer Mundo, como lo eran las clases bajas de la gleba durante la Edad Media, que no llegaban a imaginar cuán lujoso era el estilo de vida de sus reyes. Sencillamente asume su clase social y sabe que, haga lo que haga, nunca podrá escalar a otra clase superior. Pero basta que exista una posibilidad, basta que el chadiano ponga una radio o una televisión para que aparezca la insatisfacción de anhelar lo ajeno. Ésta es, sin duda, una de las causas de la inmigración masiva: el Primer Mundo que aparece en los medios de comunicación se parece bastante al País de los Munchkins. Y todos quieren, queremos mudarnos al País de los Munchkins. Esto os lo expliqué más extensamente en el artículo La infelicidad de quererlo todo.
Robert Lane, profesor emérito de Ciencias Políticas de la Universidad de Yale, señala que el sentimiento de felicidad está generado por un aflujo de dopamina del cerebro, en el núcleo accumbens cerebral, una región relacionada también con las respuestas placenteras de las drogas.
La evolución ha equipado a los humanos con una variedad de deseos que les hace felices. Las diversas culturas enfatizan diferentes deseos en épocas distintas, que permiten así la continuidad y el cambio histórico.
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